Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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LA ECOLOGÍA HUMANA

            PREVENCIÓN Y PROFILAXIS

 Por Álvaro Fernández Luzardo

En los últimos tiempos la humanidad ha estado muy ocupada en elaborar estudios cada vez más eficientes para conocer y comprender los fenómenos de la naturaleza con el propósito de dominarla y controlarla. A su vez ha desarrollado tecnologías cada vez más sofisticadas para aumentar el confort y facilitar su vida cotidiana, reforzado y amparado en el llamado “estado de bienestar” llevado adelante fundamentalmente en Europa.  En estos terrenos los seres humanos han hecho grandes progresos, pero con el tiempo comenzaron a aparecer algunos problemas, percatándose de que algo no va bien. Por un lado el impacto medioambiental que el desarrollo civilizatorio ha ocasionado comienza a preocupar seriamente tras el evidente deterioro y desequilibrio ocasionado en nuestro planeta, refiriéndonos solo a lo macro, a lo visible. En este sentido el movimiento ecológico de los últimos tiempos reaccionó con una alerta desesperada que a regañadientes comienzan a incorporar, desde el discurso, los ámbitos políticos. El daño que estamos haciendo al planeta es de por si alarmante, pero en los hechos, la estructura y la organización general de la población humana, que es la causa de la depredación planetaria, continúa adelante como si nada pasara. Pero hay otro aspecto del que se habla poco, y es el impacto que el proceso civilizatorio, la cultura, ha tenido y tiene sobre la “naturaleza humana” en particular.

La cultura tiene por objetivo dominar, controlar y ajustar la naturaleza humana para adaptarla a su civilización. En esa carrera emancipadora que el hombre viene desarrollando desde hace miles de años contra su naturaleza animal, instintiva, esa lucha cultura contra natura, comienza a mostrar algunas consecuencias preocupantes. Pero al igual que ocurrió con el medioambiente, tuvo que pasar un tiempo considerable para que ciertas repercusiones se comiencen a evidenciar. El ser humano comenzó a modificar deliberadamente procesos biológicos que la naturaleza tardo milenios en desarrollar, en función de  nuevas demandas que surgen desde  nuevos intereses de  la organización moderna socioeconómica. Por poner algunos ejemplos; En los años cincuenta, en época de posguerra se promueve masivamente la lactancia a biberón, para que las madres se sumen como mano de obra. ¿Qué consecuencias tuvo este cambio aparentemente inocuo en el desarrollo humano? Otro ejemplo es el incremento exponencial que ha tenido en los últimos años los nacimientos por cesáreas programadas, y por ende la disminución de partos naturales. ¿Sabemos las implicancias de éste otro cambio? También está el surgimiento masivo de guarderías desde los 6 meses o antes; modificando tajantemente los vínculos entre madres e hijos. ¿Qué repercusiones tendrán estas modificaciones de las condiciones vitales a mediano y largo plazo?

Conocemos bastante bien las condiciones ambientales que una semilla necesita  para poder crecer y florecer, pero paradójicamente conocemos poco las complejas condiciones ambientales que necesitamos nosotros, los mamíferos humanos, para desarrollarnos de manera óptima.

Utilizo el término “ecología humana” para referirme al estudio, investigación y comprensión de las complejas condiciones ambientales, que el mamífero humano necesita para desarrollarse saludablemente a lo largo de toda su vida.

Los seres humanos somos uno de los mamíferos más vulnerables y dependientes que existen en la naturaleza. Las condiciones ambientales y los vínculos afectivos primarios son de vital importancia para un desarrollo saludable. Pero desconocemos en profundidad nuestras dinámicas vitales;  biológicas y psicoafectivas necesarias para autorregularnos a lo largo de toda la vida, que forman parte de la ecología humana, y que hacen posible una sostenibilidad cotidiana, placentera y expansiva.

Los procesos de acompañamiento y cuidados primarios son bien conocidos por el resto de los animales mamíferos, que responden, desde su “saber” instintivo, desde su “sentir” lo que hacen y cómo lo hacen, y desde el “contacto” que establecen con sus crías. Lo que les permite entablar un lenguaje desde el cual mantener una retroalimentación que tienda al equilibrio y a la armonía en el sistema, necesaria para favorecer la expansión y el crecimiento vital.

Los seres humanos, las criaturas más “inteligentes” del planeta, vamos perdiendo cada vez más esa capacidad de contacto y de comunicación con nuestros bebés. Esa capacidad instintiva primaria tan necesaria, sobre todo, en los primeros tiempos de la vida.

¿Porqué hemos perdido estas capacidades naturales?

La preponderancia del desarrollo neocortical en los seres humanos, el último y moderno tercer cerebro, con sus novedosas adquisiciones como el razonamiento y  la capacidad de predecir, con su noción de temporalidad, entre otras,  fue relegando la utilización de los sistemas más antiguos filogenéticamente hablando, y de esta forma fuimos desprestigiando y subestimando ciertas capacidades más primitivas. La razón fue desplazando a la emoción y al instinto, y así nos fuimos atrofiando y desconectando de nuestro campo de conciencia y  de nuestro rango de acción, a estas fuentes de sabiduría que fueron cultivadas durante millones de años.

El  hombre moderno, comenzó un camino de emancipación, separación y desconexión, deslumbrado y cegado por sus nuevas y potentes cualidades. Las características y lógicas de éste nuevo cerebro, son las que comienzan a  determinar un nuevo paradigma, nuevos valores y una nueva forma de organizar sus sociedades y elaborar una nueva cultura. Una de las nuevas cualidades es la capacidad de abstracción, que le da la posibilidad de separarse, de pensarse individualmente. Esto comienza a instaurar una de las características más prominentes de nuestra sociedad actual; el individualismo y la competitividad. Y el alejamiento de la espiritualidad en todas sus facetas, la pérdida de ese sentimiento de pertenencia, de unión y de conexión con el resto de los seres vivos y con la naturaleza.  Otra de las nuevas cualidades es la capacidad analítica, que lo lleva también a separar, a desmembrar y comprender al universo como una máquina, compuesta de piezas, individuales e independientes.

El nuevo hombre, arrogante y soberbio, ya no cree en nada ni en nadie, solo en sí mismo, aislado y solo, tampoco confía en ningún otro sentido que no sea la razón, y no cualquier razón, sino su única razón propia. En búsqueda de la verdad, prosigue un aumento exponencial de conocimiento ,información e ideales, que en los últimos tiempos, con internet y las redes sociales, ha tenido un crecimiento exponencial vertiginoso, que paradójicamente, lo ha llevado a un atolladero cada vez más ineficiente y estéril.

La salida no aparece con nuevos discursos, nuevas ideas o teorías y explicaciones, porque todas ellas no nos alejan ni un ápice de la dimensión de lo mental, no logramos salir de la cabeza! Lo que supuestamente nos hace ser la criatura más inteligente nos condujo a una trampa, que de no salir a tiempo, se puede convertir en fatal para nuestra propia especie.

Éste es el desafío, recuperar nuestra humanidad perdida, nuestra conexión con las capacidades abandonadas, con el saber instintivo y el contacto emocional, que nos puede devolver la esperanza de recuperar nuestro bienestar perdido y nuestra unión con la vida. Esto no significa abandonar las modernas capacidades adquiridas, sino el poder integrarlas a las demás.

La razón, la capacidad contemplativa, reflexiva, etc, son muy útiles para nuestro crecimiento y evolución personal, y como especie, sino se vuelven déspotas y negadoras del resto de capacidades que también son fundamentales y que no las puede suplantar el órgano cerebral recientemente evolucionado.

¿Cuáles son las condiciones óptimas, ecológicas, para que los seres humanos lleguen a desarrollar el potencial verdaderamente humano?

“Aplicar las leyes del funcionamiento ecológico al ciclo vital del desarrollo humano, desde la vida intrauterina hasta la adolescencia, permitiría recuperar los valores esenciales de la humanidad y promover un cambio general hacia la salud y la felicidad”. (Serrano 2012).

La ecología humana , entonces, es el estudio de las condiciones vitales, que incluyen factores no sólo físicos, fisiológicos y biológicos, sino que dan primordial importancia a las interacciones y las relaciones afectivas y emocionales entre los seres humanos, condicionados desde lo sociocultural.

En Uruguay estamos llevando a cabo esta praxis desde nuestro Centro de Autorregulación Infantil  “Ecohum”, desde donde ofrecemos asistencia, asesoría y acompañamiento en la crianza a la familia. También trabajamos sobre la difusión de ésta mirada dando cursos, conferencias, talleres y  actividades grupales psicosociales.

“No podemos decir a nuestros hijos que tipo de mundo sería o habría que construir, pero podemos equipar nuestros hijos con el tipo de estructura caracterial y con el vigor biológico que les harán capaces para tomar sus propias decisiones y encontrar sus propios caminos para construir, su propio futuro y el de sus hijos.” Wilhelm Reich

 

 

Bibliografía

J.Mañas Montero- Autorregulación y Autogobierno , un abrazo entre Psicología y Educación.

W.Reich- Los niños del futuro.

W.Reich- El acorazamiento del recién nacido.

X.Serrano- Al alba del siglo XXI

Álvaro Fernández Luzardo

Psicólogo y Psicoterapeuta Caracteroanalítico

 Especialista en prevención primaria e intervención ecológica de sistemas humanos

Integrante del Centro Reichiano de Montevideo y del Ecohum (Centro de Ecologia Humana)

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El parto en la trampa

Prevención y Profilaxis

Este texto parte de experiencias, comentarios, ideas y la unión de algunos cables sueltos que siempre están en mi cabeza.

Es un texto que va en la dirección, en el espíritu de la titánica tarea de cambiar el mundo, es decir cuán grandes son sus pretensiones. Pero a la vez la conciencia de ser un grano de arena es lo que me permite ser austera, ya que sé que no es tarea para mí solamente, ni tampoco para una única generación. Otros la comenzaron y la tarea continuará más allá de nosotros.

Quisiera hablar de la trampa en la que tantas veces veo caer a mujeres que quieren parir, conectarse con su bebé, proteger a su cría.

Cuando nos quedamos embarazadas nos abrimos a un mundo nuevo lleno de deseos y felicidades, pero también de miedo a la responsabilidad y de sensación de vulnerabilidad, entre otras cosas. Con más o menos conciencia transitamos el embarazo y a veces podemos llegar a desear un parto natural: y esto así porque tengo conexión con lo que significará para mi bebé y para la especie que yo pueda realizar el mejor parto diseñado por la naturaleza, y porque queremos sentir y permitir que ocurran las transformaciones necesarias para la llegada de otra vida.

En ese juego de si puedo parir o no cuentan muchas variables, que se abrirán con la manifestación de nuestras particularidades y hasta contradicciones: mi deseo, mi cuerpo, mis relaciones personales, cuanto apoyo tengo, mis miedos y mi historia, etc. Podemos entonces en cierto grado flexibilizar, ayudar a tomar conciencia y apoyar la idea de que sí, que es posible parir y en muchas más ocasiones de las que habitualmente suele ocurrir.

Por otro lado tenemos “el dónde” y el “quién” puede acompañarnos. Y aquí voy a considerar el lugar donde más partos ocurren: la maternidad. Sea ella privada o pública, cada una con sus características que intervienen para dejarnos sus marcas. Esa es la otra cara de la moneda y donde muchas veces está tendida la trampa donde terminan cayendo muchas mujeres y familias. La trampa que roba a las mujeres el protagonismo de su parto, desacreditándolas, infantilizándolas, asustándolas y desamparándolas, pudiendo adoptar formas muy variadas de falta de respeto y deshumanización en la atención al parto y nacimiento.

Por eso es de suma importancia sensibilizar al personal de los hospitales, porque un parto no solamente es bueno o malo si hay o no muerte de por medio. Cuando yo era chica (vengo de Brasil) con frecuencia escuchaba el dicho popular “lo que no mata engorda” (dicho sea de paso, está muy bien pensado cuando la sobrevivencia está en juego y tantos mueren literalmente de hambre), pero es evidente que no podemos pensar que lo único grave que puede pasar en el parto es la muerte. Por supuesto la muerte es irremediable, para el muerto y un hecho terrible para su entorno que todos buscamos evitar.

Un parto es bueno cuando la mujer es respetada y le es permitido desarrollar sus potencialidades en el parto; cuando son facilitadas las condiciones para que sea humana, mamífera y no un objeto en manos de un personal hospitalario desaprensivo. Entonces nos enfrentamos con que no solamente hay que preparar las mujeres para la reconexión con esa posibilidad, sino que hay que preparar los equipos de salud para que permitan vivir mejor y de forma más respetada las historias de nacimiento.

Por otra parte no es que ahora haya más violencia obstétrica que antes, es que ahora las mujeres están relatando más sus experiencias y están menos calladas y sumisas al sistema social sostenido por el patriarcado.

El sistema no tolera a una mujer madura, con potencia y que sabe lo que quiere, apenas acepta a la mujer sumisa que se adapte a las normas del sistema y que no piense y no dé trabajo. Pero una mujer por más empoderada que esté, no puede enfrentarse con un sistema médico que suele ser agresivo y abusivo, que representa el poder y que tiene en sus manos los aparatos del patriarcado, en suma: un sistema que es mucho más poderoso que una persona sola. He aquí la trampa de la que hablaba al principio.

Y cuando la mujer no es sumisa, sabe de sus derechos, tiene su plan de parto en manos, llega al hospital o clínica con el mismo o acompañada de una doula o pareja que pueden entrar a la sala de parto, sabe que es mejor elegir la posición de parir, que no le induzcan el parto, que no le hagan epsiotomía, que no le aceleren sus procesos naturales, aun así no es suficiente para asegurar que la van a respetar.

Una mujer que conoce sus derechos, que está conectada con las mejores posibilidades de un parto, no está exenta de asustarse, sentir dolor, llorar y hasta desesperarse. Pero no puede en el momento del parto ser parturienta, abogada, policía y médica de sí misma (o por lo menos no tendría que serlo). Hay muchas experiencias de mujeres que justamente por recordar y pedir que se respetaran sus derechos fueron más violentadas e incluso ridiculizadas en las instituciones públicas. Yo lo veo como una especie de revancha: “ah, vos que te creés saberlo todo y creés poder darnos indicaciones, ya te voy a mostrar quién manda”…

Y entonces se puede probar el gusto amargo de la jodida trampa de sentir que el conocimiento y la conciencia de sus derechos y de sus deseos ponen a la mujer como potencial víctima de un sistema abusivo, justamente por pedir y reclamar -y a veces hasta implorar- por sus derechos. Esta es un arma más del patriarcado para desacreditar la mayor fuerza que tenemos: la toma de conciencia.

Tomar conciencia de la cadena de violencia que funciona en los hospitales también es importante porque el mundo de fantasía a lo “Mary Poppins” no existe (y la palabra supercalifragilísticoespiralidoso no resuelve nada…). Una cadena de violencia que es el fruto obligado de relaciones laborales desiguales y de la lógica de una sociedad capitalista, competitiva y alienante. Se trata más bien de hablar de una selva, desnaturalizada y en que las fieras que pueden atacarnos son nada más y nada menos que otros seres humanos, que a su vez aparecen con sus propias historias de miedos, humillaciones, heridas, desinformación y desconexión con su propia naturaleza. Seres que no comprenden que sus actos dañan y dejan huellas profundas en los cuerpos y almas de mujeres, en los niños recién nacidos y al cabo en toda la familia involucrada.

Tomar consciencia de esto da la dimensión de lo difícil del cambio. De lo mucho que tenemos que trabajar. La conciencia ayuda a prevenir acerca de intervenciones innecesarias y conocimiento de la realidad de lo que ocurre en las instituciones oficiales de nacimiento.

Por supuesto hablo de violencia, y pareciera que este es el punto principal, sin embargo lo más importante es la vida, los nacimientos sanos y con la menor cantidad de intervención posible.

En el trabajo preventivo se busca conectar con la posibilidad de reconocer lo que la mujer quiere y necesita, y ayudarla a ver cómo puede hacer para tenerlo: se busca desarrollar habilidades que le permitan entrar en contacto consigo misma, con su bebé y con las personas que la acompañan en el parto. En el trabajo preventivo hay mucho de responsabilizarse por lo que uno busca para sí mismo. El foco está en lo sano y en potenciar ese camino, así bien como identificar dificultades y desarrollar estrategias para moverlas de su lugar. Por supuesto con conciencia de que la coraza que protegió a la mujer durante toda su historia puede jugar en contra. Así, tomar conciencia de la dureza de la coraza le permitirá saber cuánto tendrá que ser flexible, con la conciencia activa de quién es, cuáles son sus dificultades y potencialidades y en qué medio social está inserta.

Cuando hay una historia de violencia el trabajo es otro: se trata de sanar, acompañar, dar apoyo, salir del trauma, recuperar funciones. Se trata de resignificar la experiencia, pero sin sentir jamás que la culpa fue de la mujer. Nadie puede ser culpable por haber hecho una elección que terminó mal, porque esto es similar a decir que una mujer es víctima de violencia sexual porque usa minifalda. La violencia obstétrica existe y posiblemente existe, como muchas otras deformaciones de este mundo, por falta de conexión y contacto con la vida.

No puede ser que la única forma de escapar de una violencia explícita sea cambiar la forma del parto natural, optando casi siempre por una cesárea, por lo demás ya agendada por anticipado, luego innecesaria (o “innecesarea” como con acertada ironía vemos en campañas de humanización del parto). Porque es tal la brutalidad de una cesárea que, aunque la mujer no la perciba directamente es una violencia que llega al bebé, y en ese sentido se ejerce contra la especie. El problema entonces no es que un parto termine- cuando es imprescindible- en cesárea, sino que 60% a 80 % de los partos terminen en cesáreas.

Y existen las situaciones en que una mujer opte por una cesárea, cuando ella misma se la propone al equipo médico. Sin embargo esto también puede darse por múltiples razones. Una de ellas es la desconexión con los procesos naturales, otra es la conciencia previa de sus miedos y dificultades que le impedirán abrirse a un nacimiento natural. Asuntos que de por sí podrían trabajarse en una preparación para el parto tendiente a flexibilizar los pensamientos y sentimientos. De cualquier modo se trata de la limitación de una mujer específica que puede ser absolutamente entendible, aceptable y trabajada comprendiendo lo grandes que pueden ser los miedos y las corazas del ser humano.

Y cuando esa mujer no se prepara para el parto, los profesionales que la acompañan no le ayudan a flexibilizarse y a confiar en su cuerpo para bajar el miedo, pues el momento del parto no es el de hacerle tomar consciencia de lo que significa para su organismo y el de su bebé, una intervención quirúrgica fuera de los tiempos de los cuerpos y de las hormonas que son importantes para el período post parto. Sólo podemos acompañarla y respetarla en su decisión personal y compensar los efectos de esa forma de nacer, desde ya lo más importante es fortalecer el vínculo con ella y de ella con su bebé. Tampoco es sano que dejemos a la mujer con la culpa de no poder parir. Porque hasta el no poder parir no es sólo un fenómeno individual, también es un fenómeno social fruto de una sociedad asustada. Entonces todo el tiempo bordeamos el tema del nacimiento en un plano íntimo y en el público.

Así que sea cual sea la forma en que pudo nacer un bebé, la madre tiene que tener apoyo suficiente para poder conectarse con él y maternarlo. Las culpas las dejamos afuera; abramos las ventanas y dejemos que vuelen con el viento: NO SIRVEN ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Y a mi modo de ver son funcionales al sistema patriarcal y capitalista que mantiene al ser humano aislado y miserable en su propio dolor, creyendo que todo le sucede porque él ha sido malo, incapaz, débil. Es de ésta forma que una mujer creerá que cuando algo sale mal en su parto la responsabilidad es suya, perdiendo de vista la estructura social profundamente malsana en la que ella está inserta. Muchas mujeres quedan con secuelas importantes de angustias y baja autoestima frutos de cómo terminó su parto. Por supuesto no dejo de considerar que el momento del parto es un momento de culminación de la historia de un embarazo y el principio de la vida extrauterina de un bebé y la mujer tendría que poder llegar en sus mejores condiciones y energías a la crianza de su hija o hijo. Y estar con un bebé en brazos con las secuelas de lo que quedó abierto violentamente en el parto sumada a las demandas de un bebé recién nacido puede ser muy estresante, angustiante y hasta colapsante para una madre. Cuanto más las mujeres tengan que aguantar creyendo que es su responsabilidad lo que no funcionó y tengan que sentir culpa, vergüenza y cualquier otra sensación o sentimiento que la deje sola con su dolor, más se desempoderan los movimientos sociales que sí pueden amparar y reivindicar nuevas formas de atención y respeto a la mujer, a la maternidad y a la vida que está surgiendo. Cuanto más llenos los consultorios de psicólogos y psiquiatras atendiendo mujeres que fueron infantilizadas dejándolas impotentes por el sistema médico y sin cuestionar ese propio sistema, más débiles serán los fenómenos grupales que podrían pedir y exigir mejores condiciones para el parto.

Por supuesto si hay un dolor personal es justo que una mujer pueda ser atendida y acompañada por su red de apoyo o profesionales de salud hasta que pueda elaborar y volver a sentirse fuerte nuevamente. Pero es importante no desvincular estos temas del propio sistema social que favorece la desconexión, la pasividad y la violencia en la atención a los partos.

Inteligencia es también la capacidad de adaptación y la adaptación se da cuando hay una integración en las informaciones de distintas experiencias, las buenas y las malas. Esta integración permite no quedarnos pegados a experiencias difíciles, y es esto lo que podemos fomentar a nivel individual para fortalecer nuevamente en la mujer víctima de violencia, para que pueda recuperar el deseo materno. Y a nivel social es un trabajo de hormiga el de formar conciencia, llevar información, presionar en la dirección de las políticas públicas que amparen el respeto, generando también la formación de profesionales más conectados con la vida y con los procesos naturales.

Cuando más y más mujeres y familias salgan a la calle para pedir, exigir su derecho al respeto y a la dignidad, cuánto más puedan denunciar las violencias vividas, cuando sus discursos y acciones vayan ganando más fuerza, más promisorios serán los cambios.

Salir de la trampa donde estuvimos engañados tanto tiempo es fundamental, la trampa invisible que aunque ya no nos aprisiona tiene la fuerza gigantesca de hacernos creer que nos protege. La realidad es que no nos protege, nos infantiliza, nos debilita, nos deja impotentes y amargados.

Lo que despierta el optimismo -y que ya está ocurriendo en muchas historias- es ver y comprobar que SALIR DE LA ESA TRAMPA ES POSIBLE, recuperar la  potencia de parir es posible y proteger el principio de la vida es posible.

 Munich Vieira Santana


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¿Quién soy cuando nace mi bebé?

¿Quién es esa mujer que nace con el nacimiento de su hijo?

Cuantas veces he escuchado en el proceso de acompañamiento a madres en período de puerperio: “no sé dónde estoy ni quién soy”; “quiero volver a ser quien yo era antes de tener mi bebé”; “no quiero ser así para siempre”; “¿cuando volveré a la normalidad”?…

 Además de poder cuestionar siempre si volveremos a ser lo que fuimos ayer, y cuestionar qué es la normalidad? Podemos preguntarnos: ¿Qué es pues lo que surge en esa circunstancia? ¿Porqué tanta sensibilidad e intensidad?

…………………

Lo que surge, aquello que se abre paso, son los movimientos en la fisiología y en la vida psíquica y mental de la madre para favorecer el maternaje. Asegurando y garantizando así la continuidad de la especie. Ese período se llama puerperio y puede durar hasta 2 años.

Ahora bien,  muchas veces lo que también se abre es nuestra propia historia de dolor y miedo, que ha estado guardada durante años, o apenas saliendo en pequeñas dosis a través de algunos síntomas.  Esa apertura puede ser la fuente de miedos y sensaciones de angustia, de despersonalización, de hipersensibilidad, de depresión, pánico. etc.

Lo que aparece después del parto nos puede acercar más al bebé para así poder maternarlo (y esa es la idea de la biología). O al contrario nos puede alejar del bebé, ya que puede ser tan dolorosa la emoción en ese momento que la madre necesitará de cierta distancia para sobrellevarla. O no sentirla tan intensamente.

Esa mujer que nace es más sensible: huele, escucha más, ve y siente más. Y todo eso para cuidar a su bebé. Pero ocurre que no solamente siente al bebé, también se siente a sí misma con una mayor intensidad.

En ese período de puerperio -Laura Gutman lo menciona- ocurre un encuentro con la propia sombra; aquella parte poco iluminada que no reconocemos en general porque tenemos un sistema de defensas que mantiene la sombra invisible.

No todos los embarazos tienen la fuerza de traer a la superficie nuestra sombra más guardada, pero todos dan la posibilidad de dejarnos más sensibles para desempeñar el nuevo rol que llega a nuestras vidas.

La sombra de cada mujer tiene relación con lo difícil de su historia. Guarda relación con sus propias frustraciones libidinales, de cuando no pudo satisfacer sus necesidades de amor. Y tuvo que aprender a adaptarse para no entrar en contacto con lo que provocaba dolor en su propia historia.

Muchas mujeres al sentir la fuerza de su sombra “prefieren” no entrar en contacto con ella y salir prontamente del período del puerperio. Pero hay otras que aunque quisieran no tener ese encuentro, no pueden evitarlo. Otras tienen sombras más o menos conocidas, que cuando aparecen las observan, las cuidan y esperan que se vayan.

Cada vez encuentro más madres dispuestas a sanar algo suyo que se abre con el nacimiento de su hijo o hija. Acostumbro decir que estas son mujeres valientes, que deciden bancarse y rever su propia historia para criar a su hijo con más conexión, mas posibilidades de contacto. Y esto sucede aunque muchas veces se pierda a sí misma durante un tiempo, pierda a la mujer que era antes de parir. Para ir al encuentro de una nueva mujer que todavía no sabe cómo será. Está en el camino, en el puerperio.

Estas mamás de hoy son hijas de mujeres que tuvieron que salir a trabajar, que medicalizaron sus partos, que dieron el biberón, cortando la lactancia muy tempranamente, llevando a sus niños a guarderías a veces con muy pocos días de nacidos. Son hijas de una generación poco maternada.

Actualmente muchas de esas mujeres van despertando para poder maternar, y al hacerlo se conectan con su propia historia de desamparo. Y eso duele mucho.

Por eso considero importante una preparación previa. Conocer y liberar la respuesta crónica de nuestro organismo, reconocer nuestras capacidades y dificultades. Pero la mayor parte de las veces no es posible hacer un trabajo de prevención y preparación que pueda dar más herramientas de autoconocimiento para atravesar el parto y puerperio. Y en otras situaciones aun con preparación, terapia previa, lo que se abre es fuerte y tiene la potencia de lo desconocido.

Entonces no queda otra que ir resolviendo, cuidando de lo que se abre en ella, mientras tiene a su bebé en brazos. Y por eso lo mejor es tener a alguien (pareja, familia, red social) que pueda amparar y ayudar a sostener la situación hasta que esa mujer vuelva a salir de las aguas profundas del puerperio. También es de mucha ayuda encontrar otras mujeres, crear redes de apoyo, escuchar otras historias y no sentirse como alguien raro, defectuoso o insano.

No siempre las parejas, los amigos, el trabajo entienden la situación y quieren sostener ese tiempo de puerperio que permite sanar a la madre, y que ella pueda sostener y satisfacer a su bebé. Y a veces lo que se abre en ese período necesita de mucho tiempo para volver a encontrar un lugar tranquilo.

En una sociedad profundamente herida, con muchas generaciones de bebés poco maternados, ya no se reconoce la importancia de ese momento. El deseo materno de cuidar a su bebé es algo que incomoda. Pero cada madre que pasa por un parto, que desarrolla la capacidad de maternar es la potencia viva de una nueva humanidad; más cuidada, más satisfecha. Por eso todos tendríamos que proteger y esperar a una mujer en su puerperio. Es una tarea social.

…………………

No hay nada raro. Lo que pasa es coherente con la historia que ha tenido cada mujer. Aquellas que aparecen después del nacimiento de su bebé son ellas mismas, pero “en otro momento”. Y las mujeres que van a surgir después del puerperio también son ellas mismas. Varias versiones de la misma mujer, varias formas de resolver cómo vivir el puerperio y la maternidad.

No hay respuesta correcta e infalible para ser y estar como madre. Lo que hay es la posibilidad de volver a conectarse con uno mismo para así conectar con su bebé, y con la posibilidad de  crecer con sus hijos, sintiendo, abriendo, sanando, maternando.

 Munich Santana


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Estrés y trauma en el nacimiento

El siguiente texto deriva de la charla que – en mayo de 2014- di en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina) durante la mesa redonda que organizamos con las agrupaciones “Nacer en Mendoza” y “Alumbra”, en conmemoración de la Semana Mundial por un Parto Respetado.

Durante mucho tiempo y desde varias perspectivas se dijo que indiscutiblemente “nacer” es traumático; que llegar a este mundo es una de las mayores heridas que tenemos los humanos. La psicología misma, por cierto, ha contribuido a ese pensamiento con su teoría de la “falta original”. El cristianismo, por otro lado, habla del dolor por la culpa del primer pecado. Creencias que han servido para justificar el trauma de nacimiento y perpetuarlo como lugar común.

No hay sin embargo nada más anti natural que afirmar que nacer es traumático en la vida de un ser humano.

Ahora bien, si a ésta afirmación la ponemos en condicional, es decir : “el nacimiento puede ser una experiencia traumática”, entonces sí coincidiré con ella.

Comencemos hablando un poco sobre lo natural:

El parto es un evento fisiológico que necesita de una dosis de estrés para que se produzca: las contracciones, los movimientos, la apertura de cadera, el pasaje por el canal de parto, etc. Pero estrés no es lo mismo que trauma. Imagínense si todo aquello que nos generara un estrés fuese  traumático; vivir sería entonces un gran trauma en sí mismo pues estamos confrontados a acciones de maduración y crecimiento que necesitan de una respuesta de tensión del organismo, como caminar, comer, tener una relación sexual, etc.

El estrés es una preparación del organismo para una acción, es una defensa. Y en el parto natural se da esa gran activación del sistema de defensa del cuerpo.  Es una respuesta de alarma del organismo, que genera movimiento y acción. Concretamente la desencadena el hipotálamo; respuesta natural y necesaria para preparar los órganos del recién nacido al funcionamiento de la mejor forma una vez fuera del útero.

parto

El trauma es otra cosa. Si bien entiendo que un estrés prolongado en el tiempo puede ser de difícil manejo para el organismo,  generando trauma.

Con ser estresante un parto (tensión-carga), nos pide apenas que acompañemos y contengamos a ese bebé, hasta que pueda volver a su estado natural, cuando podrá relajarse  y eliminar las hormonas  que se pusieron en marcha para permitir el nacimiento (descarga-relajación). Cuando esto se da naturalmente vemos cómo bebés y mamás duermen después de un trabajo de parto, recuperándose. Y el contacto piel a piel, madre/bebé es la medicina energética  natural perfecta en ese momento.

Para que un parto sea sólo lo necesariamente estresantemente, tenemos que poder respetar lo natural, no acelerar  ni intervenir demasiado; no separar madre y bebé después del nacimiento. Así bien como permitir que se desarrolle el apego, y eso se da cuando una madre fue respetada en su momento de parto, y un bebé  en sus movimientos al nacer. Los dos terminan cumpliendo su función natural para la cual toda la fisiología del nacimiento los ampara.

Lo traumático del parto es otra cosa. Lo traumático está en lo violento, lo disruptivo, lo invasivo, lo que no da tiempo a la recuperación; lo traumático está en la separación de madre e hijo, no permitiendo que se cumplan mecanismos naturales de compensación y sanación.

Un parto no respetado en sus diversos modos es una forma de promover un ambiente de trauma,  favoreciendo que ese bebé recién nacido no tenga asegurado lo más importante para su maduración.

Por otro lado estresante no significa traumático. Lo traumático es algo que amenaza la pulsación energética de ese individuo o incluso su propia vida. Una especie de interrupción del flujo vital.

En mi observación clínica los dolores de las contracciones, que son tan temidos por muchas mujeres, vienen asociados a fantasías tales como “romperse”, “dividirse”, que activan sus miedos más profundos. Pero aún con la activación de esos miedos, si las mujeres son protegidas, respetadas  y alentadas, pueden  en mayor o menor medida, transitarlos. Después que nace el bebé, la naturaleza sabiamente, con su cocktail de hormonas, permite que la mujer en el tiempo vaya olvidando lo vivido como dolor muscular, e incorporando y valorando la experiencia de haber podido parir. Fortaleciéndose y empoderándose.

Ahora bien, si ese mismo dolor que genera miedo y ansiedad no es entendido, si es anestesiado, si es acallado, si no se lo respeta, entonces sí puede generar o crear las condiciones para que un evento de este tipo sea difícil de superar.

En realidad lo más traumático suele ser la devaluación de sí mismo que, en la circunstancia del parto, un equipo de “profesionales” puede  generar. La soledad, el desamparo, los gritos, las frases tajantes y descalificadoras, los retos humillantes, son lo que traumatiza. Ocurrido esto y aunque pase el tiempo las mujeres continuarán sufriendo las consecuencias de esa violencia, en mayor o menor grado, en función de la estructura psíquica y emocional de cada mujer y del entorno social que la ayude a compensar esa experiencia traumática.

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Una madre que ha sufrido ésta violencia pierde mucha energía. Esta pérdida puede manifestarse en el vínculo, pudiendo demorar en volver a “enchufarse” completamente con su bebé.  Y entonces sí, para ese bebé que tiene a la madre herida, puede ser muy difícil llegar al mundo. No tener una madre energética y emocionalmente disponible, porque ella está desviando parte de su energía en curar la herida que se le ha infligido, requiere de un entorno social aun más atento a los cuidados de la díada madre-bebé. Igualmente he observado que en partos traumáticos  no siempre el deseo de maternar es alterado, muchas veces madres e hijos crean una simbiosis todavía más fuerte y prolongada que ayuda a los dos a recuperarse de la difícil experiencia que vivieron juntos. 

Por otro lado el bebé puede vivir el nacimiento como un trauma y quizás en la práctica para casi todos los niños sea así. No porque así deba ser, sino porque así lo hacemos los humanoscivilizados”, desarrollando métodos de nacimiento invasivos que en nombre de la protección de la vida invaden, separan y evitan que se establezca el apego, poniendo en riesgo la lactancia y el vínculo materno infantil. Esto, la represión misma del deseo materno, es lo que impide la completa construcción del deseo en el recién nacido.

Un bebé no puede decir claramente qué fue lo traumático durante el parto. Y no va a recordar conscientemente todo lo que le ocurrió al nacer. Pero esto suele aparecer en su personalidad de adulto y en el modo de vida que adoptará. Hay adultos que todavía  funcionan de un “modo bebé”, esperando ser compensados por una experiencia traumática que los ha dejado en el limbo entre la vida y la muerte; entre dos mundos. La escisión y la despersonalización serán entonces salidas para el dolor de vivir en un mundo hostil y sin respeto desde un principio.

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El hecho de que no veamos lo que hacen con nuestros hijos no quiere decir que esté todo bien. Tampoco que esté todo mal. Pero para un bebé recién nacido no hay lugar mejor que el cuerpo materno, al devolverle la madre la seguridad que él necesita. Devolverle un útero externo a través de sus brazos. Entonces pongamos atención a la violencia que infligimos a la vida con el rutinario hecho de separar madres y bebés.

Los bebés no hablan pero comunican y podemos observar el estrés en el llanto excesivo post nacimiento, en cómo les cuesta estar tranquilos, en el tono muscular que está sobre activado generando un excedente de actividad motora.  Estas son algunas señales que podemos tener presentes para ayudar al  bebé a salir de la respuesta traumática al nacimiento. A veces hacen falta algunos años para que el  bebé termine de tranquilizar su sistema neurovegetativo. Pero lo más importante es que podemos disminuir las secuelas de la experiencia traumática a través de compensaciones que se dan en el vínculo madre-bebé: pecho, calor, contención, contacto, mirada, masaje, respeto.

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Sabemos que una buena parte de los nacimientos son por vía quirúrgica. Una cesárea que, cuando está bien indicada, puede salvar vidas y es en algunas circunstancias la mejor opción para ayudar a nacer a un bebé, es en la práctica de un uso generalizado e indiscriminado, pudiendo llegar a ser en un 70% a 90%  la forma de nacimiento en clínicas particulares. Esto representa una manipulación sobre el modo de nacer.

¿Quién, frente a la opción de un sistema de salud que pone de un lado el parto como siendo normalmente traumático y del otro a la cesárea, elegiría parir naturalmente?. Como he dicho lo traumático no está necesariamente en el parto sino en las condiciones en que éste se da.

Quizás una buena pregunta a nuestro médico(a) ginecólogo o partera(o) sea saber cuántos partos naturales han podido acompañar. Si pudiéramos hacer ésta pregunta y obtener una respuesta verdadera, sabríamos si nuestro equipo sanitario tiene las herramientas necesarias para esperar nuestros tiempos y respetar nuestros procesos. Posiblemente el exceso de intervención no pase por la maldad, sino mas bien porque esos profesionales creen realmente que lo que hacen  es lo mejor para la madre que acompañan. Creen que así salvan vidas y no las exponen a riesgos. Por mi parte pienso que en lo que no creen es en ellos mismos como profesionales que puedan acompañar el nacimiento de la vida, dejando de lado sus prejuicios y miedos, respetando profundamente la vida que ven nacer.

Por supuesto un trauma vivido en el parto, que genera alteración en el ecosistema materno en los primeros meses, puede dejar secuelas para toda una vida. Pero de la misma forma que puede generar secuelas, podemos compensar los efectos de ese trauma. Y eso han hecho muchas madres que han podido maternar a sus hijos, establecer vínculo, relación de apego, urdimbre afectiva.

Podría continuar hablando de algunas alteraciones -en el proceso natural del continuum de la vida- que afectan la maduración psíquica del bebé, pero también es cierto que no hay solamente un factor de riesgo en nuestras vidas, y  un único evento no determina todo.

Volvamos  entonces a una idea que he enunciado aquí, para no caer en la  desesperación: la vida es un continuum; siempre se puede compensar una cesárea, un parto traumático,  la separación de madres y bebés, las cirugías infantiles, etc. Compensar a través de actos que ayuden a restablecer el proceso de  maduración de la especie,  devolviendo la funcionalidad al organismo alterado por un fenómeno traumático.

 Siempre se podrá ver con optimismo la vida, saliendo de la parálisis del miedo y del discurso catastrófico alrededor del no poder parir naturalmente. Porque sabemos que nuestras vidas están muchas veces entregadas a nuestros miedos, a nuestras corazas defensivas y a un sistema social que más impide que ayuda.

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¿Pero quién determina lo necesario? ¿Un equipo médico que no confía en el parto natural y que en algunas situaciones ni siquiera sabe sobre la fisiología sana del cuerpo en el parto? ¿Una obstetricia que fue desarrollada sin base en evidencia científica, con intervenciones como episiotomía, goteo de oxcitocina, parto en posición horizontal, corte del cordón umbilical antes del tiempo, etc?, ¿Instituciones públicas que viven una dinámica estructural  violenta en la que madres y bebés son víctimas de una cadena de violencia relacional mucho más grande? ¿El miedo?

Esperemos que no. Esperemos y trabajemos para que sean siempre las madres las que nos indiquen el camino, elijan lo que necesitan y confíen en sí mismas para tomar esas decisiones.

Por supuesto lo mejor sería que las cosas se dieran naturalmente: partos naturales, sin intervenciones  innecesarias y con respeto; que madres y bebés estuvieran unidos y jamás separados post nacimiento, no importando la forma de los mismos; que miráramos con reverencia a la vida que se manifiesta en toda su plenitud frente a nuestros ojos. Que el aparato médico sólo llegara a actuar frente a una situación realmente necesaria y que sus intervenciones fueran para facilitar procesos  sinentorpecer la maduración psicosomática de un ser.

Para que una mudanza ocurra hay que preparar emocionalmente a las madres para los cambios que necesitan hacer en sus cuerpos a fin de acompañar sus emociones y recibir el nacimiento de su bebé. Por otro lado  se hace fundamental preparar un equipo sensible a la vida, con capacidad de contacto y que comprenda que cada intervención innecesaria pone en riesgo la continuidad de la maduración humana y el vínculo materno infantil.

En suma, no participemos de la fábrica de idiotas que promueve la sociedad de consumo, que mata las subjetividades, la libertad y la plenitud de la vida. Denunciemos todos ésta violencia normatizada que autorizamos en nuestros cuerpos en el momento de parir y nacer.

Recuperemos la vida en los procesos de embarazo, nacimiento y crianza de nuestros hijos, que son los hombres y mujeres del futuro.

27/11/2006 08:15 p.m.

Munich Vieira Santana


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Los bebés orgónicos

¿Qué ocurre con los chicos cuyas madres han utilizado un acumulador de energía orgón durante el embarazo?

 No son muchos, apenas seis o siete.

La primera fue mi hija Julia, hace 22 años. El último mi nieto Sandino hace apenas una semana, a mediados de mayo del 2014. Entre ellos hay, máximo, cinco más. En estos casos fueron sus madres, pacientes del consultorio, quienes recibieron “el tratamiento”. En general, no vinieron por estar embarazadas sino porque estaban siendo tratadas por otras cuestiones. Simplemente quedaron embarazadas en el transcurso del tratamiento y aceptaron de buena gana recibir una ayuda extra que incluía al bebé.

La idea básica, en todos los casos, consistió en que la administración de energía orgón durante el embarazo podía serles beneficiosa para vivirlo con mayor plenitud y no perder demasiada energía en el intento, ya que todas ellas seguían trabajando,  haciendo su vida normal.

En todos los casos utilizaron un pequeño acumulador de orgón pegado a la piel en un punto importante de acupuntura durante todo el embarazo o gran parte de él. La indicación básica de uso fue de seis horas diurnas y diarias, salvo un día de descanso a la semana. El punto de acupuntura elegido fue el 6 del meridiano de Vaso Concepción (6VC), ubicado a unos dos centímetros por debajo del ombligo, en la línea media. Es uno de los puntos más importantes de la acupuntura, habitualmente utilizado para mejorar la carga energética del organismo. Tanto que su nombre en chino, Qi Hai, significa “Mar de la energía”.

No es punto especial para el embarazo: todas las personas que utilizan ésta variedad de acumulador para mejorar su carga energética reciben la misma indicación, cualquiera sea su problemática de salud.

Pero la idea original, mejorar la energía materna, se amplió  rápidamente, ya desde la primera experiencia. Cada vez más, el énfasis de su posible eficacia fue recayendo en el embrión. Pensando en la grandísima actividad biológica de los primeros meses de gestación, era inevitable suponer que la evolución, el crecimiento y maduración se verían fuertemente favorecidos si el bebé también recibía la influencia de la carga energética.

O sea: empezó a tallar fuerte la hipótesis de que el propio bebé podría ser más sano y cargado desde el comienzo, cuando las cosas son por primera vez. Cada día de vida intrauterina es un estreno, a cada instante ocurren acontecimientos decisivos a velocidades impensables: la aparición de los órganos, su desarrollo, la comunicación interna a medida que los sistemas nervioso y endocrino aumentan en funcionalidad y protagonismo. O sea: son tiempos de vertiginosa multiplicación celular y formación del “chasis básico” del organismo. Entonces, ¿cómo no pensar que un aflujo sostenido de energía orgón en ésa primera etapa de la vida debería tener una eficacia notable, cuando todo es nuevo y el debut en la vida real se aproxima?

En el momento de las primeras experiencias había, además, mucho debate en las filas reichianas relacionado con las desviaciones patológicas del embarazo y su influencia decisiva de por vida en la nueva existencia. De hecho, siempre estuvimos seguros de que si la etapa intrauterina se caracteriza por graves conflictos en la vida de la madre y su medio ambiente, las consecuencias para la vida  futura del recién nacido son nefastas y podrían signarlo para siempre, condenándolo a una vida enferma. Y no sólo enferma, sino gravemente enferma, a veces invalidante física y emocionalmente. Ésta certeza no se ha modificado ni un ápice. Sólo depende de la importancia de la patología personal, grupal  y social.

Entonces, ¿cómo defender el futuro del recién nacido, su derecho a empezar lo más sano posible?

La iniciativa de los bebés orgónicos es parte de la respuesta. O, al menos, claramente su intención.

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Si todo fuera como podría y debería ser, o sea: parejas sanas, mujeres con úteros rebosantes de energía, ésta iniciativa estaría de más, no tendría sentido. Pero la realidad de nuestros días no es así: tanto varones como mujeres no suelen pulsar sanamente en la frecuencia de la vida. La prueba es que, al menos en los países “desarrollados”, los hombres-promedio tienen menor cantidad de hormona masculina (testosterona) y sus estudios de espermatozoides muestran una alarmante baja en cantidad y calidad. En las mujeres también hay dificultad, tanto para quedar embarazada como para sostener con éxito la maduración y crecimiento del embrión. Incluso hay mucho problema para parir de manera natural, tanto que son necesarios cursos y adiestramiento para enseñar un conocimiento con el que las mujeres nacen, por definición. ¡Es como si fuera necesario hacer un curso para aprender a orinar!

Es importante saber que nosotros, los humanos, nacemos en la mitad del tiempo en que deberíamos hacerlo. Basta la comparación con otros mamíferos para advertirlo. ¿Cuánto tarda un potrillo recién nacido en pararse, trastabillando y hasta cayendo hasta lograrlo? Nada, casi nada, a lo sumo unos minutos. ¿Cuánto tarda un cachorrito de perro o gato en moverse, casi reptando, para acertar en la teta de su madre? Poco, muy poco. Somos un caso único en la historia de la vida: dependemos tanto de que nos pongan la teta en la boca que moriríamos muy rápido si a nuestra madre no se le ocurriera hacerlo. Solo al empezar a gatear, cerca de los nueve o diez meses, estamos en condiciones de empezar a dar algún signo de madurez biológica y a emparejarnos con el resto de los mamíferos.

De manera que, hasta ése momento, es como si siguiéramos habitando el útero materno. El motivo es fácil de entender: debido a la cabezota que tenemos y seguimos desarrollando sin escrúpulos durante los primeros meses de vida extrauterina, sería imposible salir “a término” de nuestro primer hogar, a eso de los dieciocho meses: ¡haría falta una pelvis descomunal para dejarnos salir!

Así que todos podríamos considerarnos verdaderos abortos. O prematuros, para decirlo con cierta delicadeza. Lo importante, para lograr entendernos más profundo y mejor, es advertir que al principio de nuestra vida “oficial”, dependemos excesivamente de nuestra madre porque nacemos indefensos, desamparados y sin ninguna posibilidad de sobrevivir por cuenta propia. Y esa dependencia e inmadurez pueden pagarse de por vida.

El tiempo de vida intrauterina y los primeros diez meses después del nacimiento pueden calificarse como “primer período biofísico crítico”. Este período es decisivo porque los daños en una etapa de crecimiento primario pueden ser irreversibles y no tener verdadera solución.

No estamos hablando de malformaciones evidentes, de chicos sin brazos, sin intestino o  con pulmones rudimentarios. Estamos hablando de chicos que sólo son sanos en la apariencia, aunque el neonatólogo jure que “está todo bien” mostrando reflejos correctos y cifras de glóbulos rojos normales. O sea: de todo lo que la medicina mecánica es incapaz de advertir, como es el caso de la energía y la predisposición caracterial del recién nacido. No hay aparatos para medir la entrega y la capacidad de contacto emocional o la alegría de vivir. Y, por otra parte, cada uno ve lo que quiere o necesita ver en un recién nacido, incluyendo lo parecido que es a uno mismo o a su familia.

Pero esos rasgos de verdadera salud no tardan en aparecer en quién los tenga y de ausentarse sin aviso en quienes carezcan de ellos. Cuestión de mirar bien, nomás. Los chicos con buena energía (o energía “positiva”, que viene a ser lo mismo) tienen características muy notorias: son inteligentes, son sanos, son sensibles, son naturalmente amorosos y solidarios, son creativos, tienen una gran capacidad de contacto y una iniciativa notable para las cosas de la vida. Exactamente eso, en promedio, es lo que he visto hasta ahora en los pocos bebés orgónicos que conozco.

¿Qué voy a atribuirlo, exclusivamente, a que sus madres usaron un acumulador de orgón durante el embarazo?  No, claro que no. Pero estoy seguro de que ayudaron significativamente a que tales rasgos de verdadera y profunda salud emergieran con mayor facilidad. También resulta muy claro que un bebé orgónico no tiene el futuro garantizado si sus padres no vibran en sintonía parecida, pero tienen más chance de madurar y crecer sanamente, aún con dificultades producto del poco amor que puedan recibir (aquí amor significa respeto profundo y verdadero cuidado, sin baboseo ni “propietarismo”).

¿Por qué razón el acumulador implica un aporte nutritivo de primer orden? Simplemente porque incorpora energía orgón directa al biosistema madre-hijo. Y es bueno aclarar que la energía de la que hablamos actúa simultáneamente sobre las dos dimensiones del ser vivo: el físico y el emocional. Es algo así como incorporar “amor biofísico”, espero que me entiendan. No reemplaza a madre, padre y demás deudos. Pero mejora lo que hay, lo que ya está en plena ebullición. Tal vez ayuda a señalar un camino o determina la mejor elección posible en la orientación de la vida en curso.

Y seguramente disminuye la tendencia a nacer ya acorazado contra la vida. ¿Qué los bebés nacen todos igualmente felices y sanos y sólo “se arruinan” cuándo llegan a un lugar inadecuado, a una familia enferma? No, no, lamentablemente no es así. Pueden nacer ya acorazados y defendiéndose porque es lo que aprendieron a “mamar” en el útero materno. Pueden nacer con una pobre pulsación vital porque la energía materna o de la pareja es escasa y bloqueada. Todo esto puede pasar en esos meses donde parece que no pasa nada salvo un crecimiento asombroso y desenfrenado.

¿Es posible suponer que un acumulador así usado es capaz de evitar al embrión bloqueos y disfunciones maternas, paternas o grupales? ¿Es posible una especie de “saneamiento intrauterino” gracias a sus efectos?

Sinceramente, lo ignoro. Tampoco se puede asegurar que, inevitablemente, funcionará siempre tan bien como en los pocos casos mencionados.  Pero sí está claro que sus efectos serán más notorios si la pareja espera amorosamente al flamante ser humano y hace una buena preparación previa, tanto física como emocional. ¡Y no hablo del parto, sino de lo que viene después!

Estoy contando una esperanza, simplemente.

La esperanza es que muchas madres usen el acumulador durante los meses del embarazo.

Por ellas y por sus hijos. Y también como contribución, no se sabe de qué tamaño ni cuán importante, al saneamiento de la especie humana, que tanto lo necesita.

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Testimonios sobre algunos bebés orgónicos

 Frida, que tiene 6 años

¡Te hablo desde una mamá enamorada de su hija! ¡Tal vez fue ése el efecto!

Si pienso en Frida bebé, creo que fue un bebé muy dormilón, afectuosa y conectada con lo que la rodeaba. Suena feo decirlo pero fue un bebe fácil.  La lleve a todos lados y ella siempre tuvo mucha facilidad de adaptación. Siempre durmió muy bien, desde los 2 hasta los 8 meses durmió toda la noche sin problemas.

Tiene una relación con su cuerpo muy intensa, muy conectada. Le gustó siempre mucho el agua y bailar, es muy dinámica. Y es muy enojosa: saca su bronca muy claramente, ¡es difícil para los padres! Pero está bueno que no se la guarde.  Es muy lúdica, siempre jugó mucho sola, armándose cuentos, historias,  disfrazada, con muñecos, casitas en cualquier lado. Es muy querida por sus amigas.

La única enfermedad crónica que tiene Frida es dolor de oído. Ahora está mejor pero es su único tema hasta el momento. Sea invierno o verano.

Usó antibióticos solo una vez por el oído.

Valentina

 Ludmila, que tiene 3 años y medio

Empecé a sentirla especial cerca del año: la bañé y tomó el jabón, se lo iba a retirar para que no se lo llevara a la boca pero ella ya estaba enjabonándose la panza. A partir de allí comencé a observar si había dejado de llevar cosas a su boca y en efecto, parecía descubrir la función de cada objeto hasta sorprenderme totalmente cuando alrededor del año tomó lápices de colores se sentó en el suelo y comenzó a garabatear la baldosa (su hermana dibujaba y sus padres son artistas). Pregunté asombrada por otros niños de la misma edad, hijos de becarios, y aún no sabían tomar un lápiz. Mi memoria no había fallado.

Su segundo año fue de descubrimientos de sabores y colores, siguió manchando hojas con colores pero usando distintos colores y trazos. Gozaba su comida y pasó rápidamente de comer con las manos a manejar sus cucharas de plástico, completamente sola sin que la indujéramos. Comía mucho, y en un momento comenzó a disminuir la teta pero luego se arrepintió (o a su madre le costó) y volvió hasta muy grande.

Cerca de cumplir los dos, ésa primavera muy cálida la pasó desnuda, por lo menos en mi jardín, costumbre que continúa: en cuanto puede se saca la ropa y los zapatos cuando entra a la casa y a veces en la calle. Cerca de los dos y desnuda comenzó a percatarse de su pis y caca y empezó sola a controlar corriendo a su pelela que a veces dejábamos en el jardín; al poco tiempo dejó pañales a la noche. Su tercer año fue delicioso, sus juegos son intrépidos y tuvo accidentes menores, sus movimientos fueron mejorando e imitando a su hermana para bailar, por ejemplo. Es bilingüe pero eso no atrasó el español como a su hermana. Está atravesando su cuarto año, es muy amigable con los niños y adultos, muy charleta y ocurrente. Van algunas historias, ya no recuerdo todas:

1)    Estamos viendo un video del Lago de los Cisnes. Ella viene mira un poco, se va a otra parte pero sin dudas seguía mi relato del argumento. Viene, se para y me dice: “Sabes Babi, cuando yo fui grande y bailarina el brujo no pudo engañarme a mi”

2)    Lidu se mira al espejo grande de mi habitación, le pregunto: “Cuál de las dos es Lidu”, se da vuelta y me dice señalando su persona “Ésta soy yo”, “¿Y la del espejo”? Lidu se señala en el espejo y responde “Ésa es la otra”

En una época le pedíamos los tonos de las canciones pues tiene afinación perfecta, ahora se niega pues se da cuenta de que pasa algo con eso aunque no se priva de cantar.

Norma, su abuela

Olivia, que tiene 5 años

Olivia es una nena hermosa, muy creativa, atenta y concentrada. No veo nada que me llame la atención. La verdad que siempre estuvo perfecta salvo alguna tos o resfrío o dolor de oídos, nada más por suerte. También tuvo varicela pero muy muy leve, como si la hubiéramos vacunado pero no.

Carla

Julia, que tiene 22 años

Como es hija mía, ustedes supondrán que puedo contar miles de maravillas sobre ella. Lamento darles la razón porque han acertado: puedo hacerlo porque son ciertas. Y no voy a contar aquí cada uno de los momentos, cada una de sus historias. Pero sí puedo decir que, cuando era bebé y durante la primera infancia, coincide asombrosamente con los testimonios anteriores: fue extremadamente parecida a Frida, Ludmila y Olivia. Pero seguramente, lo más importante que tengo para decir sobre ella (y lo más esperanzador, considerando el objetivo de éste artículo), es que, a sus 22 años, sigue siendo un sol.

 

 Carlos Inza

Buenos Aires, junio del 2014