Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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Acupuntura del Cielo II

MEDICINA ORGONÓMICA

Por Carlos Inza

El trabajo de regulación climática con los cloud-buster o rompe-nubes

Continuación de articulo publicado en el Número pasado

 

Lo visible dura un verano y luego se marchita,

pero aquello que le dio vida se oculta bajo la tierra y allí vive,

inmutable, bajo la superficie de los eternos cambios.

 Lo que se ve es la flor y ésta perece. El rizoma permanece.

Carl G. Jung

 

Tal vez el cloudbusting sea, también, un desafío para “el sentido común”. Pero no en el aspecto tipo: “la idea es demasiado loca para que sea cierta” o “hacen falta muchos cambios en el paradigma vigente para que pueda ser aceptada”. Sentido común aquí significa lo siguiente: si un método es capaz de “hacer llover” o, menos pretenciosamente, “coincidir con la aparición de lluvia” ocho veces de cada diez intentos, y todas ellas contra los pronósticos de cualquier servicio meteorológico, entonces “sentido común” parece esto: “es muy probable que sea un método acertado”. ¿Qué otra cosa puede querer decir “sentido común”, entonces? ¿Alguien puede explicarme qué otra cosa puede significar?

Y si alguien dice que en ciencia no existe nada parecido a “sentido común”, y que los teólogos de la razón se niegan a considerar seriamente el sentido de esa expresión, entonces habrá que revisar la validez de los supuestos que fundamentan esta ciencia en sí misma, porque de ser así se trataría de una actividad enfrentada con el instinto más claro y más preciado por los seres vivos: la supervivencia.

Las razones no son tan raras, tan difíciles de comprender: es medio una cuestión de poder (la ciencia real no es aséptica, depende de quiénes la financian) y medio un problema de patología gremial, porque los científicos reales de carne y hueso no son seres excepcionalmente sanos: están tan o más acorazados que el promedio de la sociedad. Son habitualmente incapaces de mirar la realidad sin prejuicios y desde su propia libertad de investigador (¡un requisito que sólo figura en pomposas declaraciones!), y están atados a infinidad de cláusulas y reglamentos sin cuya estricta observancia no pueden pertenecer al club que les da continencia y salario. Y en general se abstienen de opinar, de arriesgar una disidencia con sus jefes y patrones: la bibliografía que citan tiene que ser más importante que sus propias conclusiones porque de otra manera el trabajo “no es serio” y se transforma en inaceptable para los estatutos del club.

Sí: es otro caso de dependencia emocional, es la necesidad de sentirse amparado y protegido a cualquier precio. Es el contrato de Fausto otra vez, siempre y con tal de no correr el riesgo de vivir ejerciendo la propia libertad, ésa misma que te puede dejar irremisiblemente solo y en peligro. ¿Pueden ellos opinar, están en condiciones de emitir una opinión libre acerca de la energía orgón, de los acumuladores de energía y de los tubos enfilados al cielo? Otra vez la respuesta es no: no pueden, no están en condiciones de hacerlo. Y si no, miren las cosas que pasan en medicina con la utilización de métodos tradicionales consagrados por su eficacia pero negados, condenados y combatidos por la medicina “oficial”.

Tienen un buen ejemplo con “el empacho”, que infinidad de curadoras (no “curanderas”) con experiencia saben diagnosticar y tratar. Pero como no figura en la lista de las enfermedades oficialmente admitidas no existe y, por lo tanto, no se puede tratar. Estas actitudes son demasiado para la paciencia: ¡negar algo porque no lo entiendo es típico de idiotas! Medicina oficial significa lo que “hay que creer”: una cuestión de fe, un problema teológico. Así uno es reconocido, admitido en la lista de los tontos con registro, y eso rige para todos los integrantes de una sociedad incluidos sus científicos, los nuevos sacerdotes.

Vuelta a los tubos, otra vez.

Aquí no entender significa negar la existencia de la omnipresente energía orgón, también existente en la atmósfera terrestre. Si tal energía no existe, ¿cómo tomarse en serio un método que dice actuar sobre ella? ¿Cómo analizar una metodología que descansa en su capacidad para variar los potenciales de una energía inexistente?

Ahora bien: intentemos una mirada razonable, alejada de la locura mecanicista que sigue hegemonizando la práctica y el pensamiento científicos. Y de golpe me acuerdo de Florencio Escardó, un pediatra brillante que comenzó a ser marginado por sus colegas cuando se transformó en homeópata y utilizó su espacio en los medios (era Piolín de Macramé, un excelente escritor) para intentar una visión más profunda acerca de los sujetos de la pediatría: los niños. Él dijo,  sencillamente: “medicina de verdad es la que cura”.

Mirada razonable…

Cualquier “mirada razonable” corre el riesgo de aparecer asesinada en un zanjón. Por ejemplo: al doctor Hamer se le ocurrió una visión del cáncer increíblemente más certera, profunda y objetiva que la de la oncología oficial (no hace falta demasiado para lograrlo). Si las hipótesis de Hamer son correctas (y me parece que lo son), se termina el brillante negocio de la quimioterapia y la radioterapia como tratamientos “curativos” o paliativos. Por lo tanto Hamer es inhabilitado profesionalmente, perseguido judicialmente (hasta dónde sé está preso en Francia) y sufre cuatro atentados contra su vida: ¡argumentos de gran peso “científico” para contradecirlo! Conclusión: el poder, las empresas perjudicadas, las academias de medicina y la mafia son una sola cosa…

¿Y los tubos?

Bien, gracias. También hay una industria para producir lluvia o tratar de eliminar amenazas para la producción agrícola, como es el caso del granizo. ¡Cuesta muchísimo dinero alistar una flota de aviones para bombardear las nubes con ioduro de plata y convencerlas de que suelten su preciada carga o se la guarden! (Y su porcentaje de éxito comprobado es muy inferior al del cloudbusting)

¿Qué puede pensar algún exitoso empresario de esta actividad si se entera que la correcta manipulación de unos pocos tubos comprados en la ferretería del barrio puede ser más eficaz que la inversión de millones de pesos? No va a pensar nada, va a tratar de eliminar al peligroso competidor, sea como sea. Primero va a llamar a la policía, al gobierno y a los científicos: todos van a darle la razón. Pero si sus amigos fallan y no pueden impedir el uso de los tubos, acudirá a la mafia sin dudarlo ni un segundo. “No puedo dejar a tanta gente sin trabajo, es anti-social y mi sensibilidad no me lo permite”.

“No podemos permitir que se utilice un método que no está aceptado por científicos competentes y reconocidos y que, por lo tanto, atenta contra las instituciones y nuestro estilo de vida”.

El circo sigue, dale que va.

¿Qué era eso de “regular” el clima, no es peligroso acaso?

Más peligroso es morirse de asfixia o vegetar sobreviviendo en condiciones penosas, me parece.

Y como también, hace un rato, sugerí una diferencia entre “hacer llover” y “regular” o equilibrar el clima, quiero explicarla.

Los trabajos de Wilhelm Reich en los años cincuenta sobre la atmósfera surgieron de una necesidad imperiosa: aligerar de Dor (energía de muerte o negativa que tampoco existe, obviamente) la región de su laboratorio luego del llamado Experimento Oranur, que podría haber terminado con la vida de todos sus participantes y de cuánto estuviera vivo alrededor, pero que ahora no viene al caso detallar. El Dor estaba en la atmósfera, especialmente concentrado en nubes negras, amenazantes y potencialmente luctuosas, como corresponde a su color.

De manera azarosa, como suele ocurrir con los grandes descubrimientos, Wilhelm advirtió que algunos tubos de acero accidentalmente enfocados hacia el lago coincidían con pequeñas olas sobre su superficie: un extraño hecho al que en ese momento no le encontró explicación pero que requiere extrema finura para ser advertido. Entonces unió ésa observación a otras que había obtenido antes, relacionadas con la fuerte afinidad entre agua y energía orgón (ésa que no existe) y algo poderosamente intuitivo hizo un clic en su pensamiento: “¿Y si dirigimos los tubos hacia las nubes negras, agregando un cable que descargue a tierra o agua?”.

Lo hizo ¡y funcionó!

Las nubes empezaron a desaparecer “delante de sus ojos”, igual que las de Melián, el Puelo o Tortuguitas: ese día nació el aparato llamado cloudbuster (rompe-nubes) y más tarde la nueva actividad relacionada con la modificación del clima a gran escala: el cloudbusting. Poco tiempo le costó darse cuenta (no olvidar que era un genio), que según el lugar del cielo adónde apuntaba los tubos, las nubes podían no sólo desaparecer, sino también generarse y crecer hasta producir lluvia.

De manera que comenzó a experimentar en situaciones de sequía (tampoco olvidar que era un médico) y casi siempre sus trabajos terminaban en la precipitación celeste de grandes cantidades de agua: eran lluvias no pronosticadas. Para quien no trabaje con energía o la niegue de plano, puede parecer una broma o coincidencia azarosa. Es más: parece material fácil para chistes psiquiátricos. También deberíamos estar acostumbrados a ésas reacciones: cuando algo es incomprensible o parece ligado a una actividad tradicionalmente confiada a los dioses como “hacer llover”, es fácil sentir mucho miedo y, por lo tanto, criticar sin fundamento, desmerecer burdamente o burlarse sádicamente de quien osa intentarlo.

¡Pero muchísimo peor es si lo logra!

Porque entonces ya no hay control para la furia y el odio desatados aunque los más cautos, sentados en su mediocridad, se limiten a pronunciar la frase mágica que devela todos los enigmas y calma las conciencias levemente intranquilas: “La metodología es ridícula y las ideas básicas son simples delirios: eso no puede ser”. Y listo: sin correr el riesgo de ninguna prueba y verificación se acabó la discusión, porque eso no debe ser.

Vuelta de página.

La imperiosa necesidad de terminar con la sequía ha sido un imperativo de la historia humana a partir del neolítico, cuando nos convertimos en agricultores sedentarios. Entonces surgieron ceremonias, ruegos, sacrificios, conjuros y artilugios diversos para lograr lluvia. Sería bueno investigar su posible eficacia de manera objetiva, sin la anticipada burla mecanicista. (¡Esto ya es el colmo, como para no hervir de santa indignación, hay que hacer “algo”!). En cuanto a la posibilidad de realizar sacrificios humanos para lograr que llueva, el asunto se pone interesante: somos muchos los que podríamos aportar una buena lista de candidatos para la ceremonia.

Fue por eso que, a partir de su descubrimiento con los tubos, Reich dedicó gran parte de su tiempo a un objetivo casi excluyente, aunque no  único: lograr que lloviera cuando la región que habitaba entraba en períodos de sequía y todos los seres vivos se deprimían. Es que la sequía suena a desierto, y el desierto suena a muerte de los vivos, así de sencillo. ¿Vieron cuando todas las plantas están “tristes”? La única manera de superar esa angustia es el simple milagro de la lluvia, eso que debe pasar para que los prados se pongan verdes, los campos fructifiquen y la vida siga adelante en un cambio que se parece demasiado a una resurrección, si es que se compara un antes y un después.

De manera que encontró técnicas operativas para lograr un aumento considerable de la probabilidad de lluvias (éste lenguaje me cuesta un poco pero va a caerle mejor al estómago de los científicos). Y realmente ésas técnicas funcionan: pueden consultarlo y enterarse en los trabajos publicados de Reich (su libro CORE da cuenta de ésas maravillas, también logradas en pleno desierto) o en los de James De Meo (buscándolo en Internet podrán enterarse de sus valiosos trabajos en EEUU, Israel, Namibia y Eritrea: http://www.orgonelab.org/ResearchSummary2.htm y http://www.orgonelab.org/AIBC.htm ).

Pero cuando empecé a trabajar con los tubos en Buenos Aires durante noviembre del 2005, las cosas eran diferentes.

Como en toda ciudad grande, en Buenos Aires el problema no es la sequía salvo la humana, que es más grave y peor que la falta de lluvia. En ésos lugares tan poco amigables, los grandes problemas son: el brutal nivel de polución medioambiental, la gran cantidad de Dor que poseen las nubes, el estancamiento climático y el desierto emocional humano, peculiaridades que transforman la vida en una experiencia cada vez más opresiva, desafortunada y asfixiante. De manera que usar los tubos para modificar el clima tenía otro significado, otros objetivos. Seguramente eso me ayudó a considerar el problema desde el punto de vista de alcanzar el equilibrio del sistema climático, al igual que intento hacer con mis pacientes en medicina energética.

Por ejemplo: me pregunto y les pregunto, si mejorar algunas características del clima local tornándolo más “suave”, podría moderar algunos rasgos patológicos de la conducta humana. Más suave (dulce) significa: menos pesado y abrumador disminuyendo la humedad, con viento que barra como una escoba y una pizca más de lluvia para limpiar el aire y la inmundicia terrena. Algo vagamente parecido al clima de montaña, con mañanas y tardes frescas. Rasgos patológicos significa: un poco menos de violencia loca, un poco más de trato digno hacia los demás y menos indiferencia por la desdicha ajena. Es claro que hay una buena cantidad de razones socio-económico-políticas para explicar la clásica agresividad de las grandes urbes, entre ellas el apiñamiento y la “coincidencia” de varios sectores sociales en los que pelear a los codazos para llegar primero es aceptado como si fuera sano, aunque sea meramente normal en términos estadísticos.

Bueno sí: deliré con ese deseo cuando empecé a poner los tubos en Buenos Aires, ¿y qué?

 Razoné desde la orgonomía reichiana: si la cantidad de Dor (energía negativa) es excesiva y predomina sobre el Orgón (energía positiva), entonces no es extraño que predominen la agresión y la falta casi total de solidaridad, dos enfermedades muy graves. ¿Pero qué pasa si el Dor disminuye y aumenta la oferta de Orgón? Muchísimas veces y cotidianamente, sin exagerar ni un poco, veo a mis pacientes comportarse según la cantidad y el equilibrio de su energía. Es casi una regla que cuando la energía está muy baja, uno se siente deprimido y sin ganas de entrar en contacto con “el mundo”, con los demás vivientes. Y mucho menos se sienten deseos de interesarse por sus vidas y alegrarse o entristecerse según les vaya.

En ciudades como Buenos Aires no existen los vecinos, gente molesta a la cual muchos ni saludan aunque compartan sus vidas y su encierro en el mismo paquete de cemento, a veces durante muchísimos años. El estilo de vida en las mega-ciudades es de “propiedad horizontal”: todos por el piso aunque estén extrañamente suspendidos en el aire y nadie bien apoyado sobre la tierra, a pesar de que sus suelas (¡sus tierras!) a veces hagan ruido para hacerse notar.

Y entonces se me ocurrió pensar cuánto tiene que ver el clima con nuestra vida, cuánto pesa en la “sensación básica” de cada persona. Disculpen con las historias de consultorio, pero ése lugar ha sido siempre muy importante para darme cuenta de infinidad de cosas. Por ejemplo: la indiferencia, ignorancia o desdén acerca de la importancia del clima para explicar nuestros estados físicos y emocionales.

Nadie tiene la obligación de saber qué, cuando la humedad es muy alta, disminuye sensiblemente la cantidad de energía disponible. La razón es que el orgón y el agua tienen mucha afinidad, de manera que las microgotas de agua en suspensión captan orgón y la cantidad disponible de éste para ser utilizado por los organismos vivos disminuye apreciablemente. Por ésa razón es que en los días de mucha humedad, la inmensa mayoría experimenta cansancio desde el mismo momento de despertar, o se fatiga rápido y fácil: es que en ésos días funcionamos con menos energía, sencillamente.

Lo que me sigue asombrando es que no se tenga en cuenta al clima como factor fundamental de nuestro estado básico: como si fuéramos de plástico y los acontecimientos naturales no ejercieran ninguna influencia importante sobre nosotros. La ruptura humana con la naturaleza ha llegado demasiado lejos y demasiado profundo: como si ya no fuéramos de acá y eso nos diera “derecho” a destruir al planeta sin culpa. Todavía recuerdo, asombrado y horrorizado, la foto de ese turista que miraba con sus manos en la cintura una gigantesca ola del Tsunami 2004, la misma que seguramente se lo habrá tragado segundos después. Claro que los ignorantes y poco desarrollados “animales salvajes” se habían escapado horas antes, buscando refugio lejos de la costa: ellos sí son de acá, lástima que sean tan poco inteligentes…

Sigo con la idea-tubo, con la odisea-tubos.

Pensé que mejorar el clima también podía mejorarnos un poco a todos.

Subí a un taxi e interrogué al conductor, aprovechando que luego de los primeros cloudbusting, los insoportables días del verano porteño habían mejorado: el clima estaba menos bochornoso, bastante más amigable. “Y…así es otra cosa, uno puede dormir mejor, está de mejor humor durante el día y hasta maneja más tranquilo”, me dice. Y me quedé feliz como si hubiera hecho una gran cosa por los demás, y me preguntaba todo el tiempo si sería casualidad o efecto de los tubos. Pero tanto no me importaba.

“Sí, estoy mejor pero no sé porqué”, dicen primero Enrique y una hora después Marta. ¿Será la acupuntura o habrá otros motivos?, se interrogan siempre mis pacientes, los que recién empiezan y no han tenido experiencia anterior con ésta medicina. ¿Por qué será que estoy mejor? se dicen, deseando que sea por alguna razón comprensible o al menos aceptable. ¿Cómo se puede explicar que algunas agujas que apenas se sienten sean capaces de producir tanto efecto en el cuerpo y en el alma? ¿Será verdad, será cierto?

Entonces me imagino a la atmósfera terrestre diciendo lo mismo: “Estoy mejor: circulo más fácil y me muevo con más libertad, como si estuviera menos presa, menos bloqueada. ¿Por qué será, acaso Zeus y Eolo se han despertado de mejor humor hoy?”

¿Será eficiente hacerle acupuntura al cielo?

Nunca me pidió turno, eso sí.

Mi secretaria nunca anotó Cielo entre los pacientes que pedían una cita.

¿Por qué diablos me metí en esta historia, que de golpe te hace volar junto con los tubos y te deja en un lugar raro, imposible de compartir si no viviste lo mismo?

Sí, aunque parezca absurdo y esté dispuesto a admitir que es tan pero tan razonable que lo piensen a medida que me leen: supongo que un clima más sano nos hace bien a todos, nos hace sentir mejor y tal vez nos haga mejores personas, aunque sea un poquitito así. Es que acabo de meterme en un asunto crucial, casi sin darme cuenta: ¿hay climas sanos y climas enfermos?

¡Decididamente sí!

Y otra vez una desesperada exhortación al sentido común, ahora sin comillas. A ver: pónganse, por favor y por un instante, a nivel de la tierra. ¿Puede ser sano un clima dónde no llueve casi nunca? ¿Un clima pesado y bochornoso que aniquila toda dignidad, transformándote en una babosa que se arrastra por el piso en lugar de andar con la frente bien alta? ¿Puede ser sano un clima que produce nubes negras quietas y como petrificadas por la falta de brisa? ¿Un clima sin frío en invierno y demasiado caluroso de día y de noche en el verano? ¿Un clima que confunde a la naturaleza al extremo de hacerle producir brotes antes de la primavera, brotes que no soportarán luego la más leve de las heladas arrepentidas? ¿Puede ser sano un clima que se transforma en una fábrica de desiertos?

Así andaba yo en mis primeras épocas de cloudbusting: cargando el pavoroso peso de la humanidad y de los tubos de hierro, destruyéndome la espalda y metiéndome demasiada presión, la misma que después me contagió las arterias. Es que para colmo ya había demasiados terribles anuncios acerca de la catástrofe climática (la común expresión “cambio climático” es una mentira atroz) y mi investigación personal acerca de la Clonación de Idiotas (proceso y resultado de la civilización humana que conocemos) estaba bastante avanzada, aunque todavía no ha terminado.

En la cabeza tenía claro que cualquier actitud mesiánica es un error gigantesco, tal cual había aprendido durante los años de militancia política, pero el estilo en el que empecé este trabajo se le parecía sospechosamente. Es que estaba demasiado enojado con nuestra especie, pero también muy angustiado y preocupado por los hechos que ya están ocurriendo, producto de la enfermedad climática que nosotros mismos hemos fabricado. Entonces me cargaba solo todo el pesadísimo equipo para llegar a la terraza del edificio donde vivíamos, y armaba el aparato y apuntaba hacia dónde me parecía mejor. Y me interrogaba todo el tiempo acerca de los efectos que podía producir. Y deseaba con todo mi corazón que fueran los mejores, los más sanos. Por ejemplo: que disminuyera la cantidad de crímenes horrorosos, sádicos. Tenía esa ilusión que aún no ha sido ni confirmada ni desmentida. Y espero que a nadie se le ocurra pensar que estoy sugiriendo que los trabajos de cloudbusting pueden, solitos y sin ayuda, arreglar el drama del carácter humano promedio. Por favor, no.

Es más: ahora que pienso en voz alta y nadie me escucha, afortunadamente, me pregunto si está bien mejorar el clima. Si es bueno, en el caso fortuito de que los tubos se “pongan de moda” porque a algún Científico Reconocido se le dé por pensar que Tubario no es tan loco y Funciona. Sí, créanme: me lo pregunto. Ya sé que somos Duros de Matar, pero mejorar el clima y retardar el calentamiento: ¿de qué puede servirnos si no somos capaces de mejorar nuestro corazón y de usar mejor nuestro talentoso pero peligroso cerebro?

Se aceptan respuestas, si es que las hay y ocurriera que las tienen.

Hoy, 14 de junio del 2008, Ernesto Guevara, más conocido como el Che, hubiera cumplido 80 años. Hace varios años, cuando todavía era el Comandante Guevara, propuso algo bastante inusual para el cuadrado dogmatismo leninista. Dijo algo así (no es textual y ni pienso buscar la cita) como que una revolución que realmente valga la pena tiene que tener el objetivo de crear un “Hombre Nuevo”, así con mayúsculas. Y que si no, todo quedará en nueva y mera repartija económica, nada más.

Más allá de saber en detalle las cualidades y características que le adjudicaba al Hombre Nuevo, el Che acertó por completo en lo esencial: no pasó nada verdaderamente importante con las revoluciones de ésta época, salvo que lograron congelar durante mucho tiempo las ilusiones auténticamente revolucionarias. Y no hablemos de utopías maravillosas y discutibles: hablemos de un hombre real mejor que el que hoy predomina por lejos en todos los confines del planeta.

En concreto: estoy tratando de decir, y lo digo, que como especie estamos profundamente enfermos.

Que una mejoría cosmética no va a ser de gran ayuda.

Y que la historia está llena de ejemplos de “buenas intenciones” sin el menor resultado. Porque el asunto no es si somos buenos o malos, sino si estamos sanos o enfermos. Y la respuesta está a la vista: estamos tan enfermos que ya somos un caso psiquiátrico, salvo honrosas excepciones que no han logrado contagiar al resto. Entonces, acerca de los tubos y su posible benéfico efecto a escala planetaria, vuelvo a preguntarme: ¿tiene sentido? Necesito sentir que sí para volver a trabajar con ellos, ahora que estamos convaleciendo de “tubitis aguda”. Por eso decía, al comienzo de éste escrito, que el proyecto también está parado “por razones sanitarias”: son éstas últimas, las que acabo de explicar.

Por si no hubiera quedado claro: la diferencia entre ser “malos” o estar enfermos es crucial. Lo primero alude a una circunstancia irreversible, inevitable, casi como escrita en genes indiscutibles e inalterables: somos así porque no podemos ser de otra manera, cualquier intento por mejorar las cosas está condenado al fracaso.

La segunda posibilidad significa algo muy diferente: implica que nos hemos equivocado, que en algún momento perdido en las tinieblas del tiempo hemos tomado un camino incorrecto. Pero también que no siempre fue así, como demuestran algunos estudios antropológicos, y por lo tanto es posible la rectificación.

O sea: la curación. Verlo así permite la esperanza.

La otra opción no deja margen para nada que realmente valga la pena.

Y mucho menos para tomarse el trabajo de andar escribiendo esto, subirse a la azotea con una tonelada encima de las espaldas o gozar las delicias de la hipertensión.

Aunque la aventura sea tan apasionante que ni les cuento.

¿O sí?

Adivino a la distancia el fervor por la lectura de este Tubario, las súplicas por su continuación, la desesperación por saber más acerca de cómo fue, la explicación detallada de sus pormenores y sus alcances.

Así que no insistan: sigo aunque no me lo pidan.

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Ahora llegué a una conclusión elemental, digna de tarados.

Uno se enferma para curarse.

Y cuando no está enfermo, es que ya se curó.

Ya sé que es más fácil merecer el premio consuelo de una kermés parroquial que el lustroso e inútil Nobel por ésta “brillante” hipótesis.

Pero déjenme explicar un poco, sólo un poco, denme una oportunidad más.

Cualquier enfermedad tiene y contiene cierta poderosa lógica, muchísimo sentido y clarísima racionalidad. No aparecen por casualidad, si no por causalidad.

Alumbran un lugar oscuro, muestran una equivocación o deficiencia, permiten vislumbrar que hay otros caminos diferentes de los que hemos elegido, nos dan una oportunidad de rectificación.

Me quedé encandilado con “vislumbrar”: ¿ver, alumbrar, iluminar dos veces?

Por eso es que uno se enferma para curarse de “otras cosas”, de cuestiones que tienen que ver con la vida real que vivimos y necesitan ser modificadas.

Por eso, cuando ya no se necesitan esos síntomas, es que uno se curó o está en camino de hacerlo. Está claro que los cambios posibles son diversos y casi infinitos: desde vínculos hasta comidas, pasando por el lugar dónde se vive, la elección de zapatos y ocupaciones, el estilo de saludo y las pausas en la respiración o la renuncia a ejercer roles y poderes inútiles. Cada uno tendrá que investigar cuáles son sus necesidades de cambio, pero es casi una ley: uno se enferma para curarse de lo que no funciona bien y necesita ser rectificado.

¿Qué tendrá que ver con el clima?

¿Cómo podrá adaptarse al trabajo climático ésta pretenciosa generalidad?

En este momento lo ignoro, y debe ser por eso que sigo escribiendo.

Ah! Había olvidado que me comprometí a contar algunos detalles operativos, ciertas historias y episodios escondidos en la intimidad de Tubario, apasionantes vericuetos de la cuestión, truculencias secretas y chismes deliciosos para leer en la sala de espera o la peluquería, sin lo cual carecerían de toda gracia e interés, obviamente.

Ésas mismas historias que unánimemente nunca me pidieron pero que ya se vienen, con el debido respeto.

¿Les dije antes que no quiero que terminemos como los dinosaurios?

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Fue el momento crucial.

Intentar, salir de dudas, pasar a la acción.

Como antes con los acumuladores de orgón y luego con los dorbuster, hubo un bautismo de fuego, una ceremonia de iniciación.

Mucha pruebita con el canario, hormigas y escarabajos.

Mucho estudio previo, ideas, fantasías, entusiasmo por sus posibilidades.

Pero el momento de la verdad consistía en probar el tubo acumulador diseñado para puntos de acupuntura en un ser humano, no podía postergarlo más.

De manera que elegí un cobayo humano para la prueba: fui yo.

Y funcionó, lo sentí desde la primera vez que lo usé.

Pero entonces viene esa región del cerebro, la misma que me obligó a deshacer nubes antes de darme permiso para los otros experimentos climáticos, y me dice: “Todo bien, ¿pero no te parece que hace falta un tiempo de uso en distintas circunstancias para que tenga más valor? Además trabajas con un sistema para medir la energía, ¿qué tal si lo usas para verificar que la tuya mejora?”

El maldito fragmento de cerebro tenía razón, de manera que seguí sus indicaciones. Y al mes de usar el tubo en un punto clave de acupuntura ubicado por debajo del ombligo, ya no tenía dudas acerca de su eficacia.

Mi energía había mejorado claramente: estaba menos cansado, terminaba con más dignidad los largos días de trabajo y encima me quedaba bastante resto para seguir viviendo intensamente lo que el día o la noche me ofrecieran.

Mis mediciones también habían mejorado en cuanto a las dos variables más importantes: cantidad y equilibrio de energía.

Y especialmente, me sentía mucho mejor.

¿Qué más hacía falta para estar seguro de que el acumulador funcionaba muy pero muy bien?

Bueno: recetarlo a mis pacientes y a mis vínculos más cercanos.

Funcionó en todos, en cada uno produciendo efectos generales y particulares, de acuerdo a estructura y realidad actual.

Curiosamente, todos se sentían mejor. Y claro: era obvio que también se preguntaran si no era “sugestión”, la misma pregunta que me hacen los que mejoran con acupuntura.

Una pregunta hartante que ya no contesto. Al principio daba largas explicaciones, luego decía “está bien, seguí por cábala, si siempre coincide es que te trae buena suerte”, más tarde investigué con plantas y animales y derivaba la pregunta al capítulo “Plantas” de mi página web. Ahora no digo nada, apenas sonrío sin ganas y sigo poniendo agujas. Listo.

Y de paso aprendí algo acerca de la “sugestión”, ese término sutil para desvalorizar fácil cualquier método terapéutico heterodoxo. Aprendí que cualquier tratamiento requiere, para ser exitoso, un buen vínculo médico-paciente. Pero eso no es “sugestión”, es confianza y entrega mutuas, nada más. Y no depende del sistema médico en cuestión, sino de la calidad y autenticidad del vínculo que se arma entre esas dos personas dedicadas al objetivo de mejorar la salud de una de ellas.

¡Es que sugestión viene de sugerir, que significa “llevar por debajo”!

En cuanto a la eficacia del acumulador de energía, el problema se resolvió fácil: ¿menos cansancio, más energía disponible en la vida real, más y mejores cosas hechas, realizadas?

Si la respuesta es sí, entonces es que el acumulador funciona.

Ni siquiera hace falta medir la energía para constatarlo, aunque sí para saber cómo se está redistribuyendo.

“Claro, pero cómo podés estar seguro si no medís, si no constatás con métodos objetivos”, dice la misma aborrecible región del cerebro mecanicista.

Nada más háganse ésta pregunta: ¿por qué razón la medicina pone tantas trabas y exigencias cuándo no entiende algo o los hechos se dedican a contrariar a la ortodoxia?

¿Es por “seriedad metodológica”, para alejar las tinieblas teológicas y evitar la mirada mística?

¡No, no es por eso!

Es para reservarse el momento preciso de su utilización, para usar el principio de autoridad (domesticación certificada) y lucrar con la novedad: es fundamental que algunos ganen mucho dinero con cualquier innovación, si no es así no sirve. Pero el único parámetro verdadero en medicina es que “algo” funcione, sea eficaz: eso es lo único que vale.

Si un chamán te cura haciéndote rezar a las seis de la tarde y recetándote hierbas imposibles, lo que hace el chamán es verdad, es cierto. Que tu ignorancia o la mía nos provoquen un incómodo escozor, a veces insoportable, es nuestro problema. En todo caso: veamos cómo podemos aprender más de la vida y sus caminos, intentemos honestamente entender cómo es que “eso” funciona, porqué razón es eficaz. Si uno renuncia a ésa búsqueda usufructuando el poder que la cultura “reconocida” y las instituciones le otorgan, entonces hablemos de política y poder, no de ciencia y medicina.

O digamos, simple, sencilla y humanamente: “no lo sé, no lo entiendo”.

¿Ah, sí?

No entendiste nada: te pagamos para que sepas, para que nos digas qué tenemos que hacer sin sombra de duda, sin titubear. No para que mires con asombro y reconozcas tu ignorancia, ¿entendiste?

Bueno: el acumulador de energía orgón hace veinte años que demuestra su eficacia todos los días. Sí: un tubito de mala muerte o una chapita insignificante pegada debajo del ombligo, “eso” que mis pacientes no saben cómo llamar.

¿Te interesa saber cómo funciona?

¿Te interesa saber porqué los tubos pueden influenciar y modificar el clima?

Es la misma razón y para eso escribo esto, si es que todavía me estás leyendo. Pero por favor: ¡no atentes contra tu sistema de creencias!

Vivir en la contradicción y la ambigüedad es muy malo para la salud…

En cambio, si estás abierto a revisar tus “creencias”, entonces podrías seguir adelante para compartir esta aventura de exploración y preguntarte libremente lo que te maraville o no entiendas.

¿Sabías que “los científicos” ignoran cómo funciona en “detalle” la aspirina? ¿Dejarías de usarla por eso, si es que te ayudó muchas veces? Es más: ¿no habría que prohibirla hasta que sepamos todo lo que hay que saber sobre ella?

Pero sigamos un poco más.

Entonces me hacía muchas preguntas, pero especialmente una. ¿Qué pasaría si, habiendo aprobado el examen de hacer desaparecer nubes, utilizaba los tubos con fines más ambiciosos como refrescar, hacer llover o limpiar el aire?

En realidad no es cierto eso de “hacer llover”: me extraña que digas eso, que suena a dios o magia, lo mismo da.

Así lo tuyo es ser nada más que fabricante de lluvias, rainmaker, vendedor de sueños, optimista de barrio, mentiroso profesional, iluso diplomado, charlatán de feria, manipulador de esperanzas, falso dios de bolsillo, creyente del absurdo, especialista en utopías, chamán traspapelado, estafador metafísico, colmo del absurdo inútil.

Eso y mucho más, me dijo.

“A ver, ¡hacélo si estás tan seguro, sé valiente y jugátela! Pero después, cuando no pase nada de nada, no gimotees en los rincones ni te pongas a inventar una falsa excusa para disimular tu fracaso. Sé digno y cállate para siempre”, así me dijo.

Y entonces, no me quedó más remedio que intentarlo para sacarme el asunto de la cabeza, olvidarlo de una vez por todas y no quedar como un cobarde delante de mí.

 

Carlos Inza

Médico, Homeopata, Acupuntor y Orgonoterapeuta

Buenos Aires, julio del 2010

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Medicina Energética Infantil

MEDICINA ENERGÉTICA

Por Carlos Inza

No me creo eso de la buena salud de los niños de hoy.

Más bien siento inquietud y preocupación cuando pienso en ellos, porque les tocó nacer en una sociedad tan o más enferma que la de hace treinta o cuarenta años. No es necesario abundar en detalles, pero sí recordar que muchos millones de niños del mundo están condenados a la muerte prematura, la desnutrición o algún déficit importante de por vida. Muchos otros trabajarán desde pequeños o no tendrán acceso a ningún tipo de educación o futuro digno. Simplemente serán mano de obra barata y, a veces, correrán el riesgo de ser vendidos a familias más acomodadas que las de origen, utilizados como dadores de órganos para ricos o traficados como mercadería sexual para degenerados.

¿Y qué pasa con el resto, que no será la mayoría pero hace ruido como si lo fuera?

Están muy lejos del ideal de autorregulación humana. Al primer tonto resfrío probablemente reciban antibióticos porque “tienen placas en la garganta”, o un antiespasmódico porque sufren un dolor abdominal que las señoras del campo saben diagnosticar como empacho y curar sin ninguna medicación. Y seguramente, se perderán desde muy pequeños las ventajas defensivas de la fiebre gracias a la aspirina o similar para que madres y padres se tranquilicen y duerman sin culpa. Más adelante tendrán alergias, predominantemente respiratorias. O enuresis, o colitis o un pobre desarrollo físico, emocional o intelectual. O profundizarán la estupidez con videojuegos y nunca más serán auténticamente curiosos, comprometidos y valientes. ¡Y lo asombroso es que a nadie le parecerá asombroso!

Esta terrible epidemia se llama  peste emocional, y produce al típico ciudadano medio: superficial, sometido, egoísta, gris, frío, tonto y mediocre.

¿Cómo y cuándo aparece la peste emocional?

La orgonomía considera que la etapa de desarrollo personal en la cual el humano es afectado por el estrés y la agresión de cualquier tipo (física, química, biológica, emocional, social, económica) es relevante para entender la salud o la enfermedad de cada sujeto en particular. Cuanto antes se produce el daño, más importantes y temibles serán las consecuencias. Por ejemplo: las condiciones de la vida intrauterina son decisivas: si resultan adecuadas en cuanto a la nutrición (amor + alimento) el feto podrá nacer sin las lacras de la peor posibilidad: el autismo, la psicosis, el cáncer o las enfermedades degenerativas invalidantes. ¿Esto significa que inmediatamente aparecen los trastornos mencionados? No, esto depende de lo que acontece luego, de manera que esa posibilidad puede desarrollarse o no.

Y también postula que cuando la agresión es brutal y aparece durante la gestación, el resultado será una persona psicótica (no en el sentido psiquiátrico habitualmente utilizado), alguien cuya energía es mínima y mal distribuida ya que se encuentra totalmente bloqueada en los segmentos superiores: una persona que ha sido quebrada de raíz. Sobre esta característica se desarrollan, no sólo la psicosis, sino el cáncer (es una psicosis celular), el sida y otras graves enfermedades, como las degenerativas. Son hipo-orgonóticos (baja energía) y dis-orgonóticos (desequilibrada distribución). Reich y sus continuadores las denominaron biopatías primarias.

Si el momento de la crisis aparece durante el primer año de vida (amamantamiento), entonces asistiremos a la formación de una estructura borderline, que esconde un núcleo depresivo encubierto instalado por el estrés del miedo durante el período neonatal, desde el décimo día de vida hasta los 10 meses de edad. Son sujetos con su carga energética mal distribuida: disorgonóticos. Esto ocurre en neoplasias tratables, HIV positivo, diabetes, obesidad, alergia, una variedad de hipertensión, asma y artritis reumatoidea, entre otras. Constituyen las enfermedades somatopsicosomáticas o biopatías secundarias.

Luego tenemos las psiconeurosis como la gastritis, la úlcera, la angina de pecho, el infarto de miocardio, la colitis, la cistitis, la hipertrofia prostática o el mioma uterino. Son las enfermedades somato-psicológicas y corresponden a sujetos sin núcleo psicótico en los cuales el estrés del miedo aconteció durante la vida post-natal, desde la adquisición de la muscularidad intencional -en el noveno o décimo mes- hasta la pubertad. Suelen presentar una carga energética excesiva aunque mal distribuida: hiperorgonóticos disorgonóticos.

Luego, y en orden decreciente de gravedad, encontraremos a los neuróticos. Son personas sin núcleo psicótico, con miedo vivenciado desde la pubertad en adelante, con una carga energética adecuadamente distribuida, pero en exceso: son los hiperorgonóticos. Esta estructura caracterial es típica de las somatizaciones neuróticas.

Y por último los sujetos realmente sanos: maduros, con carga, distribución y circulación energética fisiológica. Son normo-orgonóticos y responden a lo que la orgonomía denomina carácter genital, pero como van las cosas en el mundo no hay que hacerse muchas ilusiones de pertenecer a esta soñada categoría. (¡Aunque sí pelearla para llegar lo más cerca posible!)

Si es que se acepta ésta dramática descripción del ser humano actual, es posible que estemos de acuerdo en que es necesario hacer algo importante por los chicos antes de que nazcan. Por ejemplo: limpiar el basurero físico y emocional en que se ha convertido el planeta y ayudar a las parejas para que puedan parir dignamente a sus hijos. ¿Pero qué hacemos con los que siguen naciendo o, simplemente, ya están instalados en el mundo desde hace un tiempo?

Posibilidades terapéuticas

La medicina energética no es magia, pero puede ayudar en una variedad de afecciones infantiles para las cuales la medicina oficial carece de respuesta adecuada o eficiente.

Lamentablemente son pocas, todavía, las personas que tienen buena información sobre estas posibilidades que ofrece la medicina energética en sus diferentes desarrollos como la acupuntura, la orgonomía, la oligoterapia y la homeopatía. Y, en general, tampoco es conocido el hecho de que los pequeños responden mejor y más rápido que los adultos a cualquiera de los tratamientos mencionados.

Existen dos ventajas importantes en los tratamientos realizados con medicina energética: una es que suelen producir una respuesta más eficiente y estable debido a su facilidad para llegar más profundo al origen del problema, donde no falla la coexistencia emocional y biológica (¡la energía es la fuente de los dos lados del ser!). La otra ventaja es que no son agresivos, ya que carecen de efectos secundarios, lo cual no es poca ventaja cuando se repara en la toxicidad cada día más alarmante de los medicamentos alopáticos, cuya costumbre es actuar en estilo rápido, superficial, incompleto y peligroso.

Tiene que quedar claro el objetivo de las terapias energéticas en el campo de la pediatría: no se trata sólo de evitar los síntomas, sino de ayudar a crecer alejando la posibilidad de instalarse en alguna de las opciones más peligrosas que describe la orgonomía, especialmente el terreno psicótico y el borderline. Tal vez así se despeje el camino y mejore el horizonte de posibilidades  para cada niño enfermo o supuestamente sano (los que no “presentan” síntomas). Parecerá raro que exista relación entre cualquiera de las afecciones infantiles tratables con medicina energética y las distintas estructuras caracteriales, pero es lo que sucede en la realidad. La posible curación de cualquiera de las “afecciones de la infancia” conlleva un mejoramiento de la estructura caracterial que las soporta, ya que entre psique y soma las relaciones son íntimas, complementarias, simultáneas e interdependientes. Y cuando aquí se habla de carácter se lo entiende en sentido psicofísico.

Es cosa de todos los días, especialmente en los niños, presenciar cambios emocionales al tiempo que se producen mejorías biológicas. Es que no hay dos personas, una “física” y otra “psíquica”: sólo existe una y la tendencia a la escisión entre ambas es lo que consolida y profundiza la enfermedad. En algún momento es necesario pensar acerca del futuro de nuestros hijos con más profundidad que la urgencia del momento, y plantearse que la persistencia de algún problema durante la infancia necesariamente ocasionará limitaciones o impedimentos en la adultez. Justamente, la tarea de prevenir y anticiparse es propia de adultos, porque a los chicos les toca vivir sólo el presente y a nosotros actuar con la inteligencia necesaria como para que su futuro implique un presente que honre a la vida.

Indicaciones de la medicina energética

Su utilización es factible desde edades muy tempranas, si bien lo deseable es comenzar en los estadios embrionario y fetal (durante el embarazo), cuestión que merece otro artículo. Pero por ahora veamos qué puede hacerse a partir del nacimiento, aunque antes de ello la medicina energética regala una sorpresa inesperada: ¡con ella pueden corregirse las posiciones fetales inadecuadas durante el tramo final del embarazo!

Es bueno saber que el tratamiento de acupuntura en los niños no requiere agujas, ya que para estimular los puntos puede utilizarse ultrasonido, láser o infrarrojo. Y también pueden dejarse durante varios días pequeñas semillas recubiertas con adhesivo. Estos dos procedimientos son de gran eficacia y permiten reemplazar a las agujas, un viejo cuco de la acupuntura que ahuyenta precozmente a muchas personas y personitas.

Durante los primeros meses y años de la vida es frecuente la aparición de trastornos linfáticos (amígdalas, adenoides, oído medio, etc.), respiratorios (rinitis, sinusitis, faringitis, traqueítis, bronquitis) y digestivos (básicamente diarrea y estreñimiento). Cualquiera de estas afecciones puede cursar junto con fiebre, y allí aparece el primer problema: inmediatamente los padres entran en pánico y “cortan la fiebre”, habitualmente con la complicidad del pediatra, el farmacéutico o el kiosquero (el que llegue primero para opinar). Así privan al niño o lactante de un fantástico ejercicio defensivo, privación que habitualmente se complementa con antibióticos, casi siempre mal indicados. Es importante entender que, en la gran mayoría de los casos, estos medicamentos no son útiles para el niño y sólo cumplen la función de aliviar la angustia de los padres, felices cuando ven que ya no se queja de dolor y la fiebre ha desaparecido. Sería justo, entonces, que sean los padres quienes consuman dicha medicación o alguna otra, posiblemente algún psicofármaco. Casi nadie suele pensar que ejercitar el sistema defensivo (inmunológico), es lo mismo que practicar para seguir vivo y que negar ese derecho compromete seriamente el futuro de un ser humano. En un artículo casi mínimo es difícil profundizar acerca del “sentido” biológico y emocional de las enfermedades habituales en la infancia, de manera que seguimos adelante, aunque adeudando esa explicación. (Y también puede consultarse ¿Antibióticos + Aspirina = Sida?, un artículo de la web: http://www.acupuntura-orgon.com.ar/articulos1.htm#%C2%BFAspirina%20+%20Antibi%C3%B3tico%20=%20SIDA?)

Pues bien, los problemas linfáticos, respiratorios y digestivos son muy tratables con medicina energética, utilizando una combinación de acupuntura y homeopatía. Y lo son tanto en su fase aguda como en la crónica, cuando los otros tratamientos han fracasado y sólo queda la consabida administración quincenal o mensual de antibióticos. Pero hay cosas peores, por ejemplo el tratamiento del asma bronquial con corticoides y broncodilatadores. Más allá de la ignorancia que implica tratar con estas medicaciones la expresión funcional (alergia respiratoria) de un problema en los vínculos primarios, están las consecuencias de semejante agresión farmacológica a veces “complementada” con antibióticos cuando la dificultad respiratoria comienza con una bronquitis. En este caso, la medicina energética dispone de un buen arsenal compuesto por acupuntura, homeopatía, oligoelementos y gimnasia respiratoria.

¿Y qué decir de las urticarias y los eczemas que, como otros problemas de piel, los dermatólogos se obstinan en tapar para que nadie los vea si es que los anti-histamínicos no tienen éxito?

Otras áreas de acción poco conocidas están expresadas por la alta eficacia que alcanza esta medicina en variedad de enfermedades infecciosas para las cuales no existe una buena cura “en el mercado”. Por ejemplo la hepatitis, la gripe, la parotiditis (paperas), la meningitis, la disentería y otros cuadros diarreicos, la tos ferina (tos convulsa) y la erisipela.

¿Sabían ustedes que la acupuntura trabajada con calor en algunos pocos puntos (moxibustión) se basta para curar casi todos los casos de enuresis diurna o nocturna?

¿Y que es sumamente eficaz en epilepsia, otros cuadros convulsivos y esa vaguedad neurológica llamada disritmia?

Tampoco es conocida la eficacia de la acupuntura y la homeopatía (combinadas o no con la administración de oligoelementos) para tratar problemas de conducta y de aprendizaje.  Será curioso pero no inútil saber que la acupuntura ¡dispone de puntos específicos para mejorar el rendimiento en matemáticas! O sea: para cualquier disciplina que implique buena musculatura mental en lógica formal. Y en general, para trastornos del desarrollo normal de origen funcional.

Hablando de funcional, los espasmos de esófago, cardias, estómago e intestino suelen ceder, ya sea con acupuntura sola o combinándola con homeopatía.

Y, aunque siempre hay más para contar, no quiero olvidarme de una serie más bien surtida: la miopía infantil, los esguinces, la apendicitis (sí, apendicitis y en marco hospitalario, lo cual permite la opción de operar rápido si falla la terapia energética), los forúnculos, las epistaxis o hemorragias nasales, la anorexia y las secuelas de la poliomielitis, especialmente tratadas con craneopuntura.

En cuanto al aprendizaje: no es posible pedir puntos para geografía, biología o ciencias sociales porque no creo que existan. Y también porque el esfuerzo que termina en conocimiento produce salud, que de eso se trata.

 

 


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Acupuntura del cielo I

MEDICINA ORGONÓMICA

Por Carlos Inza

El trabajo de regulación climática con los cloud-buster o rompe-nubes

 

Lo visible dura un verano y luego se marchita,

pero aquello que le dio vida se oculta bajo la tierra y allí vive,

inmutable, bajo la superficie de los eternos cambios.

 Lo que se ve es la flor y ésta perece. El rizoma permanece.

Carl G. Jung

Nota de mayo del 2015

El texto que sigue fue escrito en julio del 2010 y tuvo como objetivo exponer algunos trabajos climáticos realizados en los años anteriores con la metodología de la orgonomía reichiana. O sea: utilizando cloud-busters para regular o equilibrar el clima. El trabajo original de Reich puede consultarse en su libro CORE (Cosmic Orgone Engineering), del cual puedo suministrar una versión en castellano a quien le interese.

Me da un poco de ternura leer el comentario sobre los trabajos climáticos de diciembre 2007 a febrero 2008, y me producen ganas de decir algunas otras cosas, algo más.

Primero quiero contarles que Roberto Luna, mi colega que opera en Córdoba y yo, hemos desarrollado sendos cuadros de hipertensión arterial a lo largo de esta secuencia operativa que comenzó hace dos años y medio, a fines del 2005.

Cualquiera puede pensar, seguramente con razón, que el trabajo con los tubos no debe ser la única explicación para esa disfunción. Pero seguro que algo tiene que ver: hay antecedentes de tales hechos (y otros peores) entre quienes han intentado producir modificaciones climáticas a través de la metodología orgonómica.

Y no es raro: uno está expuesto a ingentes cantidades de energía que pasan desde la atmósfera a través de tubos, cables y zona operativa.

De manera que, hasta ahora, no es un trabajo inocuo aunque se tomen algunas precauciones que son de rigor como, por ejemplo, nunca tocar tubos ni cables con las manos desnudas o con cualquier otra parte del cuerpo.

Es que existe algo indudable, más allá de algunos síntomas de malestar pasajero durante la operación: hay un efecto de campo, difícil de mensurar en términos espaciales pero que ejerce una influencia definida y potente sobre quienes se encuentran dentro de ese campo operativo.

Qué lástima, ¿no?

Pero es así: mientras algunos miran y pueden darse el lujo de hacer comentarios irónicos y hasta psiquiátricos, otros arriesgan y pueden salir lastimados. Es la historia, es la vida, siempre fue así.

Personalmente tengo variada y larga experiencia en éstos asuntos raros, sospechosos y hasta subversivos, de manera que mucho no me preocupan (hasta me divierten, tal vez) en su aspecto ligado al impacto sobre mi propio campo, ¡salvo la inmensa cantidad de energía que se pone en movimiento y me pasa por todos lados!

Pero sí me impactan profundamente –hondo y sentido como un animal conmovido- en cuestiones relacionadas con el momento que estamos viviendo los humanos y con la legitimidad del trabajo climático.

Por qué, ¿con qué derecho uno se pone a hacer estos “exóticos experimentos”?

Tal vez ayude la ignorancia generalizada en este campo, o la suposición de que hay que estar bastante loco para intentar modificar el clima con un equipo que puede adquirirse en la ferretería del barrio por unos pocos pesos, como si el costo de un equipo estuviera relacionado con su eficacia.

Entonces, si alguien se enoja, se preocupa o simplemente es una víctima más de la plaga emocional, podría ser que la denuncia de algún aburrido se transforme en un paseo en ambulancia, más que un peligroso viaje en patrullero policial. ¡Y la inversa también es cierta: depende de cómo son el médico y el policía!

También cabe la posibilidad de enterarse e ignorar el asunto, metiéndolo en alguna carpeta de variado título: “idioteces”, “locuras delirantes”, “interesante pero por verificar”, “no me interesa”, “me interesa pero no me animo”, “peligroso, mejor que no lo hagan”, “es irresponsable y necesitan supervisión de alguna institución” o “para comunicar a los superiores”.

Se puede elegir tranquilamente entre las distintas opciones que ofrece el mercado.

Eso sí: ¡les puedo asegurar que no es un trabajo aburrido!

Ni siquiera es un trabajo de verdad porque nadie nos paga, pero es absolutamente apasionante, de eso sí pueden estar seguros.

Pero ahora está parado, por cuestiones de salud.

¿La hipertensión y sucedáneos?

Claro: no somos tan tontos, pero empiezo a sentir que también está parado por razones sanitarias, por razones de salud colectivas, por algo que tiene que ver con todos y no sólo con nosotros. Seguro que más adelante, en este mismo texto, podré explicarlo mejor.

Hay un pequeño detalle: después de dos años y medio y 48 cloudbustings (varios más sumando los de Córdoba), estoy seguro de que el método funciona. Efectivamente: ejerce variada influencia sobre el clima, dependiendo de la configuración climática al momento de las sesiones, la técnica utilizada y los objetivos de cada trabajo.

Es que se trata de una relación bastante parecida, aunque no igual, a la que se establece entre médico y paciente: Roberto y yo somos médicos y no es casual que nos hayamos metido en este asunto. Y en mi caso se parece bastante a lo que hago en el consultorio todos los días. Es más: estoy seguro que mi trabajo climático consiste en hacerle acupuntura al cielo, sólo que reemplazo las agujas por los tubos, pero la idea básica es la misma.

Y esto sí me parece importante aclarar: el objetivo es lograr un clima más equilibrado para conseguir una mejora del medio ambiente en el que vivimos. ¡No somos “fabricantes de lluvia”!

No estamos jugando para demostrar algún tipo particular de magia o poderes extraordinarios. Lo que realmente nos convoca a este trabajo es, simplemente, la necesidad de intentar aportar un poco de salud al desquiciamiento climático y atemperar lo difícil que es para la vida sobrevivir en estas condiciones. Nada más y nada menos.

Sin embargo, los trabajos con el cloud-buster (“rompenubes”) son conocidos por su efectividad para inducir lluvia si no hay, o incrementarla si es muy poca. Bueno, eso de decir “son conocidos” es casi una broma porque sólo un reducido grupo de personas en el mundo los conoce.

Y decir “mundo” para referirse a los humanos que habitamos el planeta Tierra es también una broma pesada y peligrosa: otra demostración de soberbia inaudita que puede terminar muy mal.

El asunto es que no usamos los tubos con la técnica “para hacer llover”, sino para romper el estancamiento y lograr lluvia de una manera indirecta, sólo como expresión necesaria de una situación de mayor equilibrio.

¡Pero claro que existe la técnica para hacer llover con los cloud-buster!

Y una cantidad de trabajos muy bien documentados sobre estas experiencias, especialmente los de Wilhelm Reich y James De Meo, que se pueden consultar en la web o bien en el libro “Wilhelm Reich y la modificación del clima” del investigador italiano Roberto Maglione.

Sea por lo que sea, nunca quise utilizar la técnica convencional para lograr lluvia en un área delimitada, pero al empezar con éstos trabajos, hace dos años y medio, necesitaba “una prueba de acción directa” para convencerme que todo esto no era mero delirio. Bueno, hace años que trabajo con acumuladores de energía orgón y los dor-buster, que son pequeños cloud-buster utilizados en medicina energética para limpiar y desbloquear la circulación de la energía. De manera que, al empezar el trabajo con el clima, los principios teóricos y la práctica nunca estuvieron en discusión para mí.

Tal vez una muy especial zona de mi corteza cerebral necesitaba la verificación de la que hablo, de manera que se la proporcioné.

¿Qué hice?

Fue muy simple: utilicé un simple dor-buster médico con un cable algo más largo, puse el extremo del cable en agua corriente y apunté a una nube, en cierto departamento de la calle Melián ubicado en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Hemisferio Sur, Planeta Tierra. ¿Qué tenía que pasar? Bueno, por algo “el aparato” se llama “rompenubes”: en un tiempo prudencial y fuera de toda sospecha (nube distinguible en un conjunto cercano e indiferencia de las no apuntadas, etc.) la nube tenía que deshacerse. Y exactamente eso es lo que ocurrió: la nube se deshizo en pocos minutos “delante de mis ojos”.

¿Casualidad, nube que quiere quedar bien conmigo como si fuera mi perro gaseoso, nube lectora de Reich que obedece al maestro?

No sé: ¡la nube se agujereó allí adónde apuntaba el tubo y luego desapareció!

Repetí lo mismo con otras dos, también para satisfacer a la misma región de mi cerebro y porque resultaba muy divertido hacerlo. Y sucedió lo mismo.

Varios años antes, cuando tiempo después de leer apasionadamente los libros de Reich resolví pasar a la acción y verificar la existencia y potencia de la energía orgón, había experimentado con un pequeño tubo acumulador sobre un canario. Y me asombró (tanto que esa bendita noche no pude dormir) su insólita reacción sometida a contraprueba: agitarse como loco en la jaula y pretender salir del encierro, pero quedarse quieto cuando lo apuntaba con un tubo de apariencia similar aunque sólo de cartón.  Éstos resultados me habían convencido tanto que, a partir de ese pequeño episodio fundador, dediqué mucho tiempo a seguir investigando y avanzando en la articulación entre acupuntura y orgonomía, que es la base de mi sistema médico.

Y estoy feliz: ese intento nunca me defraudó.

El episodio con la nube significó lo mismo respecto del trabajo climático y fue suficiente. Sólo repetí el juego de hacer desaparecer “mágicamente” una nube dos veces más: una en Lago Puelo y otra en Tortuguitas, siempre con el mismo resultado.

Se trata de una constatación que cualquiera de ustedes puede hacer, simplemente para verificar que no estamos hablando bajo el efecto de algún alucinógeno o, simplemente, mintiendo.

Simplemente mintiendo y evadiendo…es tan fácil, tan “natural” hacerlo, ¿no? Entiendo lo difícil que puede ser aceptar estos hechos, que no parecen tan naturales como mentir y evadirse. Es tan difícil como sacarse la cabeza que habitualmente uno tiene instalada en el chasis de origen y ponerse otra.

¿Cómo es posible lograr semejantes efectos con una tecnología que no cuesta millones y millones de dólares y con un procedimiento tan sencillo? ¿Será posible eludir una de las tantas tonterías sobre las que está montada la maquinaria del éxito y la aceptación social?

¿Puede uno enfrentar con éxito el lamentable espectáculo de circo sobre el que está basado el funcionamiento “legítimo” de los criterios de realidad oficialmente correctos?

Debe haber alguna equivocación, algún error.

Algo no funciona bien en todo este asunto tan loco, ¿o no, o sí?

Entonces es mejor pasar a otro tema, pero no es tan fácil (si es que me siguen leyendo) porque soy un poco testarudo y esto recién comienza.

Si es cierto que el procedimiento descripto es capaz de hacer desaparecer a una, varias o muchas señoras nubes del tamaño que quieran, ¿por qué razón no va a lograr producir otros efectos sobre la atmósfera y, por lo tanto, sobre la configuración climática local, la que rodea a la zona operativa? ¡Ah, bueno!, me dijiste que puede eliminar nubes del cielo, pero hacer llover es otra cosa, algo muy distinto.

No, no es tan distinto. Las nubes desaparecen si apunto el tubo a su centro, pero si apunto al lado de la nube, entonces empieza a crecer cada vez más y si con ese aumento logro que se junten cada vez más nubes, es muy probable que finalmente llueva dentro de las 48 a 76 horas. Es cierto que existen otros factores climáticos que complican el objetivo, pero casi siempre llueve si se utiliza bien el método considerando las otras variables que juegan, especialmente los vientos y el centro de alta presión producido por “el efecto tubo”.

Sí, claro (¿?), pero ¿por qué razón, qué es lo que sucede?

¿Por qué “la ciencia” desconoce este asunto tan importante que no aparece en ningún lado ni es reconocido o anunciado por algún científico de “renombre”? A propósito, ¿por qué se dirá “renombre” para citar a alguien cuya voz es autorizada? Debe ser porqué alguien re-conocido (conocido más de una vez, mucho) necesita mucho nombre o debe cambiarlo por otro: re-nombre, el suyo sólo no basta para ser importante y, por lo tanto, “escuchado”.

Quédense tranquilos: por aquí disponemos de un solo nombre y apenas nos conocen, de manera que estamos en el mismo nivel y podemos conversar en paridad, casi democráticamente.

Y vayamos al punto, de una vez.

La razón por la cual esta técnica funciona se debe a su capacidad para aumentar o disminuir la concentración de orgón atmosférico, eso es todo: así de fácil, así de sencillo.

Orgón es el nombre que eligió Reich para re-bautizar a la misma energía que antes habían descripto los chinos, los indios, los griegos y una cantidad numerosísima de pueblos y culturas: la energía que anima a la vida (le da ánimo), la energía que llena el cosmos (éter). Sólo que logró estudiarla, demostrarla, concentrarla y utilizarla terapéuticamente: ése es el simple pero notable aporte de su trabajo.

Sí: “la energía”.

No es nada nuevo, pero no es la misma energía que, hasta ahora, ha estudiado, reconocido y descripto la ciencia oficial, nada más.

Es Wilhelm Reich no era simplemente un investigador cuyo laboratorio trabajaba para alguna poderosa corporación ¡que hubiera terminando patentando su descubrimiento! (una estupidez equivalente a registrar derechos exclusivos sobre el aire o el agua). Su poderoso pensamiento, su genio para unir asuntos diversos que aparentemente no tienen “relación” entre sí, le valió demasiados enemigos. Por ejemplo: se metió profundo con la sexualidad, con las religiones, con el poder.

Encontró que la causa más importante de la actual expansión de los desiertos físicos es el desierto emocional humano, o sea: su falta de contacto con la propia vida y con la de los demás vivientes, no sólo los humanos. Y que la causa esencial de las tiranías y sistemas en uso, anti-vida en general y anti-humanos en particular, reside en la dificultad del hombre para hacerse cargo de sí mismo, para hacerse dueño de su destino y no regalar su libertad a nada ni a nadie.

¡Demasiado como para no odiarlo, perseguirlo, prohibirlo, enjuiciarlo, condenarlo y meterlo hace cincuenta años en esa maldita cárcel donde no podía sobrevivir o simplemente fue asesinado!

Entonces, el gobierno de los Estados Unidos diseñó una ceremonia digna de la “Santa Inquisición”: quemaron sus trabajos, sus acumuladores de energía orgón y prohibieron la publicación de sus obras. Puede que eso les explique cuál es la razón por la cual es “desconocido” y carece de “renombre”. Simplemente, ¡trataron de borrarlo de la base de datos de la humanidad!

Luego volvió a entrar por la ventana de la “liberación sexual”, resucitado por los militantes del mayo francés junto a Marcuse, y sus aportes resultaron tan brillantes que la psicoterapia corporal y la bioenergética nacieron de ellos, sólo de una parte de ellos…

Ése era Reich, el tipo que se dio cuenta antes que nadie que el ser humano nace, vive y muere en una trampa fabricada por él mismo (cultural, no biológica) que lo mantiene preso e infeliz toda su vida.

¡Pero también advirtió que podemos salir de ella!

Todo bien, pero sigamos con este asunto de los tubos.

Resulta que es posible construir y utilizar “aparatos” o dispositivos que logran concentrar la energía orgón (acumuladores de energía) o disminuir su concentración (dor-buster y cloud-buster).

En términos genéricos y, sin entrar en detalles que no vienen al caso, los acumuladores se confeccionan alternando capas de metal y no-metal, y pueden tener variedad de diseños y apariencia.

En cambio los dispositivos destinados a extraer energía consisten en tubos de metal, abiertos en un extremo y unidos a un cable en el otro y cuyo extremo pelado se sumerge en agua corriente o en una extensión acuosa quieta pero abundante. El extremo abierto es el que se apoya sobre un punto de acupuntura (dor-buster) o se apunta al cielo (cloud-buster). En ambos casos se trata de variar la concentración de orgón para lograr efectos que tienden a equilibrar al sistema con clara intencionalidad terapéutica.

Pues bien, ésa fue la idea al comenzar a trabajar con el clima, exactamente la misma que en el trabajo médico de la acupuntura-orgón: equilibrar, curar, aliviar, poner en movimiento lo que está quieto, estancado, bloqueado, estimular la vida y alejar la muerte. Nada más que eso. Nada de magia ni de exhibición de “poderes sobrenaturales”, nada de actitudes para “tener poder” o sentirse otro dios de supermercado. Pero sí, claramente, manifestación de potencia, de la simple y elocuente potencia de la vida. ¿Qué parece tener un efecto “mágico”? Claro: es la magia de la vida, nada más.

Empecé con un simple dor-buster médico, luego uní a tres de ellos.

Y finalmente construí un cloud-buster similar a los que utilizaba Reich, al cual después agregué otros tubos de material y largo disímil debido a las exigencias de la investigación.

Por supuesto que influenciar a los sistemas climáticos, que de eso se trata para lograr efectos significativos, no es tan sencillo como el experimento de disolver una nube. Hacen falta otros conocimientos y bastante entrenamiento con la propia energía, pero mucho ayudó la experiencia de trabajo médico.

Entonces uno acepta con cierta sencillez y naturalidad los resultados del tratamiento, ¡que siempre implican una sensación de maravilla cuando se trabaja con energía! Y alivian la impresión de omnipotencia, que sólo resulta natural cuando uno (o los demás) creen que se está logrando un efecto “imposible” de conseguir salvo que se tenga el número de teléfono de dios o se reciba ayuda del diablo: pueden elegir por el mismo precio.

Pero, ¿tenemos derecho a trabajar con el clima, algo que nos envuelve a todos sin excepción sin que nadie lo haya pedido expresamente? ¿Y para qué, en caso de que constituya un derecho válido?

Es curioso que, aún los más escépticos, tengan una actitud de inquietud y preocupación acerca del trabajo con los cloud-busters. Es una actitud contradictoria: por un lado el proyecto en sí les parece un dislate, pero simultáneamente aconsejan cuidado, moderación, equilibrio, prudencia y el resto de las virtudes teologales.

No es nuevo: también sucedió lo mismo durante la etapa experimental con el uso de los acumuladores de orgón en seres humanos. Existían los mismos críticos, tanto los que comparten los fundamentos de la mirada reichiana como quienes la conocen superficialmente, la desechan fácilmente sin opinar o la ignoran desde alguna altura olímpica. En todos los casos me decían: ¡cuidado, es peligroso!

Creo que se imaginaban a una persona convertida en un globo inflado a presión con los acumuladores y a punto de reventar: una escena típicamente masoquista. Pero en realidad sólo quiero decir esto: ¡es demasiado raro y extremadamente curioso que alguien que descree de un método sienta temor por las consecuencias de su utilización! Tal vez no descrean tanto: sólo tienen mucho miedo, nada más.

Luego, y en poco tiempo, los acumuladores de orgón adaptados para ser utilizados en puntos de acupuntura demostraron ser un éxito de eficacia y sencillez, como debe ser una buena terapéutica. Después de veinte años de indicarlos a mis pacientes y usarlos personalmente (¡regla de oro en ética médica!) no tengo reportes de que a alguien le creciera un cuello de jirafa o una trompa de elefante, tampoco de que hayan  desarrollado tumores cancerosos ni cuadros esquizofrénicos debido a su utilización. Y mucho menos me enteré que lograran hacer estallar a alguien por el aire, con el consiguiente desparramo periodístico, policial y judicial. Pero lo más importante es que casi siempre demostraron funcionar: suelen producir un aumento de la cantidad de energía y mejorar su distribución, asuntos perceptibles por quién lo utiliza y visibles para el que observa y compara.

La elección de haberlos investigado y utilizado en un marco de trabajo más bien silencioso fue determinante. De haber aparecido un sólo periodista para hacer alguna tonta nota sobre “el dispositivo mágico que produce energía”, todo se hubiera arruinado. Es interesante escuchar cómo los llama cada persona que los utiliza: batería, chip, espejito, ombligo biónico, “eso”, “el aparato”, “la pila”, “la cosa”, “el asunto” y todavía más, para delicia de psicoanalistas aficionados. ¡Pero casi nadie lo menciona por su nombre: acumulador de energía orgón!

Hacen bien: es demasiado conflictivo para el modelo vigente, tendrían que revisar su “sistema de creencias”, sus paradigmas indiscutibles. ¡Es que resulta inconcebible que plegar en zigzag una simple tira de acero y otra de plástico pueda lograr semejantes efectos! Lo usan porque así se sienten mejor y listo.

Y volviendo al origen, al “asunto tubos”: no veo diferencias entre la sencillez de ambos dispositivos, que pueden armarse por unos pocos pesos utilizando elementos corrientes, fáciles de conseguir. ¡Fue una liberación cambiar laboratorios por ferreterías, puedo asegurarles!

Ahora vuelven las mismas preguntas incisivas, obsesivas y pertinaces: ¿qué derecho tiene uno a intentar producir una modificación climática, por qué razón el método es desconocido si ha demostrado ser eficaz para lograr lluvia incluso en los desiertos y, finalmente, qué hacer con  éste proyecto?

Mirando un poco lo que está pasando con el clima en el planeta podría decirse que uno tiene, no sólo el derecho sino hasta la obligación de utilizar un método que puede demostrar su eficacia para intentar mejorarlo: hay demasiado desequilibrio “entre el cielo y la tierra”. Demasiada sequía, demasiado calor o frío, demasiada variada extinción y extrema necesidad de acciones que funcionen para favorecer la emergencia de condiciones sustentadoras de vida. Y esto es, sencillamente, porque hay demasiada muerte en el aire, el agua y la tierra. La muerte tiene demasiado éxito en estos tiempos y el futuro ha dejado de ser una esperanza para transformarse en un espacio de temor, castigo e incertidumbre. Entonces hay que hacer algo simple, algo elemental que sabe hacer cualquier planta, bacteria o animal: pelear por la supervivencia.

Uno se pregunta si podremos volver a ser animales decentes, seres aptos para vivir y dejar vivir. Si aprenderemos otra vez, como seguramente sabíamos antaño, que “la vida es una cooperativa” y no una estúpida historia de competencia feroz para obtener “poder” sojuzgando, oprimiendo y asesinando. No hay respuesta, pero sí una fuerte apuesta, una esperanza.

¿Quiénes podrían hacer “algo” para evitar la hecatombe?, uno se pregunta, un poco azorado por las noticias cada vez más alarmantes acerca del futuro cercano. ¿Acaso los variados poderes que comandan la misma civilización que nos ha puesto al borde de la extinción?

Cualquier trabajo debe evaluarse por sus consecuencias. Y en el caso del clima se necesita tiempo, bastante tiempo para estar seguros de que estamos usando una metodología fiable, simple y eficiente. Pero: ¿hay tiempo, tenemos el tiempo suficiente como para seguir un protocolo estándar de investigación? Y además: ¿son fiables quienes deberían emitir una opinión “autorizada”, son verdaderamente independientes de criterio, son libres para opinar? La respuesta es no, de manera que es mejor seguir adelante y confiar en que el método podrá masificarse y ser bien utilizado.

Tal vez el cloudbusting sea, también, un desafío para “el sentido común”. Pero no en el aspecto tipo: “la idea es demasiado loca para que sea cierta” o “hacen falta muchos cambios en el paradigma vigente para que pueda ser aceptada”. Sentido común aquí significa lo siguiente: si un método es capaz de “hacer llover” o, menos pretenciosamente, “coincidir con la aparición de lluvia” ocho veces de cada diez intentos, y todas ellas contra los pronósticos de cualquier servicio meteorológico, entonces “sentido común” parece esto: “es muy probable que sea un método acertado”. ¿Qué otra cosa puede querer decir “sentido común”, entonces?

Y si alguien dice que en ciencia no existe nada parecido a “sentido común”, y que los teólogos de la razón se niegan a considerar seriamente el sentido de esa expresión, entonces habrá que revisar la validez de los supuestos que fundamentan esta ciencia en sí misma, porque de ser así se trataría de una actividad enfrentada con el instinto más claro y más preciado por los seres vivos: la supervivencia.

Las razones no son tan raras, tan difíciles de comprender: es medio una cuestión de poder (la ciencia real no es aséptica, depende de quiénes la financian) y medio un problema de patología gremial, porque los científicos reales de carne y hueso no son seres excepcionalmente sanos: están tan o más acorazados que el promedio de la sociedad. Son habitualmente incapaces de mirar la realidad sin prejuicios y desde su propia libertad de investigador, ¡un requisito que sólo figura en pomposas declaraciones! Y están atados a infinidad de cláusulas y reglamentos sin cuya estricta observancia no pueden pertenecer al club que les da continencia y salario. Y en general se abstienen de opinar, de arriesgar una disidencia con sus jefes y patrones: la bibliografía que citan tiene que ser más importante que sus propias conclusiones porque de otra manera el trabajo “no es serio” y se transforma en inaceptable para los estatutos del club.

Sí: es otro caso de dependencia emocional, es la necesidad de sentirse amparado y protegido a cualquier precio. Es el contrato de Fausto otra vez, siempre y con tal de no correr el riesgo de vivir ejerciendo la propia libertad, ésa misma que te puede dejar irremisiblemente solo y en peligro. ¿Pueden ellos opinar, están en condiciones de emitir una opinión libre acerca de la energía orgón, de los acumuladores de energía y de los tubos enfilados al cielo? Otra vez la respuesta es no: no pueden, no están en condiciones de hacerlo. Y si no, miren las cosas que pasan en medicina con la utilización de métodos tradicionales consagrados por su eficacia pero negados, condenados y combatidos por la medicina “oficial”.

Tienen un buen ejemplo con “el empacho”, que infinidad de sanadoras con experiencia saben diagnosticar y tratar. Pero como no figura en la lista de las enfermedades oficialmente admitidas no existe y, por lo tanto, no se puede tratar. Estas actitudes son demasiado para la paciencia: ¡negar algo porque no lo entiendo es típico de idiotas! Medicina oficial significa lo que “hay que creer”: una cuestión de fe, un

problema teológico. Así uno es reconocido, admitido en la lista de los tontos con registro. Y eso rige para todos los integrantes de una sociedad incluidos sus científicos, los nuevos sacerdotes.

(Continuará)


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Responsabilidad Reichiana

ENERGÉTICA DEL ORGÓN

Por Carlos Inza

¿Cómo miramos y qué hacemos, nosotros los reichianos?

Sí: los reichianos tenemos una responsabilidad respecto de los demás. Y se trata de un “demás” tan amplio que incluye a la vida entera, no solo a los humanos. Es más: podría extenderse al Planeta Tierra y barrios adyacentes.

Todos nosotros (los pocos reichianos explícitos que habitamos en este lugar del universo), hemos abrevado en la fuente original: la vida y el trabajo de Wilhelm Reich. Pero no solo hemos abrevado: también abreviado indebidamente. En general, salvo excepciones, hemos tomado solo una parte, un aspecto de la experiencia reichiana. Nos hemos contentado con absorber lo que nos venía bien para nuestro trabajo concreto, para “completar la formación” en el área de práctica y conocimiento elegido. O sea: hemos caído fácilmente en la Trampa de respetar las pequeñas jaulas del conocimiento humano, quedándonos seguros y protegidos en un área restringida, chiquitita. ¡Una actitud muy contradictoria con la del creador de esta Mirada, que no tuvo reparos para “invadir” cualquier disciplina que fuera necesario abordar!

Cada uno tiene su historia en esta relación con Reich, cada uno empezó por algún lado de su obra. A veces por lugares no esperados o “lógicos” de acuerdo a la propia formación (o deformación). Yo, por ejemplo, hacía bastante tiempo que me dedicaba a la acupuntura antes de conocer a Reich. ¡Pero no empecé por el orgón, sino por su penetrante análisis de la realidad social y política! Como “La Función del Orgasmo” es una especie de resumen y muestrario de toda su obra, me fui sin escalas a “Psicología de masas del fascismo”, porque era lo que más necesitaba en ese momento. Solo después se me dio por saber más acerca del misterioso orgón e investigarlo. ¡Y sin embargo, para alguien que practica la acupuntura, la relación entre orgón y chhi era clarísima, estaba fácilmente delante de los ojos de quien quisiera ver!

Y bueno, en ese momento no quería o no podía verla. Seguramente porque tenía más necesidad de aclarar el pasado y mirar los procesos sociales y políticos de otra manera, puesto en otro lugar para comprenderlos mejor y más profundamente. Me encandiló esa mirada tan clara y tan profunda, enfrentando la verdad sin demagogia, sin “facilidades” que siempre se pagan caras. Recordar, al principio del libro, que Hitler había accedido al gobierno por elecciones fue una puñalada, pero también un baño de verdad, de realidad. Intuir que los gobiernos no son casuales ni obedecen a ciclos planetarios sino que se anclan en el “carácter social medio” de una sociedad determinada, fue otro impacto inolvidable y esclarecedor. Y así sucesivamente.

Y después vino la etapa de investigar con el orgón y todo eso, pero sin olvidar el aporte a la comprensión de los fenómenos sociales: era la misma persona, el mismo investigador el que había encontrado fuertes vínculos entre asuntos que parecían no relacionarse.

Cada una de las obras escritas de Reich se mete con alguna ciencia particular, solo que la da vuelta, como si de un guante se tratara, y la devuelve limpia, luminosa y apta para relacionarla con las demás. Pero también la torna incómoda, porque sus conclusiones resultan ser distintas y opuestas a la visión “oficial y generalmente aceptada” de la disciplina en cuestión. Ya se mencionaron dos: La función del orgasmo y Psicología de masas del fascismo. Pero el menú es surtido y provocativo: Análisis del carácter (psicología), La Biopatía del cáncer (medicina, energética básica), La revolución sexual, Los biones, La irrupción de la moral sexual (antropología), Los hombres y el estado (otra vez sociología y política), Escucha pequeño hombrecito (terrible descripción del “homo normalis”), CORE (trabajos climáticos, ingeniería cósmica). Hay otras obras, algunas pequeñas y en forma de artículos, pero de su última etapa destacan dos, en las que intenta profundizar en el método funcional que fue desarrollando y encontrando en la práctica de su larga investigación: El éter, Dios y el Diablo y Superposición cósmica.

Responsabilidad “interna”

En realidad, acabo de darme cuenta que quiero decir otra cosa: lograr integrar el conocimiento que aportó Reich, implica el desafío de integrarse uno mismo, de hacerse real. De expandir las propias fronteras y renunciar al cómodo cuartito, fácil de limpiar y decorar. O sea: dejar de ser “el emperador del pañuelito”, como una amiga definió cierta vez al consultorio particular, privado, solitario. Más allá de su potencialidad y sus posibilidades, en cierto sentido, el legado reichiano es bastante incómodo para sus seguidores: obliga a un gran esfuerzo de “ampliación de miras”, de investigación, de apertura a otras disciplinas. Eso de decir: “Ah, yo estudié otra cosa, no me vengan con física o meteorología” es una coartada primitiva, casi infantil. Es verdad que “meterse en otras cosas” exige audacia, pero también revela hasta dónde está uno dispuesto a llegar en el camino (su propia vida). Y si uno no sabe algo (como es de esperar en tantísimas cuestiones), entonces tiene que estudiar y preguntar a quien sepa, simplemente. Y exigir respuestas sencillas, comprensibles. Alguien dijo que por complicada que fuera una cuestión si uno no puede explicársela a su abuela, es que en realidad no la sabe…

Es que en todas las disciplinas existe una característica que relaciona a cualquier ciencia con el Poder: es la creación de un lenguaje especializado, críptico, medio misterioso y típico de secta de iniciados. Esa coraza, que los “científicos” desarrollan concienzudamente, los torna inalcanzables para el común de los mortales, que los escuchan admirativamente con mirada bovina.

No estoy sugiriendo que elijamos ser “todólogos”, sino que hagamos verdadero uso de las herramientas que el fundador de la orgonomía diseñó, probó, rectificó y finalmente utilizó con eficacia a lo largo de su vida de investigador. Y cómo su objetivo era mirar la vida y sus cosas enfatizando, principalmente, las relaciones entre energía y materia pero centrándose en el movimiento de la energía, podía (y debía) meterse con todos los aspectos de la realidad, de la cual las distintas ciencias elijen un aspecto reducido.

Es un verdadero honor y deberíamos sentirnos muy afortunados, porque así se aclaran y simplifican infinidad de problemas: cuestiones sin respuesta, de toda índole, pueden entenderse desde la simplicidad del movimiento de la energía, evitando mecanismos circulares y sumamente complejos que desalientan a cualquier buscador. Mecanismos circulares y complicadísimos que tienen la clara intencionalidad de no llegar a ninguna conclusión, a ningún lado que produzca necesarios cambios. Pero todo este feliz encuentro es imposible si el buscador no intenta salir de La Trampa en la cual nació y creció. Sin embargo el esfuerzo vale la pena: entonces no nos parecerá sorprendente que la represión de la vitalidad natural y los deseos que suscita implique la necesaria represión sexual (incluso la actual), produzca individuos infelices y, simultáneamente, sistemas sociales tan rígidos como el promedio extendido de cada coraza personal al ámbito colectivo, social. O que el universo sea un Mar de Orgón (la vieja y desechada teoría del éter), que las técnicas y procedimientos energéticos sean capaces de modificar el clima, que el uso de los acumuladores de orgón logren restañar una parte de la energía perdida, que alguien tenga a su tía cómodamente instalada en el músculo deltoides o que no poder “tragar” injusticias derive en una úlcera gástrica.

Abrir los horizontes tiene su costo, aunque los resultados sean fantásticos. Parte del costo implica meterse de verdad, seriamente, con las obras de Reich donde se desarrolla la cuestión del método. O sea: el Funcionalismo Orgonómico. ¿Cuántos reichianos estudiaron El Éter, Dios y el Diablo y Superposición Cósmica?

El mismo Reich sintió que rechinaban las vigas y los andamios que lo habían construido como persona, cuando se metió en “profundidades incómodas”. Simplemente se dio cuenta de que se había ido de la cultura oficial, estándar. Lo mismo sucederá con nosotros, si somos capaces de seguir por ese camino sin detenernos, solamente, en aprender algunas técnicas y procedimientos terapéuticos útiles para nuestro trabajo.

Miren lo que dice en el Capítulo I de El Éter, Dios y el Diablo:

“Habiendo conseguido, a despecho de todos los obstáculos y de las actitudes hostiles, profundizar durante tres decenios en ese problema central, adueñándome del mismo, tomando como punto de referencia una función natural “fundamental”, me di cuenta poco a poco que había trascendido el marco mental de la estructura caracterial del hombre tal como existe en nuestros días y traspasado la civilización de estos cinco últimos milenios. Sin querer, me encontraba fuera de sus límites. Me arriesgaba pues a no ser ya comprendido, incluso exponiendo hechos y vínculos muy simples y fáciles de verificar. Me veía inserto en un dominio mental nuevo, desconocido, se trataba de explorar antes de avanzar más lejos. Mi desorientación en ese dominio mental nuevo, funcional, y en contradicción con el pensamiento místico–mecanicista de la civilización patriarcal, se ha efectuado en el espacio de catorce años, entre 1932 y la redacción del presente estudio, en 1946–47.”

Es duro, pesado, difícil, pero real, verdadero. Y no es una aseveración originada en alteraciones megalómanas o paranoicas. Nada de eso: es de una profunda humildad que proviene del asombro y la verificación, de la investigación y un procesamiento sereno pero serio y exhaustivo de lo que realmente veía, pensaba y sentía. Pero nada de lo que “vio” hubiera sido posible de advertir si no hubiera empezado a escapar de La Trampa: “la estructura caracterial del hombre tal como existe en nuestros días”.

Eso debe saber cualquiera de nosotros si se interna en este camino: más pronto que tarde se quedará fuera de la civilización hegemónica vigente. Lejos de la familiaridad contenedora de aceptar mansamente “lo que hay”.

Y, entonces, poco importa si uno deviene reichiano procediendo de la psicología, la medicina o la meteorología: lo trascendente es el cambio de mirada, el ponerse “en otro lugar” para ver, sentir, pensar y vivir la vida. También resulta insignificante la denominación de quienes apostamos a la mirada reichiana: ¿a quién le importa, realmente, definirnos como post-reichianos, pre-reichianos, neo-reichianos, para-reichianos o lo que sea? Es una estéril discusión de salón, un intento de sentirse dueño de cierta ortodoxia reichiana. Además de un operativo bastante irónico, porque ¿quién puede atribuirse el poder de la ortodoxia cuando se trata de la más heterodoxa de las miradas? Es casi un mal chiste.

Lo que aquí se llama “la responsabilidad interna” significa, única y exclusivamente, que cualquier persona que se sienta identificada con la obra y la mirada reichiana, tiene la obligación ética de intentar conocer, hasta donde pueda, todos sus alcances. Y no reducirse, únicamente, a los aspectos que le quedan fáciles por ser afines a la ciencia que estudió y trabaja profesionalmente. Es necesario advertir que la “formación” de origen, cualquiera sea, está signada por la clara intencionalidad de no poseer ni ejercitar una mirada sistémica y global sobre la vida. Y darse cuenta que esta es parte de la mentira sobre la cual nos hemos construido como personas. De manera que intentar salir de La Trampa y “meterse” con ciencias desconocidas pero mirándolas desde la energética reichiana, son parte de un mismo proceso de liberación y profundización.

Desde la adolescencia, y a veces antes, se advierte una clara polarización en los intereses básicos relacionados con el conocimiento. Me parece que todos hemos pasado por ese lugar: están los “técnicos-racionalistas-materialistas-prácticos” y están los “humanistas-idealistas-voladores-habitantes de alguna nube”. La mirada reichiana tiende a superar y sintetizar esos territorios aparentemente contradictorios, pero no es tan fácil lograrlo (y mucho tiene que ver con eso de “hacerse real”). Por ejemplo: si la formación profesional es la de psicólogo, existe una dificultad no pequeña en aceptar de verdad que el orgón no es solo una buena “idea” que ayuda a darle fundamento a los desarrollos psico-corporales, sino una realidad física que puede concentrarse y utilizarse terapéuticamente. O sea: es necesario traspasar la formación original (que no hay que confundir con la identidad) si se quiere avanzar por este camino.

Otro aspecto de la “responsabilidad interna” implica desarrollar una cualidad inherente a la Vida, tal cual la concebimos y defendemos: ser solidarios y fraternales con todos los que podríamos (y deberíamos) llamar “compañeros reichianos”. Lo cual implica, y no es fácil, renunciar a construir estructuras de poder dentro del mismo campo. Hacer críticas está bien, siempre que sean fundadas, pero no es ético usarlas como mecanismo de dominación interno. Por la misma razón, y aprendiendo de la maravillosa sabiduría china que desarrolló a la acupuntura, es fundamental acentuar los rasgos parecidos y no los diferentes: ¡no tenemos tiempo para perder y somos pocos!

Responsabilidad “externa”

Convengamos que no es un momento fácil en la historia de la especie humana. Es más: no es un momento fácil en la historia de la vida en el planeta Tierra, justamente como consecuencia de la conducta de la especie mencionada. Al menos, de la variedad de humanos que han devenido en hegemónicos.

Estamos en crisis y todavía no hay manera de saber cuál es el guion de la película: si sigue o termina. Bueno, en realidad terminaríamos nosotros los humanos, arrastrando a muchas otras especies hacia su extinción (cosa que ya está ocurriendo), pero la vida no terminará: seguirá por otros cauces, simplemente. Y si llegara a ocurrir nadie va a extrañarnos, seguramente. Somos, apenas, recién llegados a la existencia, pero estamos aquí.

Estamos, aquí y ahora, disponiendo de una formidable herramienta para mirar, sentir y pensar eso que llamamos “vida” o “realidad”. Realmente creo que la orgonomía reichiana es una manera de comprender la existencia con tal profundidad que no conozco en otras variantes de la sabiduría. Se supone que estamos capacitados para poder entender por qué razones (variadas) alguien “decide” tener asma, hipertensión o gastritis. Y, también puede suponerse legítimamente, que podemos comprender qué acontecimientos ocurrieron en la historia humana para que la inmensa mayoría de la población humana no pueda vivir la vida como una fiesta si no como una condena. Podemos hacer exámenes transversales, invadir porciones de conocimiento, sintetizarlos y llegar a conclusiones generales. Y hasta podemos entender qué cosa ocurre con la atmósfera terrestre y cómo podríamos modificarla ayudándola a autorregularse.

O sea: disponemos de un estilo de “mirar las cosas de la vida” que implica un gigantesco adelanto cognoscitivo e interpretativo. Y si realmente logramos adentrarnos en esa mirada desde lo más profundo de nuestra propia funcionalidad, entonces podremos reconocer que “las cosas” son muchísimo más simples de lo que creíamos, nacidos y envueltos en la complicada hojarasca de La Trampa. Suponiendo, equivocadamente, que la realidad es muy complicada y solo los especialistas pueden desmenuzarla sin lograr nada al final del camino: solo la autopsia de un fragmento de vida.

También es probable que, andando por este camino, hayamos aprendido que la vida es un suceso, un movimiento. Y que este movimiento es imposible sin un alto grado de solidaridad y compromiso entre las especies vivientes: la vida es una cooperativa. Entonces, probablemente, nos daremos cuenta que el trabajo individual del consultorio solo beneficia a unas pocas personas, habitualmente a quienes pueden pagar nuestro trabajo, pero tiene chance nula de modificar las condiciones generales de existencia.

Reich se dio cuenta rápidamente de estas limitaciones y, muy temprano, elaboró una propuesta que resultó francamente revolucionaria: fue la SexPol. Claro que esto funcionó en condiciones dificultosas y especiales, en el contexto de acontecimientos que desembocaron en otra guerra “mundial” (guerra inter-imperialista, en realidad). En ese momento él militaba en el PC alemán, pero advirtió que los militantes, especialmente los más jóvenes, solo estarían en condiciones de desarrollar todo su potencial revolucionario si eran capaces de liberarse a sí mismos. O sea, y para no abundar en detalles que ustedes conocen bien: si eran capaces de vivir sanamente su vida sexual. El proyecto funcionó tan bien que los miles de jóvenes del PC que se enlistaron lograron empezar a vivir placer del bueno, pero al mismo tiempo adoptaron actitudes críticas respecto de su conducción política, que acostumbraba a manejarlos como si fueran ganado. O sea: al mejorar su vida sexual, también maduró su sentido crítico y la necesidad de ser respetados. Al final, Reich terminó siendo expulsado del PC porque, para sus dirigentes, se transformó en la “manzana podrida” que estaba contagiando a sus cuadros juveniles.

A medida que su pensamiento y acción evolucionaban, se dio cuenta que la experiencia social-comunista estaba resultando aberrante y esencialmente contra-revolucionaria, de manera que comenzó una crítica demoledora contra la política estándar, pero no contra la decisiva importancia de los aspectos políticos de la sociedad humana. Fue entonces que propuso otro sistema (la democracia del trabajo) pero también se atrevió a pensar en gran y profunda escala: si hay un futuro mejor para la especie humana, éste será gestado en la panza de las embarazadas y pariendo a “los niños del futuro”.

“El futuro destino de la raza humana será creado por la estructura caracterial de los niños del futuro. En sus manos y corazones estará esta gran decisión. Tendrán que limpiar el caos del siglo XX. Esto nos concierne a nosotros, los que vivimos en medio de este gran caos. Un nuevo tipo de desarrollo social, hasta ahora desconocido, entra en escena: El interés internacional por el NIÑO.

La primera condición para tomar las oportunidades dadas es la realización de nuestra propia función: somos solo los transmisores de un pasado depravado, hacia un futuro eventualmente mejor. No debemos ser nosotros los que edifiquemos este futuro. ¡No tenemos derecho de decir a nuestros hijos cómo construir su futuro! Ya hemos demostrado que somos incapaces de construir nuestro propio futuro. Lo que podemos hacer como transmisores, no obstante, es contar a nuestros hijos, dónde y cómo fracasamos. Podemos, además, hacer todo lo posible para remover los obstáculos que están en el camino de nuestros hijos, para que construyan un mundo nuevo y mejor para ellos mismos.

No podemos, de ningún modo, predicar la “adaptación cultural” para nuestros hijos, ya que esta misma cultura ha sido desintegrada bajo nuestros pies hace más de 35 años. ¿Nuestros hijos tendrán que adaptarse a este siglo de guerras, matanzas en masa, tiranía y deterioro moral?

No podemos decir a nuestros hijos qué tipo de mundo sería o habría que construir, pero podemos equipar nuestros hijos con el tipo de estructura caracterial y con el vigor biológico que les harán capaces para tomar sus propias decisiones y encontrar sus propios caminos para construir, de una manera racional, su propio futuro y el de sus hijos.”

(Wilhelm Reich en la Segunda Conferencia Internacional de Orgonomía, 25 de Agosto 1950. Publicado en Orgone Energy Bulletin, 1950)

Y en ese punto estamos. Esa es la gran posibilidad, el mejor futuro que podemos alumbrar.

Y, aquí, hablar de “alumbrar” no es pura metáfora: es el único futuro luminoso que podría esperarnos. Y claro: mirar las cosas así nos compromete mucho más allá de las fronteras del consultorio, nos despoja de la tranquilidad (y descompromiso) de ser “los emperadores del pañuelito”. Por eso Reich sumó su segunda y meritoria conquista personal: logró ser expulsado de la Asociación Psicoanalítica Internacional, esa cofradía inquisitorial que se apoderó del inconsciente para adaptarlo a las necesidades del Poder y divulgar la resignación usando como excusa “el instinto de muerte”.

Más tarde, agregó otro galardón a la serie: sus trabajos fueron rechazados por el científico top del sistema: Albert Einstein, el mismo que generó las condiciones para desarrollar la bomba atómica pero simultáneamente hablaba de paz y de un dios “que no juega a los dados”. Cuando Reich le contó sus hallazgos, especialmente la capacidad del acumulador de orgón para aumentar la temperatura en su interior comparada con la del medio ambiente, Einstein se sobresaltó y le dijo: “Si esto se confirma, es una bomba”. Ahora se sabe que no investigó seriamente ésa propiedad del acumulador: delegó la tarea en un asistente que no verificó seriamente la cuestión y esgrimió una razón insustancial para explicar el aumento de la temperatura. Es que Einstein tenía “otra bomba” en mente, no la del orgón.

Esto es para decir que estamos bastante solos: no nos quieren los fascistas de variado color, no nos quieren los capitalistas herederos y continuadores del patriarcado ni los moralistas puritanos. Tampoco los psicoanalistas que no toleran herejías, ni los físicos que ignoran el orgón. O sea: no existimos para todos los que están viviendo y pensando “oficialmente”. Pero hubo quienes, desde el Poder, temieron las implicancias de los trabajos reichianos. Tanto que quemaron sus libros y acumuladores en una escena digna de la Inquisición Medioeval y terminaron metiendo a Reich en una cárcel. Por algo será, como dicen en cualquier barrio de cualquier lugar…

De manera que tenemos una responsabilidad que no podemos evadir, si sostenemos lo esencial del pensamiento reichiano. Responsabilidad ante la sociedad, ante los otros vivos, ante la vida. Es nuestra decisión callar o no, hacernos cargo o evadir.

Al principio hablé de ser solidarios y “buenos compañeros” con quienes sean o se digan reichianos, pero me encuentro en una contradicción que necesito compartir. El problema es que puede verse muy fácil que la orgonomía reichiana (o como una quiera llamarla) es tomada de manera extremadamente sesgada. Es fácil acudir a “ciertos trabajos” de Reich como materia prima para construir un método que prometa felicidad personal y orgasmos top: para eso es suficiente una etapa del devenir de la orgonomía, la misma que origina a casi la totalidad de las psicoterapias corporales. Para eso basta con una serie de ejercicios y listo. Y si esto funciona, entonces vamos a ayudar a que los que tienen algún poder sigan ejerciéndolo sin culpa y con mayor eficiencia, porque están entre los que pueden pagarnos. Es un porvenir muy pobre para la potencia del pensamiento reichiano, un presente demasiado mezquino.

Pero, ¿qué hay del resto? ¿Adónde quedó el orgón bio-físico, el que se puede concentrar y utilizar terapéuticamente? ¿Dónde está la crítica profunda y demoledora acerca del patriarcado? ¿Qué ocurrió con la ampliación del conocimiento de los caracteres individuales a la comprensión de la sociedad y su asentimiento sumiso a la autoridad? ¿Qué posición tienen los reichianos acerca de los trabajos climáticos con el cloud-buster? ¿Qué opinan sobre la posibilidad de fabricar motores que funcionen con energía orgón? ¿Por qué “extraña” razón los reichianos de los países “desarrollados” solo se interesan por los aspectos físicos del orgón o por sus aplicaciones individuales?

Más allá de estas preguntas, cuya respuesta se posterga, subyace otro problema: ¿cómo ser honestos, coherentes y eficaces sin convertirse en una secta mesiánica, otra más?

Creo que la respuesta está en la necesaria humildad del trabajador de la salud o de la educación. Que eso somos, ya sea que nos reconozcan como médicos, psicólogos, educadores o lo que sea. Por ejemplo: nadie que haya trabajado honestamente con los problemas de salud de otra persona puede presumir de ser infalible, perfecto o no haberse equivocado, que también es un derecho humano, entre otros. Todo lo que podemos hacer es ayudar. Ayudar a que la propia persona pueda curarse o levantarse de alguna situación ruinosa acudiendo a lo mejor que tiene: nuestra tarea es incentivar esas fuerzas, esas energías que tienden a la auto-regulación. No es poco, pero en el mejor de los casos (cuando lo que hacemos funciona) nadie tiene porque levantarnos un monumento.

Es la humildad delante de la vida, nada más y nada menos.

Pero una humildad combatiente, audaz, valiente y responsable. Porque lo que está en juego es sumamente importante: es la vida que amamos y deseamos, simplemente. Entonces tenemos que preguntarnos en qué consiste nuestra responsabilidad y compromiso reichiano. Seguro que no consiste en pasar anuncios con el nombre “Orgonomía” o “Reich”, que son palabras difíciles y polémicas. Pero sí trabajar en función de “los chicos del futuro”. Y hacer aportes concretos para comprender más profundo los procesos individuales, sociales, históricos y políticos, porque tenemos algo original para decir y es nuestra obligación hacerlo.

Y también tenemos que dejar un legado y pasar la antorcha a los que sigan.

 

 


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Medicina energética en árboles y plantas

Medicina Energética

Me apresuro a pedir disculpas a los botánicos y biólogos, que pueden haber entrado en pánico al leer las palabras “árboles” y “plantas”. Pero soy apenas un médico, y mi rudimentaria taxonomía agrupa a todos los seres vivientes del reino vegetal en sólo dos opciones: árboles y plantas. Éstas son más pequeñas que aquellos, por lo general voluminosos y muy altos. Y, entre otras características, las plantas pueden vivir en una maceta pero es casi imposible que esa modesta habitación pueda albergar a un árbol hecho y derecho. También hay un indiscutible hecho cronológico consistente en que los árboles suelen ser más viejos que las plantas. Así de simple y elemental es mi sistema clasificatorio para entenderme con lo que hago o quiero decir en éste tema.

Otra aclaración indispensable se refiere a la rigurosidad del trabajo, que dista mucho de exhibir la implacable solidez de un artículo científico con su pertinente metodología y terminología. Es, más bien, un artículo impertinente y escrito sobre la base de recuerdos y observaciones, la manera más divertida de escribir. Pero si bien carece de cifras, por motivos que se tornarán comprensibles a medida que se vaya desarrollando, es absolutamente riguroso en el sentido de que no contiene mentiras y sí una serie de observaciones junto a una metodología de trabajo. Así que se trata de un trabajo científico o como quieran llamarlo, más allá de sus apariencias formales.

Un poco de historia

Cierta vez, como por los años ochenta, estaba en el living de una de las casas que habité en México mirando una planta. O sea: un vegetal pequeño que moraba en una maceta. No se la veía muy bien, estaba algo “triste” y exhibía un aire como marchito o distante con sus hojas en bancarrota apuntando al suelo en ese inconfundible estilo de las despedidas… Estábamos los dos solos y silenciosos, cavilando sobre el destino de los seres y su efímero paso por la vida luego de mostrar alguna que otra flor. Bueno, ya lo sé, era una escena filosófica  un poco rara para los hábitos y costumbres.

Entonces recordé dos cosas: una se vinculaba con el comentario que me había hecho un paciente acerca de un libro donde se cuenta cómo la músicay sus variedades tienen mucha influencia sobre el crecimiento de las plantas. Por ejemplo: que Mozart es como una inyección de vida para ellas, mientras que el rock pesado les produce el efecto de un artefacto nuclear de varios megatones. Y la otra cosa que apareció fue recordar que, siendo mi trabajo la acupuntura, tal vez era posible ayudarla con las agujas. Tampoco era un pensamiento tan extraño, porque la acupuntura se aplica con éxito en los animales desde hace siglos.

Pero uno tarda en reconocer la identidad esencial de todos los vivientes. O mejor: la esencial igualdad de todos los que vivimos. Por eso tardé en darme cuenta que la acupuntura podría ayudarla, por esa insensata manía narcisista que pretende hacer del hombre un ser tan especial, tan superior y diferente (sin justificación).

Ahora volvamos a la maceta y a nuestra triste y desahuciada protagonista, aclarando que en éste y en todos los casos que traté, las condiciones de nutrientes y riego eran las mismas que en el caso de plantas y árboles sanos.

Primero intenté una equivalencia mental entre los meridianos de acupuntura en los humanos y los posiblemente existentes en una planta. Recordé las líneas de fuerza en los cristales y también la mejor manera de visualizar los meridianos principales en un ser humano: con los brazos hacia arriba uno puede ver mejor su trayecto. En esta posición es imposible no advertir la analogía entre las raíces y las piernas, entre ambos troncos (¡se denominan igual!) y entre las ramas y los brazos.

La analogía tenía fuerza y producía esa alegría de las cosas ciertas, de manera que seguí avanzando con la idea y me pregunté si los aparatos que utilizaba para detectar los puntos de acupuntura en mis pacientes humanos no podrían, también, encontrarlos en mi primera paciente-planta. Sin dudarlo fui hasta el consultorio y me traje un detector de puntos y las agujas, decidido a investigar el asunto y absolutamente comprometido con la planta luego del silencioso diálogo filosófico.

En ese tiempo había conseguido en México un detector cualitativo de puntos, el primero que utilicé en mi trabajo. Con él podía saber si estaba en presencia de un punto de acupuntura activo, pero no expresaba en números la cantidad de energía. Simplemente aprovechaba ésa característica bio-eléctrica de los puntos, consistente en que tienen una resistencia mucho menor(ohms) que el resto de la piel, de manera que cuando el detector se apoya en una zona donde se cumple tal requisito el aparato reacciona emitiendo una señal acústica. Pero este sistema necesita que el paciente sostenga otro electrodo con una de sus manos, para cerrar el circuito. El problema se resolvió fácil, porque puse ése electrodo a presión, en el ángulo formado entre el tallo y alguna rama consistente.

Y entonces me puse a investigar, con expectativa y curiosidad. Con esta metodología, apoyar el electrodo explorador es como hacerle una pregunta al punto: ¿existís?Y especialmente: ¿cómo estás?, ¿activo, indiferente, pasivo?

La maniobra es fácil cuando se conoce la ubicación de un punto, pero en el caso de mi amiga la planta todo era desconocido,  y aun hoy no conozco mapas de meridianos y puntos en los vegetales. También pensé que, como suele ocurrir en las enfermedades humanas, era factible que aparecieran puntos espontáneos adonde habitualmente no los hay, como pedidos de socorro del organismo que necesita desesperadamente ayuda para salir de la emergencia.

Otro asunto problemático era adónde investigar, porque haciendo acupuntura uno aprende rápido que dos o tres milímetros de distancia pueden constituir un mundo de diferencia. Pensando, imaginando y tal vez recibiendo instrucciones o sugerencias subliminales de la planta, resolví explorar su tronco, desde las raíces hasta el lugar donde salen las ramas. Y hacerlo en un trayecto longitudinal, siguiendo el recorrido de los hipotéticos meridianos.

Después de pasar el explorador tres veces sin éxito, en el cuarto intento ¡el aparato emitió el mágico zumbido, allí había un punto de acupuntura! ¡La planta me avisaba que podía utilizar ese punto con probabilidad de éxito!

Marqué el punto y seguí investigando, ya más confiado, para encontrar que eran varios los puntos activos y que estaban en línea como corresponde a verdaderos meridianos. Entonces, con todos los puntos marcados, elegí tres de ellos tratando que fueran equidistantes pero ya con criterio transversal, con idea de diámetro, y les puse agujas intentando que quedaran firmes pero no demasiado profundas. Fue una decisión intuitiva y acertada, pero recién hace pocos días me enteré del porqué: mi primo Sergio (cuya profesión es la de ingeniero forestal) me explicó que las líneas de crecimiento en las plantas son longitudinales (¡los meridianos!) y están ubicadas en la periferia pasando la corteza (donde puse las agujas).

El asunto es que a la semana la planta comenzó a revivir, y a los quince días se encontraba fuera de peligro. Hubo una sonrisa cómplice entre ambos y luego repetí varias veces el experimento en otros ejemplares enfermos o tristes, casi siempre con éxito. Después me olvidé del tema durante varios años debido a que tuve que ocuparme demasiado de los humanos, lo cual fue una decisión inteligente pero incompleta.

Y entonces, aparece el parque

Ahora la escena se traslada a comienzos de 1998, cuando nos instalamos en Tortuguitas. Acababa de comprar una casa en el barrio de Yei-Porá, que en guaraní significa Lugar Hermoso sin inútiles comentarios. En realidad se trata de un bellísimo parque que contiene una mediocre casa en su interior y enseña que podrá adquirirse una porción de tierra y algunos ladrillos, pero nunca un parque. En el mejor de los casos uno es admitido o adoptado por el parque, pero nada de hacerse el dueño. Ésta es una idea absurda cuando se convive con una buena cantidad de árboles durante cinco años a lo largo de las cuatro estaciones. Allí se aprende que los verdaderos propietarios de la tierra son ellos y nosotros los inquilinos, junto con una cantidad de pájaros y variedad de pequeños animalitos que gozan de la misma hospitalidad.

En ese lugar fantástico imaginado y diseñado por un amante de la botánica, conviven sin lastimarse tres variedades de roble, araucaria, alcanforero, pino llovido, abeto, eucalipto, tilos, olmo, magnolia, catalpa, acer, moreras, árbol de navidad, un flamante palo borracho y otros más que espero no se sientan ofendidos si omito su nombre. Pero cuando llegamos había varios de ellos en mal estado y faltaba mucho en los bordes contra los alambrados, que tampoco estaban completos. Llamamos a dos jardineros expertos que dieron su veredicto: “hay varios árboles que necesitan tratamiento urgente, y en algunos casos hasta es necesario llegar a las raíces y curarlas, porque de otra manera los van a perder”. Se ve que la idea no nos convenció o nos pareció cara, porque recién ahora vuelvo a recordar a esos dos jardineros.

Como en todo hospital que se precie, siempre hay candidatos para terapia intensiva, y aquí había algunos que no ocultaban sus males: eran los tres olmos, que realmente daban pena. Tenían las hojas llenas de agujeros, como picadas por viruela y mostraban un verde desteñido tipo anemia sin remedio. El jardinero de planta, Oscar, decía que en todos lados era igual con los olmos, que había una famosa “plaga del olmo” que no perdonaba en ningún lugar (después nos enteramos que el asunto era planetario, en todo el mundo ocurre lo mismo). Visto el tema desde la orgonomía reichiana, es dudoso que se trate de “una plaga”. Si el problema es mundial, más bien indica un proceso degenerativo de la especie: es probable que al olmo se le haya acabado su tiempo, simplemente.

No había dudas que el asunto era serio y había que hacer algo, de manera que para empezar con la terapia de parque elegí uno de los olmos, el que está enfrente de la casa. Y también agregué uno de los dos tilos (con algunas ramas que producían hojas en mal estado), la magnolia (aprisionada por una gran encina) y el eucalipto que tenía dos buenas ramas pero su tronco en pésimo estado.

Entonces repetí la metodología utilizada con la planta mexicana: busqué puntos activos con el mismo aparato…¡y también los encontré! La única diferencia es que tuve que buscar entre las grietas de la gruesa corteza de los árboles, elegir los puntos y luego usar gruesos clavos en lugar de las delgadas agujas de acupuntura. Era el 13 de febrero del 98.

De manera arbitraria, aunque intuitiva con ganas, elegí explorar en la zona del tronco del olmo correspondiente a su tercio superior. O sea: a un tercio del nacimiento de sus ramas, lo cual equivalía a una distancia de metro y medio desde el nacimiento del tronco. Entonces aparecieron cinco puntos muy activos en los siguientes lugares:

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En cambio en el tronco del tilo elegido, aparecieron siete puntos con la siguiente disposición:

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En total utilicé siete puntos en el tilo, cinco en el olmo, cuatro en el eucalipto y tres en la magnolia. Para estas épocas, hacía años que estaba trabajando con acumuladores de energía orgón adaptados a los puntos de acupuntura, de manera que para reforzar el efecto los agregué al extremo de algunos clavos de todos los árboles tratados.

A los cuatro meses, en el invierno, pusimos mucha planta en los límites del terreno: hiedras disciplinadas y no, jazmines amarillos y jazmines chinos. Y alrededor del incipiente tallo de cada planta, un acumulador de orgón fabricado con envases tetrabrik y cubierto con una capa de cinta aisladora, ya que cada envase implica una capa completa del acumulador: metal (aluminio) y no-metal (cartón y cinta aisladora).

Después nos dedicamos a vivir , y al tiempo, también a observar qué pasaba con el tratamiento. Habíamos empezado a aprender que los tiempos de crecimiento y respuesta terapéutica en árboles y plantas no se llevan bien con el vértigo de la existencia humana. En las plantas pequeñas, por ejemplo, puede notarse algún cambio en los primeros quince a treinta días, pero en los árboles hay que munirse de paciencia y esperar con calma (la misma que tienen ellos) uno o dos años para advertir diferencias significativas.

Recién al año de comenzado el experimento pudimos enterarnos que las hiedras y jazmines estaban creciendo muy bien, con excelente salud para las condiciones de luz, que en los confines del terreno no es mucha. Pero lo que impresionó mucho al jardinero fue la evolución del olmo, que había mejorado mucho respecto de otros olmos de distintos parques. Reproduzco lo que escribí a los quince meses de colocar clavos y pequeños acumuladores en los árboles:

 Evaluación de mayo del 99

  1. Olmo.Mejoría espectacular. La copa ha aumentado mucho su follaje, las hojas están menos picadas y el otoño todavía no empezó para este olmo. También mejoró un olmo no tratado, detrás de la casa. Uno o dos clavos se aflojaron solos.
  2. Tilo 1.  Tal vez haya aumentado levemente el tamaño del follaje y de las hojas, pero no estoy seguro.
  3. Magnolia.No se registran cambios.
  4. Eucalipto.No se notan diferencias en el ramaje, que estaba bien. Pero el tronco parece menos podrido (motivo del tratamiento) y ha sido muy fácil limpiarlo sacándole la corteza residual.

Acerca de la mejoría del olmo no tratadodirectamente, es bueno aclarar que tales cosas ocurren cuando se trabaja con energía y hasta con el comportamiento animal, como demuestran los trabajos sobre causación formativa de Rupert Sheldrake (pueden consultarse en “Una nueva ciencia de la vida”, editorial Kairós), donde un lote de ratas en Tokio aprende algo nuevo que inmediatamente es incorporado como conocimiento (sin aprendizaje) por otro lote de ratas similar…¡ubicado en Londres!

La magnolia no podía mejorar porque se encuentra asfixiada por la gran encina, aunque en los últimos años comenzó a crecer con más vigor hacia el área libre del parque. El eucalipto mantuvo su mejoría hasta la actualidad. Pero hubo cambios importantes con el olmo y el tilo, tanto en su evolución como en el tratamiento.

Cambios importantes en el olmo y el tilo

No todo siguió tan maravilloso: un año y medio después de la esplendorosa evaluación, a fines del 99, elolmose pegó un retroceso angustiante: las hojas comenzaron a picarse aceleradamente y también a caerse…¡al comienzo del verano!, al tiempo que el follaje empequeñecía a tamaños de comienzo. ¿Qué hacer? ¿Volver a buscar puntos y clavar agujas a diferentes alturas?  ¿Usar más acumuladores pequeños adosados a los clavos y reforzarlos? ¿Resignarse y usar una sierra para ignorar visualmente el fracaso?

Fue necesario replantear el problema en términos similares a lo que ocurre en los tratamientos de seres humanos: si no hay posibilidad cierta de equilibrar la energía para que ésta aumente “espontáneamente” una vez equilibrada, entonces es necesario aumentar la carga directamente utilizando acumuladores de energía orgón.

Me incliné por seguir este camino y comencé a diseñar un acumulador de mayor potencia que los tetrabrik, con una lámina de acero inoxidable recubierta por cartón (autoadhesivo para mesadas de cocina) y vuelta a cubrir con cinta plástica gruesa. La plancha era de unos treinta centímetros de ancho y rodeaba enteramente el tronco (que había descortezado para que el efecto fuera más notorio), inmediatamente por debajo del lugar donde estaban ubicados los clavos, que volví a ubicar en los mismos lugares.

La primavera siguiente (la del dos mil) volvió a mostrar una gran recuperación del olmo, que fue mejorando año a año tanto en la calidad de las hojas como en lo denso del follaje: ahora se pican pocas hojas y en menor medida, además de comenzar a caerse en una especie de otoño tardío. Tres años después (noviembre del dos mil tres) el árbol está muy sano y exuberante, tanto ¡que le han salido una cantidad de pequeñas ramas con hojas de gran calidad pigmentaria por debajo del acumulador!

Con el tilo la historia fue algo parecida aunque con retardo de dos años. Al principio mejoró con los clavos, pero luego tuvo un retroceso expresado en la calidad de las hojas y en la escasa floración de los últimos años. Y esto sí que es grave para todos: perderse la fantástica floración del tilo es como resignarse a una alegría menos. De manera que, desde hace algo más de un año, tiene ubicado un acumulador de acero inoxidable igual que el del olmo. Y a esta altura de la primavera, cuando las hojas han brotado, puede decirse que han mejorado respecto de hace uno o dos años. Pero aquí estoy, esperando el inconfundible aroma de sus flores…

El tilo, el olmo, la magnolia y el eucalipto no fueron los únicos árboles que fueron tratados con clavos luego de ser investigados con el buscador de puntos. El 2 de mayo del 99 hubo una ofensiva con varios ejemplares, entre ellos una morera y la bignonia oro, que anda colgada del roble de los pantanos y produce unas hermosas flores anaranjadas. Ambos mejoraron, al igual que otro que engendraba hojas de apariencia “oxidada” y cuyo nombre ignoro.

Experimentos con semillas y distintos tratamientos

Una línea de investigación en orgonomía ha consistido en trabajar con semillas “cargadas”. O sea: semillas sembradas dentro de un acumulador de orgón, y cuyo desarrollo es comparado con el de semillas testigo. Como la orgonomía es una ciencia en crecimiento (igual que las semillas del experimento) y poco conocida, no son muchos los que intentaron este tipo de experiencia, pero siempre funcionó. Ustedes mismos pueden verificarlo, fabricando un acumulador de orgón con las especificaciones que figuran en el primer artículo de la sección Investigaciones de la página web (http://www.acupuntura-orgon.com.ar/investigaciones).

Como información de apoyo para realizar esta observación, reproduzco textualmente el resumen de un experimento llevado a cabo por el Dr. Manuel Redón Blanch, médico orgonomista, durante algunos días de junio del 92 en Valencia, España. (En caso de intentar la experiencia que sigue, es necesario construir un acumulador con las dimensiones adecuadas)

Resumen de la primera experiencia con semillas de soja en acumulador de orgón

1. Tratamiento  

  • Diez días de duración. Del 26/6/92 al 6/7/92
  • Colocar dos semilleros, con unas 200 semillas en cada uno, dentro del acumulador y dentro de una caja de cartón, respectivamente. Ambos grupos de semillas tienen el mismo peso en seco.
  • Mantener cerrados ambos, caja y acumulador, durante 8 días. Abrir solamente durante los minutos del riego. Desde el octavo hasta el décimo día, la caja y el acumulador permanecen abiertos.
  • Los tres primeros días permanecen las semillas encharcadas. A partir del cuarto día, reciben un riego diario.
  • La experiencia se realiza en una terraza al aire libre.

2. Observaciones realizadas

  • Semillas: después del riego, las semillas del acumulador aparecen más secas que las de la caja de cartón, antes de germinar.
  • Raíz: mayor desarrollo en las semillas germinadas en el acumulador que en las de la caja de cartón, en cuanto a número y en cuanto a longitud.
  • Tallo: los tallos de soja del acumulador aparecen notablemente más tiesos y esbeltos que los de la caja de cartón.
  • Longitud en la caja de cartón, día 10:  a) sin germinar, o con apenas un cm: 71 semillas; b) entre 4 y 7 cms: 103 semillas; c) entre 7 y 10.5 cms: 26 semillas.
  • Longitud en el acumulador, día 10:  a) sin germinar, o con apenas un cm: 17 semillas; b) entre 4 y 7 cms: 100 semillas; c) entre 7 y 10.5 cms: 71 semillas; d) entre 10.5 y 12.5 cms: 12 semillas,
  • Agua: en los depósitos de ambos semilleros el agua está coloreada ligeramente, pero la del acumulador aparece más clara y transparente y la de la caja de cartón más turbia.

Valencia, 19 de julio de 1992

Tratamientos

Respecto de las plantas que se ponen “tristes”, es posible tratarlas aún sin disponer de un aparato para medirlas. Y hay dos posibilidades inmediatas, entre otras:

  • Envolver el comienzo del tallo en un simple acumulador de orgón fabricado con un envase tetrabrik de los que se usan para conservar leche o jugos. En este caso la técnica consiste en abrir el envase (queda un rectángulo) y dejarlo secar. Luego se rodea el tallo con el envase dando varias vueltas, aunque cuidando que la capa en contacto con el tallo sea la de aluminio. Y después hay que envolverlo todo con cinta aisladora como la que se utiliza en electricidad. En “contacto” no significa que debe estar a presión sobre el tallo, hay que dejar un espacio para que circule el aire. Según sea la dimensión de la planta a tratar puede utilizarse todo el ancho del rectángulo (16 cms.) o una parte. Es suficiente con cubrir el 20 o 30% de la longitud del tronco y regar normalmente a la planta.

La segunda opción es usar agujas de coser, alfileres o pequeños clavos. Y clavarlos en tres lugares equidistantes entre sí, entre la raíz y el comienzo de las ramas. Si éstas comienzan muy altas, es mejor clavar cerca de la raíz. No hay una profundidad igual para todas las plantas, ya que todas tienen tallos de distinto diámetro. Pero es necesario recordar que no hay que llegar hasta el centro del tallo, sino a menos de la mitad del camino. En el corte transversal, quedarían ubicados así:

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La doble flecha señala la altura a la cual pueden ir las agujas o alfileres, y también hasta dónde puede llegar el acumulador hecho con tetrabrik o similar.

En cualquiera de los dos casos (acumulador o agujas/alfileres/clavos), hay que dejarlos de manera permanente. Según la dimensión y estado de la planta comienzan a notarse cambios a los quince o treinta días. No me parece importante la estación del año en la que comienza el tratamiento, pero sí saber que la velocidad de respuesta tendrá que ver con el ciclo estacional de cada planta en particular.

Si la idea es tratar árboles, entonces la metodología cambia un poco.

Como en el caso de las plantas, aparecen dos opciones, y puede intentárselas sin usar aparatos de medición.

Ubicar tres clavos con el mismo criterio que en las plantas, de manera que sean equidistantes, a unos 120 grados uno del otro y en los dos tercios superiores entre el comienzo del tronco y el nacimiento de las ramas.

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La línea con doble flecha está ubicada a la altura del árbol adonde conviene ubicar los clavos, con la misma salvedad que en el caso de las plantas. O sea: bien clavados, pero no demasiado profundos. Es bueno dejarlos un año, y si no hay signos de reactivación, pasar a la segunda opción. Aunque si el árbol está muy deteriorado, conviene utilizar los dos métodos simultáneamente.

Conseguir una plancha de acero inoxidable de largo suficiente para rodear el tronco con un poco de exceso y de unos treinta centímetros de ancho. Si ya tiene cartón adosado para despegar y adherir, entonces dejar el cartón y clavar la lámina de acero en el árbol con clavos pequeños, con la capa de acero en contacto con el árbol. Si no tiene cartón hay que agregárselo, o bien poner una capa de polietileno del mismo o parecido grosor que la lámina de acero. Pero antes hay que raspar la capa superficial de la corteza, para que la energía orgón tenga menos resistencia en su camino. A continuación es necesario envolver la estructura ya clavada con una gruesa capa de cinta plástica que venga con buen pegamento. De manera que las tres capas deberían quedar así: el acero en contacto con el árbol, luego el cartón o polietileno y por último la capa de plástico. Los clavos quedan como estaban o se cambian, si es necesario.

Y munirse de la paciencia necesaria para dejar que el tiempo haga lo suyo, ya que recién a los dos años puede evaluarse el resultado del tratamiento.

Proporción áurea y alguna que otra plantita

Estaba buscando materiales para este artículo cuando resolvió aparecer una nota que tenía guardada acerca de la posible relación entre la ubicación de los puntos de acupuntura y la proporción áurea.

Según el Dr. Manneti, colega que practica acupuntura: “La ubicación de los puntos chinos de acción energética específica responde a la ley geométrica y aritmética conocida desde la antigüedad clásica como sección áurea, según Leonardo Da Vinci,  y cuyo valor numérico es 1,618… Conforme a Malba Tahan, existe una forma matemática de la belleza: dado un segmento AB, podremos dividirlo en dos partes iguales o en dos partes desiguales. Entre las diferentes maneras de ésta última existe una, y sola una estéticamente satisfactoria, denominada división áurea. Dicha fórmula está regida por el Número de Oro (1,618)…La partición asimétrica armónica de un cuerpo reconoce solo un valor tal que permite relacionar entre sí los valores de los segmentos obtenidos, de modo que sin importar el valor particular de cada uno de ellos, el resultado final será siempre 1,618...”

Pues bien, sin conocer este interesante aporte de Manneti (que ilustra su hipótesis con mapas de puntos y sus armónicas relaciones entre sí), es evidente que la elección del tercio superior del tallo o tronco para ubicar agujas o clavos responde intuitivamente a este principio de armonía, tal vez porque lo que es cierto también es bello y resulta bueno.

Una posibilidad a investigar es la utilización de “agua orgónica” para el riego. Si se dispone del acumulador de orgón, basta con poner un vaso o un frasco con agua en su interior y dejarlo en carga durante una o dos horas. Después podrá utilizarse el agua en una maceta. Este procedimiento es muy reciente y requiere ser investigado para demostrar su posible eficacia, pero también sus riesgos, ya que un exceso de carga puede “quemar” la planta y hasta la tierra donde mora.

Podrá verse que hay un fantástico campo de acción para trabajar sobre las plantas desde la medicina energética. Así me lo dice y recuerda mi paciente Fabián, que es jardinero y utiliza con éxito los acumuladores hechos con tetrabrik para mejorar la salud de alguna planta o incrementar su desarrollo.

Pero también mi padre, que miraba con tristeza el deterioro de una de las plantas que lo acompañan a mirar televisión o recordar las cosas de su vida, que ha sido hermosa y fructífera. Un día que estábamos hablando en su casa, me mostró la planta y me contó con tanta congoja lo que estaba ocurriéndole que decidí pasar la acción y utilizar la técnica de poner tres agujas.
A las dos semanas me contó con alegría no disimulada, que la planta estaba reviviendo y mostraba brotes nuevos. Ahora han pasado dos o tres meses y la planta sigue creciendo como si recién empezara y él se lo cuenta y la muestra a todo el mundo. Y me lo agradece y yo a él, que siempre ha sido generoso con mis posibilidades y me ha apoyado en todos mis proyectos. De manera que me hace doblemente feliz el éxito de la acupuntura y la orgonomía en esa plantita, tan chiquita y tan importante.

Buenos Aires, noviembre del dos mil tres

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Brotes nuevos y sanos en el olmo, que crecieron así:

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Febrero del 2005, todavía estaba el acumulador: la banda que puede notarse en el tronco del olmo

Carlos Inza


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El Dor-Buster II

Medicina Orgonómica

¿En qué consiste éste otro “aparato” de la orgonomía reichiana?

¿Cómo y para qué se utiliza en medicina energética?

 (Continuación del número anterior)

Acupuntura y Orgonomía

Hemos trabajado con un artefacto orgonómico, el Dor-buster, pero lo hemos hecho sobre un punto de acupuntura. Y es evidente que el resultado de esta metodología guarda relación con ambas disciplinas, de manera que es bueno sobrevolar un poco sobre los puntos de acupuntura y sus propiedades. Cuando hice referencia a las diferencias del efecto obtenido según el punto utilizado, me acerqué al tema. También cuando comenté que elpunto se elige de acuerdo acriterios clínicos y electrónicos (la medición hecha con aparatos).

Existe información disponible como para considerar que los puntos de acupuntura tienen las siguientes propiedades:

  • Se distinguen del resto de la piel por tener una resistencia eléctrica significativamente más baja que la de los sitios donde no se describe la existencia de los puntos.
  • Su estimulación se corresponde, específicamente, con efectos terapéuticos observables.
  • Están asociados entre sí, a lo largo de la piel, formando canales o meridianosque están relacionados con funciones biosíquicas, integrales e integradas. También puede demostrarse electrónicamente: el tramo del meridiano sin puntos tiene una resistencia eléctrica intermedia entre la piel testigo y la del punto.
  • Cada punto ejerce un efecto fisiológico que también depende del tipo de estimulación: el efecto no es idéntico si se procede a estimularlo con agujas, calor, presión, cauterización o electro-estimulación. Incluso el efecto no es idéntico si se utilizan frecuencias diferentes en la estimulación eléctrica.
  • La última característica alude a otra: el punto actúa como frontera que relaciona el interior con el exterior de la persona. Pero es una frontera de profundidad variable, como si cada punto tuviera contenidos diferentes, estratificados según criterios todavía no conocidos, pero donde según la modalidad de estimulación pudieran develarse sus contenidos.

Oteando el horizonte

No se crea que las referencias al horizonte -y, por lo tanto, al cielo- son pura metáfora en este artículo sobre el Dor-buster. La historia que contamos arrancó cuando Reich comenzó a dirigir sus artefactos hacia el cielo y especialmente uno de ellos: el Cloud-buster o rompe-nubes, ya que ése era su significado y función.  ¡Éste sí que era un dispositivo más aparatoso y estrambótico que el Dor-buster!

Consistía en una serie de tubos de cuatro o cinco metros y varios centímetros de diámetro unidos a un cable cuyos extremos pelados se ubicaban en la corriente de un río o un lago. Los tubos se ubicaban sobre una estructura apta para ser girada en cualquier dirección, que resultó ser la plataforma de un viejo cañón antiaéreo, mientras que los extremos abiertos de los tubos se enfocaban sobre el cielo.

Con esa tecnología, Reich logró disolver nubes tormentosas, pero también obtuvo el efecto contrario: hacer llover en parajes desérticos o en sitios donde la lluvia no era estadísticamente posible y ni se esperaba. Comprendo que será difícil de creer, pero existen registros y testimonios de que tales hechos realmente ocurrieron y verificaciones hechas años más tarde por otras personas. ¿Cómo funcionaban los tubos?

Nos los cuenta el mismo Reich: “Cuando los tubos conectados con un manantial o con un lago fueron apuntados hacia la nube de Dor (negra), ésta comenzó a encogerse desde la periferia hacia el centro y el azul normal empezó a extenderse más hacia la zona negra, hasta que las nubes de Dor desaparecieron completamente”.

Esto disipaba la tormenta que se cernía sobre la comarca, debido a los cambios en el potencial energético producidos por el vacío o succión de energía obtenidos con el Cloud-buster. Para lograr el efecto de hacer llover, Reich apuntaba los tubos cerca de una nube pequeña, con el resultado de que ésta crecía hasta chocar con otras (que también podían “crearse”) y se producía la lluvia.

Pues bien, la idea de trabajar con acumuladores de orgón y los Dor-buster (que son una adaptación de los cloud-buster a escala humana) se basa en la capacidad de “disipar la tormenta” que tienen estos tubos, captando el Dor a través del fenómeno de succión que se crea por medio de la atracción del agua y ocasionando al interior del organismo la misma diferencia en el potencial energético que logra el cloud-buster en la atmósfera.

Era sólo una “idea interesante” hasta que fue puesta en práctica. Pero entonces comenzó a ser una realidad apasionante y llena de posibilidades impensables hasta entonces para la ciencia de la energía, tanto en la investigación como en la práctica clínica. Al igual que fue antes, hace ya varios años, el comienzo del trabajo en puntos de acupuntura con acumuladores de energía orgón.

Sin duda se trata de una herramienta revolucionaria para tratar los males y las dolencias humanas, aunque su campo posible sea tan vasto como lo señala su primera aplicación, cuando fue utilizado… ¡para “tratar” al cielo!

Falta muchísimo por verificar y comprender, pero el camino está trazado.

Y después de todo, no está nada mal eso de ser tratado como un cielo…

 Experiencias con el Dor-buster

Tengo muchas historias de trabajos con el Dor-buster, tanto personales y del grupo que investigó sus efectos como de tratamientos con mis pacientes. Algunas son contadas en la sección Historias de la página (acupuntura-orgon\historias.htm). Pero, para ilustrar el artículo anterior, elijo tres relatos de pacientes que accedieron a escribir su experiencia.

Muchas veces les recomiendo que lo hagan porque me parece sumamente importante para el devenir del tratamiento: es muy bueno que uno recuerde las imágenes y sensaciones adquiridas a través de esa especie de viaje que implica acostarse en una camilla y tener uno o varios tubos ubicados durante 20 ó 30 minutos sobre algún punto de acupuntura.

En esta oportunidad no voy a suministrar datos sobre las afecciones o problemáticas de las personas que cuentan lo que vivieron con el Dor-buster, porque lo que aquí cuenta es lo que sucedió durante y después de las respectivas experiencias. Sólo voy a aclarar que en el primer caso trabajé durante dos sesiones, separadas por una semana, con el Dor-buster ubicado en el punto del diafragma, que está ubicado donde termina el esternón, en la llamada “boca del estómago” y corresponde al punto 15 del meridiano de Vaso Concepción.

El protagonista de la segunda historia tenía el Dor-buster en el 15 de Vaso Concepción durante la primera sesión. Pero en la segunda se ubicó en el 22 de Vaso Concepción,también en la línea media anterior y ubicado en la fosita supra-esternal, inmediatamente por encima del borde superior del esternón. La tercera historia corresponde a Mariana, quien tenía ubicado el tubo sobre el entrecejo, en el punto Inn-Trang que se utiliza para medir el anillo ocular y trabajar sobre él.

En los tres casos, también utilicé agujas sobre algunos puntos de probada eficacia para mejorar la distribución de la energía: 7 y 9 del meridiano de Pulmón; 3,4 y 6 de Riñón; 3 y 4 de Intestino Grueso; 2 y 3 de Hígado. El tiempo de las sesiones fue de unos 25 minutos.

 Azucena (I)

Hoy le pedí a Carlos que me hiciera una medición. No me vengo sintiendo bien últimamente. Mejor dicho: estoy muy triste y disgustada conmigo misma, tengo una angustia muy grande y siento como si soportara un peso de cien kilos sobre mi cabeza. Me veo como una persona chota, sin poder volar o despegar un poco de la tierra. No pretendo salir volando por la ventana del piso 11 del consultorio, pero tampoco quiero estar tan pegada sobre el piso, sin poder apreciar un poco los cielos. Todo esto me viene pasando hace un tiempo, y como hoy algo me hizo “clic” le pedí a Carlos tal medición. Tenía ganas de saber en qué andaba mi energía, si es que andaba o estaba totalmente quieta.

Creo que los resultados de la medición no fueron muy buenos. Por lo poco que entiendo, soy uno de esos extraterrestres que tienen la cabeza enorme y el resto del cuerpo más pequeño, toda mi energía está en mi cabeza y mis hombros: no se puede llevar tanto peso.

Ahora viene lo más importante: Carlos me hace una aplicación de acupuntura y complementa con el Dor-buster, ése “mágico tubo con un cable en un extremo”.

Por primera vez en mi vida pude sentir y ver mi otra cara, la de mi mundo interno. Recién hoy la descubrí, y fue tan fuerte que no puedo dejar de pensar y sentir esa sensación.

De golpe, cuando cerré los ojos y me relajé, apareció una luz muy difusa color amarilla y alrededor un color muy oscuro. Ésa luz no paraba de moverse, era el movimiento de un espiral y en los huecos que dejaba la luz había oscuridad. No pasó mucho tiempo para que lo oscuro fuera más amplio y la luz más lejana. De pronto me vi con un montón de nubes negras que pasaban por encima mío en forma cada vez más rápida.

Todo era oscuro y no lo podía soportar, pero de pronto empezó desde muy profundo una luz color verde brillante a invadir al color negro y sentí un alivio y junto con él, sentí el tubo en mi diafragma. Entonces mi atención se desvió hacia mi cuerpo. En el estómago, en la misma dirección del tubo, había como una pelota tan pesada que me pegaba contra la camilla sin poder levantar mi cuerpo y junto con esa sensación, aparecieron las grandes nubes negras, muy negras.

¡Mi angustia fue tan grande!

No tenía nada de luz y no podía abrir los ojos; traté de buscarla pero no venía, lo único que pasó fue que las nubes negras pasarona un color más claro, como un gris plomizo. Pero la luz no volvía a aparecer.

Cuando terminó la aplicación no podía parar de llorar. Tenía como una mezcla de miedo y de angustia. Puse toda mi voluntad en encontrar la luz y no lo logré. Pero siento la imperiosa necesidad de buscarla y no me voy a detener. Hoy descubrí o conocí mi lado oscuro, ése que todos tenemos tan reprimido. Hoy me di cuenta que estaba viviendo con una sola parte de mi ser, una parte bastante pobre, que sólo se tornará rica y jugosa cuando la pueda relacionar con la otra. Yo voy a tratar de aclararlo de a poco.

 Azucena (II)

Haber visto mi lado oscuro me provocó mucho miedo y angustia. Pero también abrió una ventana por la cual vi un poco de claridad.

Durante la semana la angustia fue decayendo, no desapareció sino que yo me sentía más aliviada. La segunda aplicación con el Dor-buster fue todo lo contrario.

Al comienzo, cuando empecé a relajarme y cerré los ojos, estaba nuevamente en presencia de la oscuridad. Al rato comenzó a aparecer la luz de una forma como si fuera humo y se movía como al compás de las olas de un mar calmo. De pronto mi atención se volcó a mi cuerpo, la sensación era muy linda. Yo me mecía al compás de esas olas, era como estar en una “hamaca paraguaya”. El movimiento era muy suave, me sentía como envuelta en un calorcito interior, me sentía abrigada interiormente.

Ya no me importaba la oscuridad ni la luz que me tuvieron tan angustiada durante la primera vez. Ahora las sensaciones eran placenteras. Me sentía tan bien, tan a gusto. Mi cuerpo se hamacaba muy relajado, no me daba cuenta de nada más. La luz seguía siendo muy opaca, casi grisácea (como el humo de un cigarrillo), pero acompañaba los movimientos ondulantes que sentía en mi cuerpo.

Creo que esta segunda aplicación fue puramente consecuencia de la primera, ya que a partir de ir sintiéndome más tranquila conmigo misma, pude “viajar” a un lugar más placentero. Porque yo sentí eso: que no estaba en la camilla, sentí que viajé. Al término de la aplicación me quedó durante todo el día una sensación de liviandad. Me parece que para poder volar, primero tengo que aliviar mi peso.

¿Puede ser que lo esté logrando?

También quiero contarte, Carlos, que tardé un poco en escribir esta experiencia, a diferencia de la primera, en la cual no podía dejar de pensar lo que me estaba pasando. Era como si necesitara sacármelo de encima, entonces tuve que escribirlo rápidamente.

¿Tendrán que ver las sensaciones tan disímiles de angustia-placer para que una me movilizara a escribir o contarte, más pronto que la otra? ¿Qué opinás?

Yo creo que de a poco me voy descubriendo. Y el lado oscuro, a veces me aporta claridad.

                                   Azucena

Omar

En esta etapa, volví a consultar a Carlos por la aparición y persistencia de diversos síntomas que yo no lograba discernir y que me incomodaban y angustiaban.

Comenzamos, como otras veces, con la colocación de agujas hasta que pasado un tiempo, se agregó el Dor-buster.

Cuando Carlos me lo aplicó la primera vez, cerca de la punta de mi esternón, me relajé como lo hago siempre en las sesiones. Muchas veces me duermo con las agujas aplicadas (y creo que hasta ronco), y puede ser que sueñe.

En este caso, al rato nomás, sobrevinieron visiones (¿o quizás ensueños?).

Y las llamo así porque estaba aún bien despierto.Aparecieron una detrás de la otra, en lapsos cortos de duración, y en ningún momento representando situaciones emotivas en si mismas. Pudieron pasar intranscendentemente, pero en cambio me hicieron sentir muy triste, como si evocaranangustias, melancolías, penas no resueltas que yo tengo instaladas en lo muy profundo de mi persona.

Sólo eran “cortometrajes” neutros, de caras, lugares, gestos. Pero se me llenó el pecho con esa emoción.

Poco a poco fue pasando y llegó una serenidad muy agradable. Me sorprendí cuando percibí que alguna lágrima había rodado desde mis ojos. No me había dado cuenta. En aquella oportunidad no comenté nada con Carlos. Creo que no logré registrar que había sido una experiencia distinta.

Posteriormente, en una sesión en la que luego que él me preguntara el consabido “¿qué tal, cómo estás?”, y yo le referenciara molestias en la base de mi garganta, como si aún no hubiera digerido la cena del día anterior, Carlos me apoyó el Dor-buster en esa zona, me colocó las agujas, me invitó a relajarme, apagó la luz, cerró la puerta, y ahí quedé yo solo, tratando de aflojarme, y totalmente desprevenido.

Desprevenido, digo, a lo que pasaría. Pues llegaron nuevas visiones, y como aquéllas, sin llamarlas ni esperarlas, pero que a su diferencia, no remitían a penas sino a situaciones que actualmente tenía atragantadas; personas y hechos indigeribles, de ésos que nos llevan a decir: “lo tengo atragantado en la garganta”.

Desfilaron esos fulanos y fulanas a quienes gustosamente haría escuchar lo cansado que me tienen, lo mal que creo que se portaron conmigo, y aquellas veces en que debí callarme, cuando mejor me hubiera hecho hablar, o quizás gritar (con lo bien que se liberan energías así). Pero, que por razones de urbanidad, conveniencia, responsabilidad, etc., me había callado.

Bueno, aparecieron desde adentro y hacia mi garganta, como si pugnaran por meterse en el Dor-buster, como si ese aparato tan parecido a un micrófono, fuera en realidad un succionador, un atraedor de toda esa energía negativa que venía acumulando.

Cuando pasó, evoqué (ahora sí voluntariamente) a esas figuras odiosas, y mi sensación corporal y anímica fue -tal como en la experiencia pasada- de serenidad. Advertí que había superado la “indigestión”.

En esta oportunidad le conté a Carlos lo sucedido, y pudimos charlar sobre ello y el Dor-buster.

Antes, y ya a solas, pude reflexionar sobre estos dos momentos, y la necesidad imperiosa de poner mi espíritu en orden y paz. Supongo que algunos de los síntomas que hoy siento desaparecerán entonces.

Sé que lo que conté es para mí apenas el comienzo. Es el “darme cuenta”. Que debo continuar profundizando lo que percibí. Pero creo que es la manera de asumir por mi mismo mi curación.

Siento que expresarme en estas líneas, comunicarme con otros que -como yo- comprenden su “salud” como un estado general de equilibrio, y contar mi vivencia, es dar humildemente mi apoyo a este tratamiento que tanto bien me hace, y agrandar la superficie de este nuevo continente (aunque sea el que el hombre conoce desde más antiguo) de la Medicina para seres humanos.

                                                                                            Omar

Mariana

La primera vez que experimenté al Dor-buster, al principio me sentí un poco incómoda y rara, pero a la vez sentía que estaba bien, confiaba en que nada malo podía ocurrirme y por el contrario, me sentía intrigada y entregada a vivir una nueva experiencia.

De a poco empecé a relajarme y me sobrevino una sensación de adormecimiento, muy suave. Luego, muy lentamente, empecé a sentir como si mi cuerpo fuera mecido en forma horizontal. Comencé a sentir la sensación de estar en un mar lleno de suaves olas que me movían y mientras tenía esta sensación, interiormente experimentaba emociones extrañas pero no desagradables que me son muy difíciles definir con palabras: era como una especie de lenguaje que se estaba expresando a través de mí, pero fuera de todo lo convencional.

La segunda vez no logré sentir ni el sonido ni el juego de las olas y aunque estaba más en confianza con el tratamiento, sentía que no podía relajarme en mi afán de experimentar esas sensaciones tan nuevas otra vez.

Hasta que por fin, y luego de sentir internamente diferentes voces de personas conocidas que me venían a la mente (no era que me decían algo directamente a mí, sino que se trataba de recortes de frases o diálogos dichos por ellas), logré relajarme al punto de sentir que la camilla desaparecía.

La sensación era de levedad y de flotar. Pero, lamentablemente, esto ocurrió al final de la sesión. Debo admitir que salí un poco frustrada.

Unos días después, estando en mi casa, me vino de repente la idea de escribir, inclusive hasta sentí ganas de escribir un “libro”. Y al mismo tiempo me decía a mi misma: “estás loca, si vos nunca escribís nada”.

Realmente nunca escribo, a no ser informes o monografías para la facultad. Cuando algo me ocurre (bueno, malo, triste o maravilloso) prefiero (en realidad no se si prefiero), lo que naturalmente me sale es hablarlo o bailar, hacer danzas, tal vez pintar. Por ejemplo, si tengo miedo o estoy ansiosa, inclusive antes de rendir algún examen difícil, lo que me nace es hacer danzas con música. Durante mucho tiempo hice (hace tres meses que no) un trabajo corporal que se llama “movimiento vital expresivo”, y siempre siento que haciendo esto tengo los mayores insights de mi vida. A veces medito en silencio sin ninguna técnica en especial, y ésta también es una forma más en la que me conecto conmigo, además de ir de vez en cuando al “verde” y al “sol”.

Pero ese día sentí algo muy fuerte, así que me senté frente a la computadora (algo más extraño aún) y comencé a escribir algo que titulé, y no sé por qué, “Pasajes”, y que finalmente no le di a nadie aunque como idea original había pensado regalarlo.

Una vez que terminé de escribirlo me sentí aliviada y muy contenta. Era como sin tener en cuenta las imperfecciones o no de lo escrito: para mi se trataba de una obra y un descubrimiento maravilloso. Al otro día y los subsiguientes comenzaron las críticas, ya la verdad es que sentí que lo maravilloso se transformó en vulgar. Pero eso fue lo que sentí al escribir, en ése momento.

La tercera vez con el Dor-buster viví algo muy diferente. Cuando me relajé y me desconecté de la “realidad”, hice un viaje por el interior de mi cuerpo, específicamente, mi “panza”. Pero esto era muy diferente a la sensación de estar dentro del útero materno, etc., sino que yo me sentía como una especie de médica exploradora, recorriendo mi interior, observando órganos y funciones. La sensación era de bienestar y de que estaba todo en su lugar. Fue muy corta la exploración, pero me dejó una sensación de seguridad y confianza.

Luego de estas “veces”, me gustaría contar que siento que lo que experimenté con el Dor-buster, es decir, algunas de las sensaciones, se prolongaron en una experiencia que tuve en un taller de tres días proveniente de la Fundación Findhorn (comunidad en Escocia) sobre “descubrir mi propósito en la vida”.

No voy a contar el proceso de muchos meses, pues me llevaría unas cuantas hojas más, pero para mi es importante destacar que en todo momento tuve clara conciencia de “mi cuerpo” como protagonista principal en el propósito de mi vida.

Más allá de que sería inevitable que no estuviera involucrado en cualquier emprendimiento, ya que pienso que junto con la mente, el espíritu y las emociones forman parte del mismo sistema.

En este trabajo logré profundizar sobre el protagonismo de mi cuerpo a través de las danzas y la creatividad corporal. Lo más paradójico es que, a pesar de cuán importante es esto último para mi, me falta continuidad en éstas áreas, sumándose además el desequilibrio que producen mis “enfermedades físicas” y todo lo que ellas involucran (¡operaciones!), haciendo que este propósito de trabajar con el cuerpo se torne un desafío constante.

Lo cierto es que en un momento del taller (haciendo un trabajo de a dos para conectarse con la energía superior), sentí algo muy especial y que fue experimentar nuevamente la sensación de no tener ningún apoyo-sostén, como cuando en el consultorio sentí que la camilla había desaparecido. Y lo más notorio fue cuando empecé a sentir que de a poco iba perdiendo peso mi cuerpo, la sensación de pesadez. Sentí que sólo era algo leve, que era energía.

Era muy raro sentirme en ese estado.

Sentía que solo era energía, que no había ni principio ni fin (cabeza / pies) ni límites.

Lo más notable para mi fue que, a pesar de que ya en otros momentos de mi vida había intentado sentir a través de experiencias similares algo como esto, nunca había conseguido experimentar ésta sensación tan maravillosa.

Las conclusiones que saqué de esa experiencia en el taller fueron muchas. Porque también tuve la posibilidad de “ver” (mientras estaba en ese estado de levedad) en imágenes claras, muchas pautas y guías para mi vida.

Sentí que algo en mi había cambiado y que no estaba equivocada al pensar que, si bien mi cuerpo físico necesita aún de mucho “trabajo de transformación”, es la “clave” para llevar adelante mi propósito y mi crecimiento en la vida para mi, y para poder brindar mis aprendizajes a su vez a otras personas.                                                                                                                                             Mariana

 Carlos Inza

Dor-buster en acción junto con agujas en otros puntos de acupuntura

Dor-buster en acción junto con agujas en otros puntos de acupuntura

Dor-buster 1


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La mirada y la trampa

Clonación de Idiotas

Es importante conversar un poco acerca del sitio desde dónde estas cosas de la vida son vistas. Imaginemos que estamos observando el planeta Tierra desde cierta distancia. Hace unos cincuenta siglos emprendimos un viaje por pura curiosidad -rasgo muy humano hasta donde sabemos- y ahora estamos de regreso, acercándonos al hogar natal. ¡El universo es demasiado vasto como para abarcarlo con una sola mirada! ¡Existen muchos soles y planetas! Probablemente hay muchos y desconocidos compañeros de destino en esa inmensidad. O por lo menos sería muy raro que no los hubiera, pero ése no es el tema. Dejemos la cosa allí porque si los seres vivos estuviéramos solos en el universo, tampoco nuestra problemática cambiaría demasiado. En todo caso, cometamos la valentía de no esperar soluciones externas a nuestro planeta. Y, mucho menos, de achacar a supuestos extra-terrestres el origen de nuestros males.

Bueno: nuestro medio de transporte va acercándose a la Tierra y ya empiezan a alarmarnos algunas características físicas que no existían al momento de la partida. Comprobamos con desánimo que el jardín que dejamos se ha transformado en un gigantesco tacho de basura: la temperatura media se ha elevado, la capa de ozono no cuida tanto como antes al desarrollo de la vida, el agua, la tierra y el aire se envenenan a una velocidad que hace temer por la continuidad de la vida, la superpoblación mundial amenaza con hacer inviable la vida humana, muchas especies han desaparecido por obra del hombre.

Vemos muchas ciudades que parecen gigantescos hormigueros protagonizados por nerviosos integrantes que chocan y se agitan presos de una fiebre que merecería reposo pero que, sin embargo, parecen ignorar su loca agitación. Vemos millones de hambrientos deambulando por el mundo, sin ocupación ni ganas de nada; apenas parecen una sombra que espera su final. Vemos muchos otros atareados en consumir pavadas e insignificancia enlatada.

En un momento nos parece que hemos equivocado el rumbo y que, en realidad, estamos instalados en una pesadilla. Entonces examinamos a ciertos ejemplares significativos para intentar entender estos cambios. Y a diferencia de lo que conocíamos hace cincuenta siglos, aparece un humano físicamente mucho más pobre y hasta con signos de marcada atrofia en el sistema muscular, especialmente en brazos y piernas mucho menos potentes que antaño. ¡Parecen casi-paralíticos!  Los que pueden juegan mirando un monitor, o pasan la mayor parte de su tiempo sentados detrás de escritorios hasta que suena un timbre y entonces se produce un desbande fenomenal, que los precipita corriendo hasta un medio de transporte. A continuación se encierran en diminutos departamentos o pequeñas casas para volver a instalarse delante de una pantalla donde se ven espectáculos dignos de una concentrada  obra maestra del terror. Mientras tanto se alimentan de basura procesada que no admitiría ni siquiera un robot primitivo. Al día siguiente: igual. Y así sucesivamente.

¡Este es un día estándar del planeta Tierra!

Buscamos un poco más profundo y nos detenemos en el cerebro medio, antes de echar una mirada a la verdad: la forma en que cada humano vive los primeros años de su vida. La funcionalidad del cerebro medio nos sorprende porque estos humanos utilizan de manera casi exclusiva algunas áreas de la corteza asociadas al pensamiento lógico. Y a eso le llaman ser “inteligentes”, pero sólo les ha servido para fabricar puentes y aparatos, muchos de ellos sin sentido y sólo diseñados para ganar dinero con su venta. Por debajo y a los costados de ese sector de corteza que bulle de actividad, las otras regiones corticales asociadas a la creatividad y al simple goce de la existencia están casi desocupadas. Muy pocos se animan a utilizarlas y no saben o no se interesan por divulgar su existencia. (Luego nos enteramos que quienes habían tratado de hacerlo tuvieron un final poco feliz).

Decidimos llegar al sitio central del enigma de la vida: la vida emocional, para ver qué cosa encontrábamos, ya que sabíamos que allí estaría la explicación de tanto desatino. Nos metimos en el corazón de muchos hombres para sentir con ellos y encontrar la explicación de esta versión (subversión) de la especie a la cual también pertenecemos. Sólo encontramos algunos pocos exponentes humanos con el corazón bien puesto, pero estos sufrían demasiado ante la atrocidad ambiente. La mayoría casi carecía de vida emocional: sólo estaban llenos de una gran angustia que no sabían cómo disimular, lo cual empujaba, a unos pocos, a adquirir poder y dinero en una competencia salvaje y de dientes apretados, con el consiguiente beneplácito de los odontólogos.  ¡Un panorama terrible y dantesco!

¿Cómo habían logrado llegar a este grado de infelicidad colectiva?

¿Cómo habían hecho para ignorar las reglas esenciales de la vida y apartarse tan absurdamente de sus mejores posibilidades?

Nos dedicamos a observar sus variados sistemas de creencias y pensamiento, pero también los sucesos acontecidos durante los primeros años de vida porque ellos resultan indispensables para entender la organización social y los caminos de las vidas de las gentes. Y primero fue sorprendente considerar la falta de coherencia entre las palabras y los hechos. Pero también advertir que la mayoría de los humanos parecían autómatas, seres programados para seguir por un camino fatal. ¡Aceptaban mansamente este catálogo de desatinos sin inmutarse y procediendo disciplinadamente, sin indignación ni demasiada oposición!  Apenas algunos se rebelaban, pero eran rápidamente neutralizados o directamente eliminados si se constituían en un peligro “para el normal y sano desarrollo de las instituciones humanas”. Algunos eran artistas y otros revolucionarios, muchos sin propuesta, pero asqueados por lo que vivían. Un pequeño número eran declarados locos o subversivos, según conviniera.

Pero lo más asombroso era comprobar que la soberbia civilización humana se había convertido en una máquina de clonar idiotas.

 

Nacer en La Trampa

Para una criatura que nace con todos los honores, que es esperado, festejado y produce una gran y positiva emoción en quienes lo esperan, nacer parece un pasaporte al éxito, a la ilusión. Una de las cosas que hemos aprendido acerca de nuestro cerebro es que la sola visión de un cachorro –humano o no- produce ternura, empatía, buenos sentimientos. Y hasta gestos solidarios que ennoblecen la vida. Lo sabe y lo siente, por ejemplo, una tigresa del zoológico de Luján, que adoptó a un cachorro de león rechazado por su madre, integrándolo al grupo formado por sus cuatro hijos “legítimos”.

La vida sigue siendo una fiesta, una especie de milagro.

Cualquier nacimiento de un ser vivo es emocionante.

Y uno tiende, naturalmente, a desearle buenaventura, felicidad.

En el caso de los humanos, hasta parece que tuviéramos la obligación de pasar por la vida con una sonrisa (Borges dice que tenemos la obligación de ser felices), y es lo que se espera de cualquier sapiens, el declarado “rey de la creación”.

A esta altura está claro que no somos ni reyes ni creados.

Simplemente somos un episodio más de la maravillosa aventura que comenzaron las bacterias hace unos 3900 millones de años. Saber, ahora, que la vida compleja de los individuos pluricelulares es un desarrollo creativo de las bacterias, podría ayudarnos a encontrar un lugar más sabio y objetivo en el reino de los vivos.

Ahora bien: se supone que hemos crecido, que hemos evolucionado como especie desde que los primeros ancestros humanos comenzaron a erguirse y a utilizar movimientos complejos de las manos, al tiempo que aguzaban la vista y el oído, cosa que sucedió hace unos 4 millones de años. Y parece que hemos “domado a la naturaleza” para imponerle nuestros designios. También podríamos pensar que hubo algún avance en los aspectos organizativos de la existencia, consistentes en la utilización del fuego, el desarrollo de la agricultura y el ensayo de sistemas sociales cuyo objetivo es garantizar los derechos humanos e impulsar estilos de convivencia más o menos respetuosos y solidarios. Al mismo tiempo, se ha incrementado (a veces con argucias o métodos falaces) la productividad y oferta de alimentos y mejoraron los sistemas de utilización de agua y eliminación de excretas. Es por éstas razones que vivimos o duramos más y no por el “avance de la medicina”.

Pareciera, entonces, que comenzamos una era de felicidad sostenida y eficiente.

Una etapa “de disfrute” en la existencia humana gracias al desarrollo de técnicas que permitieron a un grupo de humanos caminar un rato por la Luna y luego volver a casa sanos, salvos, impresionados para siempre y felices.

 Sin embargo las cosas no son así.

En ningún lugar el hombre da la impresión de ser una criatura feliz.

El mismo recién nacido que resume las esperanzas y las expectativas de la especie, no tiene un futuro tan brillante, incluso aceptando una verdad elemental, indiscutible: la vida no tiene porqué ser fácil. Y de hecho no lo es.

La verdad es que ninguno de los recién nacidos humanos tiene entrada gratis al paraíso.

Un porcentaje importante de ellos morirá antes del primer año de vida, y la mayoría de los sobrevivientes pasará hambre y una cantidad grosera de privaciones y sufrimiento simplemente para seguir vivos. Es más: pocos de ellos evitarán la condena de ser marginales y tal vez se pregunten, alguna vez, a qué se debe el error de haber nacido.

A los que zafan de esa clase de riesgo tampoco le esperan honores y dicha “automática”: las características de la organización social impedirán el ejercicio de la libertad y simplemente serán piezas de poca importancia en la trama social. Las ilusiones de amor verdadero, crecimiento personal y felicidad quedarán para las películas. O serán parte de la gigantesca estafa en la cual viven las sociedades humanas.

Porque éste es el asunto: hay una trama mentirosa en el origen. Uno “llega” (nace) a un lugar donde las reglas son extremadamente rígidas y, por lo general, tienden a reprimir los sanos impulsos instintivos para suplantarlos por estructuras vacías de contenido y exclusivamente diseñadas para perpetuar poderes abusivos y elogiar la conducta pasiva y obsecuente de los “buenos ciudadanos”.

Para colmo, una de las anheladas invenciones humanas, el amor romántico, ni es para todos ni dura demasiado. Y los problemas que la vida plantea a cualquier individuo vivo, y que debe resolver simplemente para sobrevivir, se erigen en horribles y tenebrosas murallas que devienen en algo pantanoso o se parecen demasiado a la red que la habilidosa araña teje para atrapar su comida.

Y no hay demasiado más. Es evidente que casi nadie es feliz adonde realmente vale la pena serlo, en la “simple” vida emocional además de comer y dormir bajo un techo.

La libertad y la felicidad (aun admitiendo que naturalmente no se consiguen por el sólo hecho de quererlo) son falsas promesas hechas a ese mismo recién nacido que nos emociona y nos deja el corazón tibio de solo mirar esos conmovedores momentos que tiene la vida siempre que comienza.

Pura ilusión: “el hombre nace libre y, sin embargo, recorre la vida como un esclavo”. Mera ilusión porque ahora sabemos que, en realidad y pese a la apariencia y los buenos deseos, nacemos esclavos y nos toca un duro camino por delante para liberarnos, siempre que podamos llegar a tener ese deseo y la capacidad y la buena fortuna para lograrlo. También hay que preguntarse: ¿liberarnos de qué, lograr qué? Entonces es el momento de volver a las bacterias, a la fuente de la vida: la supuesta “salvación” nunca puede ser individual, simplemente porque la vida, desde sus orígenes, es un fenómeno colectivo, una variedad de cooperativa, si quieren.

Nacer en La Trampa implica demasiado sufrimiento durante los años de existencia: demasiadas promesas vacías que se transforman en una condena al lograr tan poco y a precios exorbitantes. Realmente, la famosa ecuación costo-beneficio de los economistas no funciona bien en el caso de los humanos y hasta podría decirse que la inversión no vale la pena.

Preso y acorazado en su interior, en el mismo corazón de la vida emocional, el hombre anda por la vida como un náufrago que fácilmente se agarra de maderos que no puede elegir: el primero que pasa es el mejor, pero puede que sea el peor. Y eso es lo que suele suceder.

Y claro, si la supuesta libertad para vivir no existe o no funciona, ¿qué puede hacer un mamífero cuando las cosas se ponen difíciles, sino intentar el camino de retorno al protector útero materno?

Esta inseguridad básica, producto del miedo que produce vivir a secas, desemboca en actitudes desastrosas, peores que los conflictos no resueltos. Por ejemplo: renunciar a la mejor vida posible para quedarse con la que se puede, habitualmente su versión desdibujada y gris.

Pero esta mirada, extremadamente cruda para evitar la tenebrosa auto-indulgencia y la frivolidad idiota, también tiene la esperanza abierta. Y esa esperanza necesita lucidez, valentía y una nueva construcción.

Algo así como empezar de nuevo desde lo que realmente somos hoy, pero bien.

Carlos Inza