Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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¿Quién soy cuando nace mi bebé?

¿Quién es esa mujer que nace con el nacimiento de su hijo?

Cuantas veces he escuchado en el proceso de acompañamiento a madres en período de puerperio: “no sé dónde estoy ni quién soy”; “quiero volver a ser quien yo era antes de tener mi bebé”; “no quiero ser así para siempre”; “¿cuando volveré a la normalidad”?…

 Además de poder cuestionar siempre si volveremos a ser lo que fuimos ayer, y cuestionar qué es la normalidad? Podemos preguntarnos: ¿Qué es pues lo que surge en esa circunstancia? ¿Porqué tanta sensibilidad e intensidad?

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Lo que surge, aquello que se abre paso, son los movimientos en la fisiología y en la vida psíquica y mental de la madre para favorecer el maternaje. Asegurando y garantizando así la continuidad de la especie. Ese período se llama puerperio y puede durar hasta 2 años.

Ahora bien,  muchas veces lo que también se abre es nuestra propia historia de dolor y miedo, que ha estado guardada durante años, o apenas saliendo en pequeñas dosis a través de algunos síntomas.  Esa apertura puede ser la fuente de miedos y sensaciones de angustia, de despersonalización, de hipersensibilidad, de depresión, pánico. etc.

Lo que aparece después del parto nos puede acercar más al bebé para así poder maternarlo (y esa es la idea de la biología). O al contrario nos puede alejar del bebé, ya que puede ser tan dolorosa la emoción en ese momento que la madre necesitará de cierta distancia para sobrellevarla. O no sentirla tan intensamente.

Esa mujer que nace es más sensible: huele, escucha más, ve y siente más. Y todo eso para cuidar a su bebé. Pero ocurre que no solamente siente al bebé, también se siente a sí misma con una mayor intensidad.

En ese período de puerperio -Laura Gutman lo menciona- ocurre un encuentro con la propia sombra; aquella parte poco iluminada que no reconocemos en general porque tenemos un sistema de defensas que mantiene la sombra invisible.

No todos los embarazos tienen la fuerza de traer a la superficie nuestra sombra más guardada, pero todos dan la posibilidad de dejarnos más sensibles para desempeñar el nuevo rol que llega a nuestras vidas.

La sombra de cada mujer tiene relación con lo difícil de su historia. Guarda relación con sus propias frustraciones libidinales, de cuando no pudo satisfacer sus necesidades de amor. Y tuvo que aprender a adaptarse para no entrar en contacto con lo que provocaba dolor en su propia historia.

Muchas mujeres al sentir la fuerza de su sombra “prefieren” no entrar en contacto con ella y salir prontamente del período del puerperio. Pero hay otras que aunque quisieran no tener ese encuentro, no pueden evitarlo. Otras tienen sombras más o menos conocidas, que cuando aparecen las observan, las cuidan y esperan que se vayan.

Cada vez encuentro más madres dispuestas a sanar algo suyo que se abre con el nacimiento de su hijo o hija. Acostumbro decir que estas son mujeres valientes, que deciden bancarse y rever su propia historia para criar a su hijo con más conexión, mas posibilidades de contacto. Y esto sucede aunque muchas veces se pierda a sí misma durante un tiempo, pierda a la mujer que era antes de parir. Para ir al encuentro de una nueva mujer que todavía no sabe cómo será. Está en el camino, en el puerperio.

Estas mamás de hoy son hijas de mujeres que tuvieron que salir a trabajar, que medicalizaron sus partos, que dieron el biberón, cortando la lactancia muy tempranamente, llevando a sus niños a guarderías a veces con muy pocos días de nacidos. Son hijas de una generación poco maternada.

Actualmente muchas de esas mujeres van despertando para poder maternar, y al hacerlo se conectan con su propia historia de desamparo. Y eso duele mucho.

Por eso considero importante una preparación previa. Conocer y liberar la respuesta crónica de nuestro organismo, reconocer nuestras capacidades y dificultades. Pero la mayor parte de las veces no es posible hacer un trabajo de prevención y preparación que pueda dar más herramientas de autoconocimiento para atravesar el parto y puerperio. Y en otras situaciones aun con preparación, terapia previa, lo que se abre es fuerte y tiene la potencia de lo desconocido.

Entonces no queda otra que ir resolviendo, cuidando de lo que se abre en ella, mientras tiene a su bebé en brazos. Y por eso lo mejor es tener a alguien (pareja, familia, red social) que pueda amparar y ayudar a sostener la situación hasta que esa mujer vuelva a salir de las aguas profundas del puerperio. También es de mucha ayuda encontrar otras mujeres, crear redes de apoyo, escuchar otras historias y no sentirse como alguien raro, defectuoso o insano.

No siempre las parejas, los amigos, el trabajo entienden la situación y quieren sostener ese tiempo de puerperio que permite sanar a la madre, y que ella pueda sostener y satisfacer a su bebé. Y a veces lo que se abre en ese período necesita de mucho tiempo para volver a encontrar un lugar tranquilo.

En una sociedad profundamente herida, con muchas generaciones de bebés poco maternados, ya no se reconoce la importancia de ese momento. El deseo materno de cuidar a su bebé es algo que incomoda. Pero cada madre que pasa por un parto, que desarrolla la capacidad de maternar es la potencia viva de una nueva humanidad; más cuidada, más satisfecha. Por eso todos tendríamos que proteger y esperar a una mujer en su puerperio. Es una tarea social.

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No hay nada raro. Lo que pasa es coherente con la historia que ha tenido cada mujer. Aquellas que aparecen después del nacimiento de su bebé son ellas mismas, pero “en otro momento”. Y las mujeres que van a surgir después del puerperio también son ellas mismas. Varias versiones de la misma mujer, varias formas de resolver cómo vivir el puerperio y la maternidad.

No hay respuesta correcta e infalible para ser y estar como madre. Lo que hay es la posibilidad de volver a conectarse con uno mismo para así conectar con su bebé, y con la posibilidad de  crecer con sus hijos, sintiendo, abriendo, sanando, maternando.

 Munich Santana

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