Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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Sobre Crianza Ecológica

ECOLOGIA

Por Munich Santana

Hablar de crianza ecológica importa tener en cuenta la relación de todas las variables que marcan los objetivos puntuales en cada fase del desarrollo. Variables que van confluyendo en cada momento histórico del desarrollo de una vida: desde lo intrauterino, hasta el proceso de nacimiento y desarrollo de la fase maternante, en la relación con la figura materna. O con la figura paterna, la entrada en la familia o escuela, el desarrollo de la sexualidad, entre otras. Estas variables pueden darse en un plano micro (por ejemplo adentro de los cuerpos de la madre o el padre) hasta en un plano macro (como el de las estructuras sociales en que vivimos). Somos seres socio-históricos siempre, aun cuando  todavía vivamos adentro del útero de nuestras madres; somos seres biológicos aún cuando estamos enmarcados en espacios sociales o emocionales.
Tomar apenas la madre o el padre, la lactancia o la escuela, por separado, e intentar analizarlos, es una mirada limitante porque estos son aspectos parciales de una serie de variables que van confluyendo en todo momento de la crianza. Por supuesto en cada fase hay un aspecto que es más importante que otro, pero siempre está vinculado con los otros aspectos del ecosistema familiar y social.


Características de la crianza ecológica:

Interrelación entre distintas variables 

Influencia de la cultura de los padres y de la historia de cada individuo.
La jerarquía del tiempo hace que en determinado momento sea la madre, o el padre, o los grupos sociales, o la escuela, quienes tengan más peso. Esto no significa que las otras variables no estén presentes, sólo que están fuera del foco, al tiempo que hacen parte de la escena de la crianza. Y todo el tiempo estas variables se interrelacionan en el sistema familiar y social.
Perspectiva colectiva:

Reconocimiento de todas las necesidades de los miembros de la familia, donde el apoyo mutuo es una función muy enriquecedora del proceso de crianza.
Perspectiva temporal

Tener claro ésta perspectiva permite comprender el presente a partir del pasado (historia), y así tener una perspectiva de futuro (prevención), hacia donde vamos y porqué hacemos lo que hacemos en el proceso de crianza. Es decir no mirar apenas el fenómeno en el presente, como si las respuestas pudieran ser entendidas y sostenidas, separadas de un contexto histórico.
– Sostenibilidad

Un acto en la crianza puede ser pensado y propuesto por una familia o por sistemas macro sociales, cuando están dadas las condiciones que permiten sostener éste acto. Si no, es necesario crear las condiciones de sostenibilidad. Las propuestas de crianzas tendrían que salir del plan ideal para llegar a un plan real y sustentable para una familia. Ejemplo: ¿una mujer que deja de trabajar por un año para cuidar a su hijo, está haciendo un acto sustentable?.  ¿Es sustentable para una mujer que está angustiada y que se siente sola o muy ansiosa frente a su bebé, prolongar la lactancia hasta que éste decida dejar de tomar la leche materna?. No podemos decir que si o que no apenas con estos argumentos, antes bien habría que acercarse a la historia de cada familia y tener en cuenta las variables, la perspectiva colectiva y temporal, evaluando si es sostenible o no lo propuesto; esto es dejar de trabajar, encarar una lactancia prolongada.

Volver a la tribu
Es importante volver a la idea de Tribu, donde los roles psíquicos no estén tan marcados, donde lo importante sea la función y que todos cooperen para que ésta se dé. Si pensamos en el rol de madre (y hay una tendencia a endurecer la mirada y pensar que es aquello que hace solamente la mujer) o rol de padre (aquello que hace solamente el  hombre) nuestra mirada será estrecha y parcial. Pero si pensamos en función materna (cuidar, favorecer condiciones de contacto permanente con el bebé), ésta puede ser ejercida por cualquier persona con capacidad de contacto, y que ofrezca al bebé lo que éste necesita para contemplar las necesidades del período post-natal. Por otro lado, si pensamos en función paterna (sostener, contener y en otro momento separar y estructurar), ésta también puede ser realizada por cualquier persona que cumpla esta función. Aunque no haya madre o padre, es importante en un determinado momento del desarrollo  que  alguien cumpla las funciones materna y paterna.
La tarea de criar un hijo es una tarea muy grande para una única persona, incluso para dos; y es la razón por la que se sobrecargan los sistemas familiares, pues las familias suelen ser núcleos pequeños y cerrados de crianza. Abrirse a grupos sociales un poco más amplios, recuperar espacios, sean estos pequeños, que funcionen como tribus de crianza para crear condiciones de sostenibilidad y apoyo mutuo, son de suma importancia en el momento en el que uno decide seguir un camino de respeto a la autorregulación del niño, a sus ritmos, etc. Tribus que respeten y toleren, en el proceso de crianza, lo que cada uno puede o no puede hacer, sin culpabilizar o intentar cumplir ideales. Caminar en la recuperación de un modo de crianza más abierto, colectivo y responsable.

 

Texto construido sobre inspiración a partir de clases de Xavier Serrano.

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LA ECOLOGÍA HUMANA

            PREVENCIÓN Y PROFILAXIS

 Por Álvaro Fernández Luzardo

En los últimos tiempos la humanidad ha estado muy ocupada en elaborar estudios cada vez más eficientes para conocer y comprender los fenómenos de la naturaleza con el propósito de dominarla y controlarla. A su vez ha desarrollado tecnologías cada vez más sofisticadas para aumentar el confort y facilitar su vida cotidiana, reforzado y amparado en el llamado “estado de bienestar” llevado adelante fundamentalmente en Europa.  En estos terrenos los seres humanos han hecho grandes progresos, pero con el tiempo comenzaron a aparecer algunos problemas, percatándose de que algo no va bien. Por un lado el impacto medioambiental que el desarrollo civilizatorio ha ocasionado comienza a preocupar seriamente tras el evidente deterioro y desequilibrio ocasionado en nuestro planeta, refiriéndonos solo a lo macro, a lo visible. En este sentido el movimiento ecológico de los últimos tiempos reaccionó con una alerta desesperada que a regañadientes comienzan a incorporar, desde el discurso, los ámbitos políticos. El daño que estamos haciendo al planeta es de por si alarmante, pero en los hechos, la estructura y la organización general de la población humana, que es la causa de la depredación planetaria, continúa adelante como si nada pasara. Pero hay otro aspecto del que se habla poco, y es el impacto que el proceso civilizatorio, la cultura, ha tenido y tiene sobre la “naturaleza humana” en particular.

La cultura tiene por objetivo dominar, controlar y ajustar la naturaleza humana para adaptarla a su civilización. En esa carrera emancipadora que el hombre viene desarrollando desde hace miles de años contra su naturaleza animal, instintiva, esa lucha cultura contra natura, comienza a mostrar algunas consecuencias preocupantes. Pero al igual que ocurrió con el medioambiente, tuvo que pasar un tiempo considerable para que ciertas repercusiones se comiencen a evidenciar. El ser humano comenzó a modificar deliberadamente procesos biológicos que la naturaleza tardo milenios en desarrollar, en función de  nuevas demandas que surgen desde  nuevos intereses de  la organización moderna socioeconómica. Por poner algunos ejemplos; En los años cincuenta, en época de posguerra se promueve masivamente la lactancia a biberón, para que las madres se sumen como mano de obra. ¿Qué consecuencias tuvo este cambio aparentemente inocuo en el desarrollo humano? Otro ejemplo es el incremento exponencial que ha tenido en los últimos años los nacimientos por cesáreas programadas, y por ende la disminución de partos naturales. ¿Sabemos las implicancias de éste otro cambio? También está el surgimiento masivo de guarderías desde los 6 meses o antes; modificando tajantemente los vínculos entre madres e hijos. ¿Qué repercusiones tendrán estas modificaciones de las condiciones vitales a mediano y largo plazo?

Conocemos bastante bien las condiciones ambientales que una semilla necesita  para poder crecer y florecer, pero paradójicamente conocemos poco las complejas condiciones ambientales que necesitamos nosotros, los mamíferos humanos, para desarrollarnos de manera óptima.

Utilizo el término “ecología humana” para referirme al estudio, investigación y comprensión de las complejas condiciones ambientales, que el mamífero humano necesita para desarrollarse saludablemente a lo largo de toda su vida.

Los seres humanos somos uno de los mamíferos más vulnerables y dependientes que existen en la naturaleza. Las condiciones ambientales y los vínculos afectivos primarios son de vital importancia para un desarrollo saludable. Pero desconocemos en profundidad nuestras dinámicas vitales;  biológicas y psicoafectivas necesarias para autorregularnos a lo largo de toda la vida, que forman parte de la ecología humana, y que hacen posible una sostenibilidad cotidiana, placentera y expansiva.

Los procesos de acompañamiento y cuidados primarios son bien conocidos por el resto de los animales mamíferos, que responden, desde su “saber” instintivo, desde su “sentir” lo que hacen y cómo lo hacen, y desde el “contacto” que establecen con sus crías. Lo que les permite entablar un lenguaje desde el cual mantener una retroalimentación que tienda al equilibrio y a la armonía en el sistema, necesaria para favorecer la expansión y el crecimiento vital.

Los seres humanos, las criaturas más “inteligentes” del planeta, vamos perdiendo cada vez más esa capacidad de contacto y de comunicación con nuestros bebés. Esa capacidad instintiva primaria tan necesaria, sobre todo, en los primeros tiempos de la vida.

¿Porqué hemos perdido estas capacidades naturales?

La preponderancia del desarrollo neocortical en los seres humanos, el último y moderno tercer cerebro, con sus novedosas adquisiciones como el razonamiento y  la capacidad de predecir, con su noción de temporalidad, entre otras,  fue relegando la utilización de los sistemas más antiguos filogenéticamente hablando, y de esta forma fuimos desprestigiando y subestimando ciertas capacidades más primitivas. La razón fue desplazando a la emoción y al instinto, y así nos fuimos atrofiando y desconectando de nuestro campo de conciencia y  de nuestro rango de acción, a estas fuentes de sabiduría que fueron cultivadas durante millones de años.

El  hombre moderno, comenzó un camino de emancipación, separación y desconexión, deslumbrado y cegado por sus nuevas y potentes cualidades. Las características y lógicas de éste nuevo cerebro, son las que comienzan a  determinar un nuevo paradigma, nuevos valores y una nueva forma de organizar sus sociedades y elaborar una nueva cultura. Una de las nuevas cualidades es la capacidad de abstracción, que le da la posibilidad de separarse, de pensarse individualmente. Esto comienza a instaurar una de las características más prominentes de nuestra sociedad actual; el individualismo y la competitividad. Y el alejamiento de la espiritualidad en todas sus facetas, la pérdida de ese sentimiento de pertenencia, de unión y de conexión con el resto de los seres vivos y con la naturaleza.  Otra de las nuevas cualidades es la capacidad analítica, que lo lleva también a separar, a desmembrar y comprender al universo como una máquina, compuesta de piezas, individuales e independientes.

El nuevo hombre, arrogante y soberbio, ya no cree en nada ni en nadie, solo en sí mismo, aislado y solo, tampoco confía en ningún otro sentido que no sea la razón, y no cualquier razón, sino su única razón propia. En búsqueda de la verdad, prosigue un aumento exponencial de conocimiento ,información e ideales, que en los últimos tiempos, con internet y las redes sociales, ha tenido un crecimiento exponencial vertiginoso, que paradójicamente, lo ha llevado a un atolladero cada vez más ineficiente y estéril.

La salida no aparece con nuevos discursos, nuevas ideas o teorías y explicaciones, porque todas ellas no nos alejan ni un ápice de la dimensión de lo mental, no logramos salir de la cabeza! Lo que supuestamente nos hace ser la criatura más inteligente nos condujo a una trampa, que de no salir a tiempo, se puede convertir en fatal para nuestra propia especie.

Éste es el desafío, recuperar nuestra humanidad perdida, nuestra conexión con las capacidades abandonadas, con el saber instintivo y el contacto emocional, que nos puede devolver la esperanza de recuperar nuestro bienestar perdido y nuestra unión con la vida. Esto no significa abandonar las modernas capacidades adquiridas, sino el poder integrarlas a las demás.

La razón, la capacidad contemplativa, reflexiva, etc, son muy útiles para nuestro crecimiento y evolución personal, y como especie, sino se vuelven déspotas y negadoras del resto de capacidades que también son fundamentales y que no las puede suplantar el órgano cerebral recientemente evolucionado.

¿Cuáles son las condiciones óptimas, ecológicas, para que los seres humanos lleguen a desarrollar el potencial verdaderamente humano?

“Aplicar las leyes del funcionamiento ecológico al ciclo vital del desarrollo humano, desde la vida intrauterina hasta la adolescencia, permitiría recuperar los valores esenciales de la humanidad y promover un cambio general hacia la salud y la felicidad”. (Serrano 2012).

La ecología humana , entonces, es el estudio de las condiciones vitales, que incluyen factores no sólo físicos, fisiológicos y biológicos, sino que dan primordial importancia a las interacciones y las relaciones afectivas y emocionales entre los seres humanos, condicionados desde lo sociocultural.

En Uruguay estamos llevando a cabo esta praxis desde nuestro Centro de Autorregulación Infantil  “Ecohum”, desde donde ofrecemos asistencia, asesoría y acompañamiento en la crianza a la familia. También trabajamos sobre la difusión de ésta mirada dando cursos, conferencias, talleres y  actividades grupales psicosociales.

“No podemos decir a nuestros hijos que tipo de mundo sería o habría que construir, pero podemos equipar nuestros hijos con el tipo de estructura caracterial y con el vigor biológico que les harán capaces para tomar sus propias decisiones y encontrar sus propios caminos para construir, su propio futuro y el de sus hijos.” Wilhelm Reich

 

 

Bibliografía

J.Mañas Montero- Autorregulación y Autogobierno , un abrazo entre Psicología y Educación.

W.Reich- Los niños del futuro.

W.Reich- El acorazamiento del recién nacido.

X.Serrano- Al alba del siglo XXI

Álvaro Fernández Luzardo

Psicólogo y Psicoterapeuta Caracteroanalítico

 Especialista en prevención primaria e intervención ecológica de sistemas humanos

Integrante del Centro Reichiano de Montevideo y del Ecohum (Centro de Ecologia Humana)


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Bienvenido bebé

PREVENCIÓN Y PROFILAXIS

Por Munich Vieira Santana

Yo lloraría

Vos llorarías

Él lloraría

Ella lloraría

Nosotros lloraríamos

Vosotros lloraríais

Ellos llorarían

Todos lloraríamos junto al recién nacido si pudiéramos estar a su lado en una sala normal, típica de neonatología post parto de casi todos los hospitales y clínicas donde ocurren nacimientos, viendo toda la violencia que se impone a un cuerpo que recién está saliendo al mundo externo.

Se pincha, se aspira, se entuban mangueras por la boca y el ano, se le aplica colirio en los ojos: prácticas agresivas, invasivas, frías…. Y así pasan muchos minutos, a veces horas antes de volver a los brazos de su madre…

Todo lo opuesto a lo que necesita un bebé recién nacido.

Primero que todo un bebé no debe ser sacado tironeando de adentro del cuerpo de su mamá. Ese tironeo produce una tensión a nivel óseo de la base craneana que puede provocar dolor de cabeza y tensión de cuello.

El bebé recién nacido no necesita ser aspirado por las vías nasales porque ya dispone de mecanismos naturales como la tos y el estornudo para eliminar secreciones. Por lo demás la aspiración puede perjudicar ya que presionar el fondo de la nariz podría provocar el reflejo vagal, susceptible de generar apnea en los bebés.

El tema de corte prematuro del cordón ya es discutido hace mucho tiempo y con varias evidencias científicas que explican y comprueban que tendríamos que esperar (tan solamente esperar) que el cordón dejara de latir, o al menos esperar de 5 a 6 minutos. En general se corta muy tempranamente el cordón umbilical, casi mecánica e inmediatamente al nacimiento esto es antes que el bebé pueda hacer la transición completa de la respiración fetal a la respiración pulmonar, que se da cuando la sangre que está en la placenta pasa al cuerpo del bebé facilitando la eliminación de líquido pulmonar fetal y la entrada de aire a los alveolos pulmonares. De ese modo se permite que se instale la respiración pulmonar de modo paulatino, fisiológico y saludable.

El bebé no necesita recibir un baño post nacimiento, mucho menos necesita -en la equivocada creencia de que “nace sucio”- ser refregado para sacar cada centímetro de su vernix (substancia compuesta de agua, grasa y proteína que reviste la piel de algunos bebés). En todo caso si el bebé va a ser bañado que sea por su madre o algún familiar y no por otra persona del equipo médico. Y sin lugar a dudas de ninguna naturaleza esa acción puede ser esperada.

La vitamina K puede ser administrada por vía oral (sin necesidad de pinchar al bebé). El colirio de nitrato de plata (que suele dejar los ojos irritados y párpados hinchados) y que se utiliza para prevenir una conjuntivitis (fruto de la bacteria causante de la gonorrea) puede ser administrado en las primeras horas de vida. No es de vida o muerte que se lo aplique inmediatamente al nacer el bebé.

Pesar y medir también son procedimientos que pueden esperar para que se los realice, pudiendo incluso ser llevados a cabo dentro de las primeras 24 horas (porque solamente después de las primeras 24 horas el bebé puede llegar a perder peso). Es necesario comprender que no se trata de una competencia acerca del tamaño del bebé al nacer. Ningún ser humano va a ser mejor o peor si al nacer mide 48 o 51 centímetros. Sin duda tiene su importancia por cuestiones de salud registrar las particularidades de peso y medidas al nacer, sin embargo tampoco es necesario que esto ocurra antes que el bebé reconozca a su madre, y tenga un tiempo de tranquilidad para el establecimiento del vínculo con ella.

El momento en que el bebé está más alerta es después del parto, ya que el stress producido durante el mismo lo deja despierto, atento y listo para hacer su primer acercamiento a la madre: reconocimiento del olor, desarrollo del reflejo de reptación y succión, que favorecerán los movimientos hormonales tan importantes en la lactancia. Cuando los bebés son alejados de sus madres y llevados a la nursery para una serie de procedimientos de rutina, que son considerados más relevantes que el establecimiento del vínculo con su mamá, se está desperdiciando una hora muy importante en la que madre y bebé vuelvan a reconocerse. Dos horas después del parto el bebé se entrega a una letargia fisiológica para descansar de la actividad física realizada durante el parto. Si el bebé justo vuelve a los brazos de su madre en ese momento estará muy agotado para mamar y establecer vínculos, ya alterando la conexión con la lactancia. Y cómo justificar el procedimiento que a veces deja un bebé sin ningún motivo médico alejado durante horas de su madre?.

El mejor lugar para que esté un bebé es al lado de su madre, en su cuerpo. El cuerpo de la madre es la incubadora natural para un bebé recién nacido, necesite o no de atención médica especial. Casi todos los procedimientos pueden ser realizados con el bebé en cima del cuerpo de su madre, mientras se espera la eliminación de la placenta (se espera? Bueno, ese será otro tema).

El parto es un momento de mucha actividad muscular para madre y bebé, y se merecen estar juntos y tranquilos pos nacimiento. Hay mucha base científica que dice que el mejor lugar para un bebé es junto al cuerpo de su madre y después de tremenda actividad física, nada más justo que un buen descanso uno en los brazos del otro.

En mi tarea de acompañar procesos terapéuticos de familias y adultos, puedo ver las secuelas de un nacimiento traumático. Niños que nacen muy heridos, irritados, con una marca de llegada al mundo con mucha violencia y reaccionando a esa violencia con su stress neonatal. Bebés que lloran los primeros días inconsolablemente, madres que no entienden qué pasan, qué es lo que podrían estar haciendo mal si todas las atenciones están aseguradas, incluso las de contacto tierno y amoroso. Madres que se desesperan en un puerperio donde ellas mismas están frágiles; noches sin dormir y un bebé que sólo llora en sus brazos.

Y les puedo decir con seguridad que ese bebé llora el dolor de su nacimiento. A veces incluso con dolores en el cuerpo que no pueden expresar de otra forma que no sea por el llanto. A veces hasta la piel les duele.

En terapia de adultos hay regresiones al momento del parto, al terror al nacer, al frío que revive la piel, recuerdo de susto de los toques. El cuerpo tiene memoria. No hay palabras para describir las profundas sensaciones de miedos de esos recuerdos.

Pienso que el trabajo con un recién nacido es devolverle lo más pronto posible la seguridad y ayudarle a eliminar las respuestas de miedo y dolor producidas por el momento del nacimiento y primeros manipulaciones en las que no fueron respetados.

A veces demoran días, meses, incluso años para que las secuelas se vayan borrando. Hay organismos que nunca consiguieron terminar de eliminar el dolor, el frío, el miedo al contacto con los otros y llevan las marcas de un camino esquizoide, o comportamientos violentos y anti social y hasta desarrollan una escisión esquizofrénica como modo de escapar al contacto con el stress que el mundo les inflige, y a la violencia y desprotección que se reedita en sus relaciones. Un cuerpo que para protegerse de un dolor precoz contrae su plasma vital (Wilhelm Reich)

Según Bergeret, la estructura psicótica corresponde a una debilidad de la organización narcisista primaria en los primeros instantes de vida, y Wilhelm Reich diría que es fruto de perturbaciones biofísicas que se dan en un organismo uterino o extrauterino luego del nacimiento.

Por supuesto no quiero decir que un solo factor es suficiente para determinar una estructura psicótica en la vida de un ser. Pero ese trauma y violencia impuestos al cuerpo del recién nacido es uno de los factores más importantes, y que cuando no son compensados dejan marcas profundas.

No tomamos demasiado en serio lo que ocurre en un parto con los recién nacidos, no lo podemos dimensionar. Escucho a gente decir que vivió lo que ha vivido la mayor parte de los niños, que incluso ha ido a incubadora, etc., y que sin embargo no está loca ni es una mala persona. De ninguna manera estoy queriendo decir que quien vive lo que viven la mayoría de los bebés en nuestra sociedad va rumbo a la esquizofrenia. Digo que se trata de un acto de violencia que debemos evitar y que cuando no es posible evitar, debemos compensarlo. Y seguramente no nos quedamos todos malheridos porque muchas madres devuelven a sus bebés el lugar seguro, caliente y calmo facilitado por el vínculo materno infantil del primer año de vida, es decir compensan la experiencia de dolor.

Debemos permitir y facilitar que un bebé sea respetado en su nacimiento, ayudar a que él pueda estar con el campo sensorial tranquilo y abierto para recibir el mundo, para conectar con lo externo.

Si hay miedo inmediatamente el cuerpo se endurece, se encoje, se contrae, viene el llanto, los canales se cierran y el bebé se protege del contacto con el mundo, no abriéndose a mismo, o demorando en hacerlo. Por suerte los bebés tan luego vuelven a los brazos amorosos y tranquilos de sus madres vuelven a restablecer un equilibrio. Ahora bien, si madre y bebé están heridos post parto, esa madre va a estar asustada, con miedo y va a demorar darle a su bebé la tranquilidad que él necesita. Porque nadie puede dar lo que no tiene.

Se podrían evitar tantas secuelas físicas, emocionales y psíquicas con tan sólo respetar y proteger el parto, sea donde sea que se realice el nacimiento. Si pudiéramos ESPERAR que la naturaleza siguiera su sabio curso que favorece el paso de la vida intrauterina para la extrauterina, enraizando en el cuerpo y en el campo de energía de su madre con contacto y confianza, al bebé le estaríamos asegurando salud, y un desarrollo en un “continuum” de expansión y placer. De ese modo:

Yo sonreiría

Vos te iluminarías

Él estaría tranquilo

Ella estaría abierta a recibir

Nosotros volveríamos a confiar en la vida

Vosotros agradecerían

Ellos simplemente contemplarían

Y todos seríamos una humanidad un poco más sana.

Fuentes de inspiración:

Rutinas, pruebas y cuidados del recién nacido in https://www.elpartoesnuestro.es/informacion/posparto/rutinas-pruebas-y-cuidados-del-recien-nacido.

A espiritualidade do contato de Silja Wendelstadt

Nacimiento sin violencia de Leboyer

Sufrimiento maternal y afecto umbilical de Frank Lake

Bioenergética Suave, Eva Reich

Niños del futuro Wilhelm Reich

Charla de neonatóloga Ana Paula Caldas en el congreso virtual Nascer Melhor

O nascimento desde o ponto de vista do bebé! por Ana Paula Caldas

 

Y ahora unos videos que muestran algunos procedimientos y además la forma cómo los hacen….

El primer una verdadera clase de mal gusto (atención que es muy fuerte)

El segundo muestra otra forma, aunque con muchas de las intervenciones pero de un modo menos invasivo

El tercero es un parto hospitalario de modo respetado para la madre y hija, Quien no quiera ver el parto salte hasta el minuto 7.30, En los hospitales puede nacer otra forma de parir y cuidar el recién nacido.

Y el cuarto es un parto domiciliario, donde también si no quiere ver el parto puede saltar hasta el minuto 7.30.

 


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El parto en la trampa

Prevención y Profilaxis

Este texto parte de experiencias, comentarios, ideas y la unión de algunos cables sueltos que siempre están en mi cabeza.

Es un texto que va en la dirección, en el espíritu de la titánica tarea de cambiar el mundo, es decir cuán grandes son sus pretensiones. Pero a la vez la conciencia de ser un grano de arena es lo que me permite ser austera, ya que sé que no es tarea para mí solamente, ni tampoco para una única generación. Otros la comenzaron y la tarea continuará más allá de nosotros.

Quisiera hablar de la trampa en la que tantas veces veo caer a mujeres que quieren parir, conectarse con su bebé, proteger a su cría.

Cuando nos quedamos embarazadas nos abrimos a un mundo nuevo lleno de deseos y felicidades, pero también de miedo a la responsabilidad y de sensación de vulnerabilidad, entre otras cosas. Con más o menos conciencia transitamos el embarazo y a veces podemos llegar a desear un parto natural: y esto así porque tengo conexión con lo que significará para mi bebé y para la especie que yo pueda realizar el mejor parto diseñado por la naturaleza, y porque queremos sentir y permitir que ocurran las transformaciones necesarias para la llegada de otra vida.

En ese juego de si puedo parir o no cuentan muchas variables, que se abrirán con la manifestación de nuestras particularidades y hasta contradicciones: mi deseo, mi cuerpo, mis relaciones personales, cuanto apoyo tengo, mis miedos y mi historia, etc. Podemos entonces en cierto grado flexibilizar, ayudar a tomar conciencia y apoyar la idea de que sí, que es posible parir y en muchas más ocasiones de las que habitualmente suele ocurrir.

Por otro lado tenemos “el dónde” y el “quién” puede acompañarnos. Y aquí voy a considerar el lugar donde más partos ocurren: la maternidad. Sea ella privada o pública, cada una con sus características que intervienen para dejarnos sus marcas. Esa es la otra cara de la moneda y donde muchas veces está tendida la trampa donde terminan cayendo muchas mujeres y familias. La trampa que roba a las mujeres el protagonismo de su parto, desacreditándolas, infantilizándolas, asustándolas y desamparándolas, pudiendo adoptar formas muy variadas de falta de respeto y deshumanización en la atención al parto y nacimiento.

Por eso es de suma importancia sensibilizar al personal de los hospitales, porque un parto no solamente es bueno o malo si hay o no muerte de por medio. Cuando yo era chica (vengo de Brasil) con frecuencia escuchaba el dicho popular “lo que no mata engorda” (dicho sea de paso, está muy bien pensado cuando la sobrevivencia está en juego y tantos mueren literalmente de hambre), pero es evidente que no podemos pensar que lo único grave que puede pasar en el parto es la muerte. Por supuesto la muerte es irremediable, para el muerto y un hecho terrible para su entorno que todos buscamos evitar.

Un parto es bueno cuando la mujer es respetada y le es permitido desarrollar sus potencialidades en el parto; cuando son facilitadas las condiciones para que sea humana, mamífera y no un objeto en manos de un personal hospitalario desaprensivo. Entonces nos enfrentamos con que no solamente hay que preparar las mujeres para la reconexión con esa posibilidad, sino que hay que preparar los equipos de salud para que permitan vivir mejor y de forma más respetada las historias de nacimiento.

Por otra parte no es que ahora haya más violencia obstétrica que antes, es que ahora las mujeres están relatando más sus experiencias y están menos calladas y sumisas al sistema social sostenido por el patriarcado.

El sistema no tolera a una mujer madura, con potencia y que sabe lo que quiere, apenas acepta a la mujer sumisa que se adapte a las normas del sistema y que no piense y no dé trabajo. Pero una mujer por más empoderada que esté, no puede enfrentarse con un sistema médico que suele ser agresivo y abusivo, que representa el poder y que tiene en sus manos los aparatos del patriarcado, en suma: un sistema que es mucho más poderoso que una persona sola. He aquí la trampa de la que hablaba al principio.

Y cuando la mujer no es sumisa, sabe de sus derechos, tiene su plan de parto en manos, llega al hospital o clínica con el mismo o acompañada de una doula o pareja que pueden entrar a la sala de parto, sabe que es mejor elegir la posición de parir, que no le induzcan el parto, que no le hagan epsiotomía, que no le aceleren sus procesos naturales, aun así no es suficiente para asegurar que la van a respetar.

Una mujer que conoce sus derechos, que está conectada con las mejores posibilidades de un parto, no está exenta de asustarse, sentir dolor, llorar y hasta desesperarse. Pero no puede en el momento del parto ser parturienta, abogada, policía y médica de sí misma (o por lo menos no tendría que serlo). Hay muchas experiencias de mujeres que justamente por recordar y pedir que se respetaran sus derechos fueron más violentadas e incluso ridiculizadas en las instituciones públicas. Yo lo veo como una especie de revancha: “ah, vos que te creés saberlo todo y creés poder darnos indicaciones, ya te voy a mostrar quién manda”…

Y entonces se puede probar el gusto amargo de la jodida trampa de sentir que el conocimiento y la conciencia de sus derechos y de sus deseos ponen a la mujer como potencial víctima de un sistema abusivo, justamente por pedir y reclamar -y a veces hasta implorar- por sus derechos. Esta es un arma más del patriarcado para desacreditar la mayor fuerza que tenemos: la toma de conciencia.

Tomar conciencia de la cadena de violencia que funciona en los hospitales también es importante porque el mundo de fantasía a lo “Mary Poppins” no existe (y la palabra supercalifragilísticoespiralidoso no resuelve nada…). Una cadena de violencia que es el fruto obligado de relaciones laborales desiguales y de la lógica de una sociedad capitalista, competitiva y alienante. Se trata más bien de hablar de una selva, desnaturalizada y en que las fieras que pueden atacarnos son nada más y nada menos que otros seres humanos, que a su vez aparecen con sus propias historias de miedos, humillaciones, heridas, desinformación y desconexión con su propia naturaleza. Seres que no comprenden que sus actos dañan y dejan huellas profundas en los cuerpos y almas de mujeres, en los niños recién nacidos y al cabo en toda la familia involucrada.

Tomar consciencia de esto da la dimensión de lo difícil del cambio. De lo mucho que tenemos que trabajar. La conciencia ayuda a prevenir acerca de intervenciones innecesarias y conocimiento de la realidad de lo que ocurre en las instituciones oficiales de nacimiento.

Por supuesto hablo de violencia, y pareciera que este es el punto principal, sin embargo lo más importante es la vida, los nacimientos sanos y con la menor cantidad de intervención posible.

En el trabajo preventivo se busca conectar con la posibilidad de reconocer lo que la mujer quiere y necesita, y ayudarla a ver cómo puede hacer para tenerlo: se busca desarrollar habilidades que le permitan entrar en contacto consigo misma, con su bebé y con las personas que la acompañan en el parto. En el trabajo preventivo hay mucho de responsabilizarse por lo que uno busca para sí mismo. El foco está en lo sano y en potenciar ese camino, así bien como identificar dificultades y desarrollar estrategias para moverlas de su lugar. Por supuesto con conciencia de que la coraza que protegió a la mujer durante toda su historia puede jugar en contra. Así, tomar conciencia de la dureza de la coraza le permitirá saber cuánto tendrá que ser flexible, con la conciencia activa de quién es, cuáles son sus dificultades y potencialidades y en qué medio social está inserta.

Cuando hay una historia de violencia el trabajo es otro: se trata de sanar, acompañar, dar apoyo, salir del trauma, recuperar funciones. Se trata de resignificar la experiencia, pero sin sentir jamás que la culpa fue de la mujer. Nadie puede ser culpable por haber hecho una elección que terminó mal, porque esto es similar a decir que una mujer es víctima de violencia sexual porque usa minifalda. La violencia obstétrica existe y posiblemente existe, como muchas otras deformaciones de este mundo, por falta de conexión y contacto con la vida.

No puede ser que la única forma de escapar de una violencia explícita sea cambiar la forma del parto natural, optando casi siempre por una cesárea, por lo demás ya agendada por anticipado, luego innecesaria (o “innecesarea” como con acertada ironía vemos en campañas de humanización del parto). Porque es tal la brutalidad de una cesárea que, aunque la mujer no la perciba directamente es una violencia que llega al bebé, y en ese sentido se ejerce contra la especie. El problema entonces no es que un parto termine- cuando es imprescindible- en cesárea, sino que 60% a 80 % de los partos terminen en cesáreas.

Y existen las situaciones en que una mujer opte por una cesárea, cuando ella misma se la propone al equipo médico. Sin embargo esto también puede darse por múltiples razones. Una de ellas es la desconexión con los procesos naturales, otra es la conciencia previa de sus miedos y dificultades que le impedirán abrirse a un nacimiento natural. Asuntos que de por sí podrían trabajarse en una preparación para el parto tendiente a flexibilizar los pensamientos y sentimientos. De cualquier modo se trata de la limitación de una mujer específica que puede ser absolutamente entendible, aceptable y trabajada comprendiendo lo grandes que pueden ser los miedos y las corazas del ser humano.

Y cuando esa mujer no se prepara para el parto, los profesionales que la acompañan no le ayudan a flexibilizarse y a confiar en su cuerpo para bajar el miedo, pues el momento del parto no es el de hacerle tomar consciencia de lo que significa para su organismo y el de su bebé, una intervención quirúrgica fuera de los tiempos de los cuerpos y de las hormonas que son importantes para el período post parto. Sólo podemos acompañarla y respetarla en su decisión personal y compensar los efectos de esa forma de nacer, desde ya lo más importante es fortalecer el vínculo con ella y de ella con su bebé. Tampoco es sano que dejemos a la mujer con la culpa de no poder parir. Porque hasta el no poder parir no es sólo un fenómeno individual, también es un fenómeno social fruto de una sociedad asustada. Entonces todo el tiempo bordeamos el tema del nacimiento en un plano íntimo y en el público.

Así que sea cual sea la forma en que pudo nacer un bebé, la madre tiene que tener apoyo suficiente para poder conectarse con él y maternarlo. Las culpas las dejamos afuera; abramos las ventanas y dejemos que vuelen con el viento: NO SIRVEN ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Y a mi modo de ver son funcionales al sistema patriarcal y capitalista que mantiene al ser humano aislado y miserable en su propio dolor, creyendo que todo le sucede porque él ha sido malo, incapaz, débil. Es de ésta forma que una mujer creerá que cuando algo sale mal en su parto la responsabilidad es suya, perdiendo de vista la estructura social profundamente malsana en la que ella está inserta. Muchas mujeres quedan con secuelas importantes de angustias y baja autoestima frutos de cómo terminó su parto. Por supuesto no dejo de considerar que el momento del parto es un momento de culminación de la historia de un embarazo y el principio de la vida extrauterina de un bebé y la mujer tendría que poder llegar en sus mejores condiciones y energías a la crianza de su hija o hijo. Y estar con un bebé en brazos con las secuelas de lo que quedó abierto violentamente en el parto sumada a las demandas de un bebé recién nacido puede ser muy estresante, angustiante y hasta colapsante para una madre. Cuanto más las mujeres tengan que aguantar creyendo que es su responsabilidad lo que no funcionó y tengan que sentir culpa, vergüenza y cualquier otra sensación o sentimiento que la deje sola con su dolor, más se desempoderan los movimientos sociales que sí pueden amparar y reivindicar nuevas formas de atención y respeto a la mujer, a la maternidad y a la vida que está surgiendo. Cuanto más llenos los consultorios de psicólogos y psiquiatras atendiendo mujeres que fueron infantilizadas dejándolas impotentes por el sistema médico y sin cuestionar ese propio sistema, más débiles serán los fenómenos grupales que podrían pedir y exigir mejores condiciones para el parto.

Por supuesto si hay un dolor personal es justo que una mujer pueda ser atendida y acompañada por su red de apoyo o profesionales de salud hasta que pueda elaborar y volver a sentirse fuerte nuevamente. Pero es importante no desvincular estos temas del propio sistema social que favorece la desconexión, la pasividad y la violencia en la atención a los partos.

Inteligencia es también la capacidad de adaptación y la adaptación se da cuando hay una integración en las informaciones de distintas experiencias, las buenas y las malas. Esta integración permite no quedarnos pegados a experiencias difíciles, y es esto lo que podemos fomentar a nivel individual para fortalecer nuevamente en la mujer víctima de violencia, para que pueda recuperar el deseo materno. Y a nivel social es un trabajo de hormiga el de formar conciencia, llevar información, presionar en la dirección de las políticas públicas que amparen el respeto, generando también la formación de profesionales más conectados con la vida y con los procesos naturales.

Cuando más y más mujeres y familias salgan a la calle para pedir, exigir su derecho al respeto y a la dignidad, cuánto más puedan denunciar las violencias vividas, cuando sus discursos y acciones vayan ganando más fuerza, más promisorios serán los cambios.

Salir de la trampa donde estuvimos engañados tanto tiempo es fundamental, la trampa invisible que aunque ya no nos aprisiona tiene la fuerza gigantesca de hacernos creer que nos protege. La realidad es que no nos protege, nos infantiliza, nos debilita, nos deja impotentes y amargados.

Lo que despierta el optimismo -y que ya está ocurriendo en muchas historias- es ver y comprobar que SALIR DE LA ESA TRAMPA ES POSIBLE, recuperar la  potencia de parir es posible y proteger el principio de la vida es posible.

 Munich Vieira Santana


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La medicina catastrófica II

Medicina Energética

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

(Continuación del número anterior)

Para ir a la 1ª parte

 

 

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

 

 El lenguaje es Poder

Javier estaba un poco alterado, digamos que bastante nervioso y preocupado por variedad de razones. A sus casi 30 años debía enfrentar una situación difícil en distintos frentes: laboral, de pareja, familiar y universitario. Pero no entró en pánico hasta que un psiquiatra que consultó le dijo que lo de él era muy simple: ¡tenía un Ataque de Pánico! Y le recetó un tranquilizante que produjo un efecto paradojal: Javier se alteró más todavía, especialmente cuando escuchó la palabra “pánico”, un término especialmente diseñado para producir terror. El tranquilizante solo tranquilizó…al psiquiatra (y mejoró las ventas del laboratorio que lo produce).

Rodolfo, que tiene 45 años, vivió un episodio de mucha presión emocional que, obviamente, le produjo una franca elevación de la presión arterial (la presión produce presión). Entonces el médico que lo atendió le recetó hipotensores y tranquilizantes, pero especialmente arriesgó que: “Usted es hipertenso aunque hasta ahora no se lo hayan dicho, y tendrá que cuidarse toda la vida”  (Tendrá que tomar hipotensores durante lo que le quede de existencia). También le habló de la sal y de ver a un cardiólogo, dos asuntos que parecen estar extrañamente vinculados.

Veamos el pequeño detalle de usar un verbo en lugar de otro y las consecuencias que acarrea. Por ejemplo: uno puede ser hipertenso o tener hipertensión. Ustedes dirán, están en su derecho: “La presión está alta lo mismo, cualquiera sea el verbo, es una tontería reparar en ese detalle lingüístico tan insignificante”. No es tan insignificante el detalle: uno puede tener hipertensión como puede tener insomnio, caspa o un resfrío. Estas últimas posibilidades no son rígidas, pueden variar, pueden retornar al estado de origen. Es más, casi podría asegurarse que uno no nace hipertenso, insomne, casposo o resfriado. Pero cuando se dice que uno es hipertenso ya se está incursionando en la ontología, no en la medicina. A pesar de que los médicos estamos adiestrados para ser perfectos ignorantes en cuestiones filosóficas, es fácil suponer que la cosa es constitutiva de la persona cuando se dice que uno es tal cosa, por ejemplo: hipertenso, diabético o lo que sea. En este último caso estamos hablando de cuestiones que no cambian, que no están inmersas en el dinamismo que caracteriza a los fenómenos vivos: uno es así, casi por definición. Podría decirse, por ejemplo: Rodolfo Hipertenso Rodríguez. Es más: si ése es el caso, debería constar en el documento de identidad, porque es esencial a la persona, uno no puede imaginarla sin esa condición.

El mensaje es claro: “Usted es así, y su condición es inalterable, definitiva”. De manera que tu vida está signada: tenés que tomar hipotensores, comer sin sal y ver al cardiólogo regularmente, todo el paquete de por vida.

La hipertensión es buen ejemplo porque, para cualquier persona activa en una sociedad vertiginosa y razonablemente loca, es difícil zafar de tal circunstancia y sus posibles complicaciones, que no son nada simpáticas: infartos y accidentes cardiovasculares. Debido a su difusión, es bueno profundizar un poco en el tema:

  1. Muchísimas veces el diagnóstico se hace por guardia o por visita de control médico. En el primer caso, casi siempre se debe a un estado de alteración emocional lo cual, casi siempre también, eleva la presión. Pues bien: cualquier practicante de guardia se cree facultado para hacer un diagnóstico definitivo en base a una sola toma y en las peores condiciones posible. Así las cosas receta un tranquilizante y un hipotensor, que muy probablemente haya que tomar de por vida, aunque solo una vez se haya demostrado que la presión estaba alta. En el caso de la visita a un consultorio, está demostrado que cuando la presión la toma un médico en su consultorio, aumenta enormemente la posibilidad de que se eleve.
  2. En el caso de las guardias también suele hacerse una determinación de enzimas y un electrocardiograma para investigar la posibilidad de infarto. Todo está bien y es comprensible porque la medicina de urgencia tiene reglas muy claras, no comparables con la atención en consultorio, ya sea institucional o particular. Más no se puede hacer cuando se trata de una emergencia: allí el objetivo es resolver rápido la situación y evitar males mayores. El problema es cuando, luego de este episodio, el comando pasa al médico clínico o directamente al cardiólogo.
  3. La inmensa mayoría de las hipertensiones (97%) se denomina esencial. O sea: se desconoce su origen y no puede atribuirse a una enfermedad sistémica como hipertiroidismo, un tumor en la suprarrenal, insuficiencia renal o problemas cardíacos.  Es curioso que se llame “esencial” a una causa no conocida por la medicina interna. También podría bautizarse como Hipertensión Esencialmente Ignorante, por parte de quienes hacen el diagnóstico. Pero aquí ya se cuela claramente un dato ignominioso: llamarla “esencial” no solo es una pobre excusa para disimular la ignorancia: también insinúa que se trata de un rasgo “esencial a esa persona”, de manera que atribuirle una cualidad ontológica cuadra muy bien para poder definir a  Rodolfo Hipertenso Rodríguez como a un ser esencialmente hipertenso.
  4. Es aceptado que la mayoría de las hipertensiones, al menos en sus comienzos, están estrechamente vinculadas a la emocionalidad y al estilo de vida de las personas. Basta una elemental profundización del nombre que recibe para comprender su génesis: hipertensión significa “alta tensión” y ésta no define solo a la peculiaridad biológica del estado de las arterias, sino también a su génesis: alta tensión emocional. “Tener presión” (alta), también significa estar presionado, vivir con altos niveles de presión la vida cotidiana. Y, como todos sabemos, las presiones son diversas y numerosas: en los vínculos, en las cuestiones económicas, en las responsabilidades asumidas, etc. Claro, cuando las cosas se plantean así, el médico tratante no suele disponer de formación para ayudar de verdad a sus pacientes, de manera que tiene dos opciones: o deriva al psicólogo (vieja manganeta para sacarse el problema de encima) o defrauda al paciente propinándole consejos idiotas del tipo de “Evite el estrés” (que te cuente cómo hace él con el suyo).
  5. También aparece la consabida pregunta: ¿Hay hipertensos en la familia? Ahora la genética aparece como ayuda invalorable (para el médico): como es muy probable que haya otros hipertensos en los vínculos familiares cercanos, el diagnóstico inapelable e indiscutible ya está hecho. Entonces el paciente, abrumado por las evidencias, se declara culpable de hipertensión y acepta resignadamente la pena impuesta, que casi figura en la Biblia, si uno se toma el trabajo de estudiarla a fondo: en algún lugar debe decir: “Y tomarás hipotensores por el resto de tu vida. Y consultarás a un cardiólogo cada tres meses por los siglos de los siglos”. Es bueno saber que al nacer, uno no firma un contrato para seguir al pie de la letra las patologías familiares, pero éste es otro tema para después.
  6. La hipertensión arterial es una disfunción que, como hemos visto, se origina mayoritariamente en estilos de reactividad personal ante ciertos conflictos. De manera que todo esto puede modificarse si el paciente logra hacer variados cambios en su vida. No es una condena eterna, la presión puede bajar si se crean condiciones favorables para que tal cosa ocurra. Es eso, justamente, lo que le otorga patente de “disfunción”, estrictamente hablando. Pero, sin embargo, tanto el médico como el paciente asumen que los hipotensores indicados deberán tomarse de por vida.
  7. La patente de inmutable implica imposibilidad de cambio profundo, debido a lo cual todos los intentos por lograrlo conducen al fracaso. En este lugar se pone el médico cuando receta de por vida. Solo “adorna” la cuestión con consejos inútiles y para contentar al paciente (por razones de marketing cultural), pero sin creer realmente en la posibilidad de modificaciones profundas en sus vidas. Es importante reparar en esta cualidad porque es realmente trascendente: los médicos subestiman la capacidad de sus pacientes para lograr cambiar las reglas de juego, que es lo que realmente podría lograr la solución. Es notable como la hipertensión resulta ser un admirable muestrario del combo que se arma en la vida real de millones y millones de personas en las condiciones de vida actual.
  8. Es muy fácil convencer a alguien de que tome hipotensores de por vida: basta con agitar el fantasma de las posibles complicaciones, que son realmente escalofriantes y sugerir que la única prevención posible es la que está ofreciendo. O sea: es suficiente actualizar los miedos que todos tenemos para convertirlos en terror y lograr la mansa aceptación de las indicaciones. Prescripciones que habitualmente no van solas: son parte de un combo que incluye la determinación de colesterol en sangre y la casi segura medicación para disminuirlo. Parte del problema es que estás medicaciones no son inocuas, como tampoco los hipotensores: el uso crónico de sustancias químicas tiene, inevitablemente, efectos secundarios a veces tan poco simpáticos como las complicaciones de la hipertensión.
  9. Los mismos laboratorios que fabrican esta variedad de medicamentos encargan estudios para demostrar fehacientemente que la posibilidad de efectos secundarios es mínima, casi insignificante. Es un caso más de falseamiento de la realidad disfrazado de “estudio científico serio”.
  10. Esto no invalida la administración temporaria de hipotensores, porque realmente son capaces de bajar la presión a rangos normales. Pero el problema es que no se asumen como indicación temporaria, sino definitiva. Y casi nadie sabe que existen alternativas válidas y sin sus numerosos “efectos secundarios”.
  11. Existe la interesante posibilidad de realizar estudios funcionales de la tensión arterial durante 24 horas (holter). Estos estudios funcionales son invalorables en medicina, aunque lamentablemente son escasos y mal valorados en la metodología clínica estándar. O se los ha dejado de lado como es el caso de la curva de tolerancia a la glucosa, abandonada por la determinación de hemoglobina glicosilada para investigar diabetes. Pero además, con ellos ocurre algo increíble en el tema que nos ocupa: ¡se los indica con el paciente tomando hipotensores! De manera que no se los utiliza para saber si una persona realmente tiene hipertensión, sino para valorar la eficacia y dosificación de los medicamentos…
  12. Y por último pero resulta lo más importante: los tratamientos estándar para la hipertensión impiden que las personas en tratamiento aprovechen la gran oportunidad para realizar cambios importantes en su vida, que es la sugerencia implícita en las enfermedades. Casi todas ellas entran en la definición china de Crisis: Riesgo + Oportunidad. Tachen la oportunidad y sólo quedará el riesgo, que siempre está latente y nunca se resuelve. Y esto por una sencilla pero poderosa razón: los hipotensores no curan la hipertensión, solo controlan la presión arterial.                                                    

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¿Cómo se llamaba lo que tenés?

La reumatóloga miró a Sonia y resolvió tirarle con un camión por encima. Le dijo: “Todo el cuadro clínico encaja, solo me falta un síntoma, pero ya no tengo dudas: lo tuyo debe ser un Lupus” (Debe ser, podría ser, debería ser). También yo atiendo a Sonia, que tiene cerca de 50 años, desde hace tiempo: una dura pelea contra dolores de todo tipo y una piel que se transforma en pesadilla, especialmente con el calor. La reumatóloga insiste, enarbolando una sonrisa de victoria y orgullo: “Por fin puedo entender todo lo que te pasa, ahora tus síntomas son enteramente comprensibles”.  Claro, dice Sonia, ¿pero qué hacemos?  “Está todo pensado, hay un medicamento nuevo que se está investigando para la artritis reumatoidea, pero también va para tu caso. Es difícil de conseguir pero tengo buenos contactos. Y por supuesto que necesito tu autorización, porque se trata de un diseño experimental”. ¿Probar conmigo?, dice Sonia, cada vez más alarmada porque no desconoce los efectos “secundarios” de los medicamentos químicos y adivina que seguramente se trata de una droga con la potencia necesaria para arrasar con todo, incluido ella misma. “No, se probó en animales y en voluntarios recluidos en prisiones y no es para tanto”, contesta la reumatóloga.

No le dice que muchos medicamentos nuevos no se aprueban para su uso en los países “centrales” hasta que no pasan la prueba con animales, presos y humanos de países periféricos. Si es que pasan la prueba y antes no dejan un tendal. Es más: pueden aprobar los exámenes y varios años después verificarse que ocasionaron mucho daño. Pero claro, no importa porque siempre habrá algo mejor que también puede ser peor. El asunto es que Sonia me lo consulta esperando mi desaprobación, que también es su esperanza. La logra fácil, pero también le digo que no estoy de acuerdo con inventar un nuevo diagnóstico como si fuera el camino del éxito. Especialmente porque no hace falta y solo serviría para aumentarle el temor y ese estado de zozobra continuo en el que vive. (El lupus es una enfermedad auto-inmune con variedad de peligrosas complicaciones)

Es demasiado iatrogénica esta medicina que se practica sin miramientos de ningún tipo. La obsesión compulsiva de los médicos consiste en ubicar a sus pacientes en algún archivo con nombre. O sea: etiquetar para que las cosas sean claras y, supuestamente, más fáciles de tratar. Hipertensión, Lupus, Gripe, Colon Irritable, Migraña, Cáncer o lo que sea. A partir de ahí se sigue un “Protocolo”, esa aceitada máquina de prescripciones dictaminada por Reconocidas Autoridades Médicas (RAM), ante las cuales se inclina el resto de los mortales, incluidos los médicos, que viven encerrados entre los RAM y los Laboratorios. Tanta inseguridad produce pegoteo con las fuentes de Poder, y ése es el lugar que ha elegido  la profesión médica para aquietar sus angustias y librarse de compromiso. Además: reuniones grupales (Ateneos, Congresos) para reforzar la ideología y diseñar la política.

Tal vez la reumatóloga venía de un ateneo o de un congreso con las últimas novedades acerca de cómo incluir a cualquiera en la categoría estudiada, en la etiqueta correspondiente para hacerlo merecedor del medicamento en experimentación. Tal vez el Lupus era la estrella del Congreso, simplemente. Sí, sí, solo le falta un síntoma pero es muy fácil conseguirlo y hasta más: no es imposible agregarle algún otro de cosecha personal para exhibir en el próximo Congreso y lograr un viaje gratis con estadía paga. ¿Por qué no? ¿Acaso está prohibido transformar un simple resfrío en un Lupus? A lo sumo le faltarán 28 de los 30 síntomas, pero con un poco de buena voluntad todo es posible.

Ahora la reumatóloga, luego de escuchar la poca disposición de Sonia a funcionar como cobayo farmacológico, ¡le dice que no está tan segura de que lo de ella sea Lupus! No importa si en la semana que transcurrió entre una y otra consulta Sonia necesitó una bolsa de tranquilizantes y cuatro sesiones de apoyo con su psicóloga.

Vení tranquilo, que te espera el peor de los diagnósticos

La medicina moderna cuenta con poderosos métodos de exploración, que hasta hace un tiempo entraban en la categoría de “Métodos auxiliares de diagnóstico”, por ejemplo: sofisticado instrumental para obtener imágenes, refinadas técnicas de laboratorio y estudios funcionales. La referencia a “Métodos auxiliares” tenía un significado preciso: el diagnóstico lo hacía el médico sirviéndose de sus conocimientos y experiencia, los estudios “complementarios” eran utilizados como apoyatura de la hipótesis principal del médico.

Pero todo eso ha cambiado demasiado, al extremo de invertir los papeles: ahora el diagnóstico lo hacen los aparatos, mientras que el médico se ha transformado en “Agente auxiliar de los aparatos de diagnóstico”. Este cambio, brutal para nuestra profesión, se nota claramente en el transcurso de la visita, cuyo desarrollo ha mutado de manera decisiva.

Además de la medicina de urgencia, que es un capítulo aparte, las divisiones o especializaciones clásicas de la medicina son cuatro: medicina interna (“clínica médica”), cirugía, pediatría y ginecología-obstetricia. Esta era una manera eficiente y racional de primera consulta, estableciendo un criterio de base sumamente eficiente. Por ejemplo: si un chico enferma, los padres suelen llevarlo a un pediatra sin consultar con el “clínico”. Si una mujer tiene algún problema ligado a los órganos genitales, a las características de su ciclo menstrual o sospecha que está embarazada, no consulta a un cirujano: va directamente  a ver a un ginecólogo u obstetra.

En este esquema clásico existen especialidades “intermedias” o de alcance más reducido, como traumatología, psiquiatría y otras. Y también especialidades ligadas a los órganos de los sentidos, como oftalmología u otorrinolaringología, por ejemplo. De partida existe algo de confusión en la terminología, incluso en las cuatro especialidades básicas: un “clínico”, por ejemplo, no tiene porqué saber cirugía, pero un buen cirujano sí. Lo mismo ocurre con pediatría y ginecología-obstetricia, que requieren tanto de clínicos como de cirujanos.

Sin embargo, más allá de las especialidades y su necesaria existencia, a cualquiera le gusta que lo consideren una persona y no ésa colección de órganos de la cual se encargan los especialistas. Entonces crece la nostalgia por el “médico de familia”, que ya no existe, encarnada en la aspiración de tener un “clínico”. Se supone que ésta es la persona idónea para hacer un diagnóstico y prescribir un tratamiento en la mayoría de los problemas de salud o, en su defecto y cuando lo considere conveniente, indicar una derivación o interconsulta.

Para entender la profundidad de la cuestión, es necesario despejar la bruma de la ambigüedad que contiene. La actitud de quien desea “tener a un clínico” es la más clara de todas: busca a alguien que lo entienda y lo capte globalmente. Podría confiarle no solo el cuerpo sino también el alma, si encontrara terreno propicio y confiara en el médico. Y es deseable, en esta aspiración, que se trate de alguien que conoce desde hace mucho a su paciente. O sea: alguien que funcione como testigo de la enfermedad y de la salud a lo largo del tiempo. Alguien que se interese de verdad por la vida de su paciente, y no solo por el estómago, los bronquios o el corazón.

Lo más cercano a esta aspiración se encontraba en el territorio de la especialidad básica conocida con el nombre de “medicina interna”, que era pura clínica y de la mejor. Pero eso ya pasó hace tiempo, cada “subdivisión” de la medicina interna devino en franca especialización por órganos o aparatos: cardiología, gastroenterología, neumonología, neurología, endocrinología y así sucesivamente. Dentro de la estructura organizativa de los servicios de medicina interna se creó la función o figura del “coordinador”, que debía funcionar como síntesis o aglutinador de opiniones de las distintas subespecialidades. Pero la idea fracasó, no funcionó, tal vez porque se basa en una crucial contradicción que deviene de la fisiología humana de nuestra cultura: no hay una fisiología unitaria del sistema conocido como “ser humano”, sino la suma o yuxtaposición de la fisiología de los distintos aparatos. O sea: existe una fisiología cardiovascular, otra respiratoria, otra digestiva y así para cada uno de los aparatos o sistemas.

¿De dónde proviene semejante y crucial error que implica graves limitaciones a la hora de intentar entender qué ocurre en la profundidad de cada paciente? Proviene de la mirada “disectora” de la ciencia mecanicista, una mirada que no se ocupa de los sistemas ni de lo que las cosas tienen en común (analogía), sino que se emperra en investigar lo que tienen de diferente (análisis). Esto explica la increíble multiplicación de las especialidades, a extremos que parecen claramente absurdos: ya hay especialistas de hombro o mano, y pronto los habrá de pulgar derecho. En fin, es absurdo y para desempeñar tamaña función no es necesario hacer la larga y extenuante carrera de medicina: bastaría con terciarios y tecnicaturas, nada más.

Ahora volvemos a la legítima demanda de “tener un clínico”, ese intento de tener algún sucedáneo del “médico de familia”. Cuando existían tales personajes, ellos sabían bien que debían crear una atmósfera protectora, un ambiente de seguridad que lograra tranquilizar al enfermo. Su sola presencia bastaba para hacer sentir mejor al yacente en cama (los médicos de familia hacían visitas domiciliarias) y lograba abreviar el curso de casi cualquier enfermedad. Incluso podían no ser “clínicos” en el sentido usual del término y tal cual se desarrolla en este texto. Por ejemplo: el único médico de verdad que tuve en mi vida se llamaba Di Tomasi, vivía y atendía a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Era, en realidad, cirujano general, un término también equívoco porque los “cirujanos generales” eran, en la práctica, cirujanos de aparato digestivo. Pero era al que llamaban mis viejos cuando yo tenía fiebre, dolor de garganta,  tos, diarrea o alguna erupción en la piel. O sea: cualquiera de las enfermedades comunes de la infancia que en ese tiempo se salvaban de diagnósticos ominosos como los actuales.

Era una espera ansiosa la mía: deseaba que Di Tomasi viniera lo antes posible, mientras disfrutaba leyendo novelas de piratas y gambeteando algunos días de colegio. Y bueno: llegaba, se sentaba a los pies de la cama y me examinaba atentamente mientras hacía las preguntas de rigor acerca de los síntomas. Luego me hacía un examen físico (antes los médicos hacían esas cosas) y finalmente hablaba: “Es un problema sin importancia y te vás a recuperar rápido, ahora le voy a dar las indicaciones a tus padres para que vayan a la farmacia y mañana vuelvo a verte”. Listo, santo remedio, empezaba a sentirme mucho mejor antes de comenzar a tomar los medicamentos. No les decía a mis padres, evitando que yo escuchara: “Vamos a hacerle una tomografía para descartar problemas serios y ya mismo mando alguien que le saque sangre para hacer análisis y estar seguros que la cosa es de poca importancia. Y por las dudas voy a recetarle algo muy potente y sumamente eficaz, aunque exista la pequeña posibilidad de afectar al hígado y a los riñones. Pero no podemos correr riesgos”.

Nada de eso, al día siguiente volvía para verificar mi mejoría y listo, a seguir con la vida (y terminar la novela). Está claro que uno desarrolla un vínculo importante cuando la relación médico-paciente tiene estas características. Tanto que, años más tarde y cuando ingresé en medicina fui a visitarlo para contárselo. El me recibió, me escuchó y sonrió cuando se lo conté. Tal vez sintió que en parte era por él y seguro que algo de razón tenía. Me preguntó si ya me orientaba en alguna dirección y le dije que sí: que me interesaba la psiquiatría. Entonces levantó la mirada y me dijo: “Necesitás mucha base cultural para esa especialidad, pero me parece que vos la tenés”. No me dediqué a la psiquiatría pero me fui de su consultorio sintiendo su apoyo y agradeciendo la buena y sana influencia que había tenido en mi vida. En eso consiste hacer medicina de verdad.

La historia, que también es homenaje y agradecimiento, sirve para decir que la medicina de estos días es diametralmente opuesta a la que acabo de contar. De manera que es comprensible que cada vez más gente tenga miedo de consultar a los “médicos modernos”. Primero porque no siempre es el mismo, alguien que conozca la historia personal. Pero también porque apenas son escuchados, apenas revisados y porque salen del consultorio con una lista impresionante de análisis y estudios de imágenes con el consabido y repetido pretexto: “Es para descartar y quedarnos tranquilos”.

Descartar” se transforma así en una palabra ominosa, en una variedad de agresión que logra despertar las fantasías más espantosas. No hace falta ser muy perspicaz para advertir el mensaje implícito: “Tengo que estar seguro que lo tuyo no es cáncer, insuficiencia grave de algún órgano, Sida o alguna enfermedad auto-inmune de pronóstico sombrío”. Y esto hecho rápido, a las apuradas, para sacarse de encima al paciente y sumirlo en un estado de angustia que solo disipará esperar los estudios y su posible benévola información. Pero hasta ése momento todo es zozobra, y esto es imperdonable en un verdadero médico. Es su propio temor lo que está en juego, su incertidumbre acerca de lo que realmente sucede porque ya ha sido formado en la “Escuela Catastrófica” y todo puede, potencialmente, transformarse en alguna enfermedad mortal. Entonces alivia su angustia trasladándola a su paciente y cubriéndose las espaldas ante un posible juicio por mala praxis.

Creo que está claro que esa actitud está en las antípodas de la buena medicina y de la “humana predisposición” que puede exigirse a cualquier médico. No es un detalle ni un adorno simpático: un médico está obligado a tranquilizar a su paciente hasta que no tenga evidencias de que se encuentra ante una situación preocupante. Y cuando la confirme, si es que eso ocurre, sigue obligado a contener y tranquilizar. Está, incluso, obligado a favorecer el llanto o aliviar los posibles sufrimientos de su paciente cuando se trata de la peor de las opciones. Y debe además, estar disponible para acompañar de la mejor manera posible la ida de quienes estén muriéndose.

Es también una reacción desesperada de camadas y camadas de médicos con pobrísima formación clínica y nula experiencia en los asuntos humanos. Está claro que de formular diagnósticos por propia evaluación (equivocada o no) a transformarse en un apéndice de los aparatos y en seguidor a rajatabla de los protocolos que otros diseñan, hay un mundo de distancia. Los médicos han perdido la capacidad de tener el control de una situación y de hacerse cargo de la responsabilidad que ello implica. Se han transformado en burócratas de la salud y no solo son un apéndice de los aparatos, sino también de las empresas que los fabrican, de los laboratorios de medicamentos y de las academias o corporaciones médicas que ejercen una influencia y un poder despóticos sobre ellos. En estas condiciones, ¿cómo podrían tranquilizar a sus pacientes y lograr contener las angustias y los temores inevitables que se ponen en juego?

 De miedo, terrores y ejercicio del poder

Es una patraña eso de que los médicos somos algo así como “dueños y señores de la vida y de la muerte” de los pacientes que atendemos, salvo que se cometan errores demasiado groseros, casi criminales. Pero este no suele ser el caso predominante. Lo importante es advertir y reconocer que cualquier situación en la que una persona percibe que existe algún problema en su organismo produce miedo, por insignificante que aparente ser el problema. Y que consultar a un médico implica otorgarle un poder decisivo, un poder desmesurado sobre su salud y su vida, pero también abre el camino de la esperanza y la posibilidad de resolver el conflicto creado por el malestar y sus verdaderas causas.

De manera que suele acudirse a un médico con dos exigencias, casi siempre implícitas: ¿Qué tengo?  ¿Cómo me puedo curar? Es muy simple, no tiene vueltas. Es función primordial e indiscutible del médico lograr que disminuyan los niveles de temor con sus palabras, sus gestos y sus acciones. Pero suele pasar exactamente lo contrario: no solo su habitual comportamiento logra que el Miedo persista sino que también suelen transformarlo en Terror.

Respecto de esto existen dos actitudes básicas.  Dicen con absoluta seriedad y convicción que temen un problema importante por lo cual indican determinados estudios, o se dedican a practicar un doble mensaje francamente aterrador: intentan tranquilizar con palabras emitidas sin convicción al tiempo que indican una cantidad y variedad de estudios que hacen sentir al paciente de que en realidad el médico sospecha algo terrible pero no lo dice.

Esto último es,  claramente, una despiadada manipulación casi sin disimulo. Una actitud que la mayoría de los médicos se permite amparados por el poder que detentan. Aunque este es un tema por sí mismo, algo que necesita su propio desarrollo, es imposible soslayarlo: los médicos disponen de un notable Poder que la sociedad y sus instituciones les han conferido para emitir diagnósticos y prescribir tratamientos. Es un poder bastante aterrador, algo de lo cual es muy difícil hacerse cargo, pero que suele ejercerse en un estilo francamente autoritario.

Pero claro, los médicos no somos los únicos culpables: contamos con la complicidad de la sociedad en su conjunto, que nos pone en la lista de “Las Autoridades Imprescindibles”. Es un tema tan profundo que sus raíces se hunden en la necesidad de tener padres y madres eternos e infinitos que la civilización patriarcal ha modelado en la conciencia de cada uno de sus integrantes. Y no estoy hablando de lacras del pasado afortunadamente superadas: me refiero a la situación actual, en la que el patriarcado sigue siendo hegemónico, a pesar de variados disfraces y cambios aparentes.

Y bien: el poder patriarcal se mete en los consultorios médicos y sigue vigente, ahora corporizado en la figura del médico. Que no es la única figura por el estilo, obviamente, pero sí la que ahora nos ocupa. Está claro que se debe al sensible papel que han desarrollado los médicos a lo largo de la historia humana, cualquiera sea el nombre que se utilice para denominarlos: chamanes o curanderos, por ejemplo.  Es que el grado de vulnerabilidad y temor ponen a cualquier enfermo de cualquier cultura a expensas de quien lo atiende: es una relación claramente desigual atravesada por la dependencia y hasta la sumisión.

El dolor es una fábrica de Poder. Y la medicina, como institución, usa y abusa sin límites de tamaña posibilidad ofrecida con tanta facilidad por la crucial situación de estar o sentirse enfermo.  Es por todo esto que las palabras, gestos y actitudes de un médico durante la consulta adquieren un papel relevante en la conciencia de quien consulta. No se trata de decir que todo está bien cuando todo está mal, sino de no asustar, de no preocupar y angustiar inútilmente  cuando todavía no hay elementos reales que lo justifiquen. Es necesario saber que un error tan grosero en la relación médico-paciente puede producir efectos terribles en personas con rasgos depresivos, pasivos,  dependientes y acostumbrados a la auto-desvalorización.

Pequeña catástrofe abreviada

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Ahora tal vez esté más claro el significado de la palabreja en cuestión aplicada a las formas actuales y reales de la actividad médica.

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)

CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

Los médicos se han transformado en anunciadores del desastre, en profetas de la calamidad con su obsesiva y desdichada búsqueda del peor mal posible en cualquier situación. Y en muchos hasta se les nota cierto sadismo: parecen deleitarse al anunciar la “posible ruina o trastorno”, el “desenlace dramático” siempre posible. Pero para esto incurren en una atroz desviación de la actitud médica tradicional respecto del dolor y el sufrimiento: “dan vuelta las cosas”, “subvierten y destruyen”. Aunque para lograrlo deban “revolver y trastornar”. Y en todos los casos “dan una vuelta entera” con orientación “hacia abajo”, hacia lo más terrible y doloroso.

Y a veces lo hacen con la curiosa excusa de la “prevención”, otra desdichada mentira que trataremos en la continuación de este artículo.

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Carlos Inza


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La Medicina Catastrófica I

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)
CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)
 
 

Viene Gumer, que tiene 52 años, y se sienta enfrente gimoteando y con la mirada enteramente desolada.

Como la atiendo desde hace un tiempo y conozco sus problemas, descuento que no es por ella, que esta así como está por algún suceso trágico o irremediable ocurrido a vínculos muy cercanos, íntimos. ¿Qué te pasa?, le digo con un tono de alarma que me sorprende a mí mismo.

Fui a la ginecóloga y me destrozó, dice. Por qué le pregunto, tratando de imaginar como una ginecóloga puede destrozar a alguien que va a atenderse. Entonces me cuenta que había pendientes algunos estudios que anteriormente le había indicado, como ser: densitometría y ecografías mamarias y genitales.

El asunto es que Gumer tiene infecciones urinarias a repetición desde hace unos dos años. Aunque no continuas, ésta última ya está medio instalada en los últimos meses y todavía no remite. A pesar de haberse demostrado la presencia de una bacteria, EscherichiaColi, los antibióticos que salen positivos en el antibiograma solo logran mejorar los síntomas pero no eliminarlos del todo: luego de algunos días de acabarlos, las molestias vuelven con entusiasmo. Conociendo su emocionalidad y los conflictos que está atravesando, me inclino a pensar que se trata de un cuadro conocido como “Vejiga irritable” más que de una típica infección urinaria, que bien puede ser su consecuencia y explica su recurrencia. (No solo el colon tiene derecho a irritarse).

Pero lo importante es lo que sigue. La ginecóloga mira a Gumer algo desconcertada y cambia bruscamente su actitud, que tampoco era excesivamente hospitalaria. Y le pregunta por antecedentes familiares, típica reacción de quién no sabe o no entiende por dónde van las cosas y se agarra de cualquier dato. Y cuando se entera que su madre había muerto como consecuencia de un cáncer de riñón, pasa a la ofensiva con una irritación digna de la vejiga de quien estaba atendiendo. Entonces alza su dedo admonitorio, el índice docente, y en tono de clara amenaza le dice: “¿Ves que tenés que hacerte los estudios que te indique, qué estás esperando?”.

Omite continuar la frase con: “Antes de que sea demasiado tarde”, pero no hace falta: el efecto teatral, dramático, está plenamente logrado. Gumer queda abatatada y la puesta en escena se redondea con su silencio, como aceptando que ha cometido una falta grave al no hacerse los estudios indicados. De manera que, obviamente, merece tener algo grave y sufrir los tormentos correspondientes a su condición de pecadora.

Y lo de pecadora no es un simple decir, porque a continuación la ginecóloga abre otro frente de batalla, sugiriendo (sin decirlo) que las molestias vaginales que experimenta durante o después de sus relaciones sexuales implican la posibilidad de que su marido pudiera tener “algo”, de manera que también le sugiere que el posible culpable… ¡se haga un espermograma!

Es evidente que no hay nada que permita vincular los síntomas de Gumer con las sospechas catastróficas de la ginecóloga, salvo su notorio desconcierto y la irritación por la “desobediencia” de no haber seguido al pie de la letra sus indicaciones acerca de estudios por realizar: ¡eso solo ya merece un castigo, un escarmiento!

Y lo ha logrado plenamente al dejar instalada la sombra de alguna enfermedad venérea, pero especialmente al sugerir que “hay que descartar cáncer”, aunque no lo haya dicho expresamente porque no hacía falta. (La gente –los “pacientes”- también emplean el término “descartar”: un ejemplo de lenguaje colonizado por los médicos). Es un razonamiento clínico tortuoso, sin ningún fundamento, motivado por ignorancia o impericia. Pero no es inocente ni ingenuo: juega con el temor que todos tenemos de llegar a enfermar gravemente y sufrir tormentos inimaginables. Entonces, nada mejor que transferir al paciente la propia duda o angustia cargándolo con una megadosis de tormento extra.

Porque si la tal ginecóloga fuera una buena médica, tendría que haber advertido con mucha facilidad que sus síntomas expresan una evidente carga emocional que no resulta fácil de digerir. Y que su obligación es doble: investigar las razones profundas de un síntoma, pero también contener, tranquilizar.

Ahora todo depende de la elección de Gumer: o sigue las indicaciones de la ginecóloga y se mete en un angustiante torbellino sin final o la manda al carajo y se orienta para otro lado. Y me parece que no hay dudas: la última opción es la única correcta. Ustedes dirán: ¿y si la ginecóloga tuviera razón?

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Otra vez el miedo, la última pregunta está fundamentada y motivada por el miedo, pura y exclusivamente. ¿Y no es eso, acaso, motivo suficiente para seguir las indicaciones, investigar y quedarse tranquilo? No, no lo es, salvo que uno opte por vivir en un estilo de auto-persecución impiadosa, acosado por temores infundados. Desde la perspectiva de un paciente, es comprensible en una sociedad paranoica como ésta, pero no lo es desde la función que debería tener la medicina y sus practicantes, los médicos.

Y éste es el punto, porque la mala experiencia  de Gumer no es un caso aislado ni una excepción: es la norma desde hace mucho tiempo, y cada vez más. La gente que conozco, no solo la que atiendo, tiene cada vez más miedo de acudir a una consulta médica. Y esto por varios factores.

Uno es la falta de contacto emocional que suelen establecer los médicos con sus pacientes, con evidente descompromiso respecto de su salud y su vida. Es más: muchos médicos “atienden” sin casi mirar al paciente, hipnotizados por una computadora que les dirá la verdad. Otra es la compartimentación claramente esquizoide de la medicina, dividida hasta el absurdo en especialidades y subespecialidades. Pero también, y esto es lo peor, por la enfermiza propensión a “descartar”  de entrada lo peor, antes de pensar en lo más simple y estadísticamente probable.

Esto último produce un comprensible efecto de locura en cualquiera que consulte por una urticaria y se encuentre con que hay que “descartar” una hepatitis crónica. La práctica médica es necesariamente probabilística, simplemente porque el diagnóstico diferencial de cualquier síntoma, aún de los más banales, es numeroso, a veces casi infinito. Pero llegar con tos por un cuadro gripal y encontrarse con que hay “descartar” la posibilidad de un cáncer de pulmón es, simplemente, encontrarse en una situación psicótica sin salida, salvo que uno se anime a levantarse, insultar para sacarse la mufa y dar un portazo.

Se supone que las personas que se sienten enfermas consultan a alguien “que sabe”, pero ¿qué saben los médicos en la actualidad? ¿Sobre qué base de conocimiento y experiencia están operando en la época actual? No es el tema principal del artículo, de manera que mejor dejarlo, al menos por ahora. Mejor vayamos a la actitud de la mayoría de los médicos en la actualidad. ¿Cumplen, acaso, con su función de tranquilizar y contener? Es evidente que no, suelen abrir un panorama tenebroso hasta que se demuestre lo contrario. Es exactamente la inversa de lo que, se supone, está obligada a hacer la justicia: alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario. No es el caso de la “tranquilizadora” actitud médica actual: uno puede, tranquilamente, terminar su consulta en la condición de candidato a agonizante en terapia intensiva hasta que los estudios accedan a demostrar lo contrario. Con el agravante de que el angustioso tiempo de espera es capaz de enfermar al más pintado.

La comparación no es arbitraria porque en variados aspectos la medicina no está demasiada alejada de la justicia, pero tampoco de la mala teología. Y la cosa se pone en un lugar tan resbaladizo que hasta es difícil explicarlo con palabras, pero hay algo de trato de pecador para con un enfermo. (Por algo será…)

Hay otro capítulo muy denso en esta historia: la medicina como formidable arma de control ideológico de la población. Tal vez volvamos sobre esto más adelante, pero es imposible obviarlo: detrás de la inocente fachada “contenedora”, del circo de guardapolvos blancos (la indiscutible pureza) y de la escenografía (cada vez más abrumadoramente tecno), hay un policía escondido y un férreo defensor de las tradiciones más autoritarias y represivas. No hay que olvidarlo, especialmente a la hora de escuchar al médico, ése tipo de persona que cuando pregunta, en realidad opina y toma partido.

La medicina de hoy es catastrófica.

 ¿Tranquilizar y contener?

Ocurre cada vez con mayor frecuencia y se expresa con mayor claridad: mucha gente tiene miedo de ir al médico. Y, como suele suceder, hay variadas razones. Una es que escasean los médicos “de cabecera”, ésos que da gusto tener en la mesa de luz y son el referente de la salud personal. Los que conocen tu historia y no necesitan enterarse desde la primera angina. Miren lo que me cuenta Fernando, un paciente desde hace buena cantidad de años: “Hace dos semanas tuve un infarto y me pusieron un stent en una de las coronarias. Entonces voy a la semana, al mismo lugar, para que un cardiólogo controle mi evolución. Me siento y comienzo a contarle acerca de un episodio relacionado que me había ocurrido hace dos años. El cardiólogo me mira y me para en seco, me dice: “Su historia no me interesa, hábleme de lo que acaba de pasar”. Me dio mucha bronca, le tiré sobre el escritorio la copia de los papeles de la internación y me fui”.

Dos, que esto de tener o consultar a “un clínico”, o sea: alguien que pueda opinar en conjunto o globalmente acerca del estado de salud de alguien, ya es una quimera, un deseo utópico.  La medicina ha generado especialidades y sub-especialidades hasta el absurdo, lo cual implica una grandísima dificultad para entender qué está ocurriendo en la profundidad del complejo sistema llamado “paciente”. Es más: la exclusión, casi deliberada, del estilo de vida y conflictos personales, limita enormemente la posibilidad de comprender a “la persona”, tornando a la consulta en el chequeo mecánico de algún órgano en particular porque ni siquiera es factible una apreciación “puramente biológica” del conjunto.

Tres: que los médicos se han convertido en detectives del terror. Apoyados en las nuevas tecnologías para obtener imágenes, cada vez más sofisticadas y peligrosas (de esto hablaremos), juegan a descubrir “lo peor” antes que a verificar la realidad  que, en la gran mayoría de los casos, no es terrible ni preocupante. Pero la mera investigación para “descartar un cáncer” (lo digan o no, es lo que hacen) sumerge al paciente en una atmósfera angustiosa hasta el momento “del veredicto”.

Ustedes dirán que siempre es bueno saber la verdad, pero eso depende de la atmósfera creada por el médico para estudiar la situación concreta de cada persona. Descubrir un tumor puede no significar nada grave, pero el alto grado de paranoia-ambiente hace que tal tumor se transforme, inevitablemente, en un peligroso asesino que es necesario erradicar. Y no es esto lo que ocurre con la mayoría de los tumores, pero la terrible palabra cáncer ya empieza a destruir y a matar. Y eso sí es un verdadero asesinato. A partir de allí comienza una secuencia catastrófica e imposible de parar, oncólogos mediante. De manera que alguien que podría haber coexistido y negociado con su tumor termina haciendo tratamientos altamente tóxicos (quimioterapia, por ejemplo) que son los que realmente pueden matarlo con mayor probabilidad que el tumor.

Y bien, es ésta cualidad de afrontar un examen difícil lo que produce miedo y rechazo en la mayoría de las personas que se hacen “chequeos”: la fuerte sensación de que corren el riesgo de escuchar noticias catastróficas injustificadas. Seguramente ese rechazo es más intuitivo que racional, pero es absolutamente comprensible.

No nos engañemos: una razón determinante consiste en la escasa predisposición que han desarrollado la mayoría de los médicos para estableces una atmósfera espontáneamente cordial y afectuosa durante la consulta. Hasta hace un tiempo los médicos eran más sensibles ante el sufrimiento y la necesidad humana de contención emocional. De hecho, muchos de ellos eran visualizados como amigos o figuras protectoras. Y eso era absolutamente normal y sano: ¿de qué otra manera puede ejercerse la medicina sino es así?

Pero las cosas han cambiado para peor: en las gélidas relaciones médicos-pacientes de la actualidad se evidencia con claridad la frialdad capitalista en su descarnada versión neo-liberal. Se agradece la franqueza en el sentido de sacarse la careta, pero no deja de ser una constatación espeluznante.

De manera que suena muy normal que tanta gente sienta rechazo ante lo que le espera cuando inicia una consulta médica: una relación fría, poco interesada, un catálogo de síntomas, una serie de análisis, estudios de imágenes y finalmente la sentencia. Algo que solo puede escucharse con temor y mirando el piso. ¿Quién puede entusiasmarse con éstas posibilidades?

Es más: hay algo que subyace en la escena: el paciente es implícitamente considerado un presunto culpable, un pecador descarriado hasta que se demuestre lo contrario. Y digno de sufrir sino sigue las indicaciones al pie de la letra. ¡Válgame dios! ¿Cómo que pecador, como que culpable? Nadie se anima a decirlo, pero es parte, también, de una relación que se ha corrompido y ahora transita por altos niveles de hipocresía.

Finalmente está la importante cuestión de tranquilizar, de bajar el voltaje de la natural angustia que experimenta una persona que no se siente bien y justamente por eso visita a un médico. En su carácter de jueces y administradores de “la verdad científica”, los médicos estamos obligados a tranquilizar, a no sumar nuestra angustia a la del paciente. Porque nosotros también tenemos legítimo derecho a la incertidumbre y solo nos quedamos tranquilos cuando constatamos que las dolencias no eran graves o no tanto como parecían.

Pues bien, los médicos se han transformado en “pesimistas profesionales”, han instaurado el dogma de que hay que empezar por descartar lo peor lo cual es, para quien consulta, una clara señal de que eso es justamente lo que están pensando. No creen para nada en que su función es, simplemente, ayudar a que sea el propio sistema vivo del paciente quien produzca la curación. Y esto solo se puede lograr restaurando la confianza del paciente en sí mismo, en su posibilidad de vivir mejor y sanar-se. Es obvio, entonces, que una actitud signada por la desconfianza y el sentimiento catastrófico solo puede empeorar las cosas. Y evidente también que procediendo en esa dirección, los médicos están faltando gravemente a las características básicas de la mejor tradición asistencial: están traicionando la confianza del paciente y la ética básica de esta profesión-oficio.

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La catástrofe está siempre disponible

Un poco de etimología no le hace mal a nadie, ni siquiera produce sabañones. Entonces veamos qué puede aportarnos a la causa la utilización del origen y significado del término “catástrofe”, que encabeza este artículo.

Es “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, “subvierto, destruyo”, “doy vuelta”.

Implica “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”.

En el caso especial de la medicina significa la capacidad de transformar cualquier proceso insignificante o de mediana importancia en la posibilidad inminente de una tragedia con desenlace fatal. A veces, incluso los gestos de un médico durante la consulta pueden producir angustia, incertidumbre. (No olvidemos que la consulta médica es una variedad de puesta en escena)

Por ejemplo: ayer mismo atendí a Rafael, que tiene 70 años y varios problemas de salud de los cuales ha mejorado en los últimos meses. El más relevante es que solo le funciona un riñón, tiene el otro pero ha quedado “fuera de servicio”. Pocos días antes había visitado a su clínico, que le había pedido variados estudios. Y cuando, durante la consulta, observa el electrocardiograma ensaya un gesto de preocupación. Entonces Rafael, inquieto, le pregunta qué pasa. Pero el médico no contesta: se lo devuelve y le dice: “No deje de mostrárselo al urólogo”. No hace falta describir la desolación y la angustia de mi paciente. ¿Qué puede sentir? Es fácil: catástrofe inminente. Con un solo pase de magia, el médico se desembaraza del problema (derivándolo a un colega) y deja destruido a su paciente.

No hace falta demasiada experiencia para saber que, cuando uno mira análisis de laboratorio o imágenes delante de un paciente, éste nos observa atentamente, escrutando cada gesto, cada movimiento. Siempre es una escena que implica bastante ansiedad y cualquier médico debe ser muy cuidadoso acerca de lo que demuestra. Pero también siempre debe decir la verdad a quien lo consulta y confía en él. No hay forma de escapar a esta exigencia, no hacen falta juramentos hipocráticos para demandarla. Es elemental, simplemente. De manera que habrá que actualizar o revisar los códigos porque los vigentes en la actualidad bordean la perversidad.

¿Ven? Uno puede, fácilmente, “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”  a un paciente y dejarlo sumido en estado de catástrofe.

Y sino miren lo que pasó con Mariano, un músico de 25 años. Su madre me escribe con evidente angustia, preocupada porque su hijo parece tener un problema serio en su mano derecha: desde hace un año no puede manejarla y se le hace imposible tocar. Tiene fuertes dolores en la espalda,  el brazo y el antebrazo, mientras que los dedos no le responden y se ponen rígidos o se extienden y flexionan sin pedir permiso. Caratulado primeramente como “tendinitis” pero sin éxito en el tratamiento, pasó de traumatólogos a neurólogos. Éstos empezaron a sugerir que podría tratarse de un problema en el cerebro y orientaron la búsqueda en tal dirección. Obvio que la confusión de quienes lo atendieron se pasó fácil a Mariano y a su madre, depositando en ellos la sensación de catástrofe inminente. También es obvio que los médicos que lo trataron desconocían que Mariano acababa de separarse de su novia cuando empezaron sus problemas físicos. (Es más: ésa clase de “pequeños problemas” no les interesan en absoluto y, si se enteran, optan por recetar un tranquilizante o derivar a un psicólogo y listo).

La consecuencia es que Mariano empezó a mejorar de sus dolores y función alterada cuando otras cuestiones esenciales de su vida mejoraron. Por ejemplo: sus ganas de estar con amigos y volver a relacionarse con mujeres.

Hay que saber que en medicina, hay palabras que curan y palabras que enferman. Palabras que sanan y palabras que matan.

No es lo mismo pronunciar la palabra “tendinitis” que decir “neuropatía cerebral”, especialmente si no se tienen fundadas sospechas y datos que lo avalen, porque entonces el efecto logrado es realmente catastrófico y un problema de mediana importancia se convierte en otro mucho más grave. Es que somos así, funcionamos así. Es más: enfermedades que podrían pasar casi inadvertidas y resolverse en la propia vida con una pequeña ayuda, pueden devenir en la catástrofe anunciada por el mero hecho de creer en la autoridad que la invoca pronunciándola. ¿Parece muy loco? Claro, pero es mucho peor (y hasta infame) amenazar a la gente desde el púlpito con el dedo acusador en ristre.

(Continúa en el próximo número)

 Carlos Inza


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¿Quién soy cuando nace mi bebé?

¿Quién es esa mujer que nace con el nacimiento de su hijo?

Cuantas veces he escuchado en el proceso de acompañamiento a madres en período de puerperio: “no sé dónde estoy ni quién soy”; “quiero volver a ser quien yo era antes de tener mi bebé”; “no quiero ser así para siempre”; “¿cuando volveré a la normalidad”?…

 Además de poder cuestionar siempre si volveremos a ser lo que fuimos ayer, y cuestionar qué es la normalidad? Podemos preguntarnos: ¿Qué es pues lo que surge en esa circunstancia? ¿Porqué tanta sensibilidad e intensidad?

…………………

Lo que surge, aquello que se abre paso, son los movimientos en la fisiología y en la vida psíquica y mental de la madre para favorecer el maternaje. Asegurando y garantizando así la continuidad de la especie. Ese período se llama puerperio y puede durar hasta 2 años.

Ahora bien,  muchas veces lo que también se abre es nuestra propia historia de dolor y miedo, que ha estado guardada durante años, o apenas saliendo en pequeñas dosis a través de algunos síntomas.  Esa apertura puede ser la fuente de miedos y sensaciones de angustia, de despersonalización, de hipersensibilidad, de depresión, pánico. etc.

Lo que aparece después del parto nos puede acercar más al bebé para así poder maternarlo (y esa es la idea de la biología). O al contrario nos puede alejar del bebé, ya que puede ser tan dolorosa la emoción en ese momento que la madre necesitará de cierta distancia para sobrellevarla. O no sentirla tan intensamente.

Esa mujer que nace es más sensible: huele, escucha más, ve y siente más. Y todo eso para cuidar a su bebé. Pero ocurre que no solamente siente al bebé, también se siente a sí misma con una mayor intensidad.

En ese período de puerperio -Laura Gutman lo menciona- ocurre un encuentro con la propia sombra; aquella parte poco iluminada que no reconocemos en general porque tenemos un sistema de defensas que mantiene la sombra invisible.

No todos los embarazos tienen la fuerza de traer a la superficie nuestra sombra más guardada, pero todos dan la posibilidad de dejarnos más sensibles para desempeñar el nuevo rol que llega a nuestras vidas.

La sombra de cada mujer tiene relación con lo difícil de su historia. Guarda relación con sus propias frustraciones libidinales, de cuando no pudo satisfacer sus necesidades de amor. Y tuvo que aprender a adaptarse para no entrar en contacto con lo que provocaba dolor en su propia historia.

Muchas mujeres al sentir la fuerza de su sombra “prefieren” no entrar en contacto con ella y salir prontamente del período del puerperio. Pero hay otras que aunque quisieran no tener ese encuentro, no pueden evitarlo. Otras tienen sombras más o menos conocidas, que cuando aparecen las observan, las cuidan y esperan que se vayan.

Cada vez encuentro más madres dispuestas a sanar algo suyo que se abre con el nacimiento de su hijo o hija. Acostumbro decir que estas son mujeres valientes, que deciden bancarse y rever su propia historia para criar a su hijo con más conexión, mas posibilidades de contacto. Y esto sucede aunque muchas veces se pierda a sí misma durante un tiempo, pierda a la mujer que era antes de parir. Para ir al encuentro de una nueva mujer que todavía no sabe cómo será. Está en el camino, en el puerperio.

Estas mamás de hoy son hijas de mujeres que tuvieron que salir a trabajar, que medicalizaron sus partos, que dieron el biberón, cortando la lactancia muy tempranamente, llevando a sus niños a guarderías a veces con muy pocos días de nacidos. Son hijas de una generación poco maternada.

Actualmente muchas de esas mujeres van despertando para poder maternar, y al hacerlo se conectan con su propia historia de desamparo. Y eso duele mucho.

Por eso considero importante una preparación previa. Conocer y liberar la respuesta crónica de nuestro organismo, reconocer nuestras capacidades y dificultades. Pero la mayor parte de las veces no es posible hacer un trabajo de prevención y preparación que pueda dar más herramientas de autoconocimiento para atravesar el parto y puerperio. Y en otras situaciones aun con preparación, terapia previa, lo que se abre es fuerte y tiene la potencia de lo desconocido.

Entonces no queda otra que ir resolviendo, cuidando de lo que se abre en ella, mientras tiene a su bebé en brazos. Y por eso lo mejor es tener a alguien (pareja, familia, red social) que pueda amparar y ayudar a sostener la situación hasta que esa mujer vuelva a salir de las aguas profundas del puerperio. También es de mucha ayuda encontrar otras mujeres, crear redes de apoyo, escuchar otras historias y no sentirse como alguien raro, defectuoso o insano.

No siempre las parejas, los amigos, el trabajo entienden la situación y quieren sostener ese tiempo de puerperio que permite sanar a la madre, y que ella pueda sostener y satisfacer a su bebé. Y a veces lo que se abre en ese período necesita de mucho tiempo para volver a encontrar un lugar tranquilo.

En una sociedad profundamente herida, con muchas generaciones de bebés poco maternados, ya no se reconoce la importancia de ese momento. El deseo materno de cuidar a su bebé es algo que incomoda. Pero cada madre que pasa por un parto, que desarrolla la capacidad de maternar es la potencia viva de una nueva humanidad; más cuidada, más satisfecha. Por eso todos tendríamos que proteger y esperar a una mujer en su puerperio. Es una tarea social.

…………………

No hay nada raro. Lo que pasa es coherente con la historia que ha tenido cada mujer. Aquellas que aparecen después del nacimiento de su bebé son ellas mismas, pero “en otro momento”. Y las mujeres que van a surgir después del puerperio también son ellas mismas. Varias versiones de la misma mujer, varias formas de resolver cómo vivir el puerperio y la maternidad.

No hay respuesta correcta e infalible para ser y estar como madre. Lo que hay es la posibilidad de volver a conectarse con uno mismo para así conectar con su bebé, y con la posibilidad de  crecer con sus hijos, sintiendo, abriendo, sanando, maternando.

 Munich Santana