Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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UNAS REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS SOMÁTICAS

MEDICINA ENERGÉTICA

Por Manuel Redón Blanch

Voy a circunscribirme en este momento al valor de las crisis somáticas. Con mucha frecuencia el paciente con patologías somáticas, consulta en momentos de crisis, de descompensación. Es por ello que quiero dedicar unas palabras al sentido de las crisis somáticas desde el funcionalismo orgonómico.  Comprender a fondo el sentido de las crisis y de los síntomas que se les asocian, es imprescindible para poder profundizar en los elementos psicológicos particulares de cada caso.

Entiendo por crisis (en sentido general) un momento temporal en el que los mecanismos de equilibrio dinámico de un organismo vivo se ven zarandeados por circunstancias internas o externas, que lo hacen poco funcional para seguir manteniendo el mismo registro que hasta ese instante era adecuado. Pero esta es una aproximación desde lo que fracasa, desde el pasado que ya no sirve, y también desde la vivencia de lo desagradable que comporta la pérdida. Pero también es cierto que podemos ver la crisis desde otro ángulo de visión más orientado hacia el futuro, desde la evidencia de ser un momento en que las potentes fuerzas adaptativas de la vida, tienen que emplearse a fondo e intentar construir un nuevo equilibrio que sea más funcional para encarar la nueva realidad. Es pues también, un momento de esperanza.

Ya hemos visto como la coraza se estructura a partir de la necesidad de la persona de defenderse de las agresiones  y frustraciones que recibe del medio que le rodea. Pero cuando la función defensiva (homeostática) de la coraza se agota (por lo que de impedimento a la libre circulación energética supone) o se desborda (por la confluencia de circunstancias estresantes externas y/o internas), aparece la patología representada por las configuraciones sintomáticas, las crisis. En este sentido y realizando una lectura bajo las claves del funcionalismo orgonómico resulta muy interesante retomar el valor de “señal” que tiene el síntoma. Señal de que algo ha sucedido en el organismo, que hace ineficaz el anterior equilibrio y que se convierte en un intento por encontrar una nueva base de funcionamiento. Así mismo, en cuanto que el síntoma se convierte en una forma de expresión de este fracaso, esta “hablando” y supone una vía para la toma de conciencia de su significado. Estamos hablando de los síntomas, de las crisis como momentos en los que la dinámica defensiva de la coraza caracteromuscular se ve sobrepasada, y es cierto, los “demonios” del estrato secundario descrito por Reich, están más a flor de piel. Las inseguridades, los anclajes infantiles, las emociones más perturbadoras, las fuerzas destructivas, las descompensaciones somáticas, etc., emergen, se hacen visibles, y nos incomodan. El carácter, tan egosintónico él, por una parte, y los bloqueos somáticos, tan automáticos y sibilinos ellos, se transforman en vivencias de las que no se puede escapar. Se han convertido en síntomas que dificultan, y a veces impiden completamente, el desarrollo “normal” de la vida acorazada. Pero al mismo tiempo, estamos más cerca del núcleo vital, del yo, y desde ahí, si somos capaces, solos o con ayuda, de reflotar la nave desde el contacto con lo auténtico, habrá servido para algo el sufrimiento. Podemos decir que la crisis es un intento de “hacer limpio”, pero para ello también tenemos que manejarnos con la basura.

La crisis supone una brecha en la coraza, en el fondo: un intento por superarla, y por último: una forma de evolucionar. ¿Cómo acontecerían en el caso de no existir una coraza rígida? No lo sabemos, aunque podemos intuir, a través del seguimiento de niñas y niños que han tenido un desarrollo madurativo respetuoso con los principios de la autorregulación infantil, que estas crisis son poco peligrosas, menos dañinas, agudas en sus manifestaciones, con recuperaciones rápidas y sin secuelas. Centrándonos en lo somático vemos como el largo proceso de maduración infantil está plagado de crisis, que podemos denominar “evolutivas”: diarreas adaptativas ante la incorporación de nuevos alimentos, amigdalitis explosivas que se siguen de un aumento de talla, infecciones virales que cursan con rapidez y nos sorprenden con un claro salto madurativo posterior,  alergias pasajeras en momentos de maduración del sistema inmunológico, etc. En otro orden de cosas, también observamos crisis somáticas, que podemos considerar “resolutivas”, en el curso de procesos terapéuticos profundos, cuando se acerca la disolución de un bloqueo. Veamos algunos ejemplos:

  • Un paciente fue refiriendo las siguientes somatizaciones a lo largo de su

proceso terapéutico y en función de los segmentos que se iban desbloqueando: Aparece insomnio con despertar temprano, asociado a sensaciones corporales de espasmo muscular y desasosiego que le obligan a levantarse y hacer flexiones para poder volver a dormirse, durante gran parte del tiempo en que estuvo trabajando los ojos. Crisis de amigdalitis agudas con el trabajo del segmento oral y en un momento en el que se le estaban cuestionando sus resistencias a conectar con la emoción haciendo un uso excesivo de la palabra. Posteriormente se desencadeno un herpes zoster cervical con el trabajo del segmento cervical coincidiendo con sus dificultades para el abandono a sentir y no racionalizar. Por último tuvo fuertes sensaciones perceptivas abdominales y pélvicas a partir de una gripe intestinal que aconteció con el abordaje de la pelvis y que condujo a una mayor vivencia placentera de la genitalidad con su pareja y a la disolución de gran parte de sus dudas sobre la relación.

  • Otro paciente, muy autosuficiente pero con un fuerte componente de

dependencia, “resolvió” su necesidad de vinculación, durante el desbloqueo de los segmentos cervical y torácico, al desarrollar un aparatoso herpes zoster torácico que lo “animó” a reconocer su necesidad de ayuda más allá de la rigidez de las sesiones establecidas, llamando fuera de las horas de sesión para tranquilizarse. Algo parecido le ocurrió en el momento diafragmático y pélvico, al desarrollar una fístula anal.

Evidentemente en estos dos ejemplos el componente caracterial histérico era bien importante, y de ahí la propensión a la expresión somática. En otros tipos de carácter esta tendencia está más limitada. Vemos pues como en el curso de los procesos terapéuticos, son frecuentes los momentos en los que la aparición de somatizaciones está señalando la resolución en el nivel de bloqueo de algún segmento, con la aparición de nuevas dinámicas energéticas, disolución y excreción del Dor acumulado y quiebra de defensas caracteriales.

Por otra parte hay crisis somáticas que son profundamente “regresivas”. Son las que responden a los presupuestos de las aportaciones de P. Marty y la Escuela Psicosomática de París:

Las afecciones que provienen de fijaciones somáticas se hallan regidas por cuatro reglas:

-Son desencadenadas por traumatismos afectivos que desorganizan transitoriamente el aparato mental dando lugar a una regresión psíquica, que precede o acompaña a la regresión somática.

-No son desorganizaciones evolutivas. Son reversibles y cursan con crisis

periódicas. Estas patologías aspiran a poner fin a procesos desorganizativos y pueden resolverse sin apoyo exterior.

-Suelen aparecer con regularidad, es decir suelen ser habituales en los

sujetos y su comienzo puede ubicarse en distintas edades: Durante la temprana infancia como asma y eczemas, durante la niñez como ciertas manifestaciones digestivas y durante la adolescencia y edad adulta ciertas cefaleas y migrañas.

-Su sintomatología es generalmente limitada y se expresa en forma de hipo

o hiperfuncionamientos de sistemas funcionales aislados. Sin embargo, los síntomas patológicos a los que dan lugar afectan a la economía general de estos individuos.

Señalan como ejemplo de regresiones mentales, las neurosis mentales constituidas y estables – demasiado estables, añaden -, como las neurosis de angustia, fóbica, obsesiva, etc., y las psicosis organizadas. En el nivel somático citan: las raquialgias, colopatías, manifestaciones alérgicas como el asma y los eczemas, la hipertensión arterial esencial, úlcera gastroduodenal, cefaleas y jaquecas

Por el contrario también puede darse una situación diferente cuando la crisis ocurre sin suficientes anclajes que soporten la expansión nuclear. Estamos entonces frente a crisis “involutivas”, a veces iatrogénicas, fruto de desestabilizaciones precoces o demasiado intensas de biosistemas con pocas defensas, con escasa contención. Es lo que la psicosomatología francesa denomina desorganizaciones progresivas en donde al no existir elementos psíquicos y/o somáticos que fijen y contengan la crisis, esta se instala en un movimiento contraevolutivo permanente que puede llevar a la desaparición del sistema como unidad compleja y jerarquizada. Estos mismos autores también advierten que “cualquiera de las afecciones regresivas, y por lo tanto resistentes a priori, un día pueden ceder en su resistencia. En ese momento corren el riesgo de transformarse en el punto de partida de una desorganización progresiva o de presentarse como un episodio de esta”.  Es decir, el peso, la duración, o la repetición de traumatismos pueden llegar a impedir la superación de estas regresiones y favorecer, por tanto, la prosecución de la desorganización a la que, durante un tiempo, habían puesto fin. No olvidemos el poder desorganizador que a menudo tienen las intervenciones médicas que se limitan a la mera supresión de los síntomas, sin tener en cuenta el terreno global de la persona. Con demasiada frecuencia vemos como los tratamientos convencionales ocasionan la aparición de nuevos desequilibrios, que con el tiempo, terminan por desencadenar trastornos más profundos.

Una aproximación bioenergética: En terminología de la física cuántica podemos considerar estos procesos de crisis como intentos de supresión de la antigua información, a través de los fenómenos energéticos que suceden en estas explosiones del núcleo. Momentos en los que la hiperactivación casi generalizada de todos los sistemas se impone a la información anterior, abriendo vías de eliminación y permitiendo una especie de “punto de inflexión”, para después volver a un funcionamiento basal  más integrado y coordinado. El símil podría ser el de una fuerte elevación vibracional que pondría a todos los subsistemas bajo el mando de la hiperactivación, borraría elementos disonantes sometiendo los funcionamientos individuales a la jerarquía de la expansión nuclear, para después ir retomando los parámetros vibracionales propios de cada subsistema. El núcleo, en su emergencia, realiza un barrido de la información y de los mecanismos automáticos asentados en la coraza, se libera de ellos y permite, bien una “reconstrucción” si la estructura bioenergética lo permite, o por lo contrario la herida permanece abierta y la sangría energética pone en riesgo la vida.

Según estos presupuestos la forma de nuestra intervención estará primeramente orientada por el respeto. Respeto funcional según el tipo de crisis frente al que nos encontremos:

-Crisis evolutivas y resolutivas: mantener una posición de contención y ayuda para que no se desborde la reacción. Es decir limitarse a conducir los esfuerzos adaptativos para que no sean excesivos en sus manifestaciones agudas y puedan agotar las fuerzas del biosistema.

-Crisis regresivas: fortalecer el biosistema, favorecer la “desomatización” y el paso del conflicto a la esfera mental, para evitar la progresión a la desorganización progresiva.

-Crisis involutivas: Hacer regresar, enlentecer o detener el avance desorganizador descontrolado. Según cada proceso y el momento en que intervengamos, dependerá el pronóstico.

 

Manuel Redón

 Médico. Psicoterapeuta especializado en Psicosomática

Medicina Biorreguladora

Orgonterapeuta

 

 

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El Dor-Buster II

Medicina Orgonómica

¿En qué consiste éste otro “aparato” de la orgonomía reichiana?

¿Cómo y para qué se utiliza en medicina energética?

 (Continuación del número anterior)

Acupuntura y Orgonomía

Hemos trabajado con un artefacto orgonómico, el Dor-buster, pero lo hemos hecho sobre un punto de acupuntura. Y es evidente que el resultado de esta metodología guarda relación con ambas disciplinas, de manera que es bueno sobrevolar un poco sobre los puntos de acupuntura y sus propiedades. Cuando hice referencia a las diferencias del efecto obtenido según el punto utilizado, me acerqué al tema. También cuando comenté que elpunto se elige de acuerdo acriterios clínicos y electrónicos (la medición hecha con aparatos).

Existe información disponible como para considerar que los puntos de acupuntura tienen las siguientes propiedades:

  • Se distinguen del resto de la piel por tener una resistencia eléctrica significativamente más baja que la de los sitios donde no se describe la existencia de los puntos.
  • Su estimulación se corresponde, específicamente, con efectos terapéuticos observables.
  • Están asociados entre sí, a lo largo de la piel, formando canales o meridianosque están relacionados con funciones biosíquicas, integrales e integradas. También puede demostrarse electrónicamente: el tramo del meridiano sin puntos tiene una resistencia eléctrica intermedia entre la piel testigo y la del punto.
  • Cada punto ejerce un efecto fisiológico que también depende del tipo de estimulación: el efecto no es idéntico si se procede a estimularlo con agujas, calor, presión, cauterización o electro-estimulación. Incluso el efecto no es idéntico si se utilizan frecuencias diferentes en la estimulación eléctrica.
  • La última característica alude a otra: el punto actúa como frontera que relaciona el interior con el exterior de la persona. Pero es una frontera de profundidad variable, como si cada punto tuviera contenidos diferentes, estratificados según criterios todavía no conocidos, pero donde según la modalidad de estimulación pudieran develarse sus contenidos.

Oteando el horizonte

No se crea que las referencias al horizonte -y, por lo tanto, al cielo- son pura metáfora en este artículo sobre el Dor-buster. La historia que contamos arrancó cuando Reich comenzó a dirigir sus artefactos hacia el cielo y especialmente uno de ellos: el Cloud-buster o rompe-nubes, ya que ése era su significado y función.  ¡Éste sí que era un dispositivo más aparatoso y estrambótico que el Dor-buster!

Consistía en una serie de tubos de cuatro o cinco metros y varios centímetros de diámetro unidos a un cable cuyos extremos pelados se ubicaban en la corriente de un río o un lago. Los tubos se ubicaban sobre una estructura apta para ser girada en cualquier dirección, que resultó ser la plataforma de un viejo cañón antiaéreo, mientras que los extremos abiertos de los tubos se enfocaban sobre el cielo.

Con esa tecnología, Reich logró disolver nubes tormentosas, pero también obtuvo el efecto contrario: hacer llover en parajes desérticos o en sitios donde la lluvia no era estadísticamente posible y ni se esperaba. Comprendo que será difícil de creer, pero existen registros y testimonios de que tales hechos realmente ocurrieron y verificaciones hechas años más tarde por otras personas. ¿Cómo funcionaban los tubos?

Nos los cuenta el mismo Reich: “Cuando los tubos conectados con un manantial o con un lago fueron apuntados hacia la nube de Dor (negra), ésta comenzó a encogerse desde la periferia hacia el centro y el azul normal empezó a extenderse más hacia la zona negra, hasta que las nubes de Dor desaparecieron completamente”.

Esto disipaba la tormenta que se cernía sobre la comarca, debido a los cambios en el potencial energético producidos por el vacío o succión de energía obtenidos con el Cloud-buster. Para lograr el efecto de hacer llover, Reich apuntaba los tubos cerca de una nube pequeña, con el resultado de que ésta crecía hasta chocar con otras (que también podían “crearse”) y se producía la lluvia.

Pues bien, la idea de trabajar con acumuladores de orgón y los Dor-buster (que son una adaptación de los cloud-buster a escala humana) se basa en la capacidad de “disipar la tormenta” que tienen estos tubos, captando el Dor a través del fenómeno de succión que se crea por medio de la atracción del agua y ocasionando al interior del organismo la misma diferencia en el potencial energético que logra el cloud-buster en la atmósfera.

Era sólo una “idea interesante” hasta que fue puesta en práctica. Pero entonces comenzó a ser una realidad apasionante y llena de posibilidades impensables hasta entonces para la ciencia de la energía, tanto en la investigación como en la práctica clínica. Al igual que fue antes, hace ya varios años, el comienzo del trabajo en puntos de acupuntura con acumuladores de energía orgón.

Sin duda se trata de una herramienta revolucionaria para tratar los males y las dolencias humanas, aunque su campo posible sea tan vasto como lo señala su primera aplicación, cuando fue utilizado… ¡para “tratar” al cielo!

Falta muchísimo por verificar y comprender, pero el camino está trazado.

Y después de todo, no está nada mal eso de ser tratado como un cielo…

 Experiencias con el Dor-buster

Tengo muchas historias de trabajos con el Dor-buster, tanto personales y del grupo que investigó sus efectos como de tratamientos con mis pacientes. Algunas son contadas en la sección Historias de la página (acupuntura-orgon\historias.htm). Pero, para ilustrar el artículo anterior, elijo tres relatos de pacientes que accedieron a escribir su experiencia.

Muchas veces les recomiendo que lo hagan porque me parece sumamente importante para el devenir del tratamiento: es muy bueno que uno recuerde las imágenes y sensaciones adquiridas a través de esa especie de viaje que implica acostarse en una camilla y tener uno o varios tubos ubicados durante 20 ó 30 minutos sobre algún punto de acupuntura.

En esta oportunidad no voy a suministrar datos sobre las afecciones o problemáticas de las personas que cuentan lo que vivieron con el Dor-buster, porque lo que aquí cuenta es lo que sucedió durante y después de las respectivas experiencias. Sólo voy a aclarar que en el primer caso trabajé durante dos sesiones, separadas por una semana, con el Dor-buster ubicado en el punto del diafragma, que está ubicado donde termina el esternón, en la llamada “boca del estómago” y corresponde al punto 15 del meridiano de Vaso Concepción.

El protagonista de la segunda historia tenía el Dor-buster en el 15 de Vaso Concepción durante la primera sesión. Pero en la segunda se ubicó en el 22 de Vaso Concepción,también en la línea media anterior y ubicado en la fosita supra-esternal, inmediatamente por encima del borde superior del esternón. La tercera historia corresponde a Mariana, quien tenía ubicado el tubo sobre el entrecejo, en el punto Inn-Trang que se utiliza para medir el anillo ocular y trabajar sobre él.

En los tres casos, también utilicé agujas sobre algunos puntos de probada eficacia para mejorar la distribución de la energía: 7 y 9 del meridiano de Pulmón; 3,4 y 6 de Riñón; 3 y 4 de Intestino Grueso; 2 y 3 de Hígado. El tiempo de las sesiones fue de unos 25 minutos.

 Azucena (I)

Hoy le pedí a Carlos que me hiciera una medición. No me vengo sintiendo bien últimamente. Mejor dicho: estoy muy triste y disgustada conmigo misma, tengo una angustia muy grande y siento como si soportara un peso de cien kilos sobre mi cabeza. Me veo como una persona chota, sin poder volar o despegar un poco de la tierra. No pretendo salir volando por la ventana del piso 11 del consultorio, pero tampoco quiero estar tan pegada sobre el piso, sin poder apreciar un poco los cielos. Todo esto me viene pasando hace un tiempo, y como hoy algo me hizo “clic” le pedí a Carlos tal medición. Tenía ganas de saber en qué andaba mi energía, si es que andaba o estaba totalmente quieta.

Creo que los resultados de la medición no fueron muy buenos. Por lo poco que entiendo, soy uno de esos extraterrestres que tienen la cabeza enorme y el resto del cuerpo más pequeño, toda mi energía está en mi cabeza y mis hombros: no se puede llevar tanto peso.

Ahora viene lo más importante: Carlos me hace una aplicación de acupuntura y complementa con el Dor-buster, ése “mágico tubo con un cable en un extremo”.

Por primera vez en mi vida pude sentir y ver mi otra cara, la de mi mundo interno. Recién hoy la descubrí, y fue tan fuerte que no puedo dejar de pensar y sentir esa sensación.

De golpe, cuando cerré los ojos y me relajé, apareció una luz muy difusa color amarilla y alrededor un color muy oscuro. Ésa luz no paraba de moverse, era el movimiento de un espiral y en los huecos que dejaba la luz había oscuridad. No pasó mucho tiempo para que lo oscuro fuera más amplio y la luz más lejana. De pronto me vi con un montón de nubes negras que pasaban por encima mío en forma cada vez más rápida.

Todo era oscuro y no lo podía soportar, pero de pronto empezó desde muy profundo una luz color verde brillante a invadir al color negro y sentí un alivio y junto con él, sentí el tubo en mi diafragma. Entonces mi atención se desvió hacia mi cuerpo. En el estómago, en la misma dirección del tubo, había como una pelota tan pesada que me pegaba contra la camilla sin poder levantar mi cuerpo y junto con esa sensación, aparecieron las grandes nubes negras, muy negras.

¡Mi angustia fue tan grande!

No tenía nada de luz y no podía abrir los ojos; traté de buscarla pero no venía, lo único que pasó fue que las nubes negras pasarona un color más claro, como un gris plomizo. Pero la luz no volvía a aparecer.

Cuando terminó la aplicación no podía parar de llorar. Tenía como una mezcla de miedo y de angustia. Puse toda mi voluntad en encontrar la luz y no lo logré. Pero siento la imperiosa necesidad de buscarla y no me voy a detener. Hoy descubrí o conocí mi lado oscuro, ése que todos tenemos tan reprimido. Hoy me di cuenta que estaba viviendo con una sola parte de mi ser, una parte bastante pobre, que sólo se tornará rica y jugosa cuando la pueda relacionar con la otra. Yo voy a tratar de aclararlo de a poco.

 Azucena (II)

Haber visto mi lado oscuro me provocó mucho miedo y angustia. Pero también abrió una ventana por la cual vi un poco de claridad.

Durante la semana la angustia fue decayendo, no desapareció sino que yo me sentía más aliviada. La segunda aplicación con el Dor-buster fue todo lo contrario.

Al comienzo, cuando empecé a relajarme y cerré los ojos, estaba nuevamente en presencia de la oscuridad. Al rato comenzó a aparecer la luz de una forma como si fuera humo y se movía como al compás de las olas de un mar calmo. De pronto mi atención se volcó a mi cuerpo, la sensación era muy linda. Yo me mecía al compás de esas olas, era como estar en una “hamaca paraguaya”. El movimiento era muy suave, me sentía como envuelta en un calorcito interior, me sentía abrigada interiormente.

Ya no me importaba la oscuridad ni la luz que me tuvieron tan angustiada durante la primera vez. Ahora las sensaciones eran placenteras. Me sentía tan bien, tan a gusto. Mi cuerpo se hamacaba muy relajado, no me daba cuenta de nada más. La luz seguía siendo muy opaca, casi grisácea (como el humo de un cigarrillo), pero acompañaba los movimientos ondulantes que sentía en mi cuerpo.

Creo que esta segunda aplicación fue puramente consecuencia de la primera, ya que a partir de ir sintiéndome más tranquila conmigo misma, pude “viajar” a un lugar más placentero. Porque yo sentí eso: que no estaba en la camilla, sentí que viajé. Al término de la aplicación me quedó durante todo el día una sensación de liviandad. Me parece que para poder volar, primero tengo que aliviar mi peso.

¿Puede ser que lo esté logrando?

También quiero contarte, Carlos, que tardé un poco en escribir esta experiencia, a diferencia de la primera, en la cual no podía dejar de pensar lo que me estaba pasando. Era como si necesitara sacármelo de encima, entonces tuve que escribirlo rápidamente.

¿Tendrán que ver las sensaciones tan disímiles de angustia-placer para que una me movilizara a escribir o contarte, más pronto que la otra? ¿Qué opinás?

Yo creo que de a poco me voy descubriendo. Y el lado oscuro, a veces me aporta claridad.

                                   Azucena

Omar

En esta etapa, volví a consultar a Carlos por la aparición y persistencia de diversos síntomas que yo no lograba discernir y que me incomodaban y angustiaban.

Comenzamos, como otras veces, con la colocación de agujas hasta que pasado un tiempo, se agregó el Dor-buster.

Cuando Carlos me lo aplicó la primera vez, cerca de la punta de mi esternón, me relajé como lo hago siempre en las sesiones. Muchas veces me duermo con las agujas aplicadas (y creo que hasta ronco), y puede ser que sueñe.

En este caso, al rato nomás, sobrevinieron visiones (¿o quizás ensueños?).

Y las llamo así porque estaba aún bien despierto.Aparecieron una detrás de la otra, en lapsos cortos de duración, y en ningún momento representando situaciones emotivas en si mismas. Pudieron pasar intranscendentemente, pero en cambio me hicieron sentir muy triste, como si evocaranangustias, melancolías, penas no resueltas que yo tengo instaladas en lo muy profundo de mi persona.

Sólo eran “cortometrajes” neutros, de caras, lugares, gestos. Pero se me llenó el pecho con esa emoción.

Poco a poco fue pasando y llegó una serenidad muy agradable. Me sorprendí cuando percibí que alguna lágrima había rodado desde mis ojos. No me había dado cuenta. En aquella oportunidad no comenté nada con Carlos. Creo que no logré registrar que había sido una experiencia distinta.

Posteriormente, en una sesión en la que luego que él me preguntara el consabido “¿qué tal, cómo estás?”, y yo le referenciara molestias en la base de mi garganta, como si aún no hubiera digerido la cena del día anterior, Carlos me apoyó el Dor-buster en esa zona, me colocó las agujas, me invitó a relajarme, apagó la luz, cerró la puerta, y ahí quedé yo solo, tratando de aflojarme, y totalmente desprevenido.

Desprevenido, digo, a lo que pasaría. Pues llegaron nuevas visiones, y como aquéllas, sin llamarlas ni esperarlas, pero que a su diferencia, no remitían a penas sino a situaciones que actualmente tenía atragantadas; personas y hechos indigeribles, de ésos que nos llevan a decir: “lo tengo atragantado en la garganta”.

Desfilaron esos fulanos y fulanas a quienes gustosamente haría escuchar lo cansado que me tienen, lo mal que creo que se portaron conmigo, y aquellas veces en que debí callarme, cuando mejor me hubiera hecho hablar, o quizás gritar (con lo bien que se liberan energías así). Pero, que por razones de urbanidad, conveniencia, responsabilidad, etc., me había callado.

Bueno, aparecieron desde adentro y hacia mi garganta, como si pugnaran por meterse en el Dor-buster, como si ese aparato tan parecido a un micrófono, fuera en realidad un succionador, un atraedor de toda esa energía negativa que venía acumulando.

Cuando pasó, evoqué (ahora sí voluntariamente) a esas figuras odiosas, y mi sensación corporal y anímica fue -tal como en la experiencia pasada- de serenidad. Advertí que había superado la “indigestión”.

En esta oportunidad le conté a Carlos lo sucedido, y pudimos charlar sobre ello y el Dor-buster.

Antes, y ya a solas, pude reflexionar sobre estos dos momentos, y la necesidad imperiosa de poner mi espíritu en orden y paz. Supongo que algunos de los síntomas que hoy siento desaparecerán entonces.

Sé que lo que conté es para mí apenas el comienzo. Es el “darme cuenta”. Que debo continuar profundizando lo que percibí. Pero creo que es la manera de asumir por mi mismo mi curación.

Siento que expresarme en estas líneas, comunicarme con otros que -como yo- comprenden su “salud” como un estado general de equilibrio, y contar mi vivencia, es dar humildemente mi apoyo a este tratamiento que tanto bien me hace, y agrandar la superficie de este nuevo continente (aunque sea el que el hombre conoce desde más antiguo) de la Medicina para seres humanos.

                                                                                            Omar

Mariana

La primera vez que experimenté al Dor-buster, al principio me sentí un poco incómoda y rara, pero a la vez sentía que estaba bien, confiaba en que nada malo podía ocurrirme y por el contrario, me sentía intrigada y entregada a vivir una nueva experiencia.

De a poco empecé a relajarme y me sobrevino una sensación de adormecimiento, muy suave. Luego, muy lentamente, empecé a sentir como si mi cuerpo fuera mecido en forma horizontal. Comencé a sentir la sensación de estar en un mar lleno de suaves olas que me movían y mientras tenía esta sensación, interiormente experimentaba emociones extrañas pero no desagradables que me son muy difíciles definir con palabras: era como una especie de lenguaje que se estaba expresando a través de mí, pero fuera de todo lo convencional.

La segunda vez no logré sentir ni el sonido ni el juego de las olas y aunque estaba más en confianza con el tratamiento, sentía que no podía relajarme en mi afán de experimentar esas sensaciones tan nuevas otra vez.

Hasta que por fin, y luego de sentir internamente diferentes voces de personas conocidas que me venían a la mente (no era que me decían algo directamente a mí, sino que se trataba de recortes de frases o diálogos dichos por ellas), logré relajarme al punto de sentir que la camilla desaparecía.

La sensación era de levedad y de flotar. Pero, lamentablemente, esto ocurrió al final de la sesión. Debo admitir que salí un poco frustrada.

Unos días después, estando en mi casa, me vino de repente la idea de escribir, inclusive hasta sentí ganas de escribir un “libro”. Y al mismo tiempo me decía a mi misma: “estás loca, si vos nunca escribís nada”.

Realmente nunca escribo, a no ser informes o monografías para la facultad. Cuando algo me ocurre (bueno, malo, triste o maravilloso) prefiero (en realidad no se si prefiero), lo que naturalmente me sale es hablarlo o bailar, hacer danzas, tal vez pintar. Por ejemplo, si tengo miedo o estoy ansiosa, inclusive antes de rendir algún examen difícil, lo que me nace es hacer danzas con música. Durante mucho tiempo hice (hace tres meses que no) un trabajo corporal que se llama “movimiento vital expresivo”, y siempre siento que haciendo esto tengo los mayores insights de mi vida. A veces medito en silencio sin ninguna técnica en especial, y ésta también es una forma más en la que me conecto conmigo, además de ir de vez en cuando al “verde” y al “sol”.

Pero ese día sentí algo muy fuerte, así que me senté frente a la computadora (algo más extraño aún) y comencé a escribir algo que titulé, y no sé por qué, “Pasajes”, y que finalmente no le di a nadie aunque como idea original había pensado regalarlo.

Una vez que terminé de escribirlo me sentí aliviada y muy contenta. Era como sin tener en cuenta las imperfecciones o no de lo escrito: para mi se trataba de una obra y un descubrimiento maravilloso. Al otro día y los subsiguientes comenzaron las críticas, ya la verdad es que sentí que lo maravilloso se transformó en vulgar. Pero eso fue lo que sentí al escribir, en ése momento.

La tercera vez con el Dor-buster viví algo muy diferente. Cuando me relajé y me desconecté de la “realidad”, hice un viaje por el interior de mi cuerpo, específicamente, mi “panza”. Pero esto era muy diferente a la sensación de estar dentro del útero materno, etc., sino que yo me sentía como una especie de médica exploradora, recorriendo mi interior, observando órganos y funciones. La sensación era de bienestar y de que estaba todo en su lugar. Fue muy corta la exploración, pero me dejó una sensación de seguridad y confianza.

Luego de estas “veces”, me gustaría contar que siento que lo que experimenté con el Dor-buster, es decir, algunas de las sensaciones, se prolongaron en una experiencia que tuve en un taller de tres días proveniente de la Fundación Findhorn (comunidad en Escocia) sobre “descubrir mi propósito en la vida”.

No voy a contar el proceso de muchos meses, pues me llevaría unas cuantas hojas más, pero para mi es importante destacar que en todo momento tuve clara conciencia de “mi cuerpo” como protagonista principal en el propósito de mi vida.

Más allá de que sería inevitable que no estuviera involucrado en cualquier emprendimiento, ya que pienso que junto con la mente, el espíritu y las emociones forman parte del mismo sistema.

En este trabajo logré profundizar sobre el protagonismo de mi cuerpo a través de las danzas y la creatividad corporal. Lo más paradójico es que, a pesar de cuán importante es esto último para mi, me falta continuidad en éstas áreas, sumándose además el desequilibrio que producen mis “enfermedades físicas” y todo lo que ellas involucran (¡operaciones!), haciendo que este propósito de trabajar con el cuerpo se torne un desafío constante.

Lo cierto es que en un momento del taller (haciendo un trabajo de a dos para conectarse con la energía superior), sentí algo muy especial y que fue experimentar nuevamente la sensación de no tener ningún apoyo-sostén, como cuando en el consultorio sentí que la camilla había desaparecido. Y lo más notorio fue cuando empecé a sentir que de a poco iba perdiendo peso mi cuerpo, la sensación de pesadez. Sentí que sólo era algo leve, que era energía.

Era muy raro sentirme en ese estado.

Sentía que solo era energía, que no había ni principio ni fin (cabeza / pies) ni límites.

Lo más notable para mi fue que, a pesar de que ya en otros momentos de mi vida había intentado sentir a través de experiencias similares algo como esto, nunca había conseguido experimentar ésta sensación tan maravillosa.

Las conclusiones que saqué de esa experiencia en el taller fueron muchas. Porque también tuve la posibilidad de “ver” (mientras estaba en ese estado de levedad) en imágenes claras, muchas pautas y guías para mi vida.

Sentí que algo en mi había cambiado y que no estaba equivocada al pensar que, si bien mi cuerpo físico necesita aún de mucho “trabajo de transformación”, es la “clave” para llevar adelante mi propósito y mi crecimiento en la vida para mi, y para poder brindar mis aprendizajes a su vez a otras personas.                                                                                                                                             Mariana

 Carlos Inza

Dor-buster en acción junto con agujas en otros puntos de acupuntura

Dor-buster en acción junto con agujas en otros puntos de acupuntura

Dor-buster 1


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La mirada y la trampa

Clonación de Idiotas

Es importante conversar un poco acerca del sitio desde dónde estas cosas de la vida son vistas. Imaginemos que estamos observando el planeta Tierra desde cierta distancia. Hace unos cincuenta siglos emprendimos un viaje por pura curiosidad -rasgo muy humano hasta donde sabemos- y ahora estamos de regreso, acercándonos al hogar natal. ¡El universo es demasiado vasto como para abarcarlo con una sola mirada! ¡Existen muchos soles y planetas! Probablemente hay muchos y desconocidos compañeros de destino en esa inmensidad. O por lo menos sería muy raro que no los hubiera, pero ése no es el tema. Dejemos la cosa allí porque si los seres vivos estuviéramos solos en el universo, tampoco nuestra problemática cambiaría demasiado. En todo caso, cometamos la valentía de no esperar soluciones externas a nuestro planeta. Y, mucho menos, de achacar a supuestos extra-terrestres el origen de nuestros males.

Bueno: nuestro medio de transporte va acercándose a la Tierra y ya empiezan a alarmarnos algunas características físicas que no existían al momento de la partida. Comprobamos con desánimo que el jardín que dejamos se ha transformado en un gigantesco tacho de basura: la temperatura media se ha elevado, la capa de ozono no cuida tanto como antes al desarrollo de la vida, el agua, la tierra y el aire se envenenan a una velocidad que hace temer por la continuidad de la vida, la superpoblación mundial amenaza con hacer inviable la vida humana, muchas especies han desaparecido por obra del hombre.

Vemos muchas ciudades que parecen gigantescos hormigueros protagonizados por nerviosos integrantes que chocan y se agitan presos de una fiebre que merecería reposo pero que, sin embargo, parecen ignorar su loca agitación. Vemos millones de hambrientos deambulando por el mundo, sin ocupación ni ganas de nada; apenas parecen una sombra que espera su final. Vemos muchos otros atareados en consumir pavadas e insignificancia enlatada.

En un momento nos parece que hemos equivocado el rumbo y que, en realidad, estamos instalados en una pesadilla. Entonces examinamos a ciertos ejemplares significativos para intentar entender estos cambios. Y a diferencia de lo que conocíamos hace cincuenta siglos, aparece un humano físicamente mucho más pobre y hasta con signos de marcada atrofia en el sistema muscular, especialmente en brazos y piernas mucho menos potentes que antaño. ¡Parecen casi-paralíticos!  Los que pueden juegan mirando un monitor, o pasan la mayor parte de su tiempo sentados detrás de escritorios hasta que suena un timbre y entonces se produce un desbande fenomenal, que los precipita corriendo hasta un medio de transporte. A continuación se encierran en diminutos departamentos o pequeñas casas para volver a instalarse delante de una pantalla donde se ven espectáculos dignos de una concentrada  obra maestra del terror. Mientras tanto se alimentan de basura procesada que no admitiría ni siquiera un robot primitivo. Al día siguiente: igual. Y así sucesivamente.

¡Este es un día estándar del planeta Tierra!

Buscamos un poco más profundo y nos detenemos en el cerebro medio, antes de echar una mirada a la verdad: la forma en que cada humano vive los primeros años de su vida. La funcionalidad del cerebro medio nos sorprende porque estos humanos utilizan de manera casi exclusiva algunas áreas de la corteza asociadas al pensamiento lógico. Y a eso le llaman ser “inteligentes”, pero sólo les ha servido para fabricar puentes y aparatos, muchos de ellos sin sentido y sólo diseñados para ganar dinero con su venta. Por debajo y a los costados de ese sector de corteza que bulle de actividad, las otras regiones corticales asociadas a la creatividad y al simple goce de la existencia están casi desocupadas. Muy pocos se animan a utilizarlas y no saben o no se interesan por divulgar su existencia. (Luego nos enteramos que quienes habían tratado de hacerlo tuvieron un final poco feliz).

Decidimos llegar al sitio central del enigma de la vida: la vida emocional, para ver qué cosa encontrábamos, ya que sabíamos que allí estaría la explicación de tanto desatino. Nos metimos en el corazón de muchos hombres para sentir con ellos y encontrar la explicación de esta versión (subversión) de la especie a la cual también pertenecemos. Sólo encontramos algunos pocos exponentes humanos con el corazón bien puesto, pero estos sufrían demasiado ante la atrocidad ambiente. La mayoría casi carecía de vida emocional: sólo estaban llenos de una gran angustia que no sabían cómo disimular, lo cual empujaba, a unos pocos, a adquirir poder y dinero en una competencia salvaje y de dientes apretados, con el consiguiente beneplácito de los odontólogos.  ¡Un panorama terrible y dantesco!

¿Cómo habían logrado llegar a este grado de infelicidad colectiva?

¿Cómo habían hecho para ignorar las reglas esenciales de la vida y apartarse tan absurdamente de sus mejores posibilidades?

Nos dedicamos a observar sus variados sistemas de creencias y pensamiento, pero también los sucesos acontecidos durante los primeros años de vida porque ellos resultan indispensables para entender la organización social y los caminos de las vidas de las gentes. Y primero fue sorprendente considerar la falta de coherencia entre las palabras y los hechos. Pero también advertir que la mayoría de los humanos parecían autómatas, seres programados para seguir por un camino fatal. ¡Aceptaban mansamente este catálogo de desatinos sin inmutarse y procediendo disciplinadamente, sin indignación ni demasiada oposición!  Apenas algunos se rebelaban, pero eran rápidamente neutralizados o directamente eliminados si se constituían en un peligro “para el normal y sano desarrollo de las instituciones humanas”. Algunos eran artistas y otros revolucionarios, muchos sin propuesta, pero asqueados por lo que vivían. Un pequeño número eran declarados locos o subversivos, según conviniera.

Pero lo más asombroso era comprobar que la soberbia civilización humana se había convertido en una máquina de clonar idiotas.

 

Nacer en La Trampa

Para una criatura que nace con todos los honores, que es esperado, festejado y produce una gran y positiva emoción en quienes lo esperan, nacer parece un pasaporte al éxito, a la ilusión. Una de las cosas que hemos aprendido acerca de nuestro cerebro es que la sola visión de un cachorro –humano o no- produce ternura, empatía, buenos sentimientos. Y hasta gestos solidarios que ennoblecen la vida. Lo sabe y lo siente, por ejemplo, una tigresa del zoológico de Luján, que adoptó a un cachorro de león rechazado por su madre, integrándolo al grupo formado por sus cuatro hijos “legítimos”.

La vida sigue siendo una fiesta, una especie de milagro.

Cualquier nacimiento de un ser vivo es emocionante.

Y uno tiende, naturalmente, a desearle buenaventura, felicidad.

En el caso de los humanos, hasta parece que tuviéramos la obligación de pasar por la vida con una sonrisa (Borges dice que tenemos la obligación de ser felices), y es lo que se espera de cualquier sapiens, el declarado “rey de la creación”.

A esta altura está claro que no somos ni reyes ni creados.

Simplemente somos un episodio más de la maravillosa aventura que comenzaron las bacterias hace unos 3900 millones de años. Saber, ahora, que la vida compleja de los individuos pluricelulares es un desarrollo creativo de las bacterias, podría ayudarnos a encontrar un lugar más sabio y objetivo en el reino de los vivos.

Ahora bien: se supone que hemos crecido, que hemos evolucionado como especie desde que los primeros ancestros humanos comenzaron a erguirse y a utilizar movimientos complejos de las manos, al tiempo que aguzaban la vista y el oído, cosa que sucedió hace unos 4 millones de años. Y parece que hemos “domado a la naturaleza” para imponerle nuestros designios. También podríamos pensar que hubo algún avance en los aspectos organizativos de la existencia, consistentes en la utilización del fuego, el desarrollo de la agricultura y el ensayo de sistemas sociales cuyo objetivo es garantizar los derechos humanos e impulsar estilos de convivencia más o menos respetuosos y solidarios. Al mismo tiempo, se ha incrementado (a veces con argucias o métodos falaces) la productividad y oferta de alimentos y mejoraron los sistemas de utilización de agua y eliminación de excretas. Es por éstas razones que vivimos o duramos más y no por el “avance de la medicina”.

Pareciera, entonces, que comenzamos una era de felicidad sostenida y eficiente.

Una etapa “de disfrute” en la existencia humana gracias al desarrollo de técnicas que permitieron a un grupo de humanos caminar un rato por la Luna y luego volver a casa sanos, salvos, impresionados para siempre y felices.

 Sin embargo las cosas no son así.

En ningún lugar el hombre da la impresión de ser una criatura feliz.

El mismo recién nacido que resume las esperanzas y las expectativas de la especie, no tiene un futuro tan brillante, incluso aceptando una verdad elemental, indiscutible: la vida no tiene porqué ser fácil. Y de hecho no lo es.

La verdad es que ninguno de los recién nacidos humanos tiene entrada gratis al paraíso.

Un porcentaje importante de ellos morirá antes del primer año de vida, y la mayoría de los sobrevivientes pasará hambre y una cantidad grosera de privaciones y sufrimiento simplemente para seguir vivos. Es más: pocos de ellos evitarán la condena de ser marginales y tal vez se pregunten, alguna vez, a qué se debe el error de haber nacido.

A los que zafan de esa clase de riesgo tampoco le esperan honores y dicha “automática”: las características de la organización social impedirán el ejercicio de la libertad y simplemente serán piezas de poca importancia en la trama social. Las ilusiones de amor verdadero, crecimiento personal y felicidad quedarán para las películas. O serán parte de la gigantesca estafa en la cual viven las sociedades humanas.

Porque éste es el asunto: hay una trama mentirosa en el origen. Uno “llega” (nace) a un lugar donde las reglas son extremadamente rígidas y, por lo general, tienden a reprimir los sanos impulsos instintivos para suplantarlos por estructuras vacías de contenido y exclusivamente diseñadas para perpetuar poderes abusivos y elogiar la conducta pasiva y obsecuente de los “buenos ciudadanos”.

Para colmo, una de las anheladas invenciones humanas, el amor romántico, ni es para todos ni dura demasiado. Y los problemas que la vida plantea a cualquier individuo vivo, y que debe resolver simplemente para sobrevivir, se erigen en horribles y tenebrosas murallas que devienen en algo pantanoso o se parecen demasiado a la red que la habilidosa araña teje para atrapar su comida.

Y no hay demasiado más. Es evidente que casi nadie es feliz adonde realmente vale la pena serlo, en la “simple” vida emocional además de comer y dormir bajo un techo.

La libertad y la felicidad (aun admitiendo que naturalmente no se consiguen por el sólo hecho de quererlo) son falsas promesas hechas a ese mismo recién nacido que nos emociona y nos deja el corazón tibio de solo mirar esos conmovedores momentos que tiene la vida siempre que comienza.

Pura ilusión: “el hombre nace libre y, sin embargo, recorre la vida como un esclavo”. Mera ilusión porque ahora sabemos que, en realidad y pese a la apariencia y los buenos deseos, nacemos esclavos y nos toca un duro camino por delante para liberarnos, siempre que podamos llegar a tener ese deseo y la capacidad y la buena fortuna para lograrlo. También hay que preguntarse: ¿liberarnos de qué, lograr qué? Entonces es el momento de volver a las bacterias, a la fuente de la vida: la supuesta “salvación” nunca puede ser individual, simplemente porque la vida, desde sus orígenes, es un fenómeno colectivo, una variedad de cooperativa, si quieren.

Nacer en La Trampa implica demasiado sufrimiento durante los años de existencia: demasiadas promesas vacías que se transforman en una condena al lograr tan poco y a precios exorbitantes. Realmente, la famosa ecuación costo-beneficio de los economistas no funciona bien en el caso de los humanos y hasta podría decirse que la inversión no vale la pena.

Preso y acorazado en su interior, en el mismo corazón de la vida emocional, el hombre anda por la vida como un náufrago que fácilmente se agarra de maderos que no puede elegir: el primero que pasa es el mejor, pero puede que sea el peor. Y eso es lo que suele suceder.

Y claro, si la supuesta libertad para vivir no existe o no funciona, ¿qué puede hacer un mamífero cuando las cosas se ponen difíciles, sino intentar el camino de retorno al protector útero materno?

Esta inseguridad básica, producto del miedo que produce vivir a secas, desemboca en actitudes desastrosas, peores que los conflictos no resueltos. Por ejemplo: renunciar a la mejor vida posible para quedarse con la que se puede, habitualmente su versión desdibujada y gris.

Pero esta mirada, extremadamente cruda para evitar la tenebrosa auto-indulgencia y la frivolidad idiota, también tiene la esperanza abierta. Y esa esperanza necesita lucidez, valentía y una nueva construcción.

Algo así como empezar de nuevo desde lo que realmente somos hoy, pero bien.

Carlos Inza


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Histórico: el G-20 incluyó el tema fondos buitre en su documento final

Periodismo Sur-Realista

“La realidad vista desde acá, un poco al costado, a partir de las noticias de los diarios. (Por un corresponsal en la frontera)”
El ministro de Economía, Axel Kicillof, y el canciller Héctor Timerman calificaron como “un hecho histórico” a la decisión del Grupo de los 20 (G-20) de incluir en el documento final de la cumbre de Brisbane la cuestión de los fondos buitre y la necesidad de fortalecer los procesos de reestructuración de deudas soberanas.
En un contacto mantenido con la prensa en el Centro de Convenciones de esta ciudad australiana, al finalizar las deliberaciones de la Cumbre, Kicillof manifestó que en la delegación argentina se encuentran “extremadamente conformes porque la cuestión quedó reflejada en el documento final”, y en un anexo en el que se reconoció la “litigiosidad” que representa el planteo de los fondos buitre y “la necesidad de otorgarle “previsibilidad”a los procesos de deuda soberana.
“Por primera vez en la historia del G-20 la cuestión de la reestructuración de deudas soberanas fue planteada en el comunicado final”, dijo el titular del Palacio de Hacienda.
“En el cuerpo del comunicado se habla de deuda soberana y después en un anexo, donde se abunda en la cuestión, queda en claro que el tema de la litigiosidad, que es un eufemismo para referirse a los fondos buitre porque son ellos los que entran en litigio para el cobro de deuda soberana”.
Timerman, por su parte, dijo que el documento final significó “un resultado impresionante” para la lucha que viene llevando adelante el país en el tema de los fondos buitre y la necesidad de dar previsibilidad a los procesos de reestructuración de deuda.
Kicillof subrayó que “el caso de la Argentina ha cambiado ya la historia de las emisiones de deuda soberana”, debido a que en las nuevas colocaciones “se están buscando cláusulas antibuitres”.
(http://www.infonews.com/2014/11/16/economia-172489-historico-el-g-20-incluyo-el-tema-fonfos-buitre-en-su-documento-final-g-20.php)
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Generalizada indignación en la población mundial de los buitres.

Ya están organizando una asamblea mundial cuyos objetivos son, en palabras de uno de sus delegados: “Exigir una retractación y pedido de disculpas a la humanidad por la artera calificación hacia nuestra especie”.

Ahora están con la vena hinchada y no soportan el descrédito generalizado, según ellos, “basado en resentimiento, mentiras y mala prensa”.

Para colmo, dicen con los ojos inyectados, han elegido Australia para denostarnos cobardemente porque saben que andamos por todo el planeta menos en la Antártida y Oceanía.

“Desde hace muchos siglos nos estamos aguantando calladamente, pero esto ya es el colmo: compararnos con una manga de usureros hijos de puta de las finanzas es algo que no vamos a soportar”.

Además, siguen, es buena oportunidad para nuestra reivindicación: no somos asesinos, apenas nos dedicamos a comer lo que acaba de morir cualquiera sea la causa. La verdad es que hacemos el trabajo sucio para limpiar de mierda inútil el planeta, pero a nadie se le ocurre agradecer nuestros servicios.

Y siguen, imparables en su furia: “Y sería bueno que revisen qué quieren decir con eso de la carroña. ¿O creen que lo que venden en los Mc Donald es mejor?

No todos tienen la misma postura: la discusión entre ellos está cada vez más subida de tono, incluso está militando activamente el MBT (Movimiento Buitre Total) con una postura fuertemente radicalizada. Ellos proponen dejar de comer carroña y empezar a cazar, empezando por los usureros de las finanzas internacionales.

“A ver si así se dan cuenta del importante servicio que prestamos a la causa de la vida. Lo mejor será empezar por el hígado de Wall Street, pero si no recibimos el desagravio que exigimos, es bueno que el resto se prepare, porque tenemos paciencia, volamos alto, vemos bien y tenemos garras de temer”, expresan mientras se afilan las garras con una roca de tantas.

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El Corresponsal en la Frontera


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La medicina catastrófica II

Medicina Energética

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

(Continuación del número anterior)

Para ir a la 1ª parte

 

 

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

 

 El lenguaje es Poder

Javier estaba un poco alterado, digamos que bastante nervioso y preocupado por variedad de razones. A sus casi 30 años debía enfrentar una situación difícil en distintos frentes: laboral, de pareja, familiar y universitario. Pero no entró en pánico hasta que un psiquiatra que consultó le dijo que lo de él era muy simple: ¡tenía un Ataque de Pánico! Y le recetó un tranquilizante que produjo un efecto paradojal: Javier se alteró más todavía, especialmente cuando escuchó la palabra “pánico”, un término especialmente diseñado para producir terror. El tranquilizante solo tranquilizó…al psiquiatra (y mejoró las ventas del laboratorio que lo produce).

Rodolfo, que tiene 45 años, vivió un episodio de mucha presión emocional que, obviamente, le produjo una franca elevación de la presión arterial (la presión produce presión). Entonces el médico que lo atendió le recetó hipotensores y tranquilizantes, pero especialmente arriesgó que: “Usted es hipertenso aunque hasta ahora no se lo hayan dicho, y tendrá que cuidarse toda la vida”  (Tendrá que tomar hipotensores durante lo que le quede de existencia). También le habló de la sal y de ver a un cardiólogo, dos asuntos que parecen estar extrañamente vinculados.

Veamos el pequeño detalle de usar un verbo en lugar de otro y las consecuencias que acarrea. Por ejemplo: uno puede ser hipertenso o tener hipertensión. Ustedes dirán, están en su derecho: “La presión está alta lo mismo, cualquiera sea el verbo, es una tontería reparar en ese detalle lingüístico tan insignificante”. No es tan insignificante el detalle: uno puede tener hipertensión como puede tener insomnio, caspa o un resfrío. Estas últimas posibilidades no son rígidas, pueden variar, pueden retornar al estado de origen. Es más, casi podría asegurarse que uno no nace hipertenso, insomne, casposo o resfriado. Pero cuando se dice que uno es hipertenso ya se está incursionando en la ontología, no en la medicina. A pesar de que los médicos estamos adiestrados para ser perfectos ignorantes en cuestiones filosóficas, es fácil suponer que la cosa es constitutiva de la persona cuando se dice que uno es tal cosa, por ejemplo: hipertenso, diabético o lo que sea. En este último caso estamos hablando de cuestiones que no cambian, que no están inmersas en el dinamismo que caracteriza a los fenómenos vivos: uno es así, casi por definición. Podría decirse, por ejemplo: Rodolfo Hipertenso Rodríguez. Es más: si ése es el caso, debería constar en el documento de identidad, porque es esencial a la persona, uno no puede imaginarla sin esa condición.

El mensaje es claro: “Usted es así, y su condición es inalterable, definitiva”. De manera que tu vida está signada: tenés que tomar hipotensores, comer sin sal y ver al cardiólogo regularmente, todo el paquete de por vida.

La hipertensión es buen ejemplo porque, para cualquier persona activa en una sociedad vertiginosa y razonablemente loca, es difícil zafar de tal circunstancia y sus posibles complicaciones, que no son nada simpáticas: infartos y accidentes cardiovasculares. Debido a su difusión, es bueno profundizar un poco en el tema:

  1. Muchísimas veces el diagnóstico se hace por guardia o por visita de control médico. En el primer caso, casi siempre se debe a un estado de alteración emocional lo cual, casi siempre también, eleva la presión. Pues bien: cualquier practicante de guardia se cree facultado para hacer un diagnóstico definitivo en base a una sola toma y en las peores condiciones posible. Así las cosas receta un tranquilizante y un hipotensor, que muy probablemente haya que tomar de por vida, aunque solo una vez se haya demostrado que la presión estaba alta. En el caso de la visita a un consultorio, está demostrado que cuando la presión la toma un médico en su consultorio, aumenta enormemente la posibilidad de que se eleve.
  2. En el caso de las guardias también suele hacerse una determinación de enzimas y un electrocardiograma para investigar la posibilidad de infarto. Todo está bien y es comprensible porque la medicina de urgencia tiene reglas muy claras, no comparables con la atención en consultorio, ya sea institucional o particular. Más no se puede hacer cuando se trata de una emergencia: allí el objetivo es resolver rápido la situación y evitar males mayores. El problema es cuando, luego de este episodio, el comando pasa al médico clínico o directamente al cardiólogo.
  3. La inmensa mayoría de las hipertensiones (97%) se denomina esencial. O sea: se desconoce su origen y no puede atribuirse a una enfermedad sistémica como hipertiroidismo, un tumor en la suprarrenal, insuficiencia renal o problemas cardíacos.  Es curioso que se llame “esencial” a una causa no conocida por la medicina interna. También podría bautizarse como Hipertensión Esencialmente Ignorante, por parte de quienes hacen el diagnóstico. Pero aquí ya se cuela claramente un dato ignominioso: llamarla “esencial” no solo es una pobre excusa para disimular la ignorancia: también insinúa que se trata de un rasgo “esencial a esa persona”, de manera que atribuirle una cualidad ontológica cuadra muy bien para poder definir a  Rodolfo Hipertenso Rodríguez como a un ser esencialmente hipertenso.
  4. Es aceptado que la mayoría de las hipertensiones, al menos en sus comienzos, están estrechamente vinculadas a la emocionalidad y al estilo de vida de las personas. Basta una elemental profundización del nombre que recibe para comprender su génesis: hipertensión significa “alta tensión” y ésta no define solo a la peculiaridad biológica del estado de las arterias, sino también a su génesis: alta tensión emocional. “Tener presión” (alta), también significa estar presionado, vivir con altos niveles de presión la vida cotidiana. Y, como todos sabemos, las presiones son diversas y numerosas: en los vínculos, en las cuestiones económicas, en las responsabilidades asumidas, etc. Claro, cuando las cosas se plantean así, el médico tratante no suele disponer de formación para ayudar de verdad a sus pacientes, de manera que tiene dos opciones: o deriva al psicólogo (vieja manganeta para sacarse el problema de encima) o defrauda al paciente propinándole consejos idiotas del tipo de “Evite el estrés” (que te cuente cómo hace él con el suyo).
  5. También aparece la consabida pregunta: ¿Hay hipertensos en la familia? Ahora la genética aparece como ayuda invalorable (para el médico): como es muy probable que haya otros hipertensos en los vínculos familiares cercanos, el diagnóstico inapelable e indiscutible ya está hecho. Entonces el paciente, abrumado por las evidencias, se declara culpable de hipertensión y acepta resignadamente la pena impuesta, que casi figura en la Biblia, si uno se toma el trabajo de estudiarla a fondo: en algún lugar debe decir: “Y tomarás hipotensores por el resto de tu vida. Y consultarás a un cardiólogo cada tres meses por los siglos de los siglos”. Es bueno saber que al nacer, uno no firma un contrato para seguir al pie de la letra las patologías familiares, pero éste es otro tema para después.
  6. La hipertensión arterial es una disfunción que, como hemos visto, se origina mayoritariamente en estilos de reactividad personal ante ciertos conflictos. De manera que todo esto puede modificarse si el paciente logra hacer variados cambios en su vida. No es una condena eterna, la presión puede bajar si se crean condiciones favorables para que tal cosa ocurra. Es eso, justamente, lo que le otorga patente de “disfunción”, estrictamente hablando. Pero, sin embargo, tanto el médico como el paciente asumen que los hipotensores indicados deberán tomarse de por vida.
  7. La patente de inmutable implica imposibilidad de cambio profundo, debido a lo cual todos los intentos por lograrlo conducen al fracaso. En este lugar se pone el médico cuando receta de por vida. Solo “adorna” la cuestión con consejos inútiles y para contentar al paciente (por razones de marketing cultural), pero sin creer realmente en la posibilidad de modificaciones profundas en sus vidas. Es importante reparar en esta cualidad porque es realmente trascendente: los médicos subestiman la capacidad de sus pacientes para lograr cambiar las reglas de juego, que es lo que realmente podría lograr la solución. Es notable como la hipertensión resulta ser un admirable muestrario del combo que se arma en la vida real de millones y millones de personas en las condiciones de vida actual.
  8. Es muy fácil convencer a alguien de que tome hipotensores de por vida: basta con agitar el fantasma de las posibles complicaciones, que son realmente escalofriantes y sugerir que la única prevención posible es la que está ofreciendo. O sea: es suficiente actualizar los miedos que todos tenemos para convertirlos en terror y lograr la mansa aceptación de las indicaciones. Prescripciones que habitualmente no van solas: son parte de un combo que incluye la determinación de colesterol en sangre y la casi segura medicación para disminuirlo. Parte del problema es que estás medicaciones no son inocuas, como tampoco los hipotensores: el uso crónico de sustancias químicas tiene, inevitablemente, efectos secundarios a veces tan poco simpáticos como las complicaciones de la hipertensión.
  9. Los mismos laboratorios que fabrican esta variedad de medicamentos encargan estudios para demostrar fehacientemente que la posibilidad de efectos secundarios es mínima, casi insignificante. Es un caso más de falseamiento de la realidad disfrazado de “estudio científico serio”.
  10. Esto no invalida la administración temporaria de hipotensores, porque realmente son capaces de bajar la presión a rangos normales. Pero el problema es que no se asumen como indicación temporaria, sino definitiva. Y casi nadie sabe que existen alternativas válidas y sin sus numerosos “efectos secundarios”.
  11. Existe la interesante posibilidad de realizar estudios funcionales de la tensión arterial durante 24 horas (holter). Estos estudios funcionales son invalorables en medicina, aunque lamentablemente son escasos y mal valorados en la metodología clínica estándar. O se los ha dejado de lado como es el caso de la curva de tolerancia a la glucosa, abandonada por la determinación de hemoglobina glicosilada para investigar diabetes. Pero además, con ellos ocurre algo increíble en el tema que nos ocupa: ¡se los indica con el paciente tomando hipotensores! De manera que no se los utiliza para saber si una persona realmente tiene hipertensión, sino para valorar la eficacia y dosificación de los medicamentos…
  12. Y por último pero resulta lo más importante: los tratamientos estándar para la hipertensión impiden que las personas en tratamiento aprovechen la gran oportunidad para realizar cambios importantes en su vida, que es la sugerencia implícita en las enfermedades. Casi todas ellas entran en la definición china de Crisis: Riesgo + Oportunidad. Tachen la oportunidad y sólo quedará el riesgo, que siempre está latente y nunca se resuelve. Y esto por una sencilla pero poderosa razón: los hipotensores no curan la hipertensión, solo controlan la presión arterial.                                                    

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¿Cómo se llamaba lo que tenés?

La reumatóloga miró a Sonia y resolvió tirarle con un camión por encima. Le dijo: “Todo el cuadro clínico encaja, solo me falta un síntoma, pero ya no tengo dudas: lo tuyo debe ser un Lupus” (Debe ser, podría ser, debería ser). También yo atiendo a Sonia, que tiene cerca de 50 años, desde hace tiempo: una dura pelea contra dolores de todo tipo y una piel que se transforma en pesadilla, especialmente con el calor. La reumatóloga insiste, enarbolando una sonrisa de victoria y orgullo: “Por fin puedo entender todo lo que te pasa, ahora tus síntomas son enteramente comprensibles”.  Claro, dice Sonia, ¿pero qué hacemos?  “Está todo pensado, hay un medicamento nuevo que se está investigando para la artritis reumatoidea, pero también va para tu caso. Es difícil de conseguir pero tengo buenos contactos. Y por supuesto que necesito tu autorización, porque se trata de un diseño experimental”. ¿Probar conmigo?, dice Sonia, cada vez más alarmada porque no desconoce los efectos “secundarios” de los medicamentos químicos y adivina que seguramente se trata de una droga con la potencia necesaria para arrasar con todo, incluido ella misma. “No, se probó en animales y en voluntarios recluidos en prisiones y no es para tanto”, contesta la reumatóloga.

No le dice que muchos medicamentos nuevos no se aprueban para su uso en los países “centrales” hasta que no pasan la prueba con animales, presos y humanos de países periféricos. Si es que pasan la prueba y antes no dejan un tendal. Es más: pueden aprobar los exámenes y varios años después verificarse que ocasionaron mucho daño. Pero claro, no importa porque siempre habrá algo mejor que también puede ser peor. El asunto es que Sonia me lo consulta esperando mi desaprobación, que también es su esperanza. La logra fácil, pero también le digo que no estoy de acuerdo con inventar un nuevo diagnóstico como si fuera el camino del éxito. Especialmente porque no hace falta y solo serviría para aumentarle el temor y ese estado de zozobra continuo en el que vive. (El lupus es una enfermedad auto-inmune con variedad de peligrosas complicaciones)

Es demasiado iatrogénica esta medicina que se practica sin miramientos de ningún tipo. La obsesión compulsiva de los médicos consiste en ubicar a sus pacientes en algún archivo con nombre. O sea: etiquetar para que las cosas sean claras y, supuestamente, más fáciles de tratar. Hipertensión, Lupus, Gripe, Colon Irritable, Migraña, Cáncer o lo que sea. A partir de ahí se sigue un “Protocolo”, esa aceitada máquina de prescripciones dictaminada por Reconocidas Autoridades Médicas (RAM), ante las cuales se inclina el resto de los mortales, incluidos los médicos, que viven encerrados entre los RAM y los Laboratorios. Tanta inseguridad produce pegoteo con las fuentes de Poder, y ése es el lugar que ha elegido  la profesión médica para aquietar sus angustias y librarse de compromiso. Además: reuniones grupales (Ateneos, Congresos) para reforzar la ideología y diseñar la política.

Tal vez la reumatóloga venía de un ateneo o de un congreso con las últimas novedades acerca de cómo incluir a cualquiera en la categoría estudiada, en la etiqueta correspondiente para hacerlo merecedor del medicamento en experimentación. Tal vez el Lupus era la estrella del Congreso, simplemente. Sí, sí, solo le falta un síntoma pero es muy fácil conseguirlo y hasta más: no es imposible agregarle algún otro de cosecha personal para exhibir en el próximo Congreso y lograr un viaje gratis con estadía paga. ¿Por qué no? ¿Acaso está prohibido transformar un simple resfrío en un Lupus? A lo sumo le faltarán 28 de los 30 síntomas, pero con un poco de buena voluntad todo es posible.

Ahora la reumatóloga, luego de escuchar la poca disposición de Sonia a funcionar como cobayo farmacológico, ¡le dice que no está tan segura de que lo de ella sea Lupus! No importa si en la semana que transcurrió entre una y otra consulta Sonia necesitó una bolsa de tranquilizantes y cuatro sesiones de apoyo con su psicóloga.

Vení tranquilo, que te espera el peor de los diagnósticos

La medicina moderna cuenta con poderosos métodos de exploración, que hasta hace un tiempo entraban en la categoría de “Métodos auxiliares de diagnóstico”, por ejemplo: sofisticado instrumental para obtener imágenes, refinadas técnicas de laboratorio y estudios funcionales. La referencia a “Métodos auxiliares” tenía un significado preciso: el diagnóstico lo hacía el médico sirviéndose de sus conocimientos y experiencia, los estudios “complementarios” eran utilizados como apoyatura de la hipótesis principal del médico.

Pero todo eso ha cambiado demasiado, al extremo de invertir los papeles: ahora el diagnóstico lo hacen los aparatos, mientras que el médico se ha transformado en “Agente auxiliar de los aparatos de diagnóstico”. Este cambio, brutal para nuestra profesión, se nota claramente en el transcurso de la visita, cuyo desarrollo ha mutado de manera decisiva.

Además de la medicina de urgencia, que es un capítulo aparte, las divisiones o especializaciones clásicas de la medicina son cuatro: medicina interna (“clínica médica”), cirugía, pediatría y ginecología-obstetricia. Esta era una manera eficiente y racional de primera consulta, estableciendo un criterio de base sumamente eficiente. Por ejemplo: si un chico enferma, los padres suelen llevarlo a un pediatra sin consultar con el “clínico”. Si una mujer tiene algún problema ligado a los órganos genitales, a las características de su ciclo menstrual o sospecha que está embarazada, no consulta a un cirujano: va directamente  a ver a un ginecólogo u obstetra.

En este esquema clásico existen especialidades “intermedias” o de alcance más reducido, como traumatología, psiquiatría y otras. Y también especialidades ligadas a los órganos de los sentidos, como oftalmología u otorrinolaringología, por ejemplo. De partida existe algo de confusión en la terminología, incluso en las cuatro especialidades básicas: un “clínico”, por ejemplo, no tiene porqué saber cirugía, pero un buen cirujano sí. Lo mismo ocurre con pediatría y ginecología-obstetricia, que requieren tanto de clínicos como de cirujanos.

Sin embargo, más allá de las especialidades y su necesaria existencia, a cualquiera le gusta que lo consideren una persona y no ésa colección de órganos de la cual se encargan los especialistas. Entonces crece la nostalgia por el “médico de familia”, que ya no existe, encarnada en la aspiración de tener un “clínico”. Se supone que ésta es la persona idónea para hacer un diagnóstico y prescribir un tratamiento en la mayoría de los problemas de salud o, en su defecto y cuando lo considere conveniente, indicar una derivación o interconsulta.

Para entender la profundidad de la cuestión, es necesario despejar la bruma de la ambigüedad que contiene. La actitud de quien desea “tener a un clínico” es la más clara de todas: busca a alguien que lo entienda y lo capte globalmente. Podría confiarle no solo el cuerpo sino también el alma, si encontrara terreno propicio y confiara en el médico. Y es deseable, en esta aspiración, que se trate de alguien que conoce desde hace mucho a su paciente. O sea: alguien que funcione como testigo de la enfermedad y de la salud a lo largo del tiempo. Alguien que se interese de verdad por la vida de su paciente, y no solo por el estómago, los bronquios o el corazón.

Lo más cercano a esta aspiración se encontraba en el territorio de la especialidad básica conocida con el nombre de “medicina interna”, que era pura clínica y de la mejor. Pero eso ya pasó hace tiempo, cada “subdivisión” de la medicina interna devino en franca especialización por órganos o aparatos: cardiología, gastroenterología, neumonología, neurología, endocrinología y así sucesivamente. Dentro de la estructura organizativa de los servicios de medicina interna se creó la función o figura del “coordinador”, que debía funcionar como síntesis o aglutinador de opiniones de las distintas subespecialidades. Pero la idea fracasó, no funcionó, tal vez porque se basa en una crucial contradicción que deviene de la fisiología humana de nuestra cultura: no hay una fisiología unitaria del sistema conocido como “ser humano”, sino la suma o yuxtaposición de la fisiología de los distintos aparatos. O sea: existe una fisiología cardiovascular, otra respiratoria, otra digestiva y así para cada uno de los aparatos o sistemas.

¿De dónde proviene semejante y crucial error que implica graves limitaciones a la hora de intentar entender qué ocurre en la profundidad de cada paciente? Proviene de la mirada “disectora” de la ciencia mecanicista, una mirada que no se ocupa de los sistemas ni de lo que las cosas tienen en común (analogía), sino que se emperra en investigar lo que tienen de diferente (análisis). Esto explica la increíble multiplicación de las especialidades, a extremos que parecen claramente absurdos: ya hay especialistas de hombro o mano, y pronto los habrá de pulgar derecho. En fin, es absurdo y para desempeñar tamaña función no es necesario hacer la larga y extenuante carrera de medicina: bastaría con terciarios y tecnicaturas, nada más.

Ahora volvemos a la legítima demanda de “tener un clínico”, ese intento de tener algún sucedáneo del “médico de familia”. Cuando existían tales personajes, ellos sabían bien que debían crear una atmósfera protectora, un ambiente de seguridad que lograra tranquilizar al enfermo. Su sola presencia bastaba para hacer sentir mejor al yacente en cama (los médicos de familia hacían visitas domiciliarias) y lograba abreviar el curso de casi cualquier enfermedad. Incluso podían no ser “clínicos” en el sentido usual del término y tal cual se desarrolla en este texto. Por ejemplo: el único médico de verdad que tuve en mi vida se llamaba Di Tomasi, vivía y atendía a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Era, en realidad, cirujano general, un término también equívoco porque los “cirujanos generales” eran, en la práctica, cirujanos de aparato digestivo. Pero era al que llamaban mis viejos cuando yo tenía fiebre, dolor de garganta,  tos, diarrea o alguna erupción en la piel. O sea: cualquiera de las enfermedades comunes de la infancia que en ese tiempo se salvaban de diagnósticos ominosos como los actuales.

Era una espera ansiosa la mía: deseaba que Di Tomasi viniera lo antes posible, mientras disfrutaba leyendo novelas de piratas y gambeteando algunos días de colegio. Y bueno: llegaba, se sentaba a los pies de la cama y me examinaba atentamente mientras hacía las preguntas de rigor acerca de los síntomas. Luego me hacía un examen físico (antes los médicos hacían esas cosas) y finalmente hablaba: “Es un problema sin importancia y te vás a recuperar rápido, ahora le voy a dar las indicaciones a tus padres para que vayan a la farmacia y mañana vuelvo a verte”. Listo, santo remedio, empezaba a sentirme mucho mejor antes de comenzar a tomar los medicamentos. No les decía a mis padres, evitando que yo escuchara: “Vamos a hacerle una tomografía para descartar problemas serios y ya mismo mando alguien que le saque sangre para hacer análisis y estar seguros que la cosa es de poca importancia. Y por las dudas voy a recetarle algo muy potente y sumamente eficaz, aunque exista la pequeña posibilidad de afectar al hígado y a los riñones. Pero no podemos correr riesgos”.

Nada de eso, al día siguiente volvía para verificar mi mejoría y listo, a seguir con la vida (y terminar la novela). Está claro que uno desarrolla un vínculo importante cuando la relación médico-paciente tiene estas características. Tanto que, años más tarde y cuando ingresé en medicina fui a visitarlo para contárselo. El me recibió, me escuchó y sonrió cuando se lo conté. Tal vez sintió que en parte era por él y seguro que algo de razón tenía. Me preguntó si ya me orientaba en alguna dirección y le dije que sí: que me interesaba la psiquiatría. Entonces levantó la mirada y me dijo: “Necesitás mucha base cultural para esa especialidad, pero me parece que vos la tenés”. No me dediqué a la psiquiatría pero me fui de su consultorio sintiendo su apoyo y agradeciendo la buena y sana influencia que había tenido en mi vida. En eso consiste hacer medicina de verdad.

La historia, que también es homenaje y agradecimiento, sirve para decir que la medicina de estos días es diametralmente opuesta a la que acabo de contar. De manera que es comprensible que cada vez más gente tenga miedo de consultar a los “médicos modernos”. Primero porque no siempre es el mismo, alguien que conozca la historia personal. Pero también porque apenas son escuchados, apenas revisados y porque salen del consultorio con una lista impresionante de análisis y estudios de imágenes con el consabido y repetido pretexto: “Es para descartar y quedarnos tranquilos”.

Descartar” se transforma así en una palabra ominosa, en una variedad de agresión que logra despertar las fantasías más espantosas. No hace falta ser muy perspicaz para advertir el mensaje implícito: “Tengo que estar seguro que lo tuyo no es cáncer, insuficiencia grave de algún órgano, Sida o alguna enfermedad auto-inmune de pronóstico sombrío”. Y esto hecho rápido, a las apuradas, para sacarse de encima al paciente y sumirlo en un estado de angustia que solo disipará esperar los estudios y su posible benévola información. Pero hasta ése momento todo es zozobra, y esto es imperdonable en un verdadero médico. Es su propio temor lo que está en juego, su incertidumbre acerca de lo que realmente sucede porque ya ha sido formado en la “Escuela Catastrófica” y todo puede, potencialmente, transformarse en alguna enfermedad mortal. Entonces alivia su angustia trasladándola a su paciente y cubriéndose las espaldas ante un posible juicio por mala praxis.

Creo que está claro que esa actitud está en las antípodas de la buena medicina y de la “humana predisposición” que puede exigirse a cualquier médico. No es un detalle ni un adorno simpático: un médico está obligado a tranquilizar a su paciente hasta que no tenga evidencias de que se encuentra ante una situación preocupante. Y cuando la confirme, si es que eso ocurre, sigue obligado a contener y tranquilizar. Está, incluso, obligado a favorecer el llanto o aliviar los posibles sufrimientos de su paciente cuando se trata de la peor de las opciones. Y debe además, estar disponible para acompañar de la mejor manera posible la ida de quienes estén muriéndose.

Es también una reacción desesperada de camadas y camadas de médicos con pobrísima formación clínica y nula experiencia en los asuntos humanos. Está claro que de formular diagnósticos por propia evaluación (equivocada o no) a transformarse en un apéndice de los aparatos y en seguidor a rajatabla de los protocolos que otros diseñan, hay un mundo de distancia. Los médicos han perdido la capacidad de tener el control de una situación y de hacerse cargo de la responsabilidad que ello implica. Se han transformado en burócratas de la salud y no solo son un apéndice de los aparatos, sino también de las empresas que los fabrican, de los laboratorios de medicamentos y de las academias o corporaciones médicas que ejercen una influencia y un poder despóticos sobre ellos. En estas condiciones, ¿cómo podrían tranquilizar a sus pacientes y lograr contener las angustias y los temores inevitables que se ponen en juego?

 De miedo, terrores y ejercicio del poder

Es una patraña eso de que los médicos somos algo así como “dueños y señores de la vida y de la muerte” de los pacientes que atendemos, salvo que se cometan errores demasiado groseros, casi criminales. Pero este no suele ser el caso predominante. Lo importante es advertir y reconocer que cualquier situación en la que una persona percibe que existe algún problema en su organismo produce miedo, por insignificante que aparente ser el problema. Y que consultar a un médico implica otorgarle un poder decisivo, un poder desmesurado sobre su salud y su vida, pero también abre el camino de la esperanza y la posibilidad de resolver el conflicto creado por el malestar y sus verdaderas causas.

De manera que suele acudirse a un médico con dos exigencias, casi siempre implícitas: ¿Qué tengo?  ¿Cómo me puedo curar? Es muy simple, no tiene vueltas. Es función primordial e indiscutible del médico lograr que disminuyan los niveles de temor con sus palabras, sus gestos y sus acciones. Pero suele pasar exactamente lo contrario: no solo su habitual comportamiento logra que el Miedo persista sino que también suelen transformarlo en Terror.

Respecto de esto existen dos actitudes básicas.  Dicen con absoluta seriedad y convicción que temen un problema importante por lo cual indican determinados estudios, o se dedican a practicar un doble mensaje francamente aterrador: intentan tranquilizar con palabras emitidas sin convicción al tiempo que indican una cantidad y variedad de estudios que hacen sentir al paciente de que en realidad el médico sospecha algo terrible pero no lo dice.

Esto último es,  claramente, una despiadada manipulación casi sin disimulo. Una actitud que la mayoría de los médicos se permite amparados por el poder que detentan. Aunque este es un tema por sí mismo, algo que necesita su propio desarrollo, es imposible soslayarlo: los médicos disponen de un notable Poder que la sociedad y sus instituciones les han conferido para emitir diagnósticos y prescribir tratamientos. Es un poder bastante aterrador, algo de lo cual es muy difícil hacerse cargo, pero que suele ejercerse en un estilo francamente autoritario.

Pero claro, los médicos no somos los únicos culpables: contamos con la complicidad de la sociedad en su conjunto, que nos pone en la lista de “Las Autoridades Imprescindibles”. Es un tema tan profundo que sus raíces se hunden en la necesidad de tener padres y madres eternos e infinitos que la civilización patriarcal ha modelado en la conciencia de cada uno de sus integrantes. Y no estoy hablando de lacras del pasado afortunadamente superadas: me refiero a la situación actual, en la que el patriarcado sigue siendo hegemónico, a pesar de variados disfraces y cambios aparentes.

Y bien: el poder patriarcal se mete en los consultorios médicos y sigue vigente, ahora corporizado en la figura del médico. Que no es la única figura por el estilo, obviamente, pero sí la que ahora nos ocupa. Está claro que se debe al sensible papel que han desarrollado los médicos a lo largo de la historia humana, cualquiera sea el nombre que se utilice para denominarlos: chamanes o curanderos, por ejemplo.  Es que el grado de vulnerabilidad y temor ponen a cualquier enfermo de cualquier cultura a expensas de quien lo atiende: es una relación claramente desigual atravesada por la dependencia y hasta la sumisión.

El dolor es una fábrica de Poder. Y la medicina, como institución, usa y abusa sin límites de tamaña posibilidad ofrecida con tanta facilidad por la crucial situación de estar o sentirse enfermo.  Es por todo esto que las palabras, gestos y actitudes de un médico durante la consulta adquieren un papel relevante en la conciencia de quien consulta. No se trata de decir que todo está bien cuando todo está mal, sino de no asustar, de no preocupar y angustiar inútilmente  cuando todavía no hay elementos reales que lo justifiquen. Es necesario saber que un error tan grosero en la relación médico-paciente puede producir efectos terribles en personas con rasgos depresivos, pasivos,  dependientes y acostumbrados a la auto-desvalorización.

Pequeña catástrofe abreviada

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Ahora tal vez esté más claro el significado de la palabreja en cuestión aplicada a las formas actuales y reales de la actividad médica.

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)

CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

Los médicos se han transformado en anunciadores del desastre, en profetas de la calamidad con su obsesiva y desdichada búsqueda del peor mal posible en cualquier situación. Y en muchos hasta se les nota cierto sadismo: parecen deleitarse al anunciar la “posible ruina o trastorno”, el “desenlace dramático” siempre posible. Pero para esto incurren en una atroz desviación de la actitud médica tradicional respecto del dolor y el sufrimiento: “dan vuelta las cosas”, “subvierten y destruyen”. Aunque para lograrlo deban “revolver y trastornar”. Y en todos los casos “dan una vuelta entera” con orientación “hacia abajo”, hacia lo más terrible y doloroso.

Y a veces lo hacen con la curiosa excusa de la “prevención”, otra desdichada mentira que trataremos en la continuación de este artículo.

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Carlos Inza


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Ejercicios visuales

Energética del Orgón

Perdí de vista algunas cosas.

¿Ves claras las cosas?

Las cosas no están claras.

No veo claro ése problema.

Es bueno que las cosas se aclaren.

Sentimientos claros.

Sentimientos borrosos, confusos.

Personas luminosas.

Personas oscuras.

Destellos en la oscuridad.

Destellos de inspiración.

Miopía del alma, no poder ver lejos.

No animarse a ver

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Enceguecerse con una idea, un objetivo, una persona.

No quiere ver la realidad.

Encandilarse con algo, con alguien.

Mirar al costado.

Estar en tinieblas.

Mirar a los ojos o sacar la vista.

Enfocar la vida.

Vivir enfocado en un objetivo.

Asombrarse a cada instante.

No asombrarse por nada.

Enfocar selectivamente algunas cosas, ignorar otras.

Vivir con anteojeras.

No poder ver a los costados, o no querer.

Ojos en la nuca.

Persona desdibujada.

No te ví bien.

¿Cómo la viste?

Mirá lo que pasó.

Miremos juntos ésas dificultades.

Poco campo visual: vida limitada, restringida.

No vés lo que tenés enfrente.

No podés ver lo que tenés al lado.

Veámos este asunto.

Enfoque preciso de las cosas.

Alma bizca.

Deslumbrarse con alguien.

Alumbrarse con alguien.

Borrarse de algo.

Dejar de ver a alguien.

No vió por dónde pisaba.

No pudo ver las trampas que le tendían.

Contemplar los sucesos.

Demasiadas contemplaciones con algunos.

Mirada elocuente.

Mirada seductora, ganchuda.

Miradas atrapantes.

Pestañear con elegancia.

Abrir los ojos de asombro.

Le abrió los ojos.

Le apagó la luz.

La realidad lo mareó.

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Carlos Inza


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La sexualidad nuestra de cada día

Ecología

Hace un tiempo vengo sintiendo el impulso de poder poner en palabras algunos pensamientos sueltos en relación a sexualidad y abrazo genital, y su función en la regulación energética del  los cuerpos y del sistema familiar.

Con el nacimiento de un hijo o una hija surge la necesidad de adaptaciones para hacer frente a los diversos movimientos que tienen lugar en la pareja con esos nacimientos. Por lo mismo, poder mantener viva la llama del abrazo genital es algo de una trascendencia y potencialidad muy grande en la construcción de una familia. Sin embargo, muchas veces las parejas terminan sufriendo un distanciamiento, un adormecimiento de la piel y de la libido, que dificulta el contacto y la posibilidad de reencontrarse físicamente después que los hijos nacen.

El nacimiento de un hijo trae la función de maternar y paternar. En las mujeres se despierta la capacidad de maternar, esto es vincularse y establecer una simbiosis necesaria para garantizar la continuidad en la maduración de un bebé recién nacido; una función dada en gran medida por los cambios hormonales que vienen ocurriendo desde el embarazo. Ese pequeño ser que nace tiene muchas necesidades básicas que atender, generando muchas veces un desequilibrio en las mujeres que están sobrecargadas y agotadas, pudiendo así aparecer un difícil encuentro con sus propias necesidades insatisfechas, angustias y sombras. Pero independiente de angustias y miedos, las mujeres tienen su cuerpo más exigido al tener que dormir poco, alimentarse mal y atender tan poco a sí mismas. Queda muy al descubierto la falta de lugares donde equilibrar su energía: poder volver a lo suyo, sus libros, su deporte, sus proyectos personales, su identidad, su cuerpo, su sexualidad.

El hombre de la pareja deja de ser su hombre y pasa muchas veces a ser el lugar donde la mujer puede descargar el agotamiento, el estrés, el miedo, la rabia y la angustia, marginando así el placer. Lo que antes era vivido como un espacio de placer y descarga sexual ahora necesita ser un lugar de descanso, de no demanda y no exigencia. Principalmente las mujeres que han sido poco cuidadas y maternadas en su historia piden cuidados, amor acogedor, generoso y tolerante (aun cuando no saben pedirlo), en suma piden amorosidad y sostén de sus parejas, incluso cuando esas no hayan sido las bases de la relación anterior al nacimiento de los hijos.

En ese momento de no querer ninguna demanda o exigencia, la solicitud por parte del hombre de mantener relaciones sexuales, es tomada como una exigencia. Lo que luego tendrá que rechazar. Aquí es donde se puede generar una confusión por la que la sexualidad deja de ser de la mujer como una placentera herramienta de equilibrio de su vida energética y emocional, y pasa a ser una obligación, una tarea más en aras de satisfacer al hombre y mantener la cohesión de la pareja.

Es bueno recordar lo que tanto ha hablado Wilhelm Reich sobre la liberadora función del orgasmo, que permite una descarga del excedente energético del organismo renovando su energía y su fuerza creativa, algo de una dimensión muy íntima y personal, y a la vez un encuentro de entrega consigo mismo y con el otro. Es una función fundamental para la vida y la salud y que la mayoría de las veces es distorsionada y/o reprimida por los procesos de socialización. Esa distorsión mantiene los roles de género muy bien marcados. Es una distorsión que aparece cuando se es muy pequeño  y que provocará que ese ser humano no se apropie de su deseo genital. En éste sentido me gustan las palabras de Joan Vilchez cuando dice:

 “W. Reich consideraba la sexualidad como la tendencia natural del organismo al placer, en sentido amplio, no sólo genital. Es sexual todo lo que nos da placer. Es un instinto, al igual que el hambre, el sueño…y que tiende a la autorregulación.

(Nuestro instinto sexual es muy maleable, plástico y creativo, no tiene la rigidez de otras especies animales, ya que está modulado por el ecosistema familiar y social. La sexualidad humana tiene varias funciones: no sólo la reproducción, sino el placer, la comunicación, la creación de vínculos…)”

 Sin embargo, las mujeres desde pequeñas continúan siendo reprimidas en su deseo de satisfacción sexual y genital; quizás ahora ya no en la forma de siglos pasados, sino por medio de una sutil represión que va pasando generación tras generación y que puede empezar desde la vida intrauterina. En el proceso de socialización/dominación de los cuerpos, todavía se escuchan frases como “no te portes como un hombre”, “no juegue en la calle como un hombre”,  “no te sientes así”, “no seas vulgar”. En tanto que a los hombres se continúa sutil o abiertamente diciéndoles “que no sientan”, que “sean fuertes”, que “no lloren”, y que al ser sensibles, compañeros, solidarios están poniendo en riego su masculinidad. La socialización diferenciada de géneros es propia de la cultura, construyendo modos estereotipados donde las mujeres “pueden” sentir el amor y disfrutar de eso, “pueden” identificarse con la madre nutricia pero tener mucha dificultad de acceder al placer sexual pleno y los hombres “sólo” necesitan sexo y tienen más dificultades de abrirse a sensibilidades que pudieran llevarlos a una experiencia de intimidad y sinceridad en una relación. La pelea para salir de los estereotipos es diaria, y se da en los grandes y pequeños actos cotidianos de una relación de pareja.

Tanto las mujeres como los hombres, todos sienten amor y desean satisfacción sexual, pero a veces están más reprimidos de un lado que de otro. Por eso muchas veces es más fácil sostener el juego de esconder qué siento, que pasar a una relación de gratificante entrega.

Quizás al sensibilizar a la mujer para que se adueñe de su sexualidad, de su derecho a usarla o no en su propia economía energético/emocional, podremos liberar algunas cadenas que una y otra vez se arman en la formación de una familia. Pero cuando se dice a una mujer que puede equilibrar su energía vital a través del acto sexual, hay que considerar también que esa sexualidad es fruto de la relación entre dos personas y de los procesos de vinculación que allí ocurren, es decir, de las potencialidades y limitaciones de los integrantes de la pareja.

Si crecemos en una sociedad donde la sexualidad femenina está al servicio de la satisfacción del hombre y la mantención de la familia, ¿qué gracia tiene para la mujer despertar de nuevo ese deseo?

Recuperemos el deseo materno, permitiendo el maternaje que ayuda en la autorregulación de los cuerpos de los hijos para que estos puedan construir naturalmente relaciones más fraternales, espontaneas y regidas por el placer (Casilda Rodrigañez). Dejemos de reprimir el deseo, tanto en la crianza de los hijos como en su propia vida emocional y sexual adulta. Tarea ardua es salir de ese registro reprimido, es un ejercicio diario ya que la cultura de dominación nos ha expulsado del paraíso (del cuerpo materno) muy tempranamente. La esperanza es la de que los niños sean más respetados en su deseo y puedan recuperar con más rapidez una funcionalidad anclada en el placer y en el movimiento para la vida, y capacidad de amar. Pero eso no va a funcionar muy bien si hombres y mujeres no encuentran en su vida familiar y de pareja su propio lugar de regulación del placer en sus cuerpos.

La idea es que podamos ser libres y por ende sujetos de nuestra propia vida sexual, y nunca objetos cosificados en relaciones estereotipadas. La mujer que puede conectarse con su energía sexual tiene la posibilidad de equilibrar el sistema energético de su cuerpo a través del encuentro con su pareja.  Y así volver a su bebé con la energía justa y necesaria. El vínculo con su bebé engloba otro tipo de relación libidinal. No es necesario poner en un plano de competencia la relación de pareja y la relación con los hijos.

Una vez más, habría que resaltar que en el momento del nacimiento de un hijo, la balanza queda tan desequilibrada que es difícil encontrar satisfacción, gratificación, descarga genital y crecimiento para los miembros de una pareja.

A veces puede llevar algunos años que la pareja vuelva a encontrarse sin un niño entremedio, sin ansiedades, sin demandas constantes. Por esto es que solamente el encuentro con la propia sexualidad, en un acto de decisión y lucidez, es lo que puede reactivar el vínculo físico de la pareja (más allá de familia). Y sin dejar de entender que “la genitalidad, el orgasmo, no “se consigue”, no se “alcanza” volitivamente o con técnicas mecanicistas: es una capacidad que todo organismo tiene pero está limitada. Aunque siempre existirá sexualidad, y, por supuesto, todo lo que permita el goce; ese goce, esa capacidad de placer, está limitada y condicionada por el carácter y por nuestra coraza muscular” (Maite Pinuaga, pág. 25), y por lo mismo se torna difícil acceder a la sexualidad sin trabajar aspectos del carácter y de la coraza.

 En los últimos tiempos, cuando hablo con los hombres de los grupos de crianza que coordino, utilizo la expresión “Guardianes de LA PAREJA”. Ahora lo explico, antes que algunas mujeres se enojen conmigo…

Me viene la imagen del hombre como guardián de ese vínculo hombre-mujer y también guardián de la familia. Alguien con la enorme tarea de proteger y favorecer la relación materno infantil, así como alguien que recuerda a la mujer que él la desea, que la está esperando y así protegiendo el espacio de la pareja. Si la mujer sabe que está siendo protegida y que hay alguien que la puede ayudar a salir de su profunda conexión con el bebé y consigo misma, podrá entregarse a la tarea de maternar sin culpa, sin represión y sin competencias. Todos se benefician.

Infelizmente no siempre es esto lo que ocurre. Diversas fórmulas y combinaciones son posibles frente al nacimiento de los hijos. Los hombres pueden ponerse celosos del vínculo materno infantil al sentirse desplazados, puestos en un segundo plano al tener que esperar y a veces incluso ser los últimos de la lista. Otros se pondrán muy maternales, dejando de proteger y pedir a la mujer espacios de a dos. También hay padres que desaparecen y les cuesta tomar la responsabilidad de la familia y de la pareja durante un tiempo. Puede también ocurrir que los hombres tengan mucha dificultad en desear a sus mujeres una vez que estas se convierten en mamás, pues no pueden dejar de verlas como “madres”. Sin hablar de los casos donde el desamor es lo más presente en la pareja y familia. Cada caso es único y no es correcto generalizar; aun así siento la necesidad de reivindicar el poder sanador del abrazo genital.

Este texto está pensado para las familias donde los hombres quieren paternar y, cada uno a su modo, contribuir al desarrollo y maduración de sus hijos. Es lo que hoy podemos llamar paternidad activa y corresponsabilidad en la crianza. Hombres que están dispuestos a cuestionar algunos patrones de su propio proceso de socialización, y además hombres que desean a sus mujeres. Pero si esas mujeres no pueden tomar a sus hombres como seres deseantes y solamente como padres de sus hijos, la pareja puede estar en peligro.

A veces en la cabeza de la mujer hay mucha confusión. No pueden tomar a sus hombres, aparecen las rabias, los desencuentros, las competencias y el deseo sexual naufraga entre tantos enredos.

Ocurre que también es una tarea para las mujeres la de valorar el acompañamiento que los hombres puedan brindar y confiar en sus capacidades aunque sea de forma muy distinta a las suyas. Ya sabemos que en lo general es la mujer quien está sola en la crianza, pero no siempre es así. Y cuando no lo es, muchas veces, igual está la dificultad de incorporar al hombre en los procesos de crianza y retomarlo como pareja.

En la nueva familia que se forma, hombres y mujeres están buscando lugares más cercanos, más respetuosos para acompañar a sus bebés. Y los patrones relacionales seguramente tendrán que flexibilizarse para que no repitamos las historias de desencuentro de nuestros antepasados que pone, mujeres por un lado y hombres del otro. Pero si una mujer continua quedando sola en la crianza, ella guarda muchos rencores que después inevitablemente son llevados a la relación de pareja en forma de reclamos, amortiguamiento de la vía sexual, entre otras cosas.

Los hombres como guardianes, y no como policías, son los que pueden recordar a la mujer  que hay otra vida que las espera, que hay un amor que la protege y la desea, mientras ella resurge como mujer y madre.

Adaptar la pareja a la familia no es fácil.

En relación a la sexualidad genital, quizás lo mejor es que pudiéramos pensar que lo que le cuesta a la mujer es la penetración, principalmente en los primeros meses después de un parto, por cuestiones obvias de reacomodación del cuerpo y de los órganos genitales y útero. Pero sí pueden estar abiertas a las caricias, masajes, acercamiento corporal, besos, masturbación, escucha, compañerismo. Por otro lado muchos hombres quizás no puedan pensar en acariciar, besar, masajear, conversar sin la penetración. De nuevo aparecen las respuestas estereotipadas, incluso cuando la intención es otra.

Quizás el juego no es a todo o nada. Qué pueden aportar cada uno hasta que puedan TODO nuevamente?

El abrazo genital es la posibilidad de fortalecer lo individual y lo trascendental. La salud bioenergética del cuerpo requiere la descarga del excedente de energía vital. En una relación sexual están en juego el equilibrio del cuerpo, de las emociones; es un espacio de conexión profunda con uno mismo, con el otro y con el cosmos (Wilhelm Reich, Mikel García). Pero si la sexualidad es una disputa de poder posiblemente la mujer no quiera dar su poder al hombre.

La función sexual es el modo más “simple” de reencuentro con la totalidad. Y de eso se trata, que la mujer no piense que la única forma de satisfacer su libido es a través de la relación con el bebé. Porque además de no ser cierto, no es justo para el bebé.

No pongamos en un plan de competencia la maternidad de un lado y la vida en pareja del otro: no pongamos a mujeres y hombres en esta competencia, porque seguro que a los bebés no les interesa. Y una pareja que, a lo largo de su relación, continúa a mirarse, a desearse, ayuda a un hijo a encontrar su propio lugar en la familia.

Decirlo es fácil, pero en la práctica es más difícil porque las mujeres (históricamente hablando) están muy heridas por los hombres (de su historia), y para sanar esas relaciones en su propia relación de pareja necesitarán de mucho placer, entrega a sí misma y a su cuerpo. Conocer qué les gusta, cómo les gusta y qué pueden pedir a un hombre. Y para un hombre es la hora de ser creativo y dejar de recibir la comida caliente encima de la mesa o de la cama.

Lo cierto es que la realidad es compleja y cada historia de pareja es única. No pretendo explicar todo con estas palabras, aunque podamos encontrar muy a menudo formas estereotipadas (acorazadas) de ser en las mujeres y hombres y en sus conductas de pareja y sexuales. Mi invitación es para que seamos más revolucionarios en el amor, intentemos romper con nuestros esquemas patriarcales en los roles de género que terminan por alejar el placer de la vida familiar. Revolucionemos el amor, hombres y mujeres, intentando unir corazón y pelvis adentro de nosotros mismos y en el abrazo genital. ¡La familia entera agradece!

Referencias:

Casilda Rodriguañez, (2008). La sexualidad y el funcionamiento de la dominación. La rebelión de Edipo II. Ediciones La mariposa y la iguana: Argentina.
Joan Vilchez, SEXUALIDAD Y PSICOTERAPIA CARACTEROANALÍTICA. Comunicación al 11º Congreso de la Federación Europea de Sexología  Madrid, 20 – 22 Septiembre 2012
 http://www.esternet.org/sexualidad_y_psicoterapia_caracteroanalitica.htm
Maite Pinuaga, Habitar la Pelvis (ese paraíso perdido)
http://maitesanchezpinuaga.es/descarga/habitar_la_pelvis.pdf
Mikel García, (2000) Sexualidad y transpersonalidad. Barañaín.
Wilhelm Reich (1977). La función del orgasmo. Ed. Paidós. Barcelona

 Munich Vieira Santana