Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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Sobre Crianza Ecológica

ECOLOGIA

Por Munich Santana

Hablar de crianza ecológica importa tener en cuenta la relación de todas las variables que marcan los objetivos puntuales en cada fase del desarrollo. Variables que van confluyendo en cada momento histórico del desarrollo de una vida: desde lo intrauterino, hasta el proceso de nacimiento y desarrollo de la fase maternante, en la relación con la figura materna. O con la figura paterna, la entrada en la familia o escuela, el desarrollo de la sexualidad, entre otras. Estas variables pueden darse en un plano micro (por ejemplo adentro de los cuerpos de la madre o el padre) hasta en un plano macro (como el de las estructuras sociales en que vivimos). Somos seres socio-históricos siempre, aun cuando  todavía vivamos adentro del útero de nuestras madres; somos seres biológicos aún cuando estamos enmarcados en espacios sociales o emocionales.
Tomar apenas la madre o el padre, la lactancia o la escuela, por separado, e intentar analizarlos, es una mirada limitante porque estos son aspectos parciales de una serie de variables que van confluyendo en todo momento de la crianza. Por supuesto en cada fase hay un aspecto que es más importante que otro, pero siempre está vinculado con los otros aspectos del ecosistema familiar y social.


Características de la crianza ecológica:

Interrelación entre distintas variables 

Influencia de la cultura de los padres y de la historia de cada individuo.
La jerarquía del tiempo hace que en determinado momento sea la madre, o el padre, o los grupos sociales, o la escuela, quienes tengan más peso. Esto no significa que las otras variables no estén presentes, sólo que están fuera del foco, al tiempo que hacen parte de la escena de la crianza. Y todo el tiempo estas variables se interrelacionan en el sistema familiar y social.
Perspectiva colectiva:

Reconocimiento de todas las necesidades de los miembros de la familia, donde el apoyo mutuo es una función muy enriquecedora del proceso de crianza.
Perspectiva temporal

Tener claro ésta perspectiva permite comprender el presente a partir del pasado (historia), y así tener una perspectiva de futuro (prevención), hacia donde vamos y porqué hacemos lo que hacemos en el proceso de crianza. Es decir no mirar apenas el fenómeno en el presente, como si las respuestas pudieran ser entendidas y sostenidas, separadas de un contexto histórico.
– Sostenibilidad

Un acto en la crianza puede ser pensado y propuesto por una familia o por sistemas macro sociales, cuando están dadas las condiciones que permiten sostener éste acto. Si no, es necesario crear las condiciones de sostenibilidad. Las propuestas de crianzas tendrían que salir del plan ideal para llegar a un plan real y sustentable para una familia. Ejemplo: ¿una mujer que deja de trabajar por un año para cuidar a su hijo, está haciendo un acto sustentable?.  ¿Es sustentable para una mujer que está angustiada y que se siente sola o muy ansiosa frente a su bebé, prolongar la lactancia hasta que éste decida dejar de tomar la leche materna?. No podemos decir que si o que no apenas con estos argumentos, antes bien habría que acercarse a la historia de cada familia y tener en cuenta las variables, la perspectiva colectiva y temporal, evaluando si es sostenible o no lo propuesto; esto es dejar de trabajar, encarar una lactancia prolongada.

Volver a la tribu
Es importante volver a la idea de Tribu, donde los roles psíquicos no estén tan marcados, donde lo importante sea la función y que todos cooperen para que ésta se dé. Si pensamos en el rol de madre (y hay una tendencia a endurecer la mirada y pensar que es aquello que hace solamente la mujer) o rol de padre (aquello que hace solamente el  hombre) nuestra mirada será estrecha y parcial. Pero si pensamos en función materna (cuidar, favorecer condiciones de contacto permanente con el bebé), ésta puede ser ejercida por cualquier persona con capacidad de contacto, y que ofrezca al bebé lo que éste necesita para contemplar las necesidades del período post-natal. Por otro lado, si pensamos en función paterna (sostener, contener y en otro momento separar y estructurar), ésta también puede ser realizada por cualquier persona que cumpla esta función. Aunque no haya madre o padre, es importante en un determinado momento del desarrollo  que  alguien cumpla las funciones materna y paterna.
La tarea de criar un hijo es una tarea muy grande para una única persona, incluso para dos; y es la razón por la que se sobrecargan los sistemas familiares, pues las familias suelen ser núcleos pequeños y cerrados de crianza. Abrirse a grupos sociales un poco más amplios, recuperar espacios, sean estos pequeños, que funcionen como tribus de crianza para crear condiciones de sostenibilidad y apoyo mutuo, son de suma importancia en el momento en el que uno decide seguir un camino de respeto a la autorregulación del niño, a sus ritmos, etc. Tribus que respeten y toleren, en el proceso de crianza, lo que cada uno puede o no puede hacer, sin culpabilizar o intentar cumplir ideales. Caminar en la recuperación de un modo de crianza más abierto, colectivo y responsable.

 

Texto construido sobre inspiración a partir de clases de Xavier Serrano.

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LA ECOLOGÍA HUMANA

            PREVENCIÓN Y PROFILAXIS

 Por Álvaro Fernández Luzardo

En los últimos tiempos la humanidad ha estado muy ocupada en elaborar estudios cada vez más eficientes para conocer y comprender los fenómenos de la naturaleza con el propósito de dominarla y controlarla. A su vez ha desarrollado tecnologías cada vez más sofisticadas para aumentar el confort y facilitar su vida cotidiana, reforzado y amparado en el llamado “estado de bienestar” llevado adelante fundamentalmente en Europa.  En estos terrenos los seres humanos han hecho grandes progresos, pero con el tiempo comenzaron a aparecer algunos problemas, percatándose de que algo no va bien. Por un lado el impacto medioambiental que el desarrollo civilizatorio ha ocasionado comienza a preocupar seriamente tras el evidente deterioro y desequilibrio ocasionado en nuestro planeta, refiriéndonos solo a lo macro, a lo visible. En este sentido el movimiento ecológico de los últimos tiempos reaccionó con una alerta desesperada que a regañadientes comienzan a incorporar, desde el discurso, los ámbitos políticos. El daño que estamos haciendo al planeta es de por si alarmante, pero en los hechos, la estructura y la organización general de la población humana, que es la causa de la depredación planetaria, continúa adelante como si nada pasara. Pero hay otro aspecto del que se habla poco, y es el impacto que el proceso civilizatorio, la cultura, ha tenido y tiene sobre la “naturaleza humana” en particular.

La cultura tiene por objetivo dominar, controlar y ajustar la naturaleza humana para adaptarla a su civilización. En esa carrera emancipadora que el hombre viene desarrollando desde hace miles de años contra su naturaleza animal, instintiva, esa lucha cultura contra natura, comienza a mostrar algunas consecuencias preocupantes. Pero al igual que ocurrió con el medioambiente, tuvo que pasar un tiempo considerable para que ciertas repercusiones se comiencen a evidenciar. El ser humano comenzó a modificar deliberadamente procesos biológicos que la naturaleza tardo milenios en desarrollar, en función de  nuevas demandas que surgen desde  nuevos intereses de  la organización moderna socioeconómica. Por poner algunos ejemplos; En los años cincuenta, en época de posguerra se promueve masivamente la lactancia a biberón, para que las madres se sumen como mano de obra. ¿Qué consecuencias tuvo este cambio aparentemente inocuo en el desarrollo humano? Otro ejemplo es el incremento exponencial que ha tenido en los últimos años los nacimientos por cesáreas programadas, y por ende la disminución de partos naturales. ¿Sabemos las implicancias de éste otro cambio? También está el surgimiento masivo de guarderías desde los 6 meses o antes; modificando tajantemente los vínculos entre madres e hijos. ¿Qué repercusiones tendrán estas modificaciones de las condiciones vitales a mediano y largo plazo?

Conocemos bastante bien las condiciones ambientales que una semilla necesita  para poder crecer y florecer, pero paradójicamente conocemos poco las complejas condiciones ambientales que necesitamos nosotros, los mamíferos humanos, para desarrollarnos de manera óptima.

Utilizo el término “ecología humana” para referirme al estudio, investigación y comprensión de las complejas condiciones ambientales, que el mamífero humano necesita para desarrollarse saludablemente a lo largo de toda su vida.

Los seres humanos somos uno de los mamíferos más vulnerables y dependientes que existen en la naturaleza. Las condiciones ambientales y los vínculos afectivos primarios son de vital importancia para un desarrollo saludable. Pero desconocemos en profundidad nuestras dinámicas vitales;  biológicas y psicoafectivas necesarias para autorregularnos a lo largo de toda la vida, que forman parte de la ecología humana, y que hacen posible una sostenibilidad cotidiana, placentera y expansiva.

Los procesos de acompañamiento y cuidados primarios son bien conocidos por el resto de los animales mamíferos, que responden, desde su “saber” instintivo, desde su “sentir” lo que hacen y cómo lo hacen, y desde el “contacto” que establecen con sus crías. Lo que les permite entablar un lenguaje desde el cual mantener una retroalimentación que tienda al equilibrio y a la armonía en el sistema, necesaria para favorecer la expansión y el crecimiento vital.

Los seres humanos, las criaturas más “inteligentes” del planeta, vamos perdiendo cada vez más esa capacidad de contacto y de comunicación con nuestros bebés. Esa capacidad instintiva primaria tan necesaria, sobre todo, en los primeros tiempos de la vida.

¿Porqué hemos perdido estas capacidades naturales?

La preponderancia del desarrollo neocortical en los seres humanos, el último y moderno tercer cerebro, con sus novedosas adquisiciones como el razonamiento y  la capacidad de predecir, con su noción de temporalidad, entre otras,  fue relegando la utilización de los sistemas más antiguos filogenéticamente hablando, y de esta forma fuimos desprestigiando y subestimando ciertas capacidades más primitivas. La razón fue desplazando a la emoción y al instinto, y así nos fuimos atrofiando y desconectando de nuestro campo de conciencia y  de nuestro rango de acción, a estas fuentes de sabiduría que fueron cultivadas durante millones de años.

El  hombre moderno, comenzó un camino de emancipación, separación y desconexión, deslumbrado y cegado por sus nuevas y potentes cualidades. Las características y lógicas de éste nuevo cerebro, son las que comienzan a  determinar un nuevo paradigma, nuevos valores y una nueva forma de organizar sus sociedades y elaborar una nueva cultura. Una de las nuevas cualidades es la capacidad de abstracción, que le da la posibilidad de separarse, de pensarse individualmente. Esto comienza a instaurar una de las características más prominentes de nuestra sociedad actual; el individualismo y la competitividad. Y el alejamiento de la espiritualidad en todas sus facetas, la pérdida de ese sentimiento de pertenencia, de unión y de conexión con el resto de los seres vivos y con la naturaleza.  Otra de las nuevas cualidades es la capacidad analítica, que lo lleva también a separar, a desmembrar y comprender al universo como una máquina, compuesta de piezas, individuales e independientes.

El nuevo hombre, arrogante y soberbio, ya no cree en nada ni en nadie, solo en sí mismo, aislado y solo, tampoco confía en ningún otro sentido que no sea la razón, y no cualquier razón, sino su única razón propia. En búsqueda de la verdad, prosigue un aumento exponencial de conocimiento ,información e ideales, que en los últimos tiempos, con internet y las redes sociales, ha tenido un crecimiento exponencial vertiginoso, que paradójicamente, lo ha llevado a un atolladero cada vez más ineficiente y estéril.

La salida no aparece con nuevos discursos, nuevas ideas o teorías y explicaciones, porque todas ellas no nos alejan ni un ápice de la dimensión de lo mental, no logramos salir de la cabeza! Lo que supuestamente nos hace ser la criatura más inteligente nos condujo a una trampa, que de no salir a tiempo, se puede convertir en fatal para nuestra propia especie.

Éste es el desafío, recuperar nuestra humanidad perdida, nuestra conexión con las capacidades abandonadas, con el saber instintivo y el contacto emocional, que nos puede devolver la esperanza de recuperar nuestro bienestar perdido y nuestra unión con la vida. Esto no significa abandonar las modernas capacidades adquiridas, sino el poder integrarlas a las demás.

La razón, la capacidad contemplativa, reflexiva, etc, son muy útiles para nuestro crecimiento y evolución personal, y como especie, sino se vuelven déspotas y negadoras del resto de capacidades que también son fundamentales y que no las puede suplantar el órgano cerebral recientemente evolucionado.

¿Cuáles son las condiciones óptimas, ecológicas, para que los seres humanos lleguen a desarrollar el potencial verdaderamente humano?

“Aplicar las leyes del funcionamiento ecológico al ciclo vital del desarrollo humano, desde la vida intrauterina hasta la adolescencia, permitiría recuperar los valores esenciales de la humanidad y promover un cambio general hacia la salud y la felicidad”. (Serrano 2012).

La ecología humana , entonces, es el estudio de las condiciones vitales, que incluyen factores no sólo físicos, fisiológicos y biológicos, sino que dan primordial importancia a las interacciones y las relaciones afectivas y emocionales entre los seres humanos, condicionados desde lo sociocultural.

En Uruguay estamos llevando a cabo esta praxis desde nuestro Centro de Autorregulación Infantil  “Ecohum”, desde donde ofrecemos asistencia, asesoría y acompañamiento en la crianza a la familia. También trabajamos sobre la difusión de ésta mirada dando cursos, conferencias, talleres y  actividades grupales psicosociales.

“No podemos decir a nuestros hijos que tipo de mundo sería o habría que construir, pero podemos equipar nuestros hijos con el tipo de estructura caracterial y con el vigor biológico que les harán capaces para tomar sus propias decisiones y encontrar sus propios caminos para construir, su propio futuro y el de sus hijos.” Wilhelm Reich

 

 

Bibliografía

J.Mañas Montero- Autorregulación y Autogobierno , un abrazo entre Psicología y Educación.

W.Reich- Los niños del futuro.

W.Reich- El acorazamiento del recién nacido.

X.Serrano- Al alba del siglo XXI

Álvaro Fernández Luzardo

Psicólogo y Psicoterapeuta Caracteroanalítico

 Especialista en prevención primaria e intervención ecológica de sistemas humanos

Integrante del Centro Reichiano de Montevideo y del Ecohum (Centro de Ecologia Humana)


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Etapas y momentos críticos en la Clonación de Idiotas

CLONACIÓN DE IDIOTAS

Por Carlos Inza

  1. La vida en el útero puede ser cómoda, pero no exenta de riesgos: todo depende de la salud de nuestra madre. Ella no es una “santita” ni una mujer perfecta (aunque todos los hijos creamos eso), es una viviente como todos y está sometida a las reglas de juego vigentes. Si vive en un entorno enfermo-estándar-actual es inevitable que eso “contamine” su energía e influya sobre el embrión. Cuánto peor sea la situación energética global y la salud de la madre, más daño puede producirse: hay mucha gente que ya está enferma en el útero, antes de “salir”.
  2. El parto es un verdadero “parto”: la especie humana es la única habituada a parir con dolor, aunque puede evitarse, debido a que sus hembras no disponen de una pelvis apta para dejar pasar fácilmente monstruos con semejante cabeza. Y encima no la ayudan: la “civilización” inventó una tortura sofisticada diseñando camillas de parto horizontales: ¡¿se imaginan evacuar el intestino en esa posición?! También pueden transformar a la parturienta en un objeto de quirófano (cesárea), casi siempre sin necesidad. La “llegada al mundo” no es auspiciosa: te reciben con un spot luminoso como para enceguecerte de por vida, te agarran con fuerza como si no supieras salir sacándote a los empujones como en el subte a la hora pico, te golpean la espalda como si no supieras respirar, te cortan el cordón como si no supiera secarse solo y, por último, te separan de tu casa de los primeros nueve meses para hacinarte al lado de otros convictos. Es un rasgo de sinceridad: te muestran de entrada lo que te espera al tiempo que le muestran a la madre quién tiene el verdadero poder. También puede que te bombardeen con flashes la retina y te expongan a través de un vidrio como si estuvieras en un zoológico.
  3. Después del nacimiento oficial y hasta el comienzo de la motilidad (diez meses), seguimos siendo larvas más-o-menos simpáticas, aunque ya estamos claramente situados en el sistema de la recompensa: la nutrición, el olor y el amor maternos son esenciales para el desarrollo. Pero aquí ya puede empezar a funcionar el sistema inhibidor de la acción: una atmósfera cargada de tensión y “cierta violencia” puede producir demasiado miedo, ya en los primeros meses de la vida, y dejarnos la amígdala cerebral cargada con demasiada información de por vida.
  4. Al año de vida podemos empezar a caminar y, por lo tanto, a recibir condicionamiento de límites, demasiados límites para aprender “como son las cosas”. Y las cosas entran en una de dos categorías: buenas o malas. Bueno es lo que a mamá (y también a papá y a cualquier adulto que pase por allí) le parece bueno, y malo lo que les parece malo, así de sencillo. Hay miles de ¡cuidado, eso no!, algunos justificables y otros no. Y especialmente ya comienza a firmarse el contrato tipo Fausto: si querés protección, cuidado y ternura, tenés que hacer la siguiente innumerable lista de cosas. Y fírmame allí, al final, luego de todas estas páginas en blanco donde muchos irán escribiendo las cláusulas del contrato a medida que el tiempo pase: nunca se sabe, de entrada, lo que Dios y el Diablo necesitarán que hagas y no hagas a lo largo de tu vida.
  5. A los tres, cuatro o cinco años ya terminaste tu formación básica, que te signará de por vida. Podés rebelarte, protestar, exigir otro contrato, pero es inútil. En todo caso tendrás que ser muy valiente y arriesgar tu vida en el intento de ser libre. Pero ya, a esa “tierna edad”, tu amígdala cerebral está bien cargada de información y sabe casi todo lo que debe evitar. (Osho cuenta que cuando era chico creía que se llamaba NO). Pero no solo lo que es objetivamente peligroso, ¡también todo lo que a dios, al diablo, a los sacerdotes, madres, padres, médicos, maestras, tías, vecinas, gerentes y siguen las firmas les parece peligroso (para ellos)! ¿Entendiste que malo y peligroso es lo mismo? Sí, que bueno. ¿No?, para eso tenemos la educación, y ahora la televisión y todo lo que necesitamos. ¿Sabías que parte de la trampa consiste en que tu maravilloso lóbulo pre-frontal, ese que te permitiría juzgar y decidir por cuenta propia es un verdadero idiota a esa “tierna edad”? Lo sepas o no es lo mismo: a los cinco años ya estás casi totalmente programado para ser un idiota más.
  6. A los seis años aparece oficialmente la sociedad, empezás la primaria, o cuidas cabras o aprendes la vida de marginal zafando y ayudando a zafar a tu familia. Pero ya aprendiste que los adultos mienten groseramente, muchas veces sin cuidarse siquiera. Se supone que tenés que aceptarlo, hacerte el boludo, seguir adelante con la escena como si no pasara nada. Si no lo hacés es peligroso, podés volverte loco de entrada. Pero si lo aceptás con naturalidad, como si estuviera bien, ¡estás perdido! Creo que ni siquiera te van a agregar cláusulas en el contrato, no vale la pena. Sin embargo, el adiestramiento para completar el software sigue con mucho entusiasmo: hay que consolidar tu formación dentro de La Trampa. Tu magnífica maduración neuro-motriz, cada vez más fina, se inscribe dentro de la trampa, de manera que se perfecciona el “sistema de premios y castigos” y el “inhibidor de la acción”: ya sabés qué y cuándo hacer algo y cuando no. Incluso aparecen sofisticaciones prácticas que te ayudarán a no gastar energía inútilmente: tu avanzadísimo aparato visual aprenderá a no mirar o no registrar “lo que no le interesa”, o sea: las cosas más apasionantes que hay para ver. Tu aparato auditivo hará lo mismo: ¿para qué escuchar lo que no te conviene?  Y especialmente, a esta edad ya serás un alumno avanzado en pequeñas perversiones: aprenderás a engañar a tus compañeros, a cruzar un pie en su camino para que trastabillen y a reírte de ellos cuando se caigan.
  7. Ya empezaste la adolescencia, tu última oportunidad para escaparte de La Trampa. A la cultura oficial y a tus hormonas se les ocurre que tenés que ser rebelde y protestatario: es obligatorio. Sino no podrían venderte música, droga, ropa y adornos adecuados. Es parte de la trampa: no te ayudan a rebelarte contra el contrato Fausto y toda esa basura. No, te hacen creer que la rebelión es contra los padres, los edipos, las electras y todo ese cuento de hadas psicoanalítico, que tiene algo de cierto en nuestra cultura (¿qué se puede esperar luego del contrato de posesión-compensación del hijo a favor de madre y padre?) pero que no llega a lo más profundo: que te hayan obligado a ser un idiota casi de nacimiento. Esta oportunidad que la vida te regala es gracias al poder de tus hormonas, que revolucionan y ponen patas para arriba el preciso engranaje que te habían construido. El deseo te pone loco y la cultura moderna lo facilita: “Sí, nene, coge todo lo que quieras pero cuidate porque está el sida y especialmente, no te comprometas”. Así, la maquinaria de poder logra tres cosas: alejar la sexualidad de la emoción transformándola en un acto mecánico, asustarte con sus consecuencias (embarazo, sida) y ocultarte el camino que liga tu sexualidad con una vida potente, cierta, desplegada, exuberante. Sí: tus hormonas sexuales ponen muy loco al cerebro, que ya tenía todo listo para oficializar el lavado de cerebro. Ahora las cosas no son tan fáciles para el trabajo del Sistema de Control, que puede sufrir una crisis temporaria. Y allí sí que tu estructura caracterial y el ambiente cercano que te tocó en suerte es crucial: o te quedás en la cáscara de la rebeldía (sexo fácil-superficial, alguna diversa militancia, análisis psicológicos) o llegás a lo profundo del problema, aun oscuramente y con dudas contradictorias y dolor. Pero si lograras conservar la percepción de tu poderosa energía y apartarla, salvaguardarla, entonces te salvarías de ser un idiota de por vida, aunque los “resultados” tarden un poco para verse. ¿Y el cerebro? Bien, gracias: es un órgano adaptador poderosísimo, pero se va a acoplar a tus “decisiones”. Intentará neutralizar la tormenta hormonal que lo desquicia, pero si no encontraras una manera inteligente de trampear a la amígdala y a los sistemas de recompensa y parálisis (inhibición de la acción), seguramente volverá al “equilibrio” de los idiotas y los muertos en vida en poco tiempo. Si fracasaras, encima te quedaría la culpa por los desmanes producidos en tu “época rebelde” y terminarías de completar la firma del Pacto por el resto de tu vida. Es cierto que no te ayuda la relativa inmadurez de las estructuras cerebrales implicadas en los procesos de emocionalidad profunda, proyección de futuro y solidaridad básica (la vida es una realidad colectiva, no exclusivamente individual), pero lo mismo te alcanza para tomar las grandes decisiones. Sino lo hicieras ahora, ayudado por la tormenta hormonal, después no te quejes: perdiste tu oportunidad.
  8. Entraste en la juventud y adultez, tal vez. Es “tal vez” porque la adolescencia cada vez es más larga: ahora anda terminando cerca de los treinta años o nunca, al menos en nuestra cultura. En estas etapas de la vida cada vez es más difícil esperar cambios trascendentes, importantes. Hay una oportunidad para gente que ha desarrollado un fuerte ego, un yo relativamente autosuficiente: la oportunidad de elegir perderlo, regalarlo o donarlo a quién se le ocurra. En algún momento puede aparecer el hastío del rol, el relampagueo de la sabia intuición, la percepción de que “se ha sido empujado” para ser fuerte, poderoso, omnipotente. Y de que esto es, también, una variedad de idiotez. Y entonces aparece la tentación de dejarlo para elegir una vida despojada de esos “honores”, algo así como la necesidad de simplificar y dejar de poner una gran cantidad de energía en mantener la cohesión interna de una estructura que siempre necesita ser eficaz sin desmayos para sostener…¡las necesidades de pasividad de quienes los “siguen”! Es un juego de roles idéntico al de la “democracia representativa” pero en pequeña escala. Pero, claro, te dicen “ahora sos grande, tenés que sentar cabeza y hacerte responsable”. Es curioso que para hacerse responsable haya que “sentar a la cabeza” (¿o será “asentar la cabeza”?).  No importa: la idea es dejar de hacerse el loquito y cumplir con el contrato sin objetar las cláusulas, ni siquiera las menores. Hay un tema relacionado con la adultez que no puede soslayarse y está profundamente vinculado a la construcción de un yo sustentable y al crecimiento personal: es la simple necesidad de hacerse cargo de sí mismo. No hay posibilidad de verdadera adultez sin pasar por aquí. Por supuesto que implica sustentarse económicamente, pero va más allá, para extenderse al área de la vida emocional, laboral y social. No van a encontrar mucha gente capaz de hacerlo, más allá de la cuestión económica, que sigue siendo un paso imprescindible, al menos en nuestra cultura individualista. Las características del contrato Fausto y la operatividad del Sistema de Control tienden a mantenerte como un niño toda la vida, a fomentar el apego a la familia o a pequeños grupos que funcionan de útero permanente, asfixiante. Y manejan su posibilidad de brindar contención como un sistema de chantaje con reglas claras: pertenecer tiene su precio, ser gris y mediocre con permiso de variados socios tiene su premio. Ésta es la inercia, la deriva del sistema. De manera que oponerte es heroico, necesita mucha fuerza y mucha valentía, pero de eso depende tu vida.
  9. Acerca del cerebro, y especialmente del protagónico lóbulo pre-frontal humano, queda algo por decir, por preguntarse. Según los neurobiólogos su madurez sólo se alcanza cerca de los cincuenta años, que es como decir que recién a esa edad una persona podría (eventualmente) ser considerada del todo adulta de acuerdo a sus posibilidades anatómicas y funcionales. Pero ¿será una verdad indiscutible? ¿O, en cambio, estará expresando la idiotez generalizada como parte de un proceso que tiende a la maduración o a la extinción? Dicho de otra manera: ¿será biológicamente inevitable o una manifestación cerebral de inmadurez? ¿Será causa o consecuencia? ¿Qué pasaría con la maduración del pre-frontal si no existieran el pacto de Fausto y el Sistema de Control Central?  Su lenta maduración ¿no será consecuencia de vivir en La Trampa en lugar de su causa? ¿No será un acondicionamiento a la idiotez en lugar de ser su génesis?
  10. ¿Tampoco así, aprendiste? Bueno, entonces tenemos a los psiquiatras, a la policía, a la “justicia” y a los escuadrones de la muerte.

 

 

 

 


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El parto en la trampa

Prevención y Profilaxis

Este texto parte de experiencias, comentarios, ideas y la unión de algunos cables sueltos que siempre están en mi cabeza.

Es un texto que va en la dirección, en el espíritu de la titánica tarea de cambiar el mundo, es decir cuán grandes son sus pretensiones. Pero a la vez la conciencia de ser un grano de arena es lo que me permite ser austera, ya que sé que no es tarea para mí solamente, ni tampoco para una única generación. Otros la comenzaron y la tarea continuará más allá de nosotros.

Quisiera hablar de la trampa en la que tantas veces veo caer a mujeres que quieren parir, conectarse con su bebé, proteger a su cría.

Cuando nos quedamos embarazadas nos abrimos a un mundo nuevo lleno de deseos y felicidades, pero también de miedo a la responsabilidad y de sensación de vulnerabilidad, entre otras cosas. Con más o menos conciencia transitamos el embarazo y a veces podemos llegar a desear un parto natural: y esto así porque tengo conexión con lo que significará para mi bebé y para la especie que yo pueda realizar el mejor parto diseñado por la naturaleza, y porque queremos sentir y permitir que ocurran las transformaciones necesarias para la llegada de otra vida.

En ese juego de si puedo parir o no cuentan muchas variables, que se abrirán con la manifestación de nuestras particularidades y hasta contradicciones: mi deseo, mi cuerpo, mis relaciones personales, cuanto apoyo tengo, mis miedos y mi historia, etc. Podemos entonces en cierto grado flexibilizar, ayudar a tomar conciencia y apoyar la idea de que sí, que es posible parir y en muchas más ocasiones de las que habitualmente suele ocurrir.

Por otro lado tenemos “el dónde” y el “quién” puede acompañarnos. Y aquí voy a considerar el lugar donde más partos ocurren: la maternidad. Sea ella privada o pública, cada una con sus características que intervienen para dejarnos sus marcas. Esa es la otra cara de la moneda y donde muchas veces está tendida la trampa donde terminan cayendo muchas mujeres y familias. La trampa que roba a las mujeres el protagonismo de su parto, desacreditándolas, infantilizándolas, asustándolas y desamparándolas, pudiendo adoptar formas muy variadas de falta de respeto y deshumanización en la atención al parto y nacimiento.

Por eso es de suma importancia sensibilizar al personal de los hospitales, porque un parto no solamente es bueno o malo si hay o no muerte de por medio. Cuando yo era chica (vengo de Brasil) con frecuencia escuchaba el dicho popular “lo que no mata engorda” (dicho sea de paso, está muy bien pensado cuando la sobrevivencia está en juego y tantos mueren literalmente de hambre), pero es evidente que no podemos pensar que lo único grave que puede pasar en el parto es la muerte. Por supuesto la muerte es irremediable, para el muerto y un hecho terrible para su entorno que todos buscamos evitar.

Un parto es bueno cuando la mujer es respetada y le es permitido desarrollar sus potencialidades en el parto; cuando son facilitadas las condiciones para que sea humana, mamífera y no un objeto en manos de un personal hospitalario desaprensivo. Entonces nos enfrentamos con que no solamente hay que preparar las mujeres para la reconexión con esa posibilidad, sino que hay que preparar los equipos de salud para que permitan vivir mejor y de forma más respetada las historias de nacimiento.

Por otra parte no es que ahora haya más violencia obstétrica que antes, es que ahora las mujeres están relatando más sus experiencias y están menos calladas y sumisas al sistema social sostenido por el patriarcado.

El sistema no tolera a una mujer madura, con potencia y que sabe lo que quiere, apenas acepta a la mujer sumisa que se adapte a las normas del sistema y que no piense y no dé trabajo. Pero una mujer por más empoderada que esté, no puede enfrentarse con un sistema médico que suele ser agresivo y abusivo, que representa el poder y que tiene en sus manos los aparatos del patriarcado, en suma: un sistema que es mucho más poderoso que una persona sola. He aquí la trampa de la que hablaba al principio.

Y cuando la mujer no es sumisa, sabe de sus derechos, tiene su plan de parto en manos, llega al hospital o clínica con el mismo o acompañada de una doula o pareja que pueden entrar a la sala de parto, sabe que es mejor elegir la posición de parir, que no le induzcan el parto, que no le hagan epsiotomía, que no le aceleren sus procesos naturales, aun así no es suficiente para asegurar que la van a respetar.

Una mujer que conoce sus derechos, que está conectada con las mejores posibilidades de un parto, no está exenta de asustarse, sentir dolor, llorar y hasta desesperarse. Pero no puede en el momento del parto ser parturienta, abogada, policía y médica de sí misma (o por lo menos no tendría que serlo). Hay muchas experiencias de mujeres que justamente por recordar y pedir que se respetaran sus derechos fueron más violentadas e incluso ridiculizadas en las instituciones públicas. Yo lo veo como una especie de revancha: “ah, vos que te creés saberlo todo y creés poder darnos indicaciones, ya te voy a mostrar quién manda”…

Y entonces se puede probar el gusto amargo de la jodida trampa de sentir que el conocimiento y la conciencia de sus derechos y de sus deseos ponen a la mujer como potencial víctima de un sistema abusivo, justamente por pedir y reclamar -y a veces hasta implorar- por sus derechos. Esta es un arma más del patriarcado para desacreditar la mayor fuerza que tenemos: la toma de conciencia.

Tomar conciencia de la cadena de violencia que funciona en los hospitales también es importante porque el mundo de fantasía a lo “Mary Poppins” no existe (y la palabra supercalifragilísticoespiralidoso no resuelve nada…). Una cadena de violencia que es el fruto obligado de relaciones laborales desiguales y de la lógica de una sociedad capitalista, competitiva y alienante. Se trata más bien de hablar de una selva, desnaturalizada y en que las fieras que pueden atacarnos son nada más y nada menos que otros seres humanos, que a su vez aparecen con sus propias historias de miedos, humillaciones, heridas, desinformación y desconexión con su propia naturaleza. Seres que no comprenden que sus actos dañan y dejan huellas profundas en los cuerpos y almas de mujeres, en los niños recién nacidos y al cabo en toda la familia involucrada.

Tomar consciencia de esto da la dimensión de lo difícil del cambio. De lo mucho que tenemos que trabajar. La conciencia ayuda a prevenir acerca de intervenciones innecesarias y conocimiento de la realidad de lo que ocurre en las instituciones oficiales de nacimiento.

Por supuesto hablo de violencia, y pareciera que este es el punto principal, sin embargo lo más importante es la vida, los nacimientos sanos y con la menor cantidad de intervención posible.

En el trabajo preventivo se busca conectar con la posibilidad de reconocer lo que la mujer quiere y necesita, y ayudarla a ver cómo puede hacer para tenerlo: se busca desarrollar habilidades que le permitan entrar en contacto consigo misma, con su bebé y con las personas que la acompañan en el parto. En el trabajo preventivo hay mucho de responsabilizarse por lo que uno busca para sí mismo. El foco está en lo sano y en potenciar ese camino, así bien como identificar dificultades y desarrollar estrategias para moverlas de su lugar. Por supuesto con conciencia de que la coraza que protegió a la mujer durante toda su historia puede jugar en contra. Así, tomar conciencia de la dureza de la coraza le permitirá saber cuánto tendrá que ser flexible, con la conciencia activa de quién es, cuáles son sus dificultades y potencialidades y en qué medio social está inserta.

Cuando hay una historia de violencia el trabajo es otro: se trata de sanar, acompañar, dar apoyo, salir del trauma, recuperar funciones. Se trata de resignificar la experiencia, pero sin sentir jamás que la culpa fue de la mujer. Nadie puede ser culpable por haber hecho una elección que terminó mal, porque esto es similar a decir que una mujer es víctima de violencia sexual porque usa minifalda. La violencia obstétrica existe y posiblemente existe, como muchas otras deformaciones de este mundo, por falta de conexión y contacto con la vida.

No puede ser que la única forma de escapar de una violencia explícita sea cambiar la forma del parto natural, optando casi siempre por una cesárea, por lo demás ya agendada por anticipado, luego innecesaria (o “innecesarea” como con acertada ironía vemos en campañas de humanización del parto). Porque es tal la brutalidad de una cesárea que, aunque la mujer no la perciba directamente es una violencia que llega al bebé, y en ese sentido se ejerce contra la especie. El problema entonces no es que un parto termine- cuando es imprescindible- en cesárea, sino que 60% a 80 % de los partos terminen en cesáreas.

Y existen las situaciones en que una mujer opte por una cesárea, cuando ella misma se la propone al equipo médico. Sin embargo esto también puede darse por múltiples razones. Una de ellas es la desconexión con los procesos naturales, otra es la conciencia previa de sus miedos y dificultades que le impedirán abrirse a un nacimiento natural. Asuntos que de por sí podrían trabajarse en una preparación para el parto tendiente a flexibilizar los pensamientos y sentimientos. De cualquier modo se trata de la limitación de una mujer específica que puede ser absolutamente entendible, aceptable y trabajada comprendiendo lo grandes que pueden ser los miedos y las corazas del ser humano.

Y cuando esa mujer no se prepara para el parto, los profesionales que la acompañan no le ayudan a flexibilizarse y a confiar en su cuerpo para bajar el miedo, pues el momento del parto no es el de hacerle tomar consciencia de lo que significa para su organismo y el de su bebé, una intervención quirúrgica fuera de los tiempos de los cuerpos y de las hormonas que son importantes para el período post parto. Sólo podemos acompañarla y respetarla en su decisión personal y compensar los efectos de esa forma de nacer, desde ya lo más importante es fortalecer el vínculo con ella y de ella con su bebé. Tampoco es sano que dejemos a la mujer con la culpa de no poder parir. Porque hasta el no poder parir no es sólo un fenómeno individual, también es un fenómeno social fruto de una sociedad asustada. Entonces todo el tiempo bordeamos el tema del nacimiento en un plano íntimo y en el público.

Así que sea cual sea la forma en que pudo nacer un bebé, la madre tiene que tener apoyo suficiente para poder conectarse con él y maternarlo. Las culpas las dejamos afuera; abramos las ventanas y dejemos que vuelen con el viento: NO SIRVEN ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Y a mi modo de ver son funcionales al sistema patriarcal y capitalista que mantiene al ser humano aislado y miserable en su propio dolor, creyendo que todo le sucede porque él ha sido malo, incapaz, débil. Es de ésta forma que una mujer creerá que cuando algo sale mal en su parto la responsabilidad es suya, perdiendo de vista la estructura social profundamente malsana en la que ella está inserta. Muchas mujeres quedan con secuelas importantes de angustias y baja autoestima frutos de cómo terminó su parto. Por supuesto no dejo de considerar que el momento del parto es un momento de culminación de la historia de un embarazo y el principio de la vida extrauterina de un bebé y la mujer tendría que poder llegar en sus mejores condiciones y energías a la crianza de su hija o hijo. Y estar con un bebé en brazos con las secuelas de lo que quedó abierto violentamente en el parto sumada a las demandas de un bebé recién nacido puede ser muy estresante, angustiante y hasta colapsante para una madre. Cuanto más las mujeres tengan que aguantar creyendo que es su responsabilidad lo que no funcionó y tengan que sentir culpa, vergüenza y cualquier otra sensación o sentimiento que la deje sola con su dolor, más se desempoderan los movimientos sociales que sí pueden amparar y reivindicar nuevas formas de atención y respeto a la mujer, a la maternidad y a la vida que está surgiendo. Cuanto más llenos los consultorios de psicólogos y psiquiatras atendiendo mujeres que fueron infantilizadas dejándolas impotentes por el sistema médico y sin cuestionar ese propio sistema, más débiles serán los fenómenos grupales que podrían pedir y exigir mejores condiciones para el parto.

Por supuesto si hay un dolor personal es justo que una mujer pueda ser atendida y acompañada por su red de apoyo o profesionales de salud hasta que pueda elaborar y volver a sentirse fuerte nuevamente. Pero es importante no desvincular estos temas del propio sistema social que favorece la desconexión, la pasividad y la violencia en la atención a los partos.

Inteligencia es también la capacidad de adaptación y la adaptación se da cuando hay una integración en las informaciones de distintas experiencias, las buenas y las malas. Esta integración permite no quedarnos pegados a experiencias difíciles, y es esto lo que podemos fomentar a nivel individual para fortalecer nuevamente en la mujer víctima de violencia, para que pueda recuperar el deseo materno. Y a nivel social es un trabajo de hormiga el de formar conciencia, llevar información, presionar en la dirección de las políticas públicas que amparen el respeto, generando también la formación de profesionales más conectados con la vida y con los procesos naturales.

Cuando más y más mujeres y familias salgan a la calle para pedir, exigir su derecho al respeto y a la dignidad, cuánto más puedan denunciar las violencias vividas, cuando sus discursos y acciones vayan ganando más fuerza, más promisorios serán los cambios.

Salir de la trampa donde estuvimos engañados tanto tiempo es fundamental, la trampa invisible que aunque ya no nos aprisiona tiene la fuerza gigantesca de hacernos creer que nos protege. La realidad es que no nos protege, nos infantiliza, nos debilita, nos deja impotentes y amargados.

Lo que despierta el optimismo -y que ya está ocurriendo en muchas historias- es ver y comprobar que SALIR DE LA ESA TRAMPA ES POSIBLE, recuperar la  potencia de parir es posible y proteger el principio de la vida es posible.

 Munich Vieira Santana


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La mirada y la trampa

Clonación de Idiotas

Es importante conversar un poco acerca del sitio desde dónde estas cosas de la vida son vistas. Imaginemos que estamos observando el planeta Tierra desde cierta distancia. Hace unos cincuenta siglos emprendimos un viaje por pura curiosidad -rasgo muy humano hasta donde sabemos- y ahora estamos de regreso, acercándonos al hogar natal. ¡El universo es demasiado vasto como para abarcarlo con una sola mirada! ¡Existen muchos soles y planetas! Probablemente hay muchos y desconocidos compañeros de destino en esa inmensidad. O por lo menos sería muy raro que no los hubiera, pero ése no es el tema. Dejemos la cosa allí porque si los seres vivos estuviéramos solos en el universo, tampoco nuestra problemática cambiaría demasiado. En todo caso, cometamos la valentía de no esperar soluciones externas a nuestro planeta. Y, mucho menos, de achacar a supuestos extra-terrestres el origen de nuestros males.

Bueno: nuestro medio de transporte va acercándose a la Tierra y ya empiezan a alarmarnos algunas características físicas que no existían al momento de la partida. Comprobamos con desánimo que el jardín que dejamos se ha transformado en un gigantesco tacho de basura: la temperatura media se ha elevado, la capa de ozono no cuida tanto como antes al desarrollo de la vida, el agua, la tierra y el aire se envenenan a una velocidad que hace temer por la continuidad de la vida, la superpoblación mundial amenaza con hacer inviable la vida humana, muchas especies han desaparecido por obra del hombre.

Vemos muchas ciudades que parecen gigantescos hormigueros protagonizados por nerviosos integrantes que chocan y se agitan presos de una fiebre que merecería reposo pero que, sin embargo, parecen ignorar su loca agitación. Vemos millones de hambrientos deambulando por el mundo, sin ocupación ni ganas de nada; apenas parecen una sombra que espera su final. Vemos muchos otros atareados en consumir pavadas e insignificancia enlatada.

En un momento nos parece que hemos equivocado el rumbo y que, en realidad, estamos instalados en una pesadilla. Entonces examinamos a ciertos ejemplares significativos para intentar entender estos cambios. Y a diferencia de lo que conocíamos hace cincuenta siglos, aparece un humano físicamente mucho más pobre y hasta con signos de marcada atrofia en el sistema muscular, especialmente en brazos y piernas mucho menos potentes que antaño. ¡Parecen casi-paralíticos!  Los que pueden juegan mirando un monitor, o pasan la mayor parte de su tiempo sentados detrás de escritorios hasta que suena un timbre y entonces se produce un desbande fenomenal, que los precipita corriendo hasta un medio de transporte. A continuación se encierran en diminutos departamentos o pequeñas casas para volver a instalarse delante de una pantalla donde se ven espectáculos dignos de una concentrada  obra maestra del terror. Mientras tanto se alimentan de basura procesada que no admitiría ni siquiera un robot primitivo. Al día siguiente: igual. Y así sucesivamente.

¡Este es un día estándar del planeta Tierra!

Buscamos un poco más profundo y nos detenemos en el cerebro medio, antes de echar una mirada a la verdad: la forma en que cada humano vive los primeros años de su vida. La funcionalidad del cerebro medio nos sorprende porque estos humanos utilizan de manera casi exclusiva algunas áreas de la corteza asociadas al pensamiento lógico. Y a eso le llaman ser “inteligentes”, pero sólo les ha servido para fabricar puentes y aparatos, muchos de ellos sin sentido y sólo diseñados para ganar dinero con su venta. Por debajo y a los costados de ese sector de corteza que bulle de actividad, las otras regiones corticales asociadas a la creatividad y al simple goce de la existencia están casi desocupadas. Muy pocos se animan a utilizarlas y no saben o no se interesan por divulgar su existencia. (Luego nos enteramos que quienes habían tratado de hacerlo tuvieron un final poco feliz).

Decidimos llegar al sitio central del enigma de la vida: la vida emocional, para ver qué cosa encontrábamos, ya que sabíamos que allí estaría la explicación de tanto desatino. Nos metimos en el corazón de muchos hombres para sentir con ellos y encontrar la explicación de esta versión (subversión) de la especie a la cual también pertenecemos. Sólo encontramos algunos pocos exponentes humanos con el corazón bien puesto, pero estos sufrían demasiado ante la atrocidad ambiente. La mayoría casi carecía de vida emocional: sólo estaban llenos de una gran angustia que no sabían cómo disimular, lo cual empujaba, a unos pocos, a adquirir poder y dinero en una competencia salvaje y de dientes apretados, con el consiguiente beneplácito de los odontólogos.  ¡Un panorama terrible y dantesco!

¿Cómo habían logrado llegar a este grado de infelicidad colectiva?

¿Cómo habían hecho para ignorar las reglas esenciales de la vida y apartarse tan absurdamente de sus mejores posibilidades?

Nos dedicamos a observar sus variados sistemas de creencias y pensamiento, pero también los sucesos acontecidos durante los primeros años de vida porque ellos resultan indispensables para entender la organización social y los caminos de las vidas de las gentes. Y primero fue sorprendente considerar la falta de coherencia entre las palabras y los hechos. Pero también advertir que la mayoría de los humanos parecían autómatas, seres programados para seguir por un camino fatal. ¡Aceptaban mansamente este catálogo de desatinos sin inmutarse y procediendo disciplinadamente, sin indignación ni demasiada oposición!  Apenas algunos se rebelaban, pero eran rápidamente neutralizados o directamente eliminados si se constituían en un peligro “para el normal y sano desarrollo de las instituciones humanas”. Algunos eran artistas y otros revolucionarios, muchos sin propuesta, pero asqueados por lo que vivían. Un pequeño número eran declarados locos o subversivos, según conviniera.

Pero lo más asombroso era comprobar que la soberbia civilización humana se había convertido en una máquina de clonar idiotas.

 

Nacer en La Trampa

Para una criatura que nace con todos los honores, que es esperado, festejado y produce una gran y positiva emoción en quienes lo esperan, nacer parece un pasaporte al éxito, a la ilusión. Una de las cosas que hemos aprendido acerca de nuestro cerebro es que la sola visión de un cachorro –humano o no- produce ternura, empatía, buenos sentimientos. Y hasta gestos solidarios que ennoblecen la vida. Lo sabe y lo siente, por ejemplo, una tigresa del zoológico de Luján, que adoptó a un cachorro de león rechazado por su madre, integrándolo al grupo formado por sus cuatro hijos “legítimos”.

La vida sigue siendo una fiesta, una especie de milagro.

Cualquier nacimiento de un ser vivo es emocionante.

Y uno tiende, naturalmente, a desearle buenaventura, felicidad.

En el caso de los humanos, hasta parece que tuviéramos la obligación de pasar por la vida con una sonrisa (Borges dice que tenemos la obligación de ser felices), y es lo que se espera de cualquier sapiens, el declarado “rey de la creación”.

A esta altura está claro que no somos ni reyes ni creados.

Simplemente somos un episodio más de la maravillosa aventura que comenzaron las bacterias hace unos 3900 millones de años. Saber, ahora, que la vida compleja de los individuos pluricelulares es un desarrollo creativo de las bacterias, podría ayudarnos a encontrar un lugar más sabio y objetivo en el reino de los vivos.

Ahora bien: se supone que hemos crecido, que hemos evolucionado como especie desde que los primeros ancestros humanos comenzaron a erguirse y a utilizar movimientos complejos de las manos, al tiempo que aguzaban la vista y el oído, cosa que sucedió hace unos 4 millones de años. Y parece que hemos “domado a la naturaleza” para imponerle nuestros designios. También podríamos pensar que hubo algún avance en los aspectos organizativos de la existencia, consistentes en la utilización del fuego, el desarrollo de la agricultura y el ensayo de sistemas sociales cuyo objetivo es garantizar los derechos humanos e impulsar estilos de convivencia más o menos respetuosos y solidarios. Al mismo tiempo, se ha incrementado (a veces con argucias o métodos falaces) la productividad y oferta de alimentos y mejoraron los sistemas de utilización de agua y eliminación de excretas. Es por éstas razones que vivimos o duramos más y no por el “avance de la medicina”.

Pareciera, entonces, que comenzamos una era de felicidad sostenida y eficiente.

Una etapa “de disfrute” en la existencia humana gracias al desarrollo de técnicas que permitieron a un grupo de humanos caminar un rato por la Luna y luego volver a casa sanos, salvos, impresionados para siempre y felices.

 Sin embargo las cosas no son así.

En ningún lugar el hombre da la impresión de ser una criatura feliz.

El mismo recién nacido que resume las esperanzas y las expectativas de la especie, no tiene un futuro tan brillante, incluso aceptando una verdad elemental, indiscutible: la vida no tiene porqué ser fácil. Y de hecho no lo es.

La verdad es que ninguno de los recién nacidos humanos tiene entrada gratis al paraíso.

Un porcentaje importante de ellos morirá antes del primer año de vida, y la mayoría de los sobrevivientes pasará hambre y una cantidad grosera de privaciones y sufrimiento simplemente para seguir vivos. Es más: pocos de ellos evitarán la condena de ser marginales y tal vez se pregunten, alguna vez, a qué se debe el error de haber nacido.

A los que zafan de esa clase de riesgo tampoco le esperan honores y dicha “automática”: las características de la organización social impedirán el ejercicio de la libertad y simplemente serán piezas de poca importancia en la trama social. Las ilusiones de amor verdadero, crecimiento personal y felicidad quedarán para las películas. O serán parte de la gigantesca estafa en la cual viven las sociedades humanas.

Porque éste es el asunto: hay una trama mentirosa en el origen. Uno “llega” (nace) a un lugar donde las reglas son extremadamente rígidas y, por lo general, tienden a reprimir los sanos impulsos instintivos para suplantarlos por estructuras vacías de contenido y exclusivamente diseñadas para perpetuar poderes abusivos y elogiar la conducta pasiva y obsecuente de los “buenos ciudadanos”.

Para colmo, una de las anheladas invenciones humanas, el amor romántico, ni es para todos ni dura demasiado. Y los problemas que la vida plantea a cualquier individuo vivo, y que debe resolver simplemente para sobrevivir, se erigen en horribles y tenebrosas murallas que devienen en algo pantanoso o se parecen demasiado a la red que la habilidosa araña teje para atrapar su comida.

Y no hay demasiado más. Es evidente que casi nadie es feliz adonde realmente vale la pena serlo, en la “simple” vida emocional además de comer y dormir bajo un techo.

La libertad y la felicidad (aun admitiendo que naturalmente no se consiguen por el sólo hecho de quererlo) son falsas promesas hechas a ese mismo recién nacido que nos emociona y nos deja el corazón tibio de solo mirar esos conmovedores momentos que tiene la vida siempre que comienza.

Pura ilusión: “el hombre nace libre y, sin embargo, recorre la vida como un esclavo”. Mera ilusión porque ahora sabemos que, en realidad y pese a la apariencia y los buenos deseos, nacemos esclavos y nos toca un duro camino por delante para liberarnos, siempre que podamos llegar a tener ese deseo y la capacidad y la buena fortuna para lograrlo. También hay que preguntarse: ¿liberarnos de qué, lograr qué? Entonces es el momento de volver a las bacterias, a la fuente de la vida: la supuesta “salvación” nunca puede ser individual, simplemente porque la vida, desde sus orígenes, es un fenómeno colectivo, una variedad de cooperativa, si quieren.

Nacer en La Trampa implica demasiado sufrimiento durante los años de existencia: demasiadas promesas vacías que se transforman en una condena al lograr tan poco y a precios exorbitantes. Realmente, la famosa ecuación costo-beneficio de los economistas no funciona bien en el caso de los humanos y hasta podría decirse que la inversión no vale la pena.

Preso y acorazado en su interior, en el mismo corazón de la vida emocional, el hombre anda por la vida como un náufrago que fácilmente se agarra de maderos que no puede elegir: el primero que pasa es el mejor, pero puede que sea el peor. Y eso es lo que suele suceder.

Y claro, si la supuesta libertad para vivir no existe o no funciona, ¿qué puede hacer un mamífero cuando las cosas se ponen difíciles, sino intentar el camino de retorno al protector útero materno?

Esta inseguridad básica, producto del miedo que produce vivir a secas, desemboca en actitudes desastrosas, peores que los conflictos no resueltos. Por ejemplo: renunciar a la mejor vida posible para quedarse con la que se puede, habitualmente su versión desdibujada y gris.

Pero esta mirada, extremadamente cruda para evitar la tenebrosa auto-indulgencia y la frivolidad idiota, también tiene la esperanza abierta. Y esa esperanza necesita lucidez, valentía y una nueva construcción.

Algo así como empezar de nuevo desde lo que realmente somos hoy, pero bien.

Carlos Inza


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Algunas razones para una terapia reichiana

Psicología Corporal

Colaboración de Maria Cristina Joss

De la vegetoterapia caráctero-analítica, elaborada por Wilhelm Reich, se desprendieron varias metodologías gracias al empeño y la práctica de diversos discípulos, razón por la cual no sería correcto considerarla como la única terapia reichiana válida.  Sin embargo, no puede negarse que se trata de la más directa herencia dejada por Wilhelm Reich en el área de la clínica.

Reich mismo, en efecto, en “La Función del Orgasmo” (1942) expone de qué manera  se fueron desarrollando su teoría y su practica en una constante relación dialéctica, de retroalimentación, con ratificaciones y rectificaciones. A través de un proceso de elaboración coherente su labor con los pacientes fue transformándose desde el primitivo psicoanálisis, pasando por el análisis del carácter, la vegetoterapia caráctero-analítica, hasta la orgonterapia, disciplina que abarca las etapas anteriores y las profundiza.

Miremos más atentamente al ser humano, a nosotros mismos, y  confirmaremos junto con Reich que psique y soma representan una unidad que en la actualidad social es reconocida solo superficialmente.

La palabra es privilegiada. El “verbo” que nos produce y nos contiene, en su integridad, sin embargo no nos alcanza, para decirnos al otro. No nos alcanza para decirnos a nosotros mismos.

Lo intraducible está en nuestras células, en nuestro cuerpo.

Está expresado y gobernado por el sistema nervioso autónomo.

Las emociones nos dicen, se nos escapan, hablan, gritan, nos delatan.

Y de ahí, de la observación clínica de las emociones inscriptas en nuestro carácter, nuestros músculos, nuestras expresiones, nuestras humanas contradicciones, nació el atrevido abordaje de W.Reich: la tarea de conectarse con las expresiones del ser,  locuaces para quien desea escuchar, mudas para quien sólo prefiere ver un cuerpo llevándose puesta una persona. El cuerpo es la persona, la dice, la proclama y la disimula a la vez,  a través de corazas tan familiares que resultan invisibles. Son nuestros caracteres, nuestros mecanismos de defensa, nuestras usuales patologías. Usuales hasta traducirse, en gran parte y con resignación, en conductas socialmente aceptadas. Naturalizadas. Si estamos rígidos, si evitamos sentir, si evitamos las emociones, es por necesidad de sobrevivir en la jungla a la que pertenecemos.

“La restauración de la motilidad bio-psíquica por medio de la disolución de las rigideces (“acorazamientos”) del carácter y de la musculatura” * fue y es el principio de la orgonterapia caractero- analítica según las palabras mismas de Reich.

Indispensable esto,  para poder volver entonces a la raíz de nuestro sentir: objetivo fundamental de una terapia que se quiera considerar de matriz reichiana.

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En el desarrollo que el orgonterapeuta italiano Francesco Dragotto elaboró a partir de la metodología sistematizada por Federico Navarro, la vegetoterapia caráctero-analítica nos invita a penetrar cada vez más, y sutilmente, a través de los estratos de nuestros acorazamientos. Lo que buscamos es despertar la pulsión vital en el centro neurálgico: a veces logramos percibirla en el eje de nuestra columna vertebral, en la respiración, en la mayor disposición a abrirse por parte de nuestros sentidos.

La pulsación, que Reich nos enseñó a reconocer cómo dinamismo vital de la unidad del funcionamiento psíquico y somático, posee la función biológica de producir dos movimientos iguales y contrarios, complementarios, dialécticos: la expansión y la contracción.  En condiciones ideales nos permitirían lograr una funcionalidad equilibrada, mayor plasticidad, capacidad de contacto.

Pero si observamos al ser humano como a un “campo energético” pulsátil, pronto veremos que esa pulsación equilibrada entre contracción y expansión, es muy difícil de lograr.

En la realidad, por razones históricas que se hicieron “naturalmente aceptadas”, la mayor parte de nosotros, como  “campos” que somos, no logramos ser tan equilibrados, prevaleciendo en menor o mayor medida una de las dos direcciones del movimiento pulsátil.  Cuando predomina la dirección centrífuga (expansión), se pueden generar  patologías donde el yo pierde el sentido del contacto con el límite. En la predominancia de la dirección centrípeta, la persistencia del movimiento contráctil genera caracteres extremadamente cerrados a la posibilidad de expresión.

Podríamos decir que en la sociedad en la que vivimos estos desequilibrios representen lo “natural”, o sea lo más común.

Encarar un proceso terapéutico desde esta perspectiva configura entonces un viaje de progresivo ablandamiento y atravesamiento de lo que llamamos coraza. “Acorazamiento” es un término más aceptable que “coraza”. No se refiere ya a una estructura inamovible, si no a esa dinámica que siempre subyace a la rigidez muda de las defensas, agarradas a nuestras ganas de vivir, ahogándolas. Cuanto más vital es ese deseo, más fuerte es la armadura que logra tejer para contener y castigar. Esa lucha muda estremece todo nuestro sentir. Y lo calla.

Tenemos que volver a los primeros latidos de nuestra posibilidad de sentir.

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Plantear un contrato terapéutico con esta metodología incluye entonces una propuesta de alianza entre terapeuta y paciente, en la cual el objetivo es justamente enfrentar y sostener ese atravesamiento.

Camino que es necesariamente somático, gracias a la ejecución de los conocidos actings de la vegetoterapia, pero de manera que estos puedan surgir como resultado de un trabajo previo de auto-percepción y registro de los que llamamos bloqueos. De ahí se originará un nuevo movimiento de apertura, bien desde adentro, y el consiguiente -y siempre gradual- ablandamiento de las rígidas estructuras que nos comprimen.

El abordaje no es directivo, autoritario, sino respetuoso del proceso individual propio de cada paciente, que es condicionado por los diferentes grados de impermeabilidad y resistencia de cada uno de los niveles del acorazamiento, psíquico y somático.

Cabe decir que el planteo reichiano fundamental, que implica el abordaje del  acorazamiento para su eventual desestructuración y reestructuración, resulta posiblemente un proyecto algo difícil de ser aceptado, en una sociedad donde la urgencia es la necesidad de adaptación.

Puede haber adaptación al medio sin renuncia?

Pichon Rivière, con un pensamiento y una práctica que fueron revolucionarios en su momento, supo indicar el camino de lo que él llamaba adaptación activa a la realidad.

Es este un interesante punto de contacto con el pensamiento reichiano, según mi opinión y experiencia, cuando considero que el objetivo en los dos casos fue y es aquel de favorecer el desarrollo de una capacidad humana de flexibilidad, apertura, ruptura de los estereotipos, en fin…transformación.

Igualmente revolucionarios, ambos paradigmas encuentran difícil acogida en un sistema social donde es muy grande el temor, la resistencia al cambio que bien analizó Pichon Rivière, y que en una lectura reichiana podríamos acercar al concepto de “peste  psíquica”.

Con esta expresión, Reich se refería a la contagiosa disposición del hombre a cerrarse frente a las manifestaciones más vitales, dominado por el miedo, que produce en él formas estereotipadas de ser y conducirse. Con su análisis desarrollado sobre todo en “Psicología de masas del fascismo”, W.Reich demuestra cómo la raíz de una patológica rigidez reside justamente en la formación de un carácter extremadamente reprimido y “resistente” a la naturaleza dialéctica de la existencia humana.

Muy bien agarrados estamos, a nuestras corazas!

“Mejor un tirano conocido! Uno nuevo…siempre será peor que su predecesor!” decía la viejita de Siracusa, deseando larga vida a Diógenes, el tirano.

Y así el status quo sigue siendo la solución preferida, demostrando una vez más que esa peste psíquica, tóxica y contaminante, de la cual hablaba Reich, está entre nosotros.

El desafío es desarraigarla!

Utopía?

Si a la palabra utopía la sustituimos por el término proyecto, es posible que con el tiempo algún pequeño paso nos lleve lejos.

El carácter genital descripto por Reich, el más saludable, aquel del hombre evolucionado que vive en nombre “del amor, el trabajo y el conocimiento”, todavía no está entre nosotros.

Pero puede ser nuestro proyecto.

 *W.Reich, “La Función del Orgasmo”, Paidós, pag.17

Maria Cristina Joos

Italiana, vive en Buenos Aires, Argentina.

Es doctora en Psicología (Università La Sapienza di Roma), psicoterapeuta individual y grupal, vegetoterapeuta, orgonterapeuta,

Miembro della “S.E.Or.” (Scuola Europea di Orgonomia), Miembro fundator y vicepresidente de la “Fundación de Orgonomía Dr. Wilhelm Reich” de Buenos Aires y psicóloga social (“Primera Escuela de Psicología Social Dr.E Pichon Rivière”, de Buenos Aires).

Ha sido secretaria de redacción de la revista “Energía, Carattere e Società” de la S.E.Or. de Roma y  conductora de programas radiales de cultura y divulgación científica  de la RAI, Radiotelevisione Italiana.

Es pintora y ha coordinado grupos de promoción de salud aplicada al fenómeno artístico.

Creó y coordina en todo el territorio nacional los grupos de reflexión sobre los orígines RADIX.

e-mail: cristjoos@gmail.com


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La medicina catastrófica II

Medicina Energética

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

(Continuación del número anterior)

Para ir a la 1ª parte

 

 

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

 

 El lenguaje es Poder

Javier estaba un poco alterado, digamos que bastante nervioso y preocupado por variedad de razones. A sus casi 30 años debía enfrentar una situación difícil en distintos frentes: laboral, de pareja, familiar y universitario. Pero no entró en pánico hasta que un psiquiatra que consultó le dijo que lo de él era muy simple: ¡tenía un Ataque de Pánico! Y le recetó un tranquilizante que produjo un efecto paradojal: Javier se alteró más todavía, especialmente cuando escuchó la palabra “pánico”, un término especialmente diseñado para producir terror. El tranquilizante solo tranquilizó…al psiquiatra (y mejoró las ventas del laboratorio que lo produce).

Rodolfo, que tiene 45 años, vivió un episodio de mucha presión emocional que, obviamente, le produjo una franca elevación de la presión arterial (la presión produce presión). Entonces el médico que lo atendió le recetó hipotensores y tranquilizantes, pero especialmente arriesgó que: “Usted es hipertenso aunque hasta ahora no se lo hayan dicho, y tendrá que cuidarse toda la vida”  (Tendrá que tomar hipotensores durante lo que le quede de existencia). También le habló de la sal y de ver a un cardiólogo, dos asuntos que parecen estar extrañamente vinculados.

Veamos el pequeño detalle de usar un verbo en lugar de otro y las consecuencias que acarrea. Por ejemplo: uno puede ser hipertenso o tener hipertensión. Ustedes dirán, están en su derecho: “La presión está alta lo mismo, cualquiera sea el verbo, es una tontería reparar en ese detalle lingüístico tan insignificante”. No es tan insignificante el detalle: uno puede tener hipertensión como puede tener insomnio, caspa o un resfrío. Estas últimas posibilidades no son rígidas, pueden variar, pueden retornar al estado de origen. Es más, casi podría asegurarse que uno no nace hipertenso, insomne, casposo o resfriado. Pero cuando se dice que uno es hipertenso ya se está incursionando en la ontología, no en la medicina. A pesar de que los médicos estamos adiestrados para ser perfectos ignorantes en cuestiones filosóficas, es fácil suponer que la cosa es constitutiva de la persona cuando se dice que uno es tal cosa, por ejemplo: hipertenso, diabético o lo que sea. En este último caso estamos hablando de cuestiones que no cambian, que no están inmersas en el dinamismo que caracteriza a los fenómenos vivos: uno es así, casi por definición. Podría decirse, por ejemplo: Rodolfo Hipertenso Rodríguez. Es más: si ése es el caso, debería constar en el documento de identidad, porque es esencial a la persona, uno no puede imaginarla sin esa condición.

El mensaje es claro: “Usted es así, y su condición es inalterable, definitiva”. De manera que tu vida está signada: tenés que tomar hipotensores, comer sin sal y ver al cardiólogo regularmente, todo el paquete de por vida.

La hipertensión es buen ejemplo porque, para cualquier persona activa en una sociedad vertiginosa y razonablemente loca, es difícil zafar de tal circunstancia y sus posibles complicaciones, que no son nada simpáticas: infartos y accidentes cardiovasculares. Debido a su difusión, es bueno profundizar un poco en el tema:

  1. Muchísimas veces el diagnóstico se hace por guardia o por visita de control médico. En el primer caso, casi siempre se debe a un estado de alteración emocional lo cual, casi siempre también, eleva la presión. Pues bien: cualquier practicante de guardia se cree facultado para hacer un diagnóstico definitivo en base a una sola toma y en las peores condiciones posible. Así las cosas receta un tranquilizante y un hipotensor, que muy probablemente haya que tomar de por vida, aunque solo una vez se haya demostrado que la presión estaba alta. En el caso de la visita a un consultorio, está demostrado que cuando la presión la toma un médico en su consultorio, aumenta enormemente la posibilidad de que se eleve.
  2. En el caso de las guardias también suele hacerse una determinación de enzimas y un electrocardiograma para investigar la posibilidad de infarto. Todo está bien y es comprensible porque la medicina de urgencia tiene reglas muy claras, no comparables con la atención en consultorio, ya sea institucional o particular. Más no se puede hacer cuando se trata de una emergencia: allí el objetivo es resolver rápido la situación y evitar males mayores. El problema es cuando, luego de este episodio, el comando pasa al médico clínico o directamente al cardiólogo.
  3. La inmensa mayoría de las hipertensiones (97%) se denomina esencial. O sea: se desconoce su origen y no puede atribuirse a una enfermedad sistémica como hipertiroidismo, un tumor en la suprarrenal, insuficiencia renal o problemas cardíacos.  Es curioso que se llame “esencial” a una causa no conocida por la medicina interna. También podría bautizarse como Hipertensión Esencialmente Ignorante, por parte de quienes hacen el diagnóstico. Pero aquí ya se cuela claramente un dato ignominioso: llamarla “esencial” no solo es una pobre excusa para disimular la ignorancia: también insinúa que se trata de un rasgo “esencial a esa persona”, de manera que atribuirle una cualidad ontológica cuadra muy bien para poder definir a  Rodolfo Hipertenso Rodríguez como a un ser esencialmente hipertenso.
  4. Es aceptado que la mayoría de las hipertensiones, al menos en sus comienzos, están estrechamente vinculadas a la emocionalidad y al estilo de vida de las personas. Basta una elemental profundización del nombre que recibe para comprender su génesis: hipertensión significa “alta tensión” y ésta no define solo a la peculiaridad biológica del estado de las arterias, sino también a su génesis: alta tensión emocional. “Tener presión” (alta), también significa estar presionado, vivir con altos niveles de presión la vida cotidiana. Y, como todos sabemos, las presiones son diversas y numerosas: en los vínculos, en las cuestiones económicas, en las responsabilidades asumidas, etc. Claro, cuando las cosas se plantean así, el médico tratante no suele disponer de formación para ayudar de verdad a sus pacientes, de manera que tiene dos opciones: o deriva al psicólogo (vieja manganeta para sacarse el problema de encima) o defrauda al paciente propinándole consejos idiotas del tipo de “Evite el estrés” (que te cuente cómo hace él con el suyo).
  5. También aparece la consabida pregunta: ¿Hay hipertensos en la familia? Ahora la genética aparece como ayuda invalorable (para el médico): como es muy probable que haya otros hipertensos en los vínculos familiares cercanos, el diagnóstico inapelable e indiscutible ya está hecho. Entonces el paciente, abrumado por las evidencias, se declara culpable de hipertensión y acepta resignadamente la pena impuesta, que casi figura en la Biblia, si uno se toma el trabajo de estudiarla a fondo: en algún lugar debe decir: “Y tomarás hipotensores por el resto de tu vida. Y consultarás a un cardiólogo cada tres meses por los siglos de los siglos”. Es bueno saber que al nacer, uno no firma un contrato para seguir al pie de la letra las patologías familiares, pero éste es otro tema para después.
  6. La hipertensión arterial es una disfunción que, como hemos visto, se origina mayoritariamente en estilos de reactividad personal ante ciertos conflictos. De manera que todo esto puede modificarse si el paciente logra hacer variados cambios en su vida. No es una condena eterna, la presión puede bajar si se crean condiciones favorables para que tal cosa ocurra. Es eso, justamente, lo que le otorga patente de “disfunción”, estrictamente hablando. Pero, sin embargo, tanto el médico como el paciente asumen que los hipotensores indicados deberán tomarse de por vida.
  7. La patente de inmutable implica imposibilidad de cambio profundo, debido a lo cual todos los intentos por lograrlo conducen al fracaso. En este lugar se pone el médico cuando receta de por vida. Solo “adorna” la cuestión con consejos inútiles y para contentar al paciente (por razones de marketing cultural), pero sin creer realmente en la posibilidad de modificaciones profundas en sus vidas. Es importante reparar en esta cualidad porque es realmente trascendente: los médicos subestiman la capacidad de sus pacientes para lograr cambiar las reglas de juego, que es lo que realmente podría lograr la solución. Es notable como la hipertensión resulta ser un admirable muestrario del combo que se arma en la vida real de millones y millones de personas en las condiciones de vida actual.
  8. Es muy fácil convencer a alguien de que tome hipotensores de por vida: basta con agitar el fantasma de las posibles complicaciones, que son realmente escalofriantes y sugerir que la única prevención posible es la que está ofreciendo. O sea: es suficiente actualizar los miedos que todos tenemos para convertirlos en terror y lograr la mansa aceptación de las indicaciones. Prescripciones que habitualmente no van solas: son parte de un combo que incluye la determinación de colesterol en sangre y la casi segura medicación para disminuirlo. Parte del problema es que estás medicaciones no son inocuas, como tampoco los hipotensores: el uso crónico de sustancias químicas tiene, inevitablemente, efectos secundarios a veces tan poco simpáticos como las complicaciones de la hipertensión.
  9. Los mismos laboratorios que fabrican esta variedad de medicamentos encargan estudios para demostrar fehacientemente que la posibilidad de efectos secundarios es mínima, casi insignificante. Es un caso más de falseamiento de la realidad disfrazado de “estudio científico serio”.
  10. Esto no invalida la administración temporaria de hipotensores, porque realmente son capaces de bajar la presión a rangos normales. Pero el problema es que no se asumen como indicación temporaria, sino definitiva. Y casi nadie sabe que existen alternativas válidas y sin sus numerosos “efectos secundarios”.
  11. Existe la interesante posibilidad de realizar estudios funcionales de la tensión arterial durante 24 horas (holter). Estos estudios funcionales son invalorables en medicina, aunque lamentablemente son escasos y mal valorados en la metodología clínica estándar. O se los ha dejado de lado como es el caso de la curva de tolerancia a la glucosa, abandonada por la determinación de hemoglobina glicosilada para investigar diabetes. Pero además, con ellos ocurre algo increíble en el tema que nos ocupa: ¡se los indica con el paciente tomando hipotensores! De manera que no se los utiliza para saber si una persona realmente tiene hipertensión, sino para valorar la eficacia y dosificación de los medicamentos…
  12. Y por último pero resulta lo más importante: los tratamientos estándar para la hipertensión impiden que las personas en tratamiento aprovechen la gran oportunidad para realizar cambios importantes en su vida, que es la sugerencia implícita en las enfermedades. Casi todas ellas entran en la definición china de Crisis: Riesgo + Oportunidad. Tachen la oportunidad y sólo quedará el riesgo, que siempre está latente y nunca se resuelve. Y esto por una sencilla pero poderosa razón: los hipotensores no curan la hipertensión, solo controlan la presión arterial.                                                    

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¿Cómo se llamaba lo que tenés?

La reumatóloga miró a Sonia y resolvió tirarle con un camión por encima. Le dijo: “Todo el cuadro clínico encaja, solo me falta un síntoma, pero ya no tengo dudas: lo tuyo debe ser un Lupus” (Debe ser, podría ser, debería ser). También yo atiendo a Sonia, que tiene cerca de 50 años, desde hace tiempo: una dura pelea contra dolores de todo tipo y una piel que se transforma en pesadilla, especialmente con el calor. La reumatóloga insiste, enarbolando una sonrisa de victoria y orgullo: “Por fin puedo entender todo lo que te pasa, ahora tus síntomas son enteramente comprensibles”.  Claro, dice Sonia, ¿pero qué hacemos?  “Está todo pensado, hay un medicamento nuevo que se está investigando para la artritis reumatoidea, pero también va para tu caso. Es difícil de conseguir pero tengo buenos contactos. Y por supuesto que necesito tu autorización, porque se trata de un diseño experimental”. ¿Probar conmigo?, dice Sonia, cada vez más alarmada porque no desconoce los efectos “secundarios” de los medicamentos químicos y adivina que seguramente se trata de una droga con la potencia necesaria para arrasar con todo, incluido ella misma. “No, se probó en animales y en voluntarios recluidos en prisiones y no es para tanto”, contesta la reumatóloga.

No le dice que muchos medicamentos nuevos no se aprueban para su uso en los países “centrales” hasta que no pasan la prueba con animales, presos y humanos de países periféricos. Si es que pasan la prueba y antes no dejan un tendal. Es más: pueden aprobar los exámenes y varios años después verificarse que ocasionaron mucho daño. Pero claro, no importa porque siempre habrá algo mejor que también puede ser peor. El asunto es que Sonia me lo consulta esperando mi desaprobación, que también es su esperanza. La logra fácil, pero también le digo que no estoy de acuerdo con inventar un nuevo diagnóstico como si fuera el camino del éxito. Especialmente porque no hace falta y solo serviría para aumentarle el temor y ese estado de zozobra continuo en el que vive. (El lupus es una enfermedad auto-inmune con variedad de peligrosas complicaciones)

Es demasiado iatrogénica esta medicina que se practica sin miramientos de ningún tipo. La obsesión compulsiva de los médicos consiste en ubicar a sus pacientes en algún archivo con nombre. O sea: etiquetar para que las cosas sean claras y, supuestamente, más fáciles de tratar. Hipertensión, Lupus, Gripe, Colon Irritable, Migraña, Cáncer o lo que sea. A partir de ahí se sigue un “Protocolo”, esa aceitada máquina de prescripciones dictaminada por Reconocidas Autoridades Médicas (RAM), ante las cuales se inclina el resto de los mortales, incluidos los médicos, que viven encerrados entre los RAM y los Laboratorios. Tanta inseguridad produce pegoteo con las fuentes de Poder, y ése es el lugar que ha elegido  la profesión médica para aquietar sus angustias y librarse de compromiso. Además: reuniones grupales (Ateneos, Congresos) para reforzar la ideología y diseñar la política.

Tal vez la reumatóloga venía de un ateneo o de un congreso con las últimas novedades acerca de cómo incluir a cualquiera en la categoría estudiada, en la etiqueta correspondiente para hacerlo merecedor del medicamento en experimentación. Tal vez el Lupus era la estrella del Congreso, simplemente. Sí, sí, solo le falta un síntoma pero es muy fácil conseguirlo y hasta más: no es imposible agregarle algún otro de cosecha personal para exhibir en el próximo Congreso y lograr un viaje gratis con estadía paga. ¿Por qué no? ¿Acaso está prohibido transformar un simple resfrío en un Lupus? A lo sumo le faltarán 28 de los 30 síntomas, pero con un poco de buena voluntad todo es posible.

Ahora la reumatóloga, luego de escuchar la poca disposición de Sonia a funcionar como cobayo farmacológico, ¡le dice que no está tan segura de que lo de ella sea Lupus! No importa si en la semana que transcurrió entre una y otra consulta Sonia necesitó una bolsa de tranquilizantes y cuatro sesiones de apoyo con su psicóloga.

Vení tranquilo, que te espera el peor de los diagnósticos

La medicina moderna cuenta con poderosos métodos de exploración, que hasta hace un tiempo entraban en la categoría de “Métodos auxiliares de diagnóstico”, por ejemplo: sofisticado instrumental para obtener imágenes, refinadas técnicas de laboratorio y estudios funcionales. La referencia a “Métodos auxiliares” tenía un significado preciso: el diagnóstico lo hacía el médico sirviéndose de sus conocimientos y experiencia, los estudios “complementarios” eran utilizados como apoyatura de la hipótesis principal del médico.

Pero todo eso ha cambiado demasiado, al extremo de invertir los papeles: ahora el diagnóstico lo hacen los aparatos, mientras que el médico se ha transformado en “Agente auxiliar de los aparatos de diagnóstico”. Este cambio, brutal para nuestra profesión, se nota claramente en el transcurso de la visita, cuyo desarrollo ha mutado de manera decisiva.

Además de la medicina de urgencia, que es un capítulo aparte, las divisiones o especializaciones clásicas de la medicina son cuatro: medicina interna (“clínica médica”), cirugía, pediatría y ginecología-obstetricia. Esta era una manera eficiente y racional de primera consulta, estableciendo un criterio de base sumamente eficiente. Por ejemplo: si un chico enferma, los padres suelen llevarlo a un pediatra sin consultar con el “clínico”. Si una mujer tiene algún problema ligado a los órganos genitales, a las características de su ciclo menstrual o sospecha que está embarazada, no consulta a un cirujano: va directamente  a ver a un ginecólogo u obstetra.

En este esquema clásico existen especialidades “intermedias” o de alcance más reducido, como traumatología, psiquiatría y otras. Y también especialidades ligadas a los órganos de los sentidos, como oftalmología u otorrinolaringología, por ejemplo. De partida existe algo de confusión en la terminología, incluso en las cuatro especialidades básicas: un “clínico”, por ejemplo, no tiene porqué saber cirugía, pero un buen cirujano sí. Lo mismo ocurre con pediatría y ginecología-obstetricia, que requieren tanto de clínicos como de cirujanos.

Sin embargo, más allá de las especialidades y su necesaria existencia, a cualquiera le gusta que lo consideren una persona y no ésa colección de órganos de la cual se encargan los especialistas. Entonces crece la nostalgia por el “médico de familia”, que ya no existe, encarnada en la aspiración de tener un “clínico”. Se supone que ésta es la persona idónea para hacer un diagnóstico y prescribir un tratamiento en la mayoría de los problemas de salud o, en su defecto y cuando lo considere conveniente, indicar una derivación o interconsulta.

Para entender la profundidad de la cuestión, es necesario despejar la bruma de la ambigüedad que contiene. La actitud de quien desea “tener a un clínico” es la más clara de todas: busca a alguien que lo entienda y lo capte globalmente. Podría confiarle no solo el cuerpo sino también el alma, si encontrara terreno propicio y confiara en el médico. Y es deseable, en esta aspiración, que se trate de alguien que conoce desde hace mucho a su paciente. O sea: alguien que funcione como testigo de la enfermedad y de la salud a lo largo del tiempo. Alguien que se interese de verdad por la vida de su paciente, y no solo por el estómago, los bronquios o el corazón.

Lo más cercano a esta aspiración se encontraba en el territorio de la especialidad básica conocida con el nombre de “medicina interna”, que era pura clínica y de la mejor. Pero eso ya pasó hace tiempo, cada “subdivisión” de la medicina interna devino en franca especialización por órganos o aparatos: cardiología, gastroenterología, neumonología, neurología, endocrinología y así sucesivamente. Dentro de la estructura organizativa de los servicios de medicina interna se creó la función o figura del “coordinador”, que debía funcionar como síntesis o aglutinador de opiniones de las distintas subespecialidades. Pero la idea fracasó, no funcionó, tal vez porque se basa en una crucial contradicción que deviene de la fisiología humana de nuestra cultura: no hay una fisiología unitaria del sistema conocido como “ser humano”, sino la suma o yuxtaposición de la fisiología de los distintos aparatos. O sea: existe una fisiología cardiovascular, otra respiratoria, otra digestiva y así para cada uno de los aparatos o sistemas.

¿De dónde proviene semejante y crucial error que implica graves limitaciones a la hora de intentar entender qué ocurre en la profundidad de cada paciente? Proviene de la mirada “disectora” de la ciencia mecanicista, una mirada que no se ocupa de los sistemas ni de lo que las cosas tienen en común (analogía), sino que se emperra en investigar lo que tienen de diferente (análisis). Esto explica la increíble multiplicación de las especialidades, a extremos que parecen claramente absurdos: ya hay especialistas de hombro o mano, y pronto los habrá de pulgar derecho. En fin, es absurdo y para desempeñar tamaña función no es necesario hacer la larga y extenuante carrera de medicina: bastaría con terciarios y tecnicaturas, nada más.

Ahora volvemos a la legítima demanda de “tener un clínico”, ese intento de tener algún sucedáneo del “médico de familia”. Cuando existían tales personajes, ellos sabían bien que debían crear una atmósfera protectora, un ambiente de seguridad que lograra tranquilizar al enfermo. Su sola presencia bastaba para hacer sentir mejor al yacente en cama (los médicos de familia hacían visitas domiciliarias) y lograba abreviar el curso de casi cualquier enfermedad. Incluso podían no ser “clínicos” en el sentido usual del término y tal cual se desarrolla en este texto. Por ejemplo: el único médico de verdad que tuve en mi vida se llamaba Di Tomasi, vivía y atendía a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Era, en realidad, cirujano general, un término también equívoco porque los “cirujanos generales” eran, en la práctica, cirujanos de aparato digestivo. Pero era al que llamaban mis viejos cuando yo tenía fiebre, dolor de garganta,  tos, diarrea o alguna erupción en la piel. O sea: cualquiera de las enfermedades comunes de la infancia que en ese tiempo se salvaban de diagnósticos ominosos como los actuales.

Era una espera ansiosa la mía: deseaba que Di Tomasi viniera lo antes posible, mientras disfrutaba leyendo novelas de piratas y gambeteando algunos días de colegio. Y bueno: llegaba, se sentaba a los pies de la cama y me examinaba atentamente mientras hacía las preguntas de rigor acerca de los síntomas. Luego me hacía un examen físico (antes los médicos hacían esas cosas) y finalmente hablaba: “Es un problema sin importancia y te vás a recuperar rápido, ahora le voy a dar las indicaciones a tus padres para que vayan a la farmacia y mañana vuelvo a verte”. Listo, santo remedio, empezaba a sentirme mucho mejor antes de comenzar a tomar los medicamentos. No les decía a mis padres, evitando que yo escuchara: “Vamos a hacerle una tomografía para descartar problemas serios y ya mismo mando alguien que le saque sangre para hacer análisis y estar seguros que la cosa es de poca importancia. Y por las dudas voy a recetarle algo muy potente y sumamente eficaz, aunque exista la pequeña posibilidad de afectar al hígado y a los riñones. Pero no podemos correr riesgos”.

Nada de eso, al día siguiente volvía para verificar mi mejoría y listo, a seguir con la vida (y terminar la novela). Está claro que uno desarrolla un vínculo importante cuando la relación médico-paciente tiene estas características. Tanto que, años más tarde y cuando ingresé en medicina fui a visitarlo para contárselo. El me recibió, me escuchó y sonrió cuando se lo conté. Tal vez sintió que en parte era por él y seguro que algo de razón tenía. Me preguntó si ya me orientaba en alguna dirección y le dije que sí: que me interesaba la psiquiatría. Entonces levantó la mirada y me dijo: “Necesitás mucha base cultural para esa especialidad, pero me parece que vos la tenés”. No me dediqué a la psiquiatría pero me fui de su consultorio sintiendo su apoyo y agradeciendo la buena y sana influencia que había tenido en mi vida. En eso consiste hacer medicina de verdad.

La historia, que también es homenaje y agradecimiento, sirve para decir que la medicina de estos días es diametralmente opuesta a la que acabo de contar. De manera que es comprensible que cada vez más gente tenga miedo de consultar a los “médicos modernos”. Primero porque no siempre es el mismo, alguien que conozca la historia personal. Pero también porque apenas son escuchados, apenas revisados y porque salen del consultorio con una lista impresionante de análisis y estudios de imágenes con el consabido y repetido pretexto: “Es para descartar y quedarnos tranquilos”.

Descartar” se transforma así en una palabra ominosa, en una variedad de agresión que logra despertar las fantasías más espantosas. No hace falta ser muy perspicaz para advertir el mensaje implícito: “Tengo que estar seguro que lo tuyo no es cáncer, insuficiencia grave de algún órgano, Sida o alguna enfermedad auto-inmune de pronóstico sombrío”. Y esto hecho rápido, a las apuradas, para sacarse de encima al paciente y sumirlo en un estado de angustia que solo disipará esperar los estudios y su posible benévola información. Pero hasta ése momento todo es zozobra, y esto es imperdonable en un verdadero médico. Es su propio temor lo que está en juego, su incertidumbre acerca de lo que realmente sucede porque ya ha sido formado en la “Escuela Catastrófica” y todo puede, potencialmente, transformarse en alguna enfermedad mortal. Entonces alivia su angustia trasladándola a su paciente y cubriéndose las espaldas ante un posible juicio por mala praxis.

Creo que está claro que esa actitud está en las antípodas de la buena medicina y de la “humana predisposición” que puede exigirse a cualquier médico. No es un detalle ni un adorno simpático: un médico está obligado a tranquilizar a su paciente hasta que no tenga evidencias de que se encuentra ante una situación preocupante. Y cuando la confirme, si es que eso ocurre, sigue obligado a contener y tranquilizar. Está, incluso, obligado a favorecer el llanto o aliviar los posibles sufrimientos de su paciente cuando se trata de la peor de las opciones. Y debe además, estar disponible para acompañar de la mejor manera posible la ida de quienes estén muriéndose.

Es también una reacción desesperada de camadas y camadas de médicos con pobrísima formación clínica y nula experiencia en los asuntos humanos. Está claro que de formular diagnósticos por propia evaluación (equivocada o no) a transformarse en un apéndice de los aparatos y en seguidor a rajatabla de los protocolos que otros diseñan, hay un mundo de distancia. Los médicos han perdido la capacidad de tener el control de una situación y de hacerse cargo de la responsabilidad que ello implica. Se han transformado en burócratas de la salud y no solo son un apéndice de los aparatos, sino también de las empresas que los fabrican, de los laboratorios de medicamentos y de las academias o corporaciones médicas que ejercen una influencia y un poder despóticos sobre ellos. En estas condiciones, ¿cómo podrían tranquilizar a sus pacientes y lograr contener las angustias y los temores inevitables que se ponen en juego?

 De miedo, terrores y ejercicio del poder

Es una patraña eso de que los médicos somos algo así como “dueños y señores de la vida y de la muerte” de los pacientes que atendemos, salvo que se cometan errores demasiado groseros, casi criminales. Pero este no suele ser el caso predominante. Lo importante es advertir y reconocer que cualquier situación en la que una persona percibe que existe algún problema en su organismo produce miedo, por insignificante que aparente ser el problema. Y que consultar a un médico implica otorgarle un poder decisivo, un poder desmesurado sobre su salud y su vida, pero también abre el camino de la esperanza y la posibilidad de resolver el conflicto creado por el malestar y sus verdaderas causas.

De manera que suele acudirse a un médico con dos exigencias, casi siempre implícitas: ¿Qué tengo?  ¿Cómo me puedo curar? Es muy simple, no tiene vueltas. Es función primordial e indiscutible del médico lograr que disminuyan los niveles de temor con sus palabras, sus gestos y sus acciones. Pero suele pasar exactamente lo contrario: no solo su habitual comportamiento logra que el Miedo persista sino que también suelen transformarlo en Terror.

Respecto de esto existen dos actitudes básicas.  Dicen con absoluta seriedad y convicción que temen un problema importante por lo cual indican determinados estudios, o se dedican a practicar un doble mensaje francamente aterrador: intentan tranquilizar con palabras emitidas sin convicción al tiempo que indican una cantidad y variedad de estudios que hacen sentir al paciente de que en realidad el médico sospecha algo terrible pero no lo dice.

Esto último es,  claramente, una despiadada manipulación casi sin disimulo. Una actitud que la mayoría de los médicos se permite amparados por el poder que detentan. Aunque este es un tema por sí mismo, algo que necesita su propio desarrollo, es imposible soslayarlo: los médicos disponen de un notable Poder que la sociedad y sus instituciones les han conferido para emitir diagnósticos y prescribir tratamientos. Es un poder bastante aterrador, algo de lo cual es muy difícil hacerse cargo, pero que suele ejercerse en un estilo francamente autoritario.

Pero claro, los médicos no somos los únicos culpables: contamos con la complicidad de la sociedad en su conjunto, que nos pone en la lista de “Las Autoridades Imprescindibles”. Es un tema tan profundo que sus raíces se hunden en la necesidad de tener padres y madres eternos e infinitos que la civilización patriarcal ha modelado en la conciencia de cada uno de sus integrantes. Y no estoy hablando de lacras del pasado afortunadamente superadas: me refiero a la situación actual, en la que el patriarcado sigue siendo hegemónico, a pesar de variados disfraces y cambios aparentes.

Y bien: el poder patriarcal se mete en los consultorios médicos y sigue vigente, ahora corporizado en la figura del médico. Que no es la única figura por el estilo, obviamente, pero sí la que ahora nos ocupa. Está claro que se debe al sensible papel que han desarrollado los médicos a lo largo de la historia humana, cualquiera sea el nombre que se utilice para denominarlos: chamanes o curanderos, por ejemplo.  Es que el grado de vulnerabilidad y temor ponen a cualquier enfermo de cualquier cultura a expensas de quien lo atiende: es una relación claramente desigual atravesada por la dependencia y hasta la sumisión.

El dolor es una fábrica de Poder. Y la medicina, como institución, usa y abusa sin límites de tamaña posibilidad ofrecida con tanta facilidad por la crucial situación de estar o sentirse enfermo.  Es por todo esto que las palabras, gestos y actitudes de un médico durante la consulta adquieren un papel relevante en la conciencia de quien consulta. No se trata de decir que todo está bien cuando todo está mal, sino de no asustar, de no preocupar y angustiar inútilmente  cuando todavía no hay elementos reales que lo justifiquen. Es necesario saber que un error tan grosero en la relación médico-paciente puede producir efectos terribles en personas con rasgos depresivos, pasivos,  dependientes y acostumbrados a la auto-desvalorización.

Pequeña catástrofe abreviada

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Ahora tal vez esté más claro el significado de la palabreja en cuestión aplicada a las formas actuales y reales de la actividad médica.

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)

CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

Los médicos se han transformado en anunciadores del desastre, en profetas de la calamidad con su obsesiva y desdichada búsqueda del peor mal posible en cualquier situación. Y en muchos hasta se les nota cierto sadismo: parecen deleitarse al anunciar la “posible ruina o trastorno”, el “desenlace dramático” siempre posible. Pero para esto incurren en una atroz desviación de la actitud médica tradicional respecto del dolor y el sufrimiento: “dan vuelta las cosas”, “subvierten y destruyen”. Aunque para lograrlo deban “revolver y trastornar”. Y en todos los casos “dan una vuelta entera” con orientación “hacia abajo”, hacia lo más terrible y doloroso.

Y a veces lo hacen con la curiosa excusa de la “prevención”, otra desdichada mentira que trataremos en la continuación de este artículo.

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Carlos Inza