Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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UNAS REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS SOMÁTICAS

MEDICINA ENERGÉTICA

Por Manuel Redón Blanch

Voy a circunscribirme en este momento al valor de las crisis somáticas. Con mucha frecuencia el paciente con patologías somáticas, consulta en momentos de crisis, de descompensación. Es por ello que quiero dedicar unas palabras al sentido de las crisis somáticas desde el funcionalismo orgonómico.  Comprender a fondo el sentido de las crisis y de los síntomas que se les asocian, es imprescindible para poder profundizar en los elementos psicológicos particulares de cada caso.

Entiendo por crisis (en sentido general) un momento temporal en el que los mecanismos de equilibrio dinámico de un organismo vivo se ven zarandeados por circunstancias internas o externas, que lo hacen poco funcional para seguir manteniendo el mismo registro que hasta ese instante era adecuado. Pero esta es una aproximación desde lo que fracasa, desde el pasado que ya no sirve, y también desde la vivencia de lo desagradable que comporta la pérdida. Pero también es cierto que podemos ver la crisis desde otro ángulo de visión más orientado hacia el futuro, desde la evidencia de ser un momento en que las potentes fuerzas adaptativas de la vida, tienen que emplearse a fondo e intentar construir un nuevo equilibrio que sea más funcional para encarar la nueva realidad. Es pues también, un momento de esperanza.

Ya hemos visto como la coraza se estructura a partir de la necesidad de la persona de defenderse de las agresiones  y frustraciones que recibe del medio que le rodea. Pero cuando la función defensiva (homeostática) de la coraza se agota (por lo que de impedimento a la libre circulación energética supone) o se desborda (por la confluencia de circunstancias estresantes externas y/o internas), aparece la patología representada por las configuraciones sintomáticas, las crisis. En este sentido y realizando una lectura bajo las claves del funcionalismo orgonómico resulta muy interesante retomar el valor de “señal” que tiene el síntoma. Señal de que algo ha sucedido en el organismo, que hace ineficaz el anterior equilibrio y que se convierte en un intento por encontrar una nueva base de funcionamiento. Así mismo, en cuanto que el síntoma se convierte en una forma de expresión de este fracaso, esta “hablando” y supone una vía para la toma de conciencia de su significado. Estamos hablando de los síntomas, de las crisis como momentos en los que la dinámica defensiva de la coraza caracteromuscular se ve sobrepasada, y es cierto, los “demonios” del estrato secundario descrito por Reich, están más a flor de piel. Las inseguridades, los anclajes infantiles, las emociones más perturbadoras, las fuerzas destructivas, las descompensaciones somáticas, etc., emergen, se hacen visibles, y nos incomodan. El carácter, tan egosintónico él, por una parte, y los bloqueos somáticos, tan automáticos y sibilinos ellos, se transforman en vivencias de las que no se puede escapar. Se han convertido en síntomas que dificultan, y a veces impiden completamente, el desarrollo “normal” de la vida acorazada. Pero al mismo tiempo, estamos más cerca del núcleo vital, del yo, y desde ahí, si somos capaces, solos o con ayuda, de reflotar la nave desde el contacto con lo auténtico, habrá servido para algo el sufrimiento. Podemos decir que la crisis es un intento de “hacer limpio”, pero para ello también tenemos que manejarnos con la basura.

La crisis supone una brecha en la coraza, en el fondo: un intento por superarla, y por último: una forma de evolucionar. ¿Cómo acontecerían en el caso de no existir una coraza rígida? No lo sabemos, aunque podemos intuir, a través del seguimiento de niñas y niños que han tenido un desarrollo madurativo respetuoso con los principios de la autorregulación infantil, que estas crisis son poco peligrosas, menos dañinas, agudas en sus manifestaciones, con recuperaciones rápidas y sin secuelas. Centrándonos en lo somático vemos como el largo proceso de maduración infantil está plagado de crisis, que podemos denominar “evolutivas”: diarreas adaptativas ante la incorporación de nuevos alimentos, amigdalitis explosivas que se siguen de un aumento de talla, infecciones virales que cursan con rapidez y nos sorprenden con un claro salto madurativo posterior,  alergias pasajeras en momentos de maduración del sistema inmunológico, etc. En otro orden de cosas, también observamos crisis somáticas, que podemos considerar “resolutivas”, en el curso de procesos terapéuticos profundos, cuando se acerca la disolución de un bloqueo. Veamos algunos ejemplos:

  • Un paciente fue refiriendo las siguientes somatizaciones a lo largo de su

proceso terapéutico y en función de los segmentos que se iban desbloqueando: Aparece insomnio con despertar temprano, asociado a sensaciones corporales de espasmo muscular y desasosiego que le obligan a levantarse y hacer flexiones para poder volver a dormirse, durante gran parte del tiempo en que estuvo trabajando los ojos. Crisis de amigdalitis agudas con el trabajo del segmento oral y en un momento en el que se le estaban cuestionando sus resistencias a conectar con la emoción haciendo un uso excesivo de la palabra. Posteriormente se desencadeno un herpes zoster cervical con el trabajo del segmento cervical coincidiendo con sus dificultades para el abandono a sentir y no racionalizar. Por último tuvo fuertes sensaciones perceptivas abdominales y pélvicas a partir de una gripe intestinal que aconteció con el abordaje de la pelvis y que condujo a una mayor vivencia placentera de la genitalidad con su pareja y a la disolución de gran parte de sus dudas sobre la relación.

  • Otro paciente, muy autosuficiente pero con un fuerte componente de

dependencia, “resolvió” su necesidad de vinculación, durante el desbloqueo de los segmentos cervical y torácico, al desarrollar un aparatoso herpes zoster torácico que lo “animó” a reconocer su necesidad de ayuda más allá de la rigidez de las sesiones establecidas, llamando fuera de las horas de sesión para tranquilizarse. Algo parecido le ocurrió en el momento diafragmático y pélvico, al desarrollar una fístula anal.

Evidentemente en estos dos ejemplos el componente caracterial histérico era bien importante, y de ahí la propensión a la expresión somática. En otros tipos de carácter esta tendencia está más limitada. Vemos pues como en el curso de los procesos terapéuticos, son frecuentes los momentos en los que la aparición de somatizaciones está señalando la resolución en el nivel de bloqueo de algún segmento, con la aparición de nuevas dinámicas energéticas, disolución y excreción del Dor acumulado y quiebra de defensas caracteriales.

Por otra parte hay crisis somáticas que son profundamente “regresivas”. Son las que responden a los presupuestos de las aportaciones de P. Marty y la Escuela Psicosomática de París:

Las afecciones que provienen de fijaciones somáticas se hallan regidas por cuatro reglas:

-Son desencadenadas por traumatismos afectivos que desorganizan transitoriamente el aparato mental dando lugar a una regresión psíquica, que precede o acompaña a la regresión somática.

-No son desorganizaciones evolutivas. Son reversibles y cursan con crisis

periódicas. Estas patologías aspiran a poner fin a procesos desorganizativos y pueden resolverse sin apoyo exterior.

-Suelen aparecer con regularidad, es decir suelen ser habituales en los

sujetos y su comienzo puede ubicarse en distintas edades: Durante la temprana infancia como asma y eczemas, durante la niñez como ciertas manifestaciones digestivas y durante la adolescencia y edad adulta ciertas cefaleas y migrañas.

-Su sintomatología es generalmente limitada y se expresa en forma de hipo

o hiperfuncionamientos de sistemas funcionales aislados. Sin embargo, los síntomas patológicos a los que dan lugar afectan a la economía general de estos individuos.

Señalan como ejemplo de regresiones mentales, las neurosis mentales constituidas y estables – demasiado estables, añaden -, como las neurosis de angustia, fóbica, obsesiva, etc., y las psicosis organizadas. En el nivel somático citan: las raquialgias, colopatías, manifestaciones alérgicas como el asma y los eczemas, la hipertensión arterial esencial, úlcera gastroduodenal, cefaleas y jaquecas

Por el contrario también puede darse una situación diferente cuando la crisis ocurre sin suficientes anclajes que soporten la expansión nuclear. Estamos entonces frente a crisis “involutivas”, a veces iatrogénicas, fruto de desestabilizaciones precoces o demasiado intensas de biosistemas con pocas defensas, con escasa contención. Es lo que la psicosomatología francesa denomina desorganizaciones progresivas en donde al no existir elementos psíquicos y/o somáticos que fijen y contengan la crisis, esta se instala en un movimiento contraevolutivo permanente que puede llevar a la desaparición del sistema como unidad compleja y jerarquizada. Estos mismos autores también advierten que “cualquiera de las afecciones regresivas, y por lo tanto resistentes a priori, un día pueden ceder en su resistencia. En ese momento corren el riesgo de transformarse en el punto de partida de una desorganización progresiva o de presentarse como un episodio de esta”.  Es decir, el peso, la duración, o la repetición de traumatismos pueden llegar a impedir la superación de estas regresiones y favorecer, por tanto, la prosecución de la desorganización a la que, durante un tiempo, habían puesto fin. No olvidemos el poder desorganizador que a menudo tienen las intervenciones médicas que se limitan a la mera supresión de los síntomas, sin tener en cuenta el terreno global de la persona. Con demasiada frecuencia vemos como los tratamientos convencionales ocasionan la aparición de nuevos desequilibrios, que con el tiempo, terminan por desencadenar trastornos más profundos.

Una aproximación bioenergética: En terminología de la física cuántica podemos considerar estos procesos de crisis como intentos de supresión de la antigua información, a través de los fenómenos energéticos que suceden en estas explosiones del núcleo. Momentos en los que la hiperactivación casi generalizada de todos los sistemas se impone a la información anterior, abriendo vías de eliminación y permitiendo una especie de “punto de inflexión”, para después volver a un funcionamiento basal  más integrado y coordinado. El símil podría ser el de una fuerte elevación vibracional que pondría a todos los subsistemas bajo el mando de la hiperactivación, borraría elementos disonantes sometiendo los funcionamientos individuales a la jerarquía de la expansión nuclear, para después ir retomando los parámetros vibracionales propios de cada subsistema. El núcleo, en su emergencia, realiza un barrido de la información y de los mecanismos automáticos asentados en la coraza, se libera de ellos y permite, bien una “reconstrucción” si la estructura bioenergética lo permite, o por lo contrario la herida permanece abierta y la sangría energética pone en riesgo la vida.

Según estos presupuestos la forma de nuestra intervención estará primeramente orientada por el respeto. Respeto funcional según el tipo de crisis frente al que nos encontremos:

-Crisis evolutivas y resolutivas: mantener una posición de contención y ayuda para que no se desborde la reacción. Es decir limitarse a conducir los esfuerzos adaptativos para que no sean excesivos en sus manifestaciones agudas y puedan agotar las fuerzas del biosistema.

-Crisis regresivas: fortalecer el biosistema, favorecer la “desomatización” y el paso del conflicto a la esfera mental, para evitar la progresión a la desorganización progresiva.

-Crisis involutivas: Hacer regresar, enlentecer o detener el avance desorganizador descontrolado. Según cada proceso y el momento en que intervengamos, dependerá el pronóstico.

 

Manuel Redón

 Médico. Psicoterapeuta especializado en Psicosomática

Medicina Biorreguladora

Orgonterapeuta

 

 

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Medicina Energética Infantil

MEDICINA ENERGÉTICA

Por Carlos Inza

No me creo eso de la buena salud de los niños de hoy.

Más bien siento inquietud y preocupación cuando pienso en ellos, porque les tocó nacer en una sociedad tan o más enferma que la de hace treinta o cuarenta años. No es necesario abundar en detalles, pero sí recordar que muchos millones de niños del mundo están condenados a la muerte prematura, la desnutrición o algún déficit importante de por vida. Muchos otros trabajarán desde pequeños o no tendrán acceso a ningún tipo de educación o futuro digno. Simplemente serán mano de obra barata y, a veces, correrán el riesgo de ser vendidos a familias más acomodadas que las de origen, utilizados como dadores de órganos para ricos o traficados como mercadería sexual para degenerados.

¿Y qué pasa con el resto, que no será la mayoría pero hace ruido como si lo fuera?

Están muy lejos del ideal de autorregulación humana. Al primer tonto resfrío probablemente reciban antibióticos porque “tienen placas en la garganta”, o un antiespasmódico porque sufren un dolor abdominal que las señoras del campo saben diagnosticar como empacho y curar sin ninguna medicación. Y seguramente, se perderán desde muy pequeños las ventajas defensivas de la fiebre gracias a la aspirina o similar para que madres y padres se tranquilicen y duerman sin culpa. Más adelante tendrán alergias, predominantemente respiratorias. O enuresis, o colitis o un pobre desarrollo físico, emocional o intelectual. O profundizarán la estupidez con videojuegos y nunca más serán auténticamente curiosos, comprometidos y valientes. ¡Y lo asombroso es que a nadie le parecerá asombroso!

Esta terrible epidemia se llama  peste emocional, y produce al típico ciudadano medio: superficial, sometido, egoísta, gris, frío, tonto y mediocre.

¿Cómo y cuándo aparece la peste emocional?

La orgonomía considera que la etapa de desarrollo personal en la cual el humano es afectado por el estrés y la agresión de cualquier tipo (física, química, biológica, emocional, social, económica) es relevante para entender la salud o la enfermedad de cada sujeto en particular. Cuanto antes se produce el daño, más importantes y temibles serán las consecuencias. Por ejemplo: las condiciones de la vida intrauterina son decisivas: si resultan adecuadas en cuanto a la nutrición (amor + alimento) el feto podrá nacer sin las lacras de la peor posibilidad: el autismo, la psicosis, el cáncer o las enfermedades degenerativas invalidantes. ¿Esto significa que inmediatamente aparecen los trastornos mencionados? No, esto depende de lo que acontece luego, de manera que esa posibilidad puede desarrollarse o no.

Y también postula que cuando la agresión es brutal y aparece durante la gestación, el resultado será una persona psicótica (no en el sentido psiquiátrico habitualmente utilizado), alguien cuya energía es mínima y mal distribuida ya que se encuentra totalmente bloqueada en los segmentos superiores: una persona que ha sido quebrada de raíz. Sobre esta característica se desarrollan, no sólo la psicosis, sino el cáncer (es una psicosis celular), el sida y otras graves enfermedades, como las degenerativas. Son hipo-orgonóticos (baja energía) y dis-orgonóticos (desequilibrada distribución). Reich y sus continuadores las denominaron biopatías primarias.

Si el momento de la crisis aparece durante el primer año de vida (amamantamiento), entonces asistiremos a la formación de una estructura borderline, que esconde un núcleo depresivo encubierto instalado por el estrés del miedo durante el período neonatal, desde el décimo día de vida hasta los 10 meses de edad. Son sujetos con su carga energética mal distribuida: disorgonóticos. Esto ocurre en neoplasias tratables, HIV positivo, diabetes, obesidad, alergia, una variedad de hipertensión, asma y artritis reumatoidea, entre otras. Constituyen las enfermedades somatopsicosomáticas o biopatías secundarias.

Luego tenemos las psiconeurosis como la gastritis, la úlcera, la angina de pecho, el infarto de miocardio, la colitis, la cistitis, la hipertrofia prostática o el mioma uterino. Son las enfermedades somato-psicológicas y corresponden a sujetos sin núcleo psicótico en los cuales el estrés del miedo aconteció durante la vida post-natal, desde la adquisición de la muscularidad intencional -en el noveno o décimo mes- hasta la pubertad. Suelen presentar una carga energética excesiva aunque mal distribuida: hiperorgonóticos disorgonóticos.

Luego, y en orden decreciente de gravedad, encontraremos a los neuróticos. Son personas sin núcleo psicótico, con miedo vivenciado desde la pubertad en adelante, con una carga energética adecuadamente distribuida, pero en exceso: son los hiperorgonóticos. Esta estructura caracterial es típica de las somatizaciones neuróticas.

Y por último los sujetos realmente sanos: maduros, con carga, distribución y circulación energética fisiológica. Son normo-orgonóticos y responden a lo que la orgonomía denomina carácter genital, pero como van las cosas en el mundo no hay que hacerse muchas ilusiones de pertenecer a esta soñada categoría. (¡Aunque sí pelearla para llegar lo más cerca posible!)

Si es que se acepta ésta dramática descripción del ser humano actual, es posible que estemos de acuerdo en que es necesario hacer algo importante por los chicos antes de que nazcan. Por ejemplo: limpiar el basurero físico y emocional en que se ha convertido el planeta y ayudar a las parejas para que puedan parir dignamente a sus hijos. ¿Pero qué hacemos con los que siguen naciendo o, simplemente, ya están instalados en el mundo desde hace un tiempo?

Posibilidades terapéuticas

La medicina energética no es magia, pero puede ayudar en una variedad de afecciones infantiles para las cuales la medicina oficial carece de respuesta adecuada o eficiente.

Lamentablemente son pocas, todavía, las personas que tienen buena información sobre estas posibilidades que ofrece la medicina energética en sus diferentes desarrollos como la acupuntura, la orgonomía, la oligoterapia y la homeopatía. Y, en general, tampoco es conocido el hecho de que los pequeños responden mejor y más rápido que los adultos a cualquiera de los tratamientos mencionados.

Existen dos ventajas importantes en los tratamientos realizados con medicina energética: una es que suelen producir una respuesta más eficiente y estable debido a su facilidad para llegar más profundo al origen del problema, donde no falla la coexistencia emocional y biológica (¡la energía es la fuente de los dos lados del ser!). La otra ventaja es que no son agresivos, ya que carecen de efectos secundarios, lo cual no es poca ventaja cuando se repara en la toxicidad cada día más alarmante de los medicamentos alopáticos, cuya costumbre es actuar en estilo rápido, superficial, incompleto y peligroso.

Tiene que quedar claro el objetivo de las terapias energéticas en el campo de la pediatría: no se trata sólo de evitar los síntomas, sino de ayudar a crecer alejando la posibilidad de instalarse en alguna de las opciones más peligrosas que describe la orgonomía, especialmente el terreno psicótico y el borderline. Tal vez así se despeje el camino y mejore el horizonte de posibilidades  para cada niño enfermo o supuestamente sano (los que no “presentan” síntomas). Parecerá raro que exista relación entre cualquiera de las afecciones infantiles tratables con medicina energética y las distintas estructuras caracteriales, pero es lo que sucede en la realidad. La posible curación de cualquiera de las “afecciones de la infancia” conlleva un mejoramiento de la estructura caracterial que las soporta, ya que entre psique y soma las relaciones son íntimas, complementarias, simultáneas e interdependientes. Y cuando aquí se habla de carácter se lo entiende en sentido psicofísico.

Es cosa de todos los días, especialmente en los niños, presenciar cambios emocionales al tiempo que se producen mejorías biológicas. Es que no hay dos personas, una “física” y otra “psíquica”: sólo existe una y la tendencia a la escisión entre ambas es lo que consolida y profundiza la enfermedad. En algún momento es necesario pensar acerca del futuro de nuestros hijos con más profundidad que la urgencia del momento, y plantearse que la persistencia de algún problema durante la infancia necesariamente ocasionará limitaciones o impedimentos en la adultez. Justamente, la tarea de prevenir y anticiparse es propia de adultos, porque a los chicos les toca vivir sólo el presente y a nosotros actuar con la inteligencia necesaria como para que su futuro implique un presente que honre a la vida.

Indicaciones de la medicina energética

Su utilización es factible desde edades muy tempranas, si bien lo deseable es comenzar en los estadios embrionario y fetal (durante el embarazo), cuestión que merece otro artículo. Pero por ahora veamos qué puede hacerse a partir del nacimiento, aunque antes de ello la medicina energética regala una sorpresa inesperada: ¡con ella pueden corregirse las posiciones fetales inadecuadas durante el tramo final del embarazo!

Es bueno saber que el tratamiento de acupuntura en los niños no requiere agujas, ya que para estimular los puntos puede utilizarse ultrasonido, láser o infrarrojo. Y también pueden dejarse durante varios días pequeñas semillas recubiertas con adhesivo. Estos dos procedimientos son de gran eficacia y permiten reemplazar a las agujas, un viejo cuco de la acupuntura que ahuyenta precozmente a muchas personas y personitas.

Durante los primeros meses y años de la vida es frecuente la aparición de trastornos linfáticos (amígdalas, adenoides, oído medio, etc.), respiratorios (rinitis, sinusitis, faringitis, traqueítis, bronquitis) y digestivos (básicamente diarrea y estreñimiento). Cualquiera de estas afecciones puede cursar junto con fiebre, y allí aparece el primer problema: inmediatamente los padres entran en pánico y “cortan la fiebre”, habitualmente con la complicidad del pediatra, el farmacéutico o el kiosquero (el que llegue primero para opinar). Así privan al niño o lactante de un fantástico ejercicio defensivo, privación que habitualmente se complementa con antibióticos, casi siempre mal indicados. Es importante entender que, en la gran mayoría de los casos, estos medicamentos no son útiles para el niño y sólo cumplen la función de aliviar la angustia de los padres, felices cuando ven que ya no se queja de dolor y la fiebre ha desaparecido. Sería justo, entonces, que sean los padres quienes consuman dicha medicación o alguna otra, posiblemente algún psicofármaco. Casi nadie suele pensar que ejercitar el sistema defensivo (inmunológico), es lo mismo que practicar para seguir vivo y que negar ese derecho compromete seriamente el futuro de un ser humano. En un artículo casi mínimo es difícil profundizar acerca del “sentido” biológico y emocional de las enfermedades habituales en la infancia, de manera que seguimos adelante, aunque adeudando esa explicación. (Y también puede consultarse ¿Antibióticos + Aspirina = Sida?, un artículo de la web: http://www.acupuntura-orgon.com.ar/articulos1.htm#%C2%BFAspirina%20+%20Antibi%C3%B3tico%20=%20SIDA?)

Pues bien, los problemas linfáticos, respiratorios y digestivos son muy tratables con medicina energética, utilizando una combinación de acupuntura y homeopatía. Y lo son tanto en su fase aguda como en la crónica, cuando los otros tratamientos han fracasado y sólo queda la consabida administración quincenal o mensual de antibióticos. Pero hay cosas peores, por ejemplo el tratamiento del asma bronquial con corticoides y broncodilatadores. Más allá de la ignorancia que implica tratar con estas medicaciones la expresión funcional (alergia respiratoria) de un problema en los vínculos primarios, están las consecuencias de semejante agresión farmacológica a veces “complementada” con antibióticos cuando la dificultad respiratoria comienza con una bronquitis. En este caso, la medicina energética dispone de un buen arsenal compuesto por acupuntura, homeopatía, oligoelementos y gimnasia respiratoria.

¿Y qué decir de las urticarias y los eczemas que, como otros problemas de piel, los dermatólogos se obstinan en tapar para que nadie los vea si es que los anti-histamínicos no tienen éxito?

Otras áreas de acción poco conocidas están expresadas por la alta eficacia que alcanza esta medicina en variedad de enfermedades infecciosas para las cuales no existe una buena cura “en el mercado”. Por ejemplo la hepatitis, la gripe, la parotiditis (paperas), la meningitis, la disentería y otros cuadros diarreicos, la tos ferina (tos convulsa) y la erisipela.

¿Sabían ustedes que la acupuntura trabajada con calor en algunos pocos puntos (moxibustión) se basta para curar casi todos los casos de enuresis diurna o nocturna?

¿Y que es sumamente eficaz en epilepsia, otros cuadros convulsivos y esa vaguedad neurológica llamada disritmia?

Tampoco es conocida la eficacia de la acupuntura y la homeopatía (combinadas o no con la administración de oligoelementos) para tratar problemas de conducta y de aprendizaje.  Será curioso pero no inútil saber que la acupuntura ¡dispone de puntos específicos para mejorar el rendimiento en matemáticas! O sea: para cualquier disciplina que implique buena musculatura mental en lógica formal. Y en general, para trastornos del desarrollo normal de origen funcional.

Hablando de funcional, los espasmos de esófago, cardias, estómago e intestino suelen ceder, ya sea con acupuntura sola o combinándola con homeopatía.

Y, aunque siempre hay más para contar, no quiero olvidarme de una serie más bien surtida: la miopía infantil, los esguinces, la apendicitis (sí, apendicitis y en marco hospitalario, lo cual permite la opción de operar rápido si falla la terapia energética), los forúnculos, las epistaxis o hemorragias nasales, la anorexia y las secuelas de la poliomielitis, especialmente tratadas con craneopuntura.

En cuanto al aprendizaje: no es posible pedir puntos para geografía, biología o ciencias sociales porque no creo que existan. Y también porque el esfuerzo que termina en conocimiento produce salud, que de eso se trata.

 

 


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Medicina energética en árboles y plantas

Medicina Energética

Me apresuro a pedir disculpas a los botánicos y biólogos, que pueden haber entrado en pánico al leer las palabras “árboles” y “plantas”. Pero soy apenas un médico, y mi rudimentaria taxonomía agrupa a todos los seres vivientes del reino vegetal en sólo dos opciones: árboles y plantas. Éstas son más pequeñas que aquellos, por lo general voluminosos y muy altos. Y, entre otras características, las plantas pueden vivir en una maceta pero es casi imposible que esa modesta habitación pueda albergar a un árbol hecho y derecho. También hay un indiscutible hecho cronológico consistente en que los árboles suelen ser más viejos que las plantas. Así de simple y elemental es mi sistema clasificatorio para entenderme con lo que hago o quiero decir en éste tema.

Otra aclaración indispensable se refiere a la rigurosidad del trabajo, que dista mucho de exhibir la implacable solidez de un artículo científico con su pertinente metodología y terminología. Es, más bien, un artículo impertinente y escrito sobre la base de recuerdos y observaciones, la manera más divertida de escribir. Pero si bien carece de cifras, por motivos que se tornarán comprensibles a medida que se vaya desarrollando, es absolutamente riguroso en el sentido de que no contiene mentiras y sí una serie de observaciones junto a una metodología de trabajo. Así que se trata de un trabajo científico o como quieran llamarlo, más allá de sus apariencias formales.

Un poco de historia

Cierta vez, como por los años ochenta, estaba en el living de una de las casas que habité en México mirando una planta. O sea: un vegetal pequeño que moraba en una maceta. No se la veía muy bien, estaba algo “triste” y exhibía un aire como marchito o distante con sus hojas en bancarrota apuntando al suelo en ese inconfundible estilo de las despedidas… Estábamos los dos solos y silenciosos, cavilando sobre el destino de los seres y su efímero paso por la vida luego de mostrar alguna que otra flor. Bueno, ya lo sé, era una escena filosófica  un poco rara para los hábitos y costumbres.

Entonces recordé dos cosas: una se vinculaba con el comentario que me había hecho un paciente acerca de un libro donde se cuenta cómo la músicay sus variedades tienen mucha influencia sobre el crecimiento de las plantas. Por ejemplo: que Mozart es como una inyección de vida para ellas, mientras que el rock pesado les produce el efecto de un artefacto nuclear de varios megatones. Y la otra cosa que apareció fue recordar que, siendo mi trabajo la acupuntura, tal vez era posible ayudarla con las agujas. Tampoco era un pensamiento tan extraño, porque la acupuntura se aplica con éxito en los animales desde hace siglos.

Pero uno tarda en reconocer la identidad esencial de todos los vivientes. O mejor: la esencial igualdad de todos los que vivimos. Por eso tardé en darme cuenta que la acupuntura podría ayudarla, por esa insensata manía narcisista que pretende hacer del hombre un ser tan especial, tan superior y diferente (sin justificación).

Ahora volvamos a la maceta y a nuestra triste y desahuciada protagonista, aclarando que en éste y en todos los casos que traté, las condiciones de nutrientes y riego eran las mismas que en el caso de plantas y árboles sanos.

Primero intenté una equivalencia mental entre los meridianos de acupuntura en los humanos y los posiblemente existentes en una planta. Recordé las líneas de fuerza en los cristales y también la mejor manera de visualizar los meridianos principales en un ser humano: con los brazos hacia arriba uno puede ver mejor su trayecto. En esta posición es imposible no advertir la analogía entre las raíces y las piernas, entre ambos troncos (¡se denominan igual!) y entre las ramas y los brazos.

La analogía tenía fuerza y producía esa alegría de las cosas ciertas, de manera que seguí avanzando con la idea y me pregunté si los aparatos que utilizaba para detectar los puntos de acupuntura en mis pacientes humanos no podrían, también, encontrarlos en mi primera paciente-planta. Sin dudarlo fui hasta el consultorio y me traje un detector de puntos y las agujas, decidido a investigar el asunto y absolutamente comprometido con la planta luego del silencioso diálogo filosófico.

En ese tiempo había conseguido en México un detector cualitativo de puntos, el primero que utilicé en mi trabajo. Con él podía saber si estaba en presencia de un punto de acupuntura activo, pero no expresaba en números la cantidad de energía. Simplemente aprovechaba ésa característica bio-eléctrica de los puntos, consistente en que tienen una resistencia mucho menor(ohms) que el resto de la piel, de manera que cuando el detector se apoya en una zona donde se cumple tal requisito el aparato reacciona emitiendo una señal acústica. Pero este sistema necesita que el paciente sostenga otro electrodo con una de sus manos, para cerrar el circuito. El problema se resolvió fácil, porque puse ése electrodo a presión, en el ángulo formado entre el tallo y alguna rama consistente.

Y entonces me puse a investigar, con expectativa y curiosidad. Con esta metodología, apoyar el electrodo explorador es como hacerle una pregunta al punto: ¿existís?Y especialmente: ¿cómo estás?, ¿activo, indiferente, pasivo?

La maniobra es fácil cuando se conoce la ubicación de un punto, pero en el caso de mi amiga la planta todo era desconocido,  y aun hoy no conozco mapas de meridianos y puntos en los vegetales. También pensé que, como suele ocurrir en las enfermedades humanas, era factible que aparecieran puntos espontáneos adonde habitualmente no los hay, como pedidos de socorro del organismo que necesita desesperadamente ayuda para salir de la emergencia.

Otro asunto problemático era adónde investigar, porque haciendo acupuntura uno aprende rápido que dos o tres milímetros de distancia pueden constituir un mundo de diferencia. Pensando, imaginando y tal vez recibiendo instrucciones o sugerencias subliminales de la planta, resolví explorar su tronco, desde las raíces hasta el lugar donde salen las ramas. Y hacerlo en un trayecto longitudinal, siguiendo el recorrido de los hipotéticos meridianos.

Después de pasar el explorador tres veces sin éxito, en el cuarto intento ¡el aparato emitió el mágico zumbido, allí había un punto de acupuntura! ¡La planta me avisaba que podía utilizar ese punto con probabilidad de éxito!

Marqué el punto y seguí investigando, ya más confiado, para encontrar que eran varios los puntos activos y que estaban en línea como corresponde a verdaderos meridianos. Entonces, con todos los puntos marcados, elegí tres de ellos tratando que fueran equidistantes pero ya con criterio transversal, con idea de diámetro, y les puse agujas intentando que quedaran firmes pero no demasiado profundas. Fue una decisión intuitiva y acertada, pero recién hace pocos días me enteré del porqué: mi primo Sergio (cuya profesión es la de ingeniero forestal) me explicó que las líneas de crecimiento en las plantas son longitudinales (¡los meridianos!) y están ubicadas en la periferia pasando la corteza (donde puse las agujas).

El asunto es que a la semana la planta comenzó a revivir, y a los quince días se encontraba fuera de peligro. Hubo una sonrisa cómplice entre ambos y luego repetí varias veces el experimento en otros ejemplares enfermos o tristes, casi siempre con éxito. Después me olvidé del tema durante varios años debido a que tuve que ocuparme demasiado de los humanos, lo cual fue una decisión inteligente pero incompleta.

Y entonces, aparece el parque

Ahora la escena se traslada a comienzos de 1998, cuando nos instalamos en Tortuguitas. Acababa de comprar una casa en el barrio de Yei-Porá, que en guaraní significa Lugar Hermoso sin inútiles comentarios. En realidad se trata de un bellísimo parque que contiene una mediocre casa en su interior y enseña que podrá adquirirse una porción de tierra y algunos ladrillos, pero nunca un parque. En el mejor de los casos uno es admitido o adoptado por el parque, pero nada de hacerse el dueño. Ésta es una idea absurda cuando se convive con una buena cantidad de árboles durante cinco años a lo largo de las cuatro estaciones. Allí se aprende que los verdaderos propietarios de la tierra son ellos y nosotros los inquilinos, junto con una cantidad de pájaros y variedad de pequeños animalitos que gozan de la misma hospitalidad.

En ese lugar fantástico imaginado y diseñado por un amante de la botánica, conviven sin lastimarse tres variedades de roble, araucaria, alcanforero, pino llovido, abeto, eucalipto, tilos, olmo, magnolia, catalpa, acer, moreras, árbol de navidad, un flamante palo borracho y otros más que espero no se sientan ofendidos si omito su nombre. Pero cuando llegamos había varios de ellos en mal estado y faltaba mucho en los bordes contra los alambrados, que tampoco estaban completos. Llamamos a dos jardineros expertos que dieron su veredicto: “hay varios árboles que necesitan tratamiento urgente, y en algunos casos hasta es necesario llegar a las raíces y curarlas, porque de otra manera los van a perder”. Se ve que la idea no nos convenció o nos pareció cara, porque recién ahora vuelvo a recordar a esos dos jardineros.

Como en todo hospital que se precie, siempre hay candidatos para terapia intensiva, y aquí había algunos que no ocultaban sus males: eran los tres olmos, que realmente daban pena. Tenían las hojas llenas de agujeros, como picadas por viruela y mostraban un verde desteñido tipo anemia sin remedio. El jardinero de planta, Oscar, decía que en todos lados era igual con los olmos, que había una famosa “plaga del olmo” que no perdonaba en ningún lugar (después nos enteramos que el asunto era planetario, en todo el mundo ocurre lo mismo). Visto el tema desde la orgonomía reichiana, es dudoso que se trate de “una plaga”. Si el problema es mundial, más bien indica un proceso degenerativo de la especie: es probable que al olmo se le haya acabado su tiempo, simplemente.

No había dudas que el asunto era serio y había que hacer algo, de manera que para empezar con la terapia de parque elegí uno de los olmos, el que está enfrente de la casa. Y también agregué uno de los dos tilos (con algunas ramas que producían hojas en mal estado), la magnolia (aprisionada por una gran encina) y el eucalipto que tenía dos buenas ramas pero su tronco en pésimo estado.

Entonces repetí la metodología utilizada con la planta mexicana: busqué puntos activos con el mismo aparato…¡y también los encontré! La única diferencia es que tuve que buscar entre las grietas de la gruesa corteza de los árboles, elegir los puntos y luego usar gruesos clavos en lugar de las delgadas agujas de acupuntura. Era el 13 de febrero del 98.

De manera arbitraria, aunque intuitiva con ganas, elegí explorar en la zona del tronco del olmo correspondiente a su tercio superior. O sea: a un tercio del nacimiento de sus ramas, lo cual equivalía a una distancia de metro y medio desde el nacimiento del tronco. Entonces aparecieron cinco puntos muy activos en los siguientes lugares:

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En cambio en el tronco del tilo elegido, aparecieron siete puntos con la siguiente disposición:

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En total utilicé siete puntos en el tilo, cinco en el olmo, cuatro en el eucalipto y tres en la magnolia. Para estas épocas, hacía años que estaba trabajando con acumuladores de energía orgón adaptados a los puntos de acupuntura, de manera que para reforzar el efecto los agregué al extremo de algunos clavos de todos los árboles tratados.

A los cuatro meses, en el invierno, pusimos mucha planta en los límites del terreno: hiedras disciplinadas y no, jazmines amarillos y jazmines chinos. Y alrededor del incipiente tallo de cada planta, un acumulador de orgón fabricado con envases tetrabrik y cubierto con una capa de cinta aisladora, ya que cada envase implica una capa completa del acumulador: metal (aluminio) y no-metal (cartón y cinta aisladora).

Después nos dedicamos a vivir , y al tiempo, también a observar qué pasaba con el tratamiento. Habíamos empezado a aprender que los tiempos de crecimiento y respuesta terapéutica en árboles y plantas no se llevan bien con el vértigo de la existencia humana. En las plantas pequeñas, por ejemplo, puede notarse algún cambio en los primeros quince a treinta días, pero en los árboles hay que munirse de paciencia y esperar con calma (la misma que tienen ellos) uno o dos años para advertir diferencias significativas.

Recién al año de comenzado el experimento pudimos enterarnos que las hiedras y jazmines estaban creciendo muy bien, con excelente salud para las condiciones de luz, que en los confines del terreno no es mucha. Pero lo que impresionó mucho al jardinero fue la evolución del olmo, que había mejorado mucho respecto de otros olmos de distintos parques. Reproduzco lo que escribí a los quince meses de colocar clavos y pequeños acumuladores en los árboles:

 Evaluación de mayo del 99

  1. Olmo.Mejoría espectacular. La copa ha aumentado mucho su follaje, las hojas están menos picadas y el otoño todavía no empezó para este olmo. También mejoró un olmo no tratado, detrás de la casa. Uno o dos clavos se aflojaron solos.
  2. Tilo 1.  Tal vez haya aumentado levemente el tamaño del follaje y de las hojas, pero no estoy seguro.
  3. Magnolia.No se registran cambios.
  4. Eucalipto.No se notan diferencias en el ramaje, que estaba bien. Pero el tronco parece menos podrido (motivo del tratamiento) y ha sido muy fácil limpiarlo sacándole la corteza residual.

Acerca de la mejoría del olmo no tratadodirectamente, es bueno aclarar que tales cosas ocurren cuando se trabaja con energía y hasta con el comportamiento animal, como demuestran los trabajos sobre causación formativa de Rupert Sheldrake (pueden consultarse en “Una nueva ciencia de la vida”, editorial Kairós), donde un lote de ratas en Tokio aprende algo nuevo que inmediatamente es incorporado como conocimiento (sin aprendizaje) por otro lote de ratas similar…¡ubicado en Londres!

La magnolia no podía mejorar porque se encuentra asfixiada por la gran encina, aunque en los últimos años comenzó a crecer con más vigor hacia el área libre del parque. El eucalipto mantuvo su mejoría hasta la actualidad. Pero hubo cambios importantes con el olmo y el tilo, tanto en su evolución como en el tratamiento.

Cambios importantes en el olmo y el tilo

No todo siguió tan maravilloso: un año y medio después de la esplendorosa evaluación, a fines del 99, elolmose pegó un retroceso angustiante: las hojas comenzaron a picarse aceleradamente y también a caerse…¡al comienzo del verano!, al tiempo que el follaje empequeñecía a tamaños de comienzo. ¿Qué hacer? ¿Volver a buscar puntos y clavar agujas a diferentes alturas?  ¿Usar más acumuladores pequeños adosados a los clavos y reforzarlos? ¿Resignarse y usar una sierra para ignorar visualmente el fracaso?

Fue necesario replantear el problema en términos similares a lo que ocurre en los tratamientos de seres humanos: si no hay posibilidad cierta de equilibrar la energía para que ésta aumente “espontáneamente” una vez equilibrada, entonces es necesario aumentar la carga directamente utilizando acumuladores de energía orgón.

Me incliné por seguir este camino y comencé a diseñar un acumulador de mayor potencia que los tetrabrik, con una lámina de acero inoxidable recubierta por cartón (autoadhesivo para mesadas de cocina) y vuelta a cubrir con cinta plástica gruesa. La plancha era de unos treinta centímetros de ancho y rodeaba enteramente el tronco (que había descortezado para que el efecto fuera más notorio), inmediatamente por debajo del lugar donde estaban ubicados los clavos, que volví a ubicar en los mismos lugares.

La primavera siguiente (la del dos mil) volvió a mostrar una gran recuperación del olmo, que fue mejorando año a año tanto en la calidad de las hojas como en lo denso del follaje: ahora se pican pocas hojas y en menor medida, además de comenzar a caerse en una especie de otoño tardío. Tres años después (noviembre del dos mil tres) el árbol está muy sano y exuberante, tanto ¡que le han salido una cantidad de pequeñas ramas con hojas de gran calidad pigmentaria por debajo del acumulador!

Con el tilo la historia fue algo parecida aunque con retardo de dos años. Al principio mejoró con los clavos, pero luego tuvo un retroceso expresado en la calidad de las hojas y en la escasa floración de los últimos años. Y esto sí que es grave para todos: perderse la fantástica floración del tilo es como resignarse a una alegría menos. De manera que, desde hace algo más de un año, tiene ubicado un acumulador de acero inoxidable igual que el del olmo. Y a esta altura de la primavera, cuando las hojas han brotado, puede decirse que han mejorado respecto de hace uno o dos años. Pero aquí estoy, esperando el inconfundible aroma de sus flores…

El tilo, el olmo, la magnolia y el eucalipto no fueron los únicos árboles que fueron tratados con clavos luego de ser investigados con el buscador de puntos. El 2 de mayo del 99 hubo una ofensiva con varios ejemplares, entre ellos una morera y la bignonia oro, que anda colgada del roble de los pantanos y produce unas hermosas flores anaranjadas. Ambos mejoraron, al igual que otro que engendraba hojas de apariencia “oxidada” y cuyo nombre ignoro.

Experimentos con semillas y distintos tratamientos

Una línea de investigación en orgonomía ha consistido en trabajar con semillas “cargadas”. O sea: semillas sembradas dentro de un acumulador de orgón, y cuyo desarrollo es comparado con el de semillas testigo. Como la orgonomía es una ciencia en crecimiento (igual que las semillas del experimento) y poco conocida, no son muchos los que intentaron este tipo de experiencia, pero siempre funcionó. Ustedes mismos pueden verificarlo, fabricando un acumulador de orgón con las especificaciones que figuran en el primer artículo de la sección Investigaciones de la página web (http://www.acupuntura-orgon.com.ar/investigaciones).

Como información de apoyo para realizar esta observación, reproduzco textualmente el resumen de un experimento llevado a cabo por el Dr. Manuel Redón Blanch, médico orgonomista, durante algunos días de junio del 92 en Valencia, España. (En caso de intentar la experiencia que sigue, es necesario construir un acumulador con las dimensiones adecuadas)

Resumen de la primera experiencia con semillas de soja en acumulador de orgón

1. Tratamiento  

  • Diez días de duración. Del 26/6/92 al 6/7/92
  • Colocar dos semilleros, con unas 200 semillas en cada uno, dentro del acumulador y dentro de una caja de cartón, respectivamente. Ambos grupos de semillas tienen el mismo peso en seco.
  • Mantener cerrados ambos, caja y acumulador, durante 8 días. Abrir solamente durante los minutos del riego. Desde el octavo hasta el décimo día, la caja y el acumulador permanecen abiertos.
  • Los tres primeros días permanecen las semillas encharcadas. A partir del cuarto día, reciben un riego diario.
  • La experiencia se realiza en una terraza al aire libre.

2. Observaciones realizadas

  • Semillas: después del riego, las semillas del acumulador aparecen más secas que las de la caja de cartón, antes de germinar.
  • Raíz: mayor desarrollo en las semillas germinadas en el acumulador que en las de la caja de cartón, en cuanto a número y en cuanto a longitud.
  • Tallo: los tallos de soja del acumulador aparecen notablemente más tiesos y esbeltos que los de la caja de cartón.
  • Longitud en la caja de cartón, día 10:  a) sin germinar, o con apenas un cm: 71 semillas; b) entre 4 y 7 cms: 103 semillas; c) entre 7 y 10.5 cms: 26 semillas.
  • Longitud en el acumulador, día 10:  a) sin germinar, o con apenas un cm: 17 semillas; b) entre 4 y 7 cms: 100 semillas; c) entre 7 y 10.5 cms: 71 semillas; d) entre 10.5 y 12.5 cms: 12 semillas,
  • Agua: en los depósitos de ambos semilleros el agua está coloreada ligeramente, pero la del acumulador aparece más clara y transparente y la de la caja de cartón más turbia.

Valencia, 19 de julio de 1992

Tratamientos

Respecto de las plantas que se ponen “tristes”, es posible tratarlas aún sin disponer de un aparato para medirlas. Y hay dos posibilidades inmediatas, entre otras:

  • Envolver el comienzo del tallo en un simple acumulador de orgón fabricado con un envase tetrabrik de los que se usan para conservar leche o jugos. En este caso la técnica consiste en abrir el envase (queda un rectángulo) y dejarlo secar. Luego se rodea el tallo con el envase dando varias vueltas, aunque cuidando que la capa en contacto con el tallo sea la de aluminio. Y después hay que envolverlo todo con cinta aisladora como la que se utiliza en electricidad. En “contacto” no significa que debe estar a presión sobre el tallo, hay que dejar un espacio para que circule el aire. Según sea la dimensión de la planta a tratar puede utilizarse todo el ancho del rectángulo (16 cms.) o una parte. Es suficiente con cubrir el 20 o 30% de la longitud del tronco y regar normalmente a la planta.

La segunda opción es usar agujas de coser, alfileres o pequeños clavos. Y clavarlos en tres lugares equidistantes entre sí, entre la raíz y el comienzo de las ramas. Si éstas comienzan muy altas, es mejor clavar cerca de la raíz. No hay una profundidad igual para todas las plantas, ya que todas tienen tallos de distinto diámetro. Pero es necesario recordar que no hay que llegar hasta el centro del tallo, sino a menos de la mitad del camino. En el corte transversal, quedarían ubicados así:

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La doble flecha señala la altura a la cual pueden ir las agujas o alfileres, y también hasta dónde puede llegar el acumulador hecho con tetrabrik o similar.

En cualquiera de los dos casos (acumulador o agujas/alfileres/clavos), hay que dejarlos de manera permanente. Según la dimensión y estado de la planta comienzan a notarse cambios a los quince o treinta días. No me parece importante la estación del año en la que comienza el tratamiento, pero sí saber que la velocidad de respuesta tendrá que ver con el ciclo estacional de cada planta en particular.

Si la idea es tratar árboles, entonces la metodología cambia un poco.

Como en el caso de las plantas, aparecen dos opciones, y puede intentárselas sin usar aparatos de medición.

Ubicar tres clavos con el mismo criterio que en las plantas, de manera que sean equidistantes, a unos 120 grados uno del otro y en los dos tercios superiores entre el comienzo del tronco y el nacimiento de las ramas.

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La línea con doble flecha está ubicada a la altura del árbol adonde conviene ubicar los clavos, con la misma salvedad que en el caso de las plantas. O sea: bien clavados, pero no demasiado profundos. Es bueno dejarlos un año, y si no hay signos de reactivación, pasar a la segunda opción. Aunque si el árbol está muy deteriorado, conviene utilizar los dos métodos simultáneamente.

Conseguir una plancha de acero inoxidable de largo suficiente para rodear el tronco con un poco de exceso y de unos treinta centímetros de ancho. Si ya tiene cartón adosado para despegar y adherir, entonces dejar el cartón y clavar la lámina de acero en el árbol con clavos pequeños, con la capa de acero en contacto con el árbol. Si no tiene cartón hay que agregárselo, o bien poner una capa de polietileno del mismo o parecido grosor que la lámina de acero. Pero antes hay que raspar la capa superficial de la corteza, para que la energía orgón tenga menos resistencia en su camino. A continuación es necesario envolver la estructura ya clavada con una gruesa capa de cinta plástica que venga con buen pegamento. De manera que las tres capas deberían quedar así: el acero en contacto con el árbol, luego el cartón o polietileno y por último la capa de plástico. Los clavos quedan como estaban o se cambian, si es necesario.

Y munirse de la paciencia necesaria para dejar que el tiempo haga lo suyo, ya que recién a los dos años puede evaluarse el resultado del tratamiento.

Proporción áurea y alguna que otra plantita

Estaba buscando materiales para este artículo cuando resolvió aparecer una nota que tenía guardada acerca de la posible relación entre la ubicación de los puntos de acupuntura y la proporción áurea.

Según el Dr. Manneti, colega que practica acupuntura: “La ubicación de los puntos chinos de acción energética específica responde a la ley geométrica y aritmética conocida desde la antigüedad clásica como sección áurea, según Leonardo Da Vinci,  y cuyo valor numérico es 1,618… Conforme a Malba Tahan, existe una forma matemática de la belleza: dado un segmento AB, podremos dividirlo en dos partes iguales o en dos partes desiguales. Entre las diferentes maneras de ésta última existe una, y sola una estéticamente satisfactoria, denominada división áurea. Dicha fórmula está regida por el Número de Oro (1,618)…La partición asimétrica armónica de un cuerpo reconoce solo un valor tal que permite relacionar entre sí los valores de los segmentos obtenidos, de modo que sin importar el valor particular de cada uno de ellos, el resultado final será siempre 1,618...”

Pues bien, sin conocer este interesante aporte de Manneti (que ilustra su hipótesis con mapas de puntos y sus armónicas relaciones entre sí), es evidente que la elección del tercio superior del tallo o tronco para ubicar agujas o clavos responde intuitivamente a este principio de armonía, tal vez porque lo que es cierto también es bello y resulta bueno.

Una posibilidad a investigar es la utilización de “agua orgónica” para el riego. Si se dispone del acumulador de orgón, basta con poner un vaso o un frasco con agua en su interior y dejarlo en carga durante una o dos horas. Después podrá utilizarse el agua en una maceta. Este procedimiento es muy reciente y requiere ser investigado para demostrar su posible eficacia, pero también sus riesgos, ya que un exceso de carga puede “quemar” la planta y hasta la tierra donde mora.

Podrá verse que hay un fantástico campo de acción para trabajar sobre las plantas desde la medicina energética. Así me lo dice y recuerda mi paciente Fabián, que es jardinero y utiliza con éxito los acumuladores hechos con tetrabrik para mejorar la salud de alguna planta o incrementar su desarrollo.

Pero también mi padre, que miraba con tristeza el deterioro de una de las plantas que lo acompañan a mirar televisión o recordar las cosas de su vida, que ha sido hermosa y fructífera. Un día que estábamos hablando en su casa, me mostró la planta y me contó con tanta congoja lo que estaba ocurriéndole que decidí pasar la acción y utilizar la técnica de poner tres agujas.
A las dos semanas me contó con alegría no disimulada, que la planta estaba reviviendo y mostraba brotes nuevos. Ahora han pasado dos o tres meses y la planta sigue creciendo como si recién empezara y él se lo cuenta y la muestra a todo el mundo. Y me lo agradece y yo a él, que siempre ha sido generoso con mis posibilidades y me ha apoyado en todos mis proyectos. De manera que me hace doblemente feliz el éxito de la acupuntura y la orgonomía en esa plantita, tan chiquita y tan importante.

Buenos Aires, noviembre del dos mil tres

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Brotes nuevos y sanos en el olmo, que crecieron así:

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Febrero del 2005, todavía estaba el acumulador: la banda que puede notarse en el tronco del olmo

Carlos Inza


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La medicina catastrófica II

Medicina Energética

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

(Continuación del número anterior)

Para ir a la 1ª parte

 

 

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

 

 El lenguaje es Poder

Javier estaba un poco alterado, digamos que bastante nervioso y preocupado por variedad de razones. A sus casi 30 años debía enfrentar una situación difícil en distintos frentes: laboral, de pareja, familiar y universitario. Pero no entró en pánico hasta que un psiquiatra que consultó le dijo que lo de él era muy simple: ¡tenía un Ataque de Pánico! Y le recetó un tranquilizante que produjo un efecto paradojal: Javier se alteró más todavía, especialmente cuando escuchó la palabra “pánico”, un término especialmente diseñado para producir terror. El tranquilizante solo tranquilizó…al psiquiatra (y mejoró las ventas del laboratorio que lo produce).

Rodolfo, que tiene 45 años, vivió un episodio de mucha presión emocional que, obviamente, le produjo una franca elevación de la presión arterial (la presión produce presión). Entonces el médico que lo atendió le recetó hipotensores y tranquilizantes, pero especialmente arriesgó que: “Usted es hipertenso aunque hasta ahora no se lo hayan dicho, y tendrá que cuidarse toda la vida”  (Tendrá que tomar hipotensores durante lo que le quede de existencia). También le habló de la sal y de ver a un cardiólogo, dos asuntos que parecen estar extrañamente vinculados.

Veamos el pequeño detalle de usar un verbo en lugar de otro y las consecuencias que acarrea. Por ejemplo: uno puede ser hipertenso o tener hipertensión. Ustedes dirán, están en su derecho: “La presión está alta lo mismo, cualquiera sea el verbo, es una tontería reparar en ese detalle lingüístico tan insignificante”. No es tan insignificante el detalle: uno puede tener hipertensión como puede tener insomnio, caspa o un resfrío. Estas últimas posibilidades no son rígidas, pueden variar, pueden retornar al estado de origen. Es más, casi podría asegurarse que uno no nace hipertenso, insomne, casposo o resfriado. Pero cuando se dice que uno es hipertenso ya se está incursionando en la ontología, no en la medicina. A pesar de que los médicos estamos adiestrados para ser perfectos ignorantes en cuestiones filosóficas, es fácil suponer que la cosa es constitutiva de la persona cuando se dice que uno es tal cosa, por ejemplo: hipertenso, diabético o lo que sea. En este último caso estamos hablando de cuestiones que no cambian, que no están inmersas en el dinamismo que caracteriza a los fenómenos vivos: uno es así, casi por definición. Podría decirse, por ejemplo: Rodolfo Hipertenso Rodríguez. Es más: si ése es el caso, debería constar en el documento de identidad, porque es esencial a la persona, uno no puede imaginarla sin esa condición.

El mensaje es claro: “Usted es así, y su condición es inalterable, definitiva”. De manera que tu vida está signada: tenés que tomar hipotensores, comer sin sal y ver al cardiólogo regularmente, todo el paquete de por vida.

La hipertensión es buen ejemplo porque, para cualquier persona activa en una sociedad vertiginosa y razonablemente loca, es difícil zafar de tal circunstancia y sus posibles complicaciones, que no son nada simpáticas: infartos y accidentes cardiovasculares. Debido a su difusión, es bueno profundizar un poco en el tema:

  1. Muchísimas veces el diagnóstico se hace por guardia o por visita de control médico. En el primer caso, casi siempre se debe a un estado de alteración emocional lo cual, casi siempre también, eleva la presión. Pues bien: cualquier practicante de guardia se cree facultado para hacer un diagnóstico definitivo en base a una sola toma y en las peores condiciones posible. Así las cosas receta un tranquilizante y un hipotensor, que muy probablemente haya que tomar de por vida, aunque solo una vez se haya demostrado que la presión estaba alta. En el caso de la visita a un consultorio, está demostrado que cuando la presión la toma un médico en su consultorio, aumenta enormemente la posibilidad de que se eleve.
  2. En el caso de las guardias también suele hacerse una determinación de enzimas y un electrocardiograma para investigar la posibilidad de infarto. Todo está bien y es comprensible porque la medicina de urgencia tiene reglas muy claras, no comparables con la atención en consultorio, ya sea institucional o particular. Más no se puede hacer cuando se trata de una emergencia: allí el objetivo es resolver rápido la situación y evitar males mayores. El problema es cuando, luego de este episodio, el comando pasa al médico clínico o directamente al cardiólogo.
  3. La inmensa mayoría de las hipertensiones (97%) se denomina esencial. O sea: se desconoce su origen y no puede atribuirse a una enfermedad sistémica como hipertiroidismo, un tumor en la suprarrenal, insuficiencia renal o problemas cardíacos.  Es curioso que se llame “esencial” a una causa no conocida por la medicina interna. También podría bautizarse como Hipertensión Esencialmente Ignorante, por parte de quienes hacen el diagnóstico. Pero aquí ya se cuela claramente un dato ignominioso: llamarla “esencial” no solo es una pobre excusa para disimular la ignorancia: también insinúa que se trata de un rasgo “esencial a esa persona”, de manera que atribuirle una cualidad ontológica cuadra muy bien para poder definir a  Rodolfo Hipertenso Rodríguez como a un ser esencialmente hipertenso.
  4. Es aceptado que la mayoría de las hipertensiones, al menos en sus comienzos, están estrechamente vinculadas a la emocionalidad y al estilo de vida de las personas. Basta una elemental profundización del nombre que recibe para comprender su génesis: hipertensión significa “alta tensión” y ésta no define solo a la peculiaridad biológica del estado de las arterias, sino también a su génesis: alta tensión emocional. “Tener presión” (alta), también significa estar presionado, vivir con altos niveles de presión la vida cotidiana. Y, como todos sabemos, las presiones son diversas y numerosas: en los vínculos, en las cuestiones económicas, en las responsabilidades asumidas, etc. Claro, cuando las cosas se plantean así, el médico tratante no suele disponer de formación para ayudar de verdad a sus pacientes, de manera que tiene dos opciones: o deriva al psicólogo (vieja manganeta para sacarse el problema de encima) o defrauda al paciente propinándole consejos idiotas del tipo de “Evite el estrés” (que te cuente cómo hace él con el suyo).
  5. También aparece la consabida pregunta: ¿Hay hipertensos en la familia? Ahora la genética aparece como ayuda invalorable (para el médico): como es muy probable que haya otros hipertensos en los vínculos familiares cercanos, el diagnóstico inapelable e indiscutible ya está hecho. Entonces el paciente, abrumado por las evidencias, se declara culpable de hipertensión y acepta resignadamente la pena impuesta, que casi figura en la Biblia, si uno se toma el trabajo de estudiarla a fondo: en algún lugar debe decir: “Y tomarás hipotensores por el resto de tu vida. Y consultarás a un cardiólogo cada tres meses por los siglos de los siglos”. Es bueno saber que al nacer, uno no firma un contrato para seguir al pie de la letra las patologías familiares, pero éste es otro tema para después.
  6. La hipertensión arterial es una disfunción que, como hemos visto, se origina mayoritariamente en estilos de reactividad personal ante ciertos conflictos. De manera que todo esto puede modificarse si el paciente logra hacer variados cambios en su vida. No es una condena eterna, la presión puede bajar si se crean condiciones favorables para que tal cosa ocurra. Es eso, justamente, lo que le otorga patente de “disfunción”, estrictamente hablando. Pero, sin embargo, tanto el médico como el paciente asumen que los hipotensores indicados deberán tomarse de por vida.
  7. La patente de inmutable implica imposibilidad de cambio profundo, debido a lo cual todos los intentos por lograrlo conducen al fracaso. En este lugar se pone el médico cuando receta de por vida. Solo “adorna” la cuestión con consejos inútiles y para contentar al paciente (por razones de marketing cultural), pero sin creer realmente en la posibilidad de modificaciones profundas en sus vidas. Es importante reparar en esta cualidad porque es realmente trascendente: los médicos subestiman la capacidad de sus pacientes para lograr cambiar las reglas de juego, que es lo que realmente podría lograr la solución. Es notable como la hipertensión resulta ser un admirable muestrario del combo que se arma en la vida real de millones y millones de personas en las condiciones de vida actual.
  8. Es muy fácil convencer a alguien de que tome hipotensores de por vida: basta con agitar el fantasma de las posibles complicaciones, que son realmente escalofriantes y sugerir que la única prevención posible es la que está ofreciendo. O sea: es suficiente actualizar los miedos que todos tenemos para convertirlos en terror y lograr la mansa aceptación de las indicaciones. Prescripciones que habitualmente no van solas: son parte de un combo que incluye la determinación de colesterol en sangre y la casi segura medicación para disminuirlo. Parte del problema es que estás medicaciones no son inocuas, como tampoco los hipotensores: el uso crónico de sustancias químicas tiene, inevitablemente, efectos secundarios a veces tan poco simpáticos como las complicaciones de la hipertensión.
  9. Los mismos laboratorios que fabrican esta variedad de medicamentos encargan estudios para demostrar fehacientemente que la posibilidad de efectos secundarios es mínima, casi insignificante. Es un caso más de falseamiento de la realidad disfrazado de “estudio científico serio”.
  10. Esto no invalida la administración temporaria de hipotensores, porque realmente son capaces de bajar la presión a rangos normales. Pero el problema es que no se asumen como indicación temporaria, sino definitiva. Y casi nadie sabe que existen alternativas válidas y sin sus numerosos “efectos secundarios”.
  11. Existe la interesante posibilidad de realizar estudios funcionales de la tensión arterial durante 24 horas (holter). Estos estudios funcionales son invalorables en medicina, aunque lamentablemente son escasos y mal valorados en la metodología clínica estándar. O se los ha dejado de lado como es el caso de la curva de tolerancia a la glucosa, abandonada por la determinación de hemoglobina glicosilada para investigar diabetes. Pero además, con ellos ocurre algo increíble en el tema que nos ocupa: ¡se los indica con el paciente tomando hipotensores! De manera que no se los utiliza para saber si una persona realmente tiene hipertensión, sino para valorar la eficacia y dosificación de los medicamentos…
  12. Y por último pero resulta lo más importante: los tratamientos estándar para la hipertensión impiden que las personas en tratamiento aprovechen la gran oportunidad para realizar cambios importantes en su vida, que es la sugerencia implícita en las enfermedades. Casi todas ellas entran en la definición china de Crisis: Riesgo + Oportunidad. Tachen la oportunidad y sólo quedará el riesgo, que siempre está latente y nunca se resuelve. Y esto por una sencilla pero poderosa razón: los hipotensores no curan la hipertensión, solo controlan la presión arterial.                                                    

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¿Cómo se llamaba lo que tenés?

La reumatóloga miró a Sonia y resolvió tirarle con un camión por encima. Le dijo: “Todo el cuadro clínico encaja, solo me falta un síntoma, pero ya no tengo dudas: lo tuyo debe ser un Lupus” (Debe ser, podría ser, debería ser). También yo atiendo a Sonia, que tiene cerca de 50 años, desde hace tiempo: una dura pelea contra dolores de todo tipo y una piel que se transforma en pesadilla, especialmente con el calor. La reumatóloga insiste, enarbolando una sonrisa de victoria y orgullo: “Por fin puedo entender todo lo que te pasa, ahora tus síntomas son enteramente comprensibles”.  Claro, dice Sonia, ¿pero qué hacemos?  “Está todo pensado, hay un medicamento nuevo que se está investigando para la artritis reumatoidea, pero también va para tu caso. Es difícil de conseguir pero tengo buenos contactos. Y por supuesto que necesito tu autorización, porque se trata de un diseño experimental”. ¿Probar conmigo?, dice Sonia, cada vez más alarmada porque no desconoce los efectos “secundarios” de los medicamentos químicos y adivina que seguramente se trata de una droga con la potencia necesaria para arrasar con todo, incluido ella misma. “No, se probó en animales y en voluntarios recluidos en prisiones y no es para tanto”, contesta la reumatóloga.

No le dice que muchos medicamentos nuevos no se aprueban para su uso en los países “centrales” hasta que no pasan la prueba con animales, presos y humanos de países periféricos. Si es que pasan la prueba y antes no dejan un tendal. Es más: pueden aprobar los exámenes y varios años después verificarse que ocasionaron mucho daño. Pero claro, no importa porque siempre habrá algo mejor que también puede ser peor. El asunto es que Sonia me lo consulta esperando mi desaprobación, que también es su esperanza. La logra fácil, pero también le digo que no estoy de acuerdo con inventar un nuevo diagnóstico como si fuera el camino del éxito. Especialmente porque no hace falta y solo serviría para aumentarle el temor y ese estado de zozobra continuo en el que vive. (El lupus es una enfermedad auto-inmune con variedad de peligrosas complicaciones)

Es demasiado iatrogénica esta medicina que se practica sin miramientos de ningún tipo. La obsesión compulsiva de los médicos consiste en ubicar a sus pacientes en algún archivo con nombre. O sea: etiquetar para que las cosas sean claras y, supuestamente, más fáciles de tratar. Hipertensión, Lupus, Gripe, Colon Irritable, Migraña, Cáncer o lo que sea. A partir de ahí se sigue un “Protocolo”, esa aceitada máquina de prescripciones dictaminada por Reconocidas Autoridades Médicas (RAM), ante las cuales se inclina el resto de los mortales, incluidos los médicos, que viven encerrados entre los RAM y los Laboratorios. Tanta inseguridad produce pegoteo con las fuentes de Poder, y ése es el lugar que ha elegido  la profesión médica para aquietar sus angustias y librarse de compromiso. Además: reuniones grupales (Ateneos, Congresos) para reforzar la ideología y diseñar la política.

Tal vez la reumatóloga venía de un ateneo o de un congreso con las últimas novedades acerca de cómo incluir a cualquiera en la categoría estudiada, en la etiqueta correspondiente para hacerlo merecedor del medicamento en experimentación. Tal vez el Lupus era la estrella del Congreso, simplemente. Sí, sí, solo le falta un síntoma pero es muy fácil conseguirlo y hasta más: no es imposible agregarle algún otro de cosecha personal para exhibir en el próximo Congreso y lograr un viaje gratis con estadía paga. ¿Por qué no? ¿Acaso está prohibido transformar un simple resfrío en un Lupus? A lo sumo le faltarán 28 de los 30 síntomas, pero con un poco de buena voluntad todo es posible.

Ahora la reumatóloga, luego de escuchar la poca disposición de Sonia a funcionar como cobayo farmacológico, ¡le dice que no está tan segura de que lo de ella sea Lupus! No importa si en la semana que transcurrió entre una y otra consulta Sonia necesitó una bolsa de tranquilizantes y cuatro sesiones de apoyo con su psicóloga.

Vení tranquilo, que te espera el peor de los diagnósticos

La medicina moderna cuenta con poderosos métodos de exploración, que hasta hace un tiempo entraban en la categoría de “Métodos auxiliares de diagnóstico”, por ejemplo: sofisticado instrumental para obtener imágenes, refinadas técnicas de laboratorio y estudios funcionales. La referencia a “Métodos auxiliares” tenía un significado preciso: el diagnóstico lo hacía el médico sirviéndose de sus conocimientos y experiencia, los estudios “complementarios” eran utilizados como apoyatura de la hipótesis principal del médico.

Pero todo eso ha cambiado demasiado, al extremo de invertir los papeles: ahora el diagnóstico lo hacen los aparatos, mientras que el médico se ha transformado en “Agente auxiliar de los aparatos de diagnóstico”. Este cambio, brutal para nuestra profesión, se nota claramente en el transcurso de la visita, cuyo desarrollo ha mutado de manera decisiva.

Además de la medicina de urgencia, que es un capítulo aparte, las divisiones o especializaciones clásicas de la medicina son cuatro: medicina interna (“clínica médica”), cirugía, pediatría y ginecología-obstetricia. Esta era una manera eficiente y racional de primera consulta, estableciendo un criterio de base sumamente eficiente. Por ejemplo: si un chico enferma, los padres suelen llevarlo a un pediatra sin consultar con el “clínico”. Si una mujer tiene algún problema ligado a los órganos genitales, a las características de su ciclo menstrual o sospecha que está embarazada, no consulta a un cirujano: va directamente  a ver a un ginecólogo u obstetra.

En este esquema clásico existen especialidades “intermedias” o de alcance más reducido, como traumatología, psiquiatría y otras. Y también especialidades ligadas a los órganos de los sentidos, como oftalmología u otorrinolaringología, por ejemplo. De partida existe algo de confusión en la terminología, incluso en las cuatro especialidades básicas: un “clínico”, por ejemplo, no tiene porqué saber cirugía, pero un buen cirujano sí. Lo mismo ocurre con pediatría y ginecología-obstetricia, que requieren tanto de clínicos como de cirujanos.

Sin embargo, más allá de las especialidades y su necesaria existencia, a cualquiera le gusta que lo consideren una persona y no ésa colección de órganos de la cual se encargan los especialistas. Entonces crece la nostalgia por el “médico de familia”, que ya no existe, encarnada en la aspiración de tener un “clínico”. Se supone que ésta es la persona idónea para hacer un diagnóstico y prescribir un tratamiento en la mayoría de los problemas de salud o, en su defecto y cuando lo considere conveniente, indicar una derivación o interconsulta.

Para entender la profundidad de la cuestión, es necesario despejar la bruma de la ambigüedad que contiene. La actitud de quien desea “tener a un clínico” es la más clara de todas: busca a alguien que lo entienda y lo capte globalmente. Podría confiarle no solo el cuerpo sino también el alma, si encontrara terreno propicio y confiara en el médico. Y es deseable, en esta aspiración, que se trate de alguien que conoce desde hace mucho a su paciente. O sea: alguien que funcione como testigo de la enfermedad y de la salud a lo largo del tiempo. Alguien que se interese de verdad por la vida de su paciente, y no solo por el estómago, los bronquios o el corazón.

Lo más cercano a esta aspiración se encontraba en el territorio de la especialidad básica conocida con el nombre de “medicina interna”, que era pura clínica y de la mejor. Pero eso ya pasó hace tiempo, cada “subdivisión” de la medicina interna devino en franca especialización por órganos o aparatos: cardiología, gastroenterología, neumonología, neurología, endocrinología y así sucesivamente. Dentro de la estructura organizativa de los servicios de medicina interna se creó la función o figura del “coordinador”, que debía funcionar como síntesis o aglutinador de opiniones de las distintas subespecialidades. Pero la idea fracasó, no funcionó, tal vez porque se basa en una crucial contradicción que deviene de la fisiología humana de nuestra cultura: no hay una fisiología unitaria del sistema conocido como “ser humano”, sino la suma o yuxtaposición de la fisiología de los distintos aparatos. O sea: existe una fisiología cardiovascular, otra respiratoria, otra digestiva y así para cada uno de los aparatos o sistemas.

¿De dónde proviene semejante y crucial error que implica graves limitaciones a la hora de intentar entender qué ocurre en la profundidad de cada paciente? Proviene de la mirada “disectora” de la ciencia mecanicista, una mirada que no se ocupa de los sistemas ni de lo que las cosas tienen en común (analogía), sino que se emperra en investigar lo que tienen de diferente (análisis). Esto explica la increíble multiplicación de las especialidades, a extremos que parecen claramente absurdos: ya hay especialistas de hombro o mano, y pronto los habrá de pulgar derecho. En fin, es absurdo y para desempeñar tamaña función no es necesario hacer la larga y extenuante carrera de medicina: bastaría con terciarios y tecnicaturas, nada más.

Ahora volvemos a la legítima demanda de “tener un clínico”, ese intento de tener algún sucedáneo del “médico de familia”. Cuando existían tales personajes, ellos sabían bien que debían crear una atmósfera protectora, un ambiente de seguridad que lograra tranquilizar al enfermo. Su sola presencia bastaba para hacer sentir mejor al yacente en cama (los médicos de familia hacían visitas domiciliarias) y lograba abreviar el curso de casi cualquier enfermedad. Incluso podían no ser “clínicos” en el sentido usual del término y tal cual se desarrolla en este texto. Por ejemplo: el único médico de verdad que tuve en mi vida se llamaba Di Tomasi, vivía y atendía a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Era, en realidad, cirujano general, un término también equívoco porque los “cirujanos generales” eran, en la práctica, cirujanos de aparato digestivo. Pero era al que llamaban mis viejos cuando yo tenía fiebre, dolor de garganta,  tos, diarrea o alguna erupción en la piel. O sea: cualquiera de las enfermedades comunes de la infancia que en ese tiempo se salvaban de diagnósticos ominosos como los actuales.

Era una espera ansiosa la mía: deseaba que Di Tomasi viniera lo antes posible, mientras disfrutaba leyendo novelas de piratas y gambeteando algunos días de colegio. Y bueno: llegaba, se sentaba a los pies de la cama y me examinaba atentamente mientras hacía las preguntas de rigor acerca de los síntomas. Luego me hacía un examen físico (antes los médicos hacían esas cosas) y finalmente hablaba: “Es un problema sin importancia y te vás a recuperar rápido, ahora le voy a dar las indicaciones a tus padres para que vayan a la farmacia y mañana vuelvo a verte”. Listo, santo remedio, empezaba a sentirme mucho mejor antes de comenzar a tomar los medicamentos. No les decía a mis padres, evitando que yo escuchara: “Vamos a hacerle una tomografía para descartar problemas serios y ya mismo mando alguien que le saque sangre para hacer análisis y estar seguros que la cosa es de poca importancia. Y por las dudas voy a recetarle algo muy potente y sumamente eficaz, aunque exista la pequeña posibilidad de afectar al hígado y a los riñones. Pero no podemos correr riesgos”.

Nada de eso, al día siguiente volvía para verificar mi mejoría y listo, a seguir con la vida (y terminar la novela). Está claro que uno desarrolla un vínculo importante cuando la relación médico-paciente tiene estas características. Tanto que, años más tarde y cuando ingresé en medicina fui a visitarlo para contárselo. El me recibió, me escuchó y sonrió cuando se lo conté. Tal vez sintió que en parte era por él y seguro que algo de razón tenía. Me preguntó si ya me orientaba en alguna dirección y le dije que sí: que me interesaba la psiquiatría. Entonces levantó la mirada y me dijo: “Necesitás mucha base cultural para esa especialidad, pero me parece que vos la tenés”. No me dediqué a la psiquiatría pero me fui de su consultorio sintiendo su apoyo y agradeciendo la buena y sana influencia que había tenido en mi vida. En eso consiste hacer medicina de verdad.

La historia, que también es homenaje y agradecimiento, sirve para decir que la medicina de estos días es diametralmente opuesta a la que acabo de contar. De manera que es comprensible que cada vez más gente tenga miedo de consultar a los “médicos modernos”. Primero porque no siempre es el mismo, alguien que conozca la historia personal. Pero también porque apenas son escuchados, apenas revisados y porque salen del consultorio con una lista impresionante de análisis y estudios de imágenes con el consabido y repetido pretexto: “Es para descartar y quedarnos tranquilos”.

Descartar” se transforma así en una palabra ominosa, en una variedad de agresión que logra despertar las fantasías más espantosas. No hace falta ser muy perspicaz para advertir el mensaje implícito: “Tengo que estar seguro que lo tuyo no es cáncer, insuficiencia grave de algún órgano, Sida o alguna enfermedad auto-inmune de pronóstico sombrío”. Y esto hecho rápido, a las apuradas, para sacarse de encima al paciente y sumirlo en un estado de angustia que solo disipará esperar los estudios y su posible benévola información. Pero hasta ése momento todo es zozobra, y esto es imperdonable en un verdadero médico. Es su propio temor lo que está en juego, su incertidumbre acerca de lo que realmente sucede porque ya ha sido formado en la “Escuela Catastrófica” y todo puede, potencialmente, transformarse en alguna enfermedad mortal. Entonces alivia su angustia trasladándola a su paciente y cubriéndose las espaldas ante un posible juicio por mala praxis.

Creo que está claro que esa actitud está en las antípodas de la buena medicina y de la “humana predisposición” que puede exigirse a cualquier médico. No es un detalle ni un adorno simpático: un médico está obligado a tranquilizar a su paciente hasta que no tenga evidencias de que se encuentra ante una situación preocupante. Y cuando la confirme, si es que eso ocurre, sigue obligado a contener y tranquilizar. Está, incluso, obligado a favorecer el llanto o aliviar los posibles sufrimientos de su paciente cuando se trata de la peor de las opciones. Y debe además, estar disponible para acompañar de la mejor manera posible la ida de quienes estén muriéndose.

Es también una reacción desesperada de camadas y camadas de médicos con pobrísima formación clínica y nula experiencia en los asuntos humanos. Está claro que de formular diagnósticos por propia evaluación (equivocada o no) a transformarse en un apéndice de los aparatos y en seguidor a rajatabla de los protocolos que otros diseñan, hay un mundo de distancia. Los médicos han perdido la capacidad de tener el control de una situación y de hacerse cargo de la responsabilidad que ello implica. Se han transformado en burócratas de la salud y no solo son un apéndice de los aparatos, sino también de las empresas que los fabrican, de los laboratorios de medicamentos y de las academias o corporaciones médicas que ejercen una influencia y un poder despóticos sobre ellos. En estas condiciones, ¿cómo podrían tranquilizar a sus pacientes y lograr contener las angustias y los temores inevitables que se ponen en juego?

 De miedo, terrores y ejercicio del poder

Es una patraña eso de que los médicos somos algo así como “dueños y señores de la vida y de la muerte” de los pacientes que atendemos, salvo que se cometan errores demasiado groseros, casi criminales. Pero este no suele ser el caso predominante. Lo importante es advertir y reconocer que cualquier situación en la que una persona percibe que existe algún problema en su organismo produce miedo, por insignificante que aparente ser el problema. Y que consultar a un médico implica otorgarle un poder decisivo, un poder desmesurado sobre su salud y su vida, pero también abre el camino de la esperanza y la posibilidad de resolver el conflicto creado por el malestar y sus verdaderas causas.

De manera que suele acudirse a un médico con dos exigencias, casi siempre implícitas: ¿Qué tengo?  ¿Cómo me puedo curar? Es muy simple, no tiene vueltas. Es función primordial e indiscutible del médico lograr que disminuyan los niveles de temor con sus palabras, sus gestos y sus acciones. Pero suele pasar exactamente lo contrario: no solo su habitual comportamiento logra que el Miedo persista sino que también suelen transformarlo en Terror.

Respecto de esto existen dos actitudes básicas.  Dicen con absoluta seriedad y convicción que temen un problema importante por lo cual indican determinados estudios, o se dedican a practicar un doble mensaje francamente aterrador: intentan tranquilizar con palabras emitidas sin convicción al tiempo que indican una cantidad y variedad de estudios que hacen sentir al paciente de que en realidad el médico sospecha algo terrible pero no lo dice.

Esto último es,  claramente, una despiadada manipulación casi sin disimulo. Una actitud que la mayoría de los médicos se permite amparados por el poder que detentan. Aunque este es un tema por sí mismo, algo que necesita su propio desarrollo, es imposible soslayarlo: los médicos disponen de un notable Poder que la sociedad y sus instituciones les han conferido para emitir diagnósticos y prescribir tratamientos. Es un poder bastante aterrador, algo de lo cual es muy difícil hacerse cargo, pero que suele ejercerse en un estilo francamente autoritario.

Pero claro, los médicos no somos los únicos culpables: contamos con la complicidad de la sociedad en su conjunto, que nos pone en la lista de “Las Autoridades Imprescindibles”. Es un tema tan profundo que sus raíces se hunden en la necesidad de tener padres y madres eternos e infinitos que la civilización patriarcal ha modelado en la conciencia de cada uno de sus integrantes. Y no estoy hablando de lacras del pasado afortunadamente superadas: me refiero a la situación actual, en la que el patriarcado sigue siendo hegemónico, a pesar de variados disfraces y cambios aparentes.

Y bien: el poder patriarcal se mete en los consultorios médicos y sigue vigente, ahora corporizado en la figura del médico. Que no es la única figura por el estilo, obviamente, pero sí la que ahora nos ocupa. Está claro que se debe al sensible papel que han desarrollado los médicos a lo largo de la historia humana, cualquiera sea el nombre que se utilice para denominarlos: chamanes o curanderos, por ejemplo.  Es que el grado de vulnerabilidad y temor ponen a cualquier enfermo de cualquier cultura a expensas de quien lo atiende: es una relación claramente desigual atravesada por la dependencia y hasta la sumisión.

El dolor es una fábrica de Poder. Y la medicina, como institución, usa y abusa sin límites de tamaña posibilidad ofrecida con tanta facilidad por la crucial situación de estar o sentirse enfermo.  Es por todo esto que las palabras, gestos y actitudes de un médico durante la consulta adquieren un papel relevante en la conciencia de quien consulta. No se trata de decir que todo está bien cuando todo está mal, sino de no asustar, de no preocupar y angustiar inútilmente  cuando todavía no hay elementos reales que lo justifiquen. Es necesario saber que un error tan grosero en la relación médico-paciente puede producir efectos terribles en personas con rasgos depresivos, pasivos,  dependientes y acostumbrados a la auto-desvalorización.

Pequeña catástrofe abreviada

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Ahora tal vez esté más claro el significado de la palabreja en cuestión aplicada a las formas actuales y reales de la actividad médica.

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)

CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)

Los médicos se han transformado en anunciadores del desastre, en profetas de la calamidad con su obsesiva y desdichada búsqueda del peor mal posible en cualquier situación. Y en muchos hasta se les nota cierto sadismo: parecen deleitarse al anunciar la “posible ruina o trastorno”, el “desenlace dramático” siempre posible. Pero para esto incurren en una atroz desviación de la actitud médica tradicional respecto del dolor y el sufrimiento: “dan vuelta las cosas”, “subvierten y destruyen”. Aunque para lograrlo deban “revolver y trastornar”. Y en todos los casos “dan una vuelta entera” con orientación “hacia abajo”, hacia lo más terrible y doloroso.

Y a veces lo hacen con la curiosa excusa de la “prevención”, otra desdichada mentira que trataremos en la continuación de este artículo.

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Carlos Inza


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La Medicina Catastrófica I

Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)
CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)
 
 

Viene Gumer, que tiene 52 años, y se sienta enfrente gimoteando y con la mirada enteramente desolada.

Como la atiendo desde hace un tiempo y conozco sus problemas, descuento que no es por ella, que esta así como está por algún suceso trágico o irremediable ocurrido a vínculos muy cercanos, íntimos. ¿Qué te pasa?, le digo con un tono de alarma que me sorprende a mí mismo.

Fui a la ginecóloga y me destrozó, dice. Por qué le pregunto, tratando de imaginar como una ginecóloga puede destrozar a alguien que va a atenderse. Entonces me cuenta que había pendientes algunos estudios que anteriormente le había indicado, como ser: densitometría y ecografías mamarias y genitales.

El asunto es que Gumer tiene infecciones urinarias a repetición desde hace unos dos años. Aunque no continuas, ésta última ya está medio instalada en los últimos meses y todavía no remite. A pesar de haberse demostrado la presencia de una bacteria, EscherichiaColi, los antibióticos que salen positivos en el antibiograma solo logran mejorar los síntomas pero no eliminarlos del todo: luego de algunos días de acabarlos, las molestias vuelven con entusiasmo. Conociendo su emocionalidad y los conflictos que está atravesando, me inclino a pensar que se trata de un cuadro conocido como “Vejiga irritable” más que de una típica infección urinaria, que bien puede ser su consecuencia y explica su recurrencia. (No solo el colon tiene derecho a irritarse).

Pero lo importante es lo que sigue. La ginecóloga mira a Gumer algo desconcertada y cambia bruscamente su actitud, que tampoco era excesivamente hospitalaria. Y le pregunta por antecedentes familiares, típica reacción de quién no sabe o no entiende por dónde van las cosas y se agarra de cualquier dato. Y cuando se entera que su madre había muerto como consecuencia de un cáncer de riñón, pasa a la ofensiva con una irritación digna de la vejiga de quien estaba atendiendo. Entonces alza su dedo admonitorio, el índice docente, y en tono de clara amenaza le dice: “¿Ves que tenés que hacerte los estudios que te indique, qué estás esperando?”.

Omite continuar la frase con: “Antes de que sea demasiado tarde”, pero no hace falta: el efecto teatral, dramático, está plenamente logrado. Gumer queda abatatada y la puesta en escena se redondea con su silencio, como aceptando que ha cometido una falta grave al no hacerse los estudios indicados. De manera que, obviamente, merece tener algo grave y sufrir los tormentos correspondientes a su condición de pecadora.

Y lo de pecadora no es un simple decir, porque a continuación la ginecóloga abre otro frente de batalla, sugiriendo (sin decirlo) que las molestias vaginales que experimenta durante o después de sus relaciones sexuales implican la posibilidad de que su marido pudiera tener “algo”, de manera que también le sugiere que el posible culpable… ¡se haga un espermograma!

Es evidente que no hay nada que permita vincular los síntomas de Gumer con las sospechas catastróficas de la ginecóloga, salvo su notorio desconcierto y la irritación por la “desobediencia” de no haber seguido al pie de la letra sus indicaciones acerca de estudios por realizar: ¡eso solo ya merece un castigo, un escarmiento!

Y lo ha logrado plenamente al dejar instalada la sombra de alguna enfermedad venérea, pero especialmente al sugerir que “hay que descartar cáncer”, aunque no lo haya dicho expresamente porque no hacía falta. (La gente –los “pacientes”- también emplean el término “descartar”: un ejemplo de lenguaje colonizado por los médicos). Es un razonamiento clínico tortuoso, sin ningún fundamento, motivado por ignorancia o impericia. Pero no es inocente ni ingenuo: juega con el temor que todos tenemos de llegar a enfermar gravemente y sufrir tormentos inimaginables. Entonces, nada mejor que transferir al paciente la propia duda o angustia cargándolo con una megadosis de tormento extra.

Porque si la tal ginecóloga fuera una buena médica, tendría que haber advertido con mucha facilidad que sus síntomas expresan una evidente carga emocional que no resulta fácil de digerir. Y que su obligación es doble: investigar las razones profundas de un síntoma, pero también contener, tranquilizar.

Ahora todo depende de la elección de Gumer: o sigue las indicaciones de la ginecóloga y se mete en un angustiante torbellino sin final o la manda al carajo y se orienta para otro lado. Y me parece que no hay dudas: la última opción es la única correcta. Ustedes dirán: ¿y si la ginecóloga tuviera razón?

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Otra vez el miedo, la última pregunta está fundamentada y motivada por el miedo, pura y exclusivamente. ¿Y no es eso, acaso, motivo suficiente para seguir las indicaciones, investigar y quedarse tranquilo? No, no lo es, salvo que uno opte por vivir en un estilo de auto-persecución impiadosa, acosado por temores infundados. Desde la perspectiva de un paciente, es comprensible en una sociedad paranoica como ésta, pero no lo es desde la función que debería tener la medicina y sus practicantes, los médicos.

Y éste es el punto, porque la mala experiencia  de Gumer no es un caso aislado ni una excepción: es la norma desde hace mucho tiempo, y cada vez más. La gente que conozco, no solo la que atiendo, tiene cada vez más miedo de acudir a una consulta médica. Y esto por varios factores.

Uno es la falta de contacto emocional que suelen establecer los médicos con sus pacientes, con evidente descompromiso respecto de su salud y su vida. Es más: muchos médicos “atienden” sin casi mirar al paciente, hipnotizados por una computadora que les dirá la verdad. Otra es la compartimentación claramente esquizoide de la medicina, dividida hasta el absurdo en especialidades y subespecialidades. Pero también, y esto es lo peor, por la enfermiza propensión a “descartar”  de entrada lo peor, antes de pensar en lo más simple y estadísticamente probable.

Esto último produce un comprensible efecto de locura en cualquiera que consulte por una urticaria y se encuentre con que hay que “descartar” una hepatitis crónica. La práctica médica es necesariamente probabilística, simplemente porque el diagnóstico diferencial de cualquier síntoma, aún de los más banales, es numeroso, a veces casi infinito. Pero llegar con tos por un cuadro gripal y encontrarse con que hay “descartar” la posibilidad de un cáncer de pulmón es, simplemente, encontrarse en una situación psicótica sin salida, salvo que uno se anime a levantarse, insultar para sacarse la mufa y dar un portazo.

Se supone que las personas que se sienten enfermas consultan a alguien “que sabe”, pero ¿qué saben los médicos en la actualidad? ¿Sobre qué base de conocimiento y experiencia están operando en la época actual? No es el tema principal del artículo, de manera que mejor dejarlo, al menos por ahora. Mejor vayamos a la actitud de la mayoría de los médicos en la actualidad. ¿Cumplen, acaso, con su función de tranquilizar y contener? Es evidente que no, suelen abrir un panorama tenebroso hasta que se demuestre lo contrario. Es exactamente la inversa de lo que, se supone, está obligada a hacer la justicia: alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario. No es el caso de la “tranquilizadora” actitud médica actual: uno puede, tranquilamente, terminar su consulta en la condición de candidato a agonizante en terapia intensiva hasta que los estudios accedan a demostrar lo contrario. Con el agravante de que el angustioso tiempo de espera es capaz de enfermar al más pintado.

La comparación no es arbitraria porque en variados aspectos la medicina no está demasiada alejada de la justicia, pero tampoco de la mala teología. Y la cosa se pone en un lugar tan resbaladizo que hasta es difícil explicarlo con palabras, pero hay algo de trato de pecador para con un enfermo. (Por algo será…)

Hay otro capítulo muy denso en esta historia: la medicina como formidable arma de control ideológico de la población. Tal vez volvamos sobre esto más adelante, pero es imposible obviarlo: detrás de la inocente fachada “contenedora”, del circo de guardapolvos blancos (la indiscutible pureza) y de la escenografía (cada vez más abrumadoramente tecno), hay un policía escondido y un férreo defensor de las tradiciones más autoritarias y represivas. No hay que olvidarlo, especialmente a la hora de escuchar al médico, ése tipo de persona que cuando pregunta, en realidad opina y toma partido.

La medicina de hoy es catastrófica.

 ¿Tranquilizar y contener?

Ocurre cada vez con mayor frecuencia y se expresa con mayor claridad: mucha gente tiene miedo de ir al médico. Y, como suele suceder, hay variadas razones. Una es que escasean los médicos “de cabecera”, ésos que da gusto tener en la mesa de luz y son el referente de la salud personal. Los que conocen tu historia y no necesitan enterarse desde la primera angina. Miren lo que me cuenta Fernando, un paciente desde hace buena cantidad de años: “Hace dos semanas tuve un infarto y me pusieron un stent en una de las coronarias. Entonces voy a la semana, al mismo lugar, para que un cardiólogo controle mi evolución. Me siento y comienzo a contarle acerca de un episodio relacionado que me había ocurrido hace dos años. El cardiólogo me mira y me para en seco, me dice: “Su historia no me interesa, hábleme de lo que acaba de pasar”. Me dio mucha bronca, le tiré sobre el escritorio la copia de los papeles de la internación y me fui”.

Dos, que esto de tener o consultar a “un clínico”, o sea: alguien que pueda opinar en conjunto o globalmente acerca del estado de salud de alguien, ya es una quimera, un deseo utópico.  La medicina ha generado especialidades y sub-especialidades hasta el absurdo, lo cual implica una grandísima dificultad para entender qué está ocurriendo en la profundidad del complejo sistema llamado “paciente”. Es más: la exclusión, casi deliberada, del estilo de vida y conflictos personales, limita enormemente la posibilidad de comprender a “la persona”, tornando a la consulta en el chequeo mecánico de algún órgano en particular porque ni siquiera es factible una apreciación “puramente biológica” del conjunto.

Tres: que los médicos se han convertido en detectives del terror. Apoyados en las nuevas tecnologías para obtener imágenes, cada vez más sofisticadas y peligrosas (de esto hablaremos), juegan a descubrir “lo peor” antes que a verificar la realidad  que, en la gran mayoría de los casos, no es terrible ni preocupante. Pero la mera investigación para “descartar un cáncer” (lo digan o no, es lo que hacen) sumerge al paciente en una atmósfera angustiosa hasta el momento “del veredicto”.

Ustedes dirán que siempre es bueno saber la verdad, pero eso depende de la atmósfera creada por el médico para estudiar la situación concreta de cada persona. Descubrir un tumor puede no significar nada grave, pero el alto grado de paranoia-ambiente hace que tal tumor se transforme, inevitablemente, en un peligroso asesino que es necesario erradicar. Y no es esto lo que ocurre con la mayoría de los tumores, pero la terrible palabra cáncer ya empieza a destruir y a matar. Y eso sí es un verdadero asesinato. A partir de allí comienza una secuencia catastrófica e imposible de parar, oncólogos mediante. De manera que alguien que podría haber coexistido y negociado con su tumor termina haciendo tratamientos altamente tóxicos (quimioterapia, por ejemplo) que son los que realmente pueden matarlo con mayor probabilidad que el tumor.

Y bien, es ésta cualidad de afrontar un examen difícil lo que produce miedo y rechazo en la mayoría de las personas que se hacen “chequeos”: la fuerte sensación de que corren el riesgo de escuchar noticias catastróficas injustificadas. Seguramente ese rechazo es más intuitivo que racional, pero es absolutamente comprensible.

No nos engañemos: una razón determinante consiste en la escasa predisposición que han desarrollado la mayoría de los médicos para estableces una atmósfera espontáneamente cordial y afectuosa durante la consulta. Hasta hace un tiempo los médicos eran más sensibles ante el sufrimiento y la necesidad humana de contención emocional. De hecho, muchos de ellos eran visualizados como amigos o figuras protectoras. Y eso era absolutamente normal y sano: ¿de qué otra manera puede ejercerse la medicina sino es así?

Pero las cosas han cambiado para peor: en las gélidas relaciones médicos-pacientes de la actualidad se evidencia con claridad la frialdad capitalista en su descarnada versión neo-liberal. Se agradece la franqueza en el sentido de sacarse la careta, pero no deja de ser una constatación espeluznante.

De manera que suena muy normal que tanta gente sienta rechazo ante lo que le espera cuando inicia una consulta médica: una relación fría, poco interesada, un catálogo de síntomas, una serie de análisis, estudios de imágenes y finalmente la sentencia. Algo que solo puede escucharse con temor y mirando el piso. ¿Quién puede entusiasmarse con éstas posibilidades?

Es más: hay algo que subyace en la escena: el paciente es implícitamente considerado un presunto culpable, un pecador descarriado hasta que se demuestre lo contrario. Y digno de sufrir sino sigue las indicaciones al pie de la letra. ¡Válgame dios! ¿Cómo que pecador, como que culpable? Nadie se anima a decirlo, pero es parte, también, de una relación que se ha corrompido y ahora transita por altos niveles de hipocresía.

Finalmente está la importante cuestión de tranquilizar, de bajar el voltaje de la natural angustia que experimenta una persona que no se siente bien y justamente por eso visita a un médico. En su carácter de jueces y administradores de “la verdad científica”, los médicos estamos obligados a tranquilizar, a no sumar nuestra angustia a la del paciente. Porque nosotros también tenemos legítimo derecho a la incertidumbre y solo nos quedamos tranquilos cuando constatamos que las dolencias no eran graves o no tanto como parecían.

Pues bien, los médicos se han transformado en “pesimistas profesionales”, han instaurado el dogma de que hay que empezar por descartar lo peor lo cual es, para quien consulta, una clara señal de que eso es justamente lo que están pensando. No creen para nada en que su función es, simplemente, ayudar a que sea el propio sistema vivo del paciente quien produzca la curación. Y esto solo se puede lograr restaurando la confianza del paciente en sí mismo, en su posibilidad de vivir mejor y sanar-se. Es obvio, entonces, que una actitud signada por la desconfianza y el sentimiento catastrófico solo puede empeorar las cosas. Y evidente también que procediendo en esa dirección, los médicos están faltando gravemente a las características básicas de la mejor tradición asistencial: están traicionando la confianza del paciente y la ética básica de esta profesión-oficio.

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La catástrofe está siempre disponible

Un poco de etimología no le hace mal a nadie, ni siquiera produce sabañones. Entonces veamos qué puede aportarnos a la causa la utilización del origen y significado del término “catástrofe”, que encabeza este artículo.

Es “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, “subvierto, destruyo”, “doy vuelta”.

Implica “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”.

En el caso especial de la medicina significa la capacidad de transformar cualquier proceso insignificante o de mediana importancia en la posibilidad inminente de una tragedia con desenlace fatal. A veces, incluso los gestos de un médico durante la consulta pueden producir angustia, incertidumbre. (No olvidemos que la consulta médica es una variedad de puesta en escena)

Por ejemplo: ayer mismo atendí a Rafael, que tiene 70 años y varios problemas de salud de los cuales ha mejorado en los últimos meses. El más relevante es que solo le funciona un riñón, tiene el otro pero ha quedado “fuera de servicio”. Pocos días antes había visitado a su clínico, que le había pedido variados estudios. Y cuando, durante la consulta, observa el electrocardiograma ensaya un gesto de preocupación. Entonces Rafael, inquieto, le pregunta qué pasa. Pero el médico no contesta: se lo devuelve y le dice: “No deje de mostrárselo al urólogo”. No hace falta describir la desolación y la angustia de mi paciente. ¿Qué puede sentir? Es fácil: catástrofe inminente. Con un solo pase de magia, el médico se desembaraza del problema (derivándolo a un colega) y deja destruido a su paciente.

No hace falta demasiada experiencia para saber que, cuando uno mira análisis de laboratorio o imágenes delante de un paciente, éste nos observa atentamente, escrutando cada gesto, cada movimiento. Siempre es una escena que implica bastante ansiedad y cualquier médico debe ser muy cuidadoso acerca de lo que demuestra. Pero también siempre debe decir la verdad a quien lo consulta y confía en él. No hay forma de escapar a esta exigencia, no hacen falta juramentos hipocráticos para demandarla. Es elemental, simplemente. De manera que habrá que actualizar o revisar los códigos porque los vigentes en la actualidad bordean la perversidad.

¿Ven? Uno puede, fácilmente, “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”  a un paciente y dejarlo sumido en estado de catástrofe.

Y sino miren lo que pasó con Mariano, un músico de 25 años. Su madre me escribe con evidente angustia, preocupada porque su hijo parece tener un problema serio en su mano derecha: desde hace un año no puede manejarla y se le hace imposible tocar. Tiene fuertes dolores en la espalda,  el brazo y el antebrazo, mientras que los dedos no le responden y se ponen rígidos o se extienden y flexionan sin pedir permiso. Caratulado primeramente como “tendinitis” pero sin éxito en el tratamiento, pasó de traumatólogos a neurólogos. Éstos empezaron a sugerir que podría tratarse de un problema en el cerebro y orientaron la búsqueda en tal dirección. Obvio que la confusión de quienes lo atendieron se pasó fácil a Mariano y a su madre, depositando en ellos la sensación de catástrofe inminente. También es obvio que los médicos que lo trataron desconocían que Mariano acababa de separarse de su novia cuando empezaron sus problemas físicos. (Es más: ésa clase de “pequeños problemas” no les interesan en absoluto y, si se enteran, optan por recetar un tranquilizante o derivar a un psicólogo y listo).

La consecuencia es que Mariano empezó a mejorar de sus dolores y función alterada cuando otras cuestiones esenciales de su vida mejoraron. Por ejemplo: sus ganas de estar con amigos y volver a relacionarse con mujeres.

Hay que saber que en medicina, hay palabras que curan y palabras que enferman. Palabras que sanan y palabras que matan.

No es lo mismo pronunciar la palabra “tendinitis” que decir “neuropatía cerebral”, especialmente si no se tienen fundadas sospechas y datos que lo avalen, porque entonces el efecto logrado es realmente catastrófico y un problema de mediana importancia se convierte en otro mucho más grave. Es que somos así, funcionamos así. Es más: enfermedades que podrían pasar casi inadvertidas y resolverse en la propia vida con una pequeña ayuda, pueden devenir en la catástrofe anunciada por el mero hecho de creer en la autoridad que la invoca pronunciándola. ¿Parece muy loco? Claro, pero es mucho peor (y hasta infame) amenazar a la gente desde el púlpito con el dedo acusador en ristre.

(Continúa en el próximo número)

 Carlos Inza


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Orgón y Dor: luces y sombras en el escenario

Nos acostumbramos, mal acostumbrados, a suponer que una existencia plena, vital, es una existencia de luces sin sombras. Como si siempre tuviéramos que estar al borde del orgasmo, como si la vida fuera sólo placer y celebración. Y, trasladado al plano de la salud, como si la “salud perfecta” fuera posible y estuviera al alcance de la mano.

En la dimensión del pensamiento reichiano, esto equivale a suponer que en un organismo vivo y sano, solo hay lugar para el Orgón (energía positiva) y nada para el Dor (energía negativa).

Pero las cosas no son así, nos guste o no. La vida auténtica, la de verdad, es una relación entre luces y sombras, entre Orgón y Dor. Está claro, eso sí, que la salud implica un predominio de Orgón. Pero el Dor está, siempre está, insistente pero no caprichoso. Porque tiene un sentido y, especialmente, una realidad indiscutible. Cualquier proceso vital implica un cierto grado de Dor, que no es otra cosa que desechos tóxicos y energía estancada, enrarecida. La obstinación en pretender vivir en un solo polo (el de la dicha, el placer, la vitalidad exuberante) sólo puede conducir al fracaso, a una profunda desilusión que, tarde o temprano, provocará graves perturbaciones. Primero en la dinámica energética, luego en la funcionalidad y más tarde en las estructuras anatómicas, en la profundidad de los tejidos.

Sabemos, gracias a la energética reichiana y a la neurofisiología, que hay un equilibrio entre los sistemas simpático y parasimpático. Que cada uno cumple un rol esencial, irremplazable y necesario. Que el simpático predomina en las situaciones de “pelea por la vida” (búsqueda del alimento, defensa del territorio, etc.) y que el parasimpático actúa reparando la energía puesta en juego al activar la energía en situaciones elementales y sanas, lo cual también implica cierta “agresividad” indispensable  para vivir y sobrevivir. Esta etapa de reposo y reparación también se asocia con el placer.

Pero la situación se complica si alguno de los sistemas predomina en exceso: entonces tendremos que enfrentar las facturas que el sistema energético que somos habrá de pasarnos. En los excesos de actividad desenfrenada viviremos en simpaticotonía (desgastando el sistema, estresados) y en los excesos de abulia (aunque sea “gozosa”) no sobreviviremos mucho tiempo. Por eso debe haber equilibrio, Por eso debemos considerar que no podemos transformar la existencia en un western donde hay “sistemas buenos y sistemas malos”: es una manera muy superficial de mirar la vida real.

Hay, incluso, un rechazo al dolor que a primera vista parece razonable: “no quiero sufrir”. Pero esta actitud rebasa los límites de lo aceptable cuando se hace lo posible para evitar la más leve de las molestias: entonces un analgésico y listo. El problema es que, en lo profundo, esta actitud implica un rechazo a sentir la vida como realmente es para cambiarla por el anhelo de una ficción mentirosa: para mí solo vale lo que me produce placer. Es una actitud de niños maleducados y caprichosos, simplemente.

Haciendo una incursión simple, casi elemental, en las profundidades del funcionamiento energético de los seres vivos, encontramos que las dos energías básicas tienen un anclaje físico: el Orgón en los Biones PA, y el Dor en los Bacilos-T. Esto descubrió Reich estudiando en profundidad el cáncer, lo cual derivó en un salto cualitativo en la comprensión de los procesos vitales. Si, en el caso del cáncer, se puede suponer que los Bacilos-T son los malos de la película, también es importante saber que sólo han predominado después de una larga batalla en la que el Orgón ha sido derrotado.

Pero esta batalla, parte de una guerra no oficialmente declarada, se hunde en la historia del funcionamiento patológico de una persona, si de humanos hablamos. Y en su origen, antes del fallo o fracaso, los Bacilos-T (o el Dor) no cumplen una función “negativa”: simplemente son parte de un sistema que está siempre en movimiento y necesita, también, de sus aspectos “negativos”. Que entonces, vistas las cosas así, no resultan negativos sino imprescindibles en el ciclo de la vida.

Será difícil aceptarlo, pero la muerte también es parte de la vida y no su polaridad negativa, enferma. Lo enfermo puede ser una forma de vivir, dejando que predomine ésa misma fuerza que, en condiciones saludables, expresa la reparación, el silencio, la noche y la quietud. O sea: la sombra. Es una deformación de la vida real, simple y sana, suponer que la salud consiste en un movimiento perpetuo para ser exitoso o, en todo caso, constante y permanentemente dichoso y con el orgasmo listo, preparado a cada instante.

Veamos, entonces, qué resultados arrojó la investigación de Reich cuando avanzó más allá de las fronteras del conocimiento aceptado y se comprometió con la verdad que surge de la intimidad energética y su funcionamiento.

La Biopatía del Cáncer

Es el título de un libro fundamental, de los más trascendentes que ha dado el conocimiento humano. Trata de la energía y, por lo tanto, del Orgón y del Dor. Y trata de las perturbaciones más serias en la función básica de la vida. O sea: de la función de Pulsación. A estas perturbaciones tan serias, Reich dio el nombre de Biopatías. Y dentro de ellas, sin duda, está el cáncer.

Las citas siguientes corresponden al libro ya mencionado en su edición española (Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1985) y sus páginas correspondientes:

“Descripción del proceso canceroso en ratas:

  1. Los bacilos T muestran un comportamiento parasitario y, sin embargo, se originan en sustancias del cuerpo.
  2. Se forman por degeneración de tejidos y organismos.
  3. Aparecen cuando el carbono se trasforma en biones.
  4. Muestran un parentesco con el cianuro.
  5. Provocan la formación de biones.
  6. Siempre son un signo de contracción simpaticotónica y de encogimiento del organismo.” (pág. 244)

Esto significa que el cáncer se gesta desde adentro y no es el resultado de una invasión foránea, pero que se comporta como un parásito, ¡como un depredador del mismo organismo que lo contiene y lo origina!

 “A nuestro juicio, la predisposición a la enfermedad se adquiere esencialmente por la miseria de la vida y no se hereda indefectiblemente de los antepasados. Significa género y grado de motilidad emocional (orgonótica) del biosistema.”

 Se supone que la célula cancerosa inicia el proceso patológico “cáncer” al transformarse “células normales en células cancerosas”. Si se sigue con máxima atención el desarrollo de la célula cancerosa, se comprobará que este concepto es erróneo. Ocurre todo lo contrario: La célula cancerosa es una consecuencia de la defensa de los tejidos contra la acción de los bacilos T. Esta afirmación puede sonar extraña, pero deja de parecerlo una vez que se examinan los hechos. El primer paso en el desarrollo del carcinoma no es la célula cancerosa ni la desintegración del tejido en biones azules sino el ingreso masivo de bacilos T en esos tejidos o en la sangre. Los bacilos T también se encuentran en los tejidos sanos y en la sangre sana. Siempre están presentes cuando hay degeneración de proteínas.” (pág. 262-263)

 Estos párrafos expresan que el cáncer es, simplemente, el resultado de una manera de vivir. Y que lo más importante para entenderlo, es “el grado de motilidad emocional del biosistema”.  Un sistema vivo inmóvil, quieto, es como el agua estancada: necesariamente se pudre. Al estancarse el Orgón produce Dor, cuya manifestación física son los Bacilos-T. Y cuando éstos comienzan a predominar en el sistema es que se desarrolla la célula cancerosa que, entonces, debe entenderse como un intento de defensa, muchas veces fracasado.

 “De modo que hasta el organismo más sano contiene bacilos T y tiene tendencia a la desintegración pútrida. Eso significa que la disposición al cáncer es universal. Pero en tanto los tejidos y la sangre sean orgonóticamente fuertes, los bacilos T serán destruidos y eliminados antes de que se multipliquen, se acumulen y puedan provocar daños. ¿Pero cuál es el primer daño que puede infligir un bacilo T? La respuesta a esta pregunta demostrará que la formación de células cancerosas es una reacción defensiva del organismo contra los bacilos T y no la enfermedad en sí.”

 Aquí se entiende mejor la necesidad de no acusar maniqueamente a los Bacilos-T porque en una organismo sano tienen una función que no es patológica, sino de equilibrio del sistema en su funcionamiento perpetuamente oscilante. Solo se transforman en un problema que compromete la salud cuando “los tejidos y la sangre no son orgonóticamente fuertes”.  Hay, entonces, dos formas básicas de reacción en cualquier organismo vivo: la Reacción B, que expresa el predominio de la funcionalidad del Orgón y la Reacción T, que implica la dominancia del Dor.

La siguiente tabla expresa las diferencias en distintos sistemas y funciones del predominio de ambas reacciones:

 

                                               Reacción B Reacción T
  1. Organismo total
Erguido, con buena tonicidad. Sin espasmos, sin clonismo. Sensación de fuerza, capacidad de disfrutar. Encorvado, flácido o hipertónico. Espasmos, clonismo. Sensación de debilidad, incapacidad de disfrutar o miedo al placer.
  1. Piel
Tibia, bien irrigada, turgente, rosada o bronceada; sudor tibio. Fría, húmeda, sudor frío, lívida, arrugada, palidez que puede ser de un blanco cadavérico.
  1. Musculatura
Relajada, capaz de alternar tensión con relajación. Fuerte. No hay coraza muscular. Buen peristaltismo, ni constipación ni hemorroides. Tensa o fláccida y débil con frecuencia, exceso de adiposidad, coraza muscular por doquier, sobre todo en mandíbulas, frente, nuca, aductores, glúteos, espalda.
 4.Expresión facial Vivaz, cambiante. Semejante a una máscara rígida.
  1. Sangre
Reacción B al ser esterilizada en autoclave, eritrocitos turgentes,       pulsantes; amplio y neto margen de orgón; desintegración bionosa muy lenta en solución fisiológica.Cultivos no producen bacilos T. Reacción T al ser esterilizada en auto-clave; eritrocitos pequeños o encogidos, sin pulsación, agujas T, margen de orgón débil y estrecho, desintegración bionosa muy rápida, estafilococos,          estreptococos o bacilos T cultivables.
  1. Sistema

      cardiovascular

Presión sanguínea normal; pulso regular, sereno y fuerte. Tensión sanguínea demasiado alta o demasiado baja; pulso demasiado rápido o demasiado lento, irregular o débil.
  1. Tejidos (células epiteliales, tejidos extraídos para biopsia, etc.)
Firme turgencia:Sin formación de biones en KCl. (cloruro de potasio) Falta de turgencia, encogidos, estructura bionosa o rápida     desintegración bionosa en KCl
  1. Ojos
Brillantes (rápida reacción a la luz en las pupilas). Globos oculares ni protuberantes ni hundidos. Opacos; mirada “perdida”, reacción pupilar lenta; a veces midriasis; globos oculares protuberantes o hundidos.
     9. Respiración Espiración completa, con pausa a continuación, libre pulsación del tórax. Sensación placentera en los genitales después de cada espiración. Espiración superficial, incompleta.Actitud inspiratoria crónica, pausa a continuación de la inspiración: actitud crónica de ansiedad en la caja torácica. No hay sensación placentera al espirar.
    10. Orgasmo Normal: Convulsión del cuerpo en su totalidad.No hay estasis sexual. Inexistente o perturbado.Estasis sexual crónica.
11. Campo orgonótico en torno al organismo. Amplio, “elástico”. Estrecho o inexistente.

(pág. 271-272)

Tampoco es bueno hacer una lectura extrema de esta tabla, tipo “todo o nada” para cada uno de los parámetros descriptos. Porque, como en la vida, no hay nada que sea extremadamente  algo. Hemos visto, justamente, que las cosas no son del todo blancas o negras. Y que los fenómenos vitales transcurren en variedad de grises, más cerca del negro o del blanco. El resultado es un promedio. Y aquí sí es fundamental saber de qué lado de las dos reacciones básicas estamos.

 Carlos Inza


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El experimento de Alcoy

Sencillo pero revelador experimento que documenta el efecto sobre la energía humana de un tubo acumulador de orgón aplicado en un importante punto de acupuntura (el 6 de Vaso Concepción) durante media hora

Les cuento cómo fue

que se hizo. Ocurrió durante un seminario destinado a estudiar algunas de las relaciones (sospechosas) entre acupuntura y orgonomía, en la benemérita y hermosa ciudad de Alcoy, Alicante, España, entre el 8 y el 10 de enero del 2010. Concurrí por invitación, que todavía agradezco, de mi amigo el psico-neuro-acupunturista Juan Pablo Moltó Ripoll. Los asistentes al seminario eran todas personas con buena formación en acupuntura o en proceso avanzado de lograrla, más precisamente en psico-neuro-acupuntura. Grupo entusiasta y gentil, con ánimo de aprender algo nuevo y orejas dispuestas. Aclaro que este mismo experimento fue realizado varias veces a partir de 1987, cuando empecé a usar energía orgón para radiar puntos de acupuntura. Pero…¡no sé que hice con los trabajos anteriores, ignoro adónde quedaron después de sucesivas mudanzas! Es cierto que pueden creerme o no. En el caso de que decidan que sí, que estoy diciendo la verdad, me anticipo a contarles que en los casos anteriores, los resultados fueron “exactamente parecidos” a los de éste experimento que ahora estoy contando, el de Alcoy.

 

Hete aquí que

el día 9 de enero por la tarde, cada uno de los catorce integrantes del grupo se dedicó íntegramente y con emocionante dedicación, a construir un tubo acumulador de orgón en una de sus múltiples variantes: la que permitió la ferretería que encontramos abierta. Fue  como volver a las “actividades prácticas” o “manualidades” del colegio primario y secundario. Ustedes pensarán lo que quieran, pero nosotros nos divertimos bastante construyendo el acumulador, además de lo bien que hace trabajar con las manos. ¿Cómo se hace o en qué consiste? En un tubo de metal (hierro, acero o cobre) de entre 20 y 30 centímetros, cerrado en uno de sus extremos, y envuelto en capas alternadas de papel de aluminio y polietileno (unas veinte), para ser finalmente recubierto por una cinta aislante de plástico. Eso es todo lo que podemos decir acerca de esta simple, casi insignificante tecnología tan fácil de construir. Los electricistas dirán que es un condensador, nosotros los orgonomistas preferimos referirnos a él como tubo acumulador de orgón, energía vital o energía de punto cero, como quieran servirse el menú.

 Cómo ustedes prefieran,

pero en algo no podemos negociar: este tubo acumula orgón medio-ambiental, que concentra en el espacio hueco del tubo, y lo radia por su extremo abierto.

 Entonces la idea de este experimento

consiste en apoyar sobre un punto de acupuntura el extremo abierto del tubo durante media hora y luego ver qué sucede. ¿Con qué? Con dos asuntos: la percepción experimentada durante la auto-sesión (cada uno sostenía el tubo sobre el punto de acupuntura elegido) y las posibles diferencias en la medición bio-eléctrica estándar del sistema Ryodoraku, comparándolas con un registro anterior al uso del acumulador. Para entender bien este decisivo aspecto de la cuestión, basta con saber que el día anterior al uso del tubo, los catorce participantes del seminario fueron medidos con un tester tipo Ryodoraku, el equipo de electro-acupuntura japonés, en 31 puntos: 24 puntos yuan con alguna excepción (12 puntos bilaterales de los meridianos principales) y los correspondientes a los 7 anillos reichianos. Si alguien está familiarizado con el sistema Ryodoraku, debo aclararle que el aparato utilizado mide de 1 a 100 micro-amperes y no de 1 a 200, como el original.

 

Como este asunto podría ser leído

y hasta criticado por conocedores y desconocedores profesionales del tema, aquí van las referencias del caso. Por ejemplo: en http://www.acupuntura-orgon.com.ar/mediciones4.htm se explica el sistema tomando una medición como ejemplo. Pero si quisieran saber algo más, pueden consultar: http://www.acupuntura-orgon.com.ar/mediciones1.htm donde se desarrolla un poco más extensamente la cuestión. En el mismo sitio hay abundante información sobre los puntos que se utilizan en el sistema Ryodoraku y acerca de los anillos reichianos y los puntos elegidos para medirlos. Y también, por si se les ocurriera aficionarse a este deporte, una detallada estadística que procesa la información obtenida sobre 3545 mediciones: http://www.acupuntura-orgon.com.ar/estadistica.htm. Y hasta un Mapa energético del organismo humano:  http://www.acupuntura-orgon.com.ar/mapa.htm.

 

Ahora viene lo más interesante,

consistente en comparar las mediciones anteriores y posteriores al uso del tubo. Aquí hay que decir algo importante: que luego de la aplicación cada uno de los participantes relató su experiencia y contó qué cosas iba sintiendo en el transcurso de los treinta minutos que tuvo el tubo apoyado en el 6 de Vaso Concepción (6VC), un punto ubicado a unos cuatro centímetros por debajo del ombligo en línea recta. Está claro que esos relatos son muchísimo más divertidos que los números que vienen después y, aunque no figuran todos los testimonios de los participantes, aquí tienen algunos como para advertir que la cuestión moviliza la energía y se expresa de acuerdo a las particulares relaciones que se establecen, en ése preciso momento, entre el sistema energético que recibe (persona) y la carga suministrada (orgón vía tubo acumulador). Es bueno aclarar este punto: es muy habitual, a veces durante la más sencilla aplicación de acupuntura, que las personas experimenten variedad de sensaciones y percepciones. Desde ver formas y colores o escuchar sonidos diversos hasta repasar la vida y poner en primer plano las preocupaciones actuales, pasando por variaciones muy claras de la emocionalidad. De manera que lo que van a leer no es para nada extraordinario, sino habitual cuando se trabaja profundo con la energía. Y también es bueno saber que lo más importante y significativo siempre viene después, fuera del consultorio, en la vida real.

 

Midiendo los puntos

Midiendo los puntos

¿Qué dijeron, qué contaron?

Uno: Al poco rato de tener puesto el acumulador, comencé a sentir un calor que crecía en intensidad pero estaba localizado solamente en ese punto y parecía como si atravesara mi cuerpo entero a modo de rayo láser y saliera por la columna. El resto del cuerpo lo sentía normal sin ninguna sensación diferente. Al terminar, tenía una relajación absoluta y me encontraba de maravilla.

Dos: Noté calor y sensación de inquietud.

Tres: Sentí una explosión de energía en mi frente (justo en el tercer ojo), con un dolor repentino e intenso, que desapareció en un instante…

Cuatro: Me centré en percibir la sensación que tenía en mi cuerpo para que no fuera mental sino de percepción física. Nada más colocar el tubo tuve una sensación de que subía algo hacia la boca y se expresaba como algo metálico, como si tuviera una pila metálica en la boca. Poco a poco fue cambiando la sensación y empecé a sentir como desde la barriga circulaba una corriente hacia los pies que me iba recargando como cuando practico taichi y mi energía fluye y se recarga. Luego la sensación cambió y subió directamente a la cabeza y luego bajó hacia el pecho y se quedó todo el cuerpo como si fuera una bombilla de luz, que la energía expande, muy suavemente alimentado. Terminé con un estado de relajación y de sensación de sentirme alimentado.

Cinco: Fue una sensación de hormigueo al rato de tenerlo puesto y de calor. Al pasar el rato desaparece y se transforma en bienestar y aumento de energía como cuando me hago acupuntura.

Seis: No tenía muchas esperanzas de sentir efecto alguno, así que me sorprendí cuando, a los pocos segundos de tener puesto el acumulador, noté un ligero cosquilleo que en unos minutos se convirtió en una agradable sensación de calor. Esto es lo que sentí; y al cabo de un rato me dolía la cabeza.

 

Carga del 6VC con el tubo acumulador de orgón

Carga del 6VC con el tubo acumulador de orgón

Pero créanme,

esto de los numeritos no es tan superfluo ni aburrido y, mucho menos, insignificante. Y, hasta podría decir que siempre me pareció muy apasionante, eso de verificar con mediciones electrónicas la situación energética de una persona y, luego, evaluar con otras mediciones lo que va ocurriendo a lo largo de un tratamiento. En la tabla que sigue están los datos de las dos mediciones hechas a cada participante del seminario: antes y después de utilizar el tubo acumulador de orgón. Y al final explico qué cosa significa cada una de las inevitables filas y columnas.

.

Mediciones globales

Sexo Edad Primera medición      
Meridi   Ani  
X S X S
1 M 31 80 6 78 22
2 M 29 64 14 65 18
3 M 35 59 6 72 11
4 M 29 64 16 66 16
5 F 24 62 10 83 6
6 F 42 73 8 79 10
7 F 35 53 14 77 11
8 M 33 64 13 78 15
9 F 38 69 9 77 12
10 F 27 61 11 63 21
11 F 33 66 10 87 9
12 M 53 74 10 77 14
13 M 36 61 18 63 23
14 F 31 60 7 62 19

 

Sexo Edad Segunda medición      
Meridi   Ani
X S X S
1 M 31 82 5 80 13
2 M 29 72 9 70 15
3 M 35 72 6 79 8
4 M 29 70 7 71 12
5 F 24 70 7 84 4
6 F 42 75 7 75 7
7 F 35 66 7 79 8
8 M 33 68 9 76 12
9 F 38 72 6 81 10
10 F 27 59 7 71 11
11 F 33 72 8 86 7
12 M 53 78 6 82 5
13 M 36 65 11 73 12
14 F 31 67 8 78 14

Primera medición: el 9/1/2010
Segunda Medición: el 10/1/2010, post uso del tubo acumulador en 6VC
Meridi = Meridianos
Ani = Anillos
X = Promedio
S = Desviación estándar

Estas breves aclaraciones les darán una pista, somera como pocas.

Entonces vayamos por partes
La primera columna () corresponde a cada una de las 14 personas medidas, de manera que “1” podría ser José y “14” Raquel, para dar dos ejemplos ficticios.

La siguiente columna expresa el sexo. Por ahora, F significa femenino y M, masculino.

Luego viene la edad, otra variable importante para estudiar la energía.

Y a continuación, los datos de las dos mediciones: la primera del día 9 de enero, el día anterior al experimento con el tubo. La segunda del 10 de enero, inmediatamente después de la sesión con el tubo acumulador de orgón.

En cada una de las dos mediciones se desglosa la que corresponde a los meridianos principales (Meridi) de la de los anillos (Ani). Ambos son diminutivos un poco tontos, pero es lo que entraba en la columna. Los anillos se explican más adelante. Los meridianos principales son los canales por donde circula energía. Hay otros canales, pero éstos son los más importantes. Casi todos llevan el nombre de un órgano (Hígado, Riñón, Intestino Grueso, etcétera) aunque sus funciones son más vastas. Son doce meridianos bilaterales y se exploran en las muñecas y en los pies.

Y, finalmente, las cifras correspondientes: todas expresan micro-amperes, valores de la intensidad de corriente que circula por los puntos medidos.

Aquí es importante entender qué significan X y S.

X es el promedio aritmético. En el caso de los Meridianos Principales, de sus 24 puntos. Y en el de los Anillos, de los 7 puntos que los miden.

S se refiere a la desviación estándar. O sea: cuánto oscilan, las cifras obtenidas en la medición, alrededor de la media y en promedio.

Ejemplitos, exagerando un poco
lo claro de este asunto. Si en este sistema de 1 a 100 en la escala de medición ustedes miden a dos personas y en una obtienen un promedio (X) de 50 y en la otra de 80, pueden asegurar que la segunda tiene más energía que la primera. ¿Por qué? Sencillamente porque la intensidad de corriente que pasa por un punto cuando se lo mide, expresa su valor energético.

En cambio S, la desviación estándar
expresa cuán equilibrada o no es una medición: cuánto menos varían las mediciones alrededor de la media (X) es más equilibrada, hay menos oscilaciones y la cifra es menor. Supongamos, para seguir con el ejemplo, que en la primera persona, la de 50 de promedio (X), encontramos una desviación estándar (S) de 20, y en la segunda, la que promediaba 80, de 10. Ésta última, que tiene 10 de desviación, es más equilibrada que la primera, que tiene 20, porque sus valores están más agrupados en torno a la media, menos dispersos. Podríamos decir, entonces, que la medición de la segunda persona es energéticamente superior a la de la primera: tiene más energía y está mejor distribuída, más equilibrada.

Listo, ahora podemos
entender las tablas (hay más de una) y darles un valor interpretativo, sin más trámite y sin perder más tiempo.  Como mirar la tabla anterior es un poco aburrido y el objetivo de este folletín no-ilustrado no reside en los casos individuales, sino en una estimación de conjunto, veamos que nos dice una tabla general que resume los resultados. Parece ser bastante clara:

 Resultados  Generales (14 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 65 10.85 73.3 14.7
Segunda medición 70.57 7.35 77.5 9.85

¿Será, esta tabla, tan clara y contundente como aparenta ser?

Espero que sí, porque sobre esta certeza se construye casi todo lo que estoy escribiendo.

En la tabla de Resultados Generales,
que incluye a todos los participantes del seminario, pueden verse fácilmente los promedios y las desviaciones estándar de la primera y la segunda medición, de manera que permite una comparación entre antes y después de utilizar el tubo acumulador deorgón. Allí puede verse claramente que la intensidad de la corriente –micro amperes- que circula por los meridianos principales de acupuntura ha aumentado de 65 a 70.57, lo cual implica un aumento equivalente de la energía. Lo mismo ocurre con los anillos, que pasan de 73.3 a 77.5.

Y si miramos la desviación estándar para investigar la distribución de la energía (tendencia al equilibrio), nos encontramos con que en ambos casos ha mejorado su dispersión, se ha concentrado más cerca de la media. De ésta manera: en los meridianos principales la desviación pasa de 10.85 a 7.35. Y en los anillos, de 14.7 a 9.85.

Parece concluyente, ¿no?,
luego de media hora de cargar con un tubo acumulador de orgón el punto 6 del meridiano de Vaso Concepción, la energía ha aumentado y también ha mejorado su distribución, lo cual significa que está más equilibrada. Esto podrá parecer algo poco importante, intrascendente, pero resulta que en tal peculiaridad (cantidad y equilibrio de la energía) reside el secreto de la vida, o al menos, su dramática oscilación entre salud y enfermedad. Esto es lo más importante que puede verificarse con el Experimento de Alcoy. Bueno, también hay que admitir que es mejor hacer una buena experiencia personal con esta metodología, antes de que “estas cosas” puedan ser analizadas por el implacable cerebro izquierdo, ese fascista sin remedio si es que se corre el riesgo de dejarlo solo.

Bueno, ya sabemos lo más importante,
de manera que ahora estamos totalmente habilitados para entrar en detalles interesantes y hasta importantes, pero no tanto como lo que acabamos de descubrir, de develar (destapar). Por ejemplo, el tema de las diferencias por género en esta investigación:

Por género

Femenino (7 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 63.4 9.85 75.4 12.5
Segunda medición 68.7 7.1 79.1 8.7

Masculino (7 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 66.5 11.8 71.2 17
Segunda medición 72.4 7.5 75.8 11

Aquí podemos ver lo que es obvio mirando los resultados: también, en ambos géneros, se ha incrementado la energía (X) y las mediciones resultan más equilibradas (S).

En todas las estadísticas de medición de los puntos se encuentra un fenómeno interesante: el promedio del team masculino suele resultar un 10% superior al del equipo femenino. Y, por favor, no me pregunten porqué razón: simplemente no lo sé, no lo entiendo. (Otro enigma más). Pero en el Experimento de Alcoy, eso resulta ser cierto para los meridianos principales y no para los anillos, donde ocurre lo inverso: el promedio de los anillos en las mujeres es más alto que en los varones. Las desviaciones estándar (equilibrio), se comportan tal cual era de esperar: mejoran en todos los casos.

Porque eso tampoco les dije,
entre otras cosas: investigando bastante y a lo largo del tiempo sobre este asunto, puede verificarse que mejorar la distribución es un requisito para que la energía aumente consistentemente. Y parece una característica sumamente importante para tener en cuenta, si de tratamientos energéticos estamos hablando. Pero merece un comentario, aunque sea pequeño, chiquitito: el hecho de que un sistema vivo necesite mejorar su equilibrio como requisito para aumentar su energía, posee una enorme y positiva lógica biológica a favor del sistema vivo en cuestión. Imagínense un organismo muy desequilibrado donde la energía entra a raudales: es posible que termine reventando como un globo demasiado inflado si es que esa energía sigue la tendencia normal. O sea: desplazarse desde donde existe poca energía hacia donde hay más, aumentando así la tasa de desequilibrio en su distribución, lo cual es sumamente peligroso.

Y eso me hace acordar de otra cosa
que tampoco les dije, todavía. Una vez hice una serie de mediciones en pacientes con cáncer. Estaban extremadamente desequilibrados y habían sido introducidos varias veces en el acumulador de orgón original, el que desarrolló Wilhelm Reich: una especie de casilla de teléfono aunque más baja, más cuadrada y con un asiento donde recibían una radiación importante en todo el cuerpo. El devenir de las mediciones reveló que la energía global había aumentado, pero el desequilibrio también, de manera que las regiones de energía más alta la habían incrementado proporcionalmente más que las otras, las poco cargadas. Desde entonces me cuido muy bien de “enchufar energía” sin tener en cuenta la búsqueda del equilibrio, materia en la cual la acupuntura es maestra de maestros. Pero miren qué interesante lo que sucede combinando acupuntura y orgonomía, tal cual se hace en esta investigación: la utilización de un artefacto orgonómico como el tubo que fabricamos aplicado en un punto importante de acupuntura como es el 6VC (uno de los puntos generales de carga), lejos de acentuar el posible desequilibrio de quien recibe esta modalidad de carga, ¡tiende a mejorar la distribución de su energía! Así, es fácil darse cuenta que tanto la acupuntura como la orgonomía son dos maravillas de la mejor cultura humana (la que tiende a favorecer la vida) y que juntas funcionan mejor que por separado.

Bueno, después de este emocionante
y convincente alegato a favor de mi trabajo, la acupuntura-orgón, podemos considerar otro aspecto del experimento: el relacionado con los grupos de edad. Y conviene decir, tipo preámbulo o aclaración antes de que sea demasiado tarde, que en el estudio estadístico de 3545 mediciones, uno de los aspectos que resalta solo, es éste: los promedios de medición acompañan francamente a la edad, de manera que a medida que pasa el tiempo en la existencia personal, la cantidad de energía disminuye claramente y el desequilibrio aumenta. Ya sé: estarán pensando que se trata de una verdad de Perogrullo. Bueno: suponerlo es fácil, pero demostrarlo es mejor. Vamos a ver si también ocurre en el caso Alcoy, aunque aquí la franja de edad es bastante más reducida que en la estadística general (el tema puede verse en http://www.acupuntura-orgon.com.ar/estadistica.htm). Pues bien, como podemos ver en las tablas que siguen ¡aquí ocurre exactamente a la inversa! Tal vez haya explicaciones y disculpas (siempre tardías y poco convincentes) pero el grupo era pequeño y las personas de más de 40 años eran sólo dos y con mucho y buen trabajo energético encima: tanto que ya en la primera medición tienen promedio más alto y mejor distribución que el resto del grupo. De manera que, considerando estos aspectos, el resultado no es incoherente y explica las diferencias con la estadística general.

Para otra vez quedará el preguntarse si es tan “natural” y puede aceptarse tan tranquilamente que la energía “tenga” que disminuir con la edad y, especialmente, incrementar su desequilibrio de manera tan notoria como muestra la estadística general mencionada, la de 3545 mediciones.

Queda la incógnita, pero no desaparece la preocupación por la respuesta.

Por grupos de edad

De 20 a 30 años (4 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 62.7 12.7 69.2 15.2
Segunda medición 67.7 7.5 74 10.5

De 31 a 40 años (8 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 64 10.3 74.2 15.2
Segunda medición 70.5 7.5 79 10.5

De 40 o más años (2 personas)

  Meridianos   Anillos  
X S X S
Primera medición 73.5 9 78 12
Segunda medición 76.5 6.5 78.5 6

 Ciertos comentarios que se ven

venir y algún resumen, también previsible. Veamos los hechos, así como parece que ocurrieron.
Como se trató de un seminario, pero también de una experiencia de trabajo con la energía orgón, es bueno saber qué pasó con la energía personal y grupal entre las dos mediciones realizadas antes y después de usar el tubo acumulador en 6 VC. O, al menos, qué ocurrió con la expresión cuantitativa de la energía en cada uno de los participantes.

Y para eso es especialmente útil volver a ver el resumen de las mediciones de las 14 personas exploradas, expresado en la tabla de Resultados Generales. Allí podemos ver que el promedio de los Meridianos Principales es de 65 micro amperes y su desviación estándar 10.85, mientras que en la segunda medición (post-tubo) el promedio de energía se eleva a 70.57 y el rango de equilibrio (desviación) mejora a 7.35.

En el caso de los Anillos ocurre algo parecido: en la primera medición el promedio de energía es de 73.3 y la desviación estándar de 14.7, pero en la segunda la energía mejora a 77.5 y las mediciones oscilan en un rango más equilibrado: 9.85.

Exactamente lo mismo ocurre cuando se estudia la información discriminándola de acuerdo a sexo y edad: en todos los casos la energía aumenta y el equilibrio también, salvo en las singularidades comentadas. No es poca diferencia, realmente.

Que es como decir, agradecido
a los viejos y geniales maestros de la medicina china. Agradecido al maravilloso y no menos genial Wilhelm Reich.
Sin ellos no hubiera existido este experimento, por ejemplo.
Pero, ¿qué relevancia puede tener un estudio de éstas características, una investigación tan sencilla?

A veces uno puede dejar de lado lo esencial con absoluta tranquilidad, como dándolo equivocadamente por sabido y aceptado. Pero tal cosa no ocurre haciendo el esfuerzo de dimensionar las cosas, de ponerlas en su lugar. Por ejemplo: esta investigación-experimento se realizó en el marco de un seminario donde el objetivo no era investigar si no mostrar y proponer una forma de trabajo con la energía. Sus participantes no eran pacientes que concurren a un consultorio, sino personas entrenadas en la investigación de su propia energía y profesionales “del trabajo energético” en la consulta con pacientes. Se supone, entonces, que no es tan fácil producir modificaciones en funcionalidades energéticas (las de los asistentes) acostumbradas a diversas técnicas y procedimientos específicos.

Ésta aseveración podría ser meramente hipotética sino se acompañara de la experiencia personal: doy fe de que, en general, la administración de energía orgón con la metodología descripta, produce en los pacientes que atendí y atiendo, un efecto todavía más impactante y mensurable en las mediciones y en sus vidas. Que es adónde realmente importa: en sus existencias reales, y no sólo en el micro-mundo del consultorio o en un seminario.

¿Qué es lo que realmente ocurre a consecuencia de la utilización de los acumuladores de orgón en puntos de acupuntura? ¿Qué acontecimientos visibles e invisibles se desencadenan? ¿Qué sucesos ocurren en la intimidad del campo energético, más allá de la posibilidad de medir sus cambios con aparatitos electrónicos?

Ésa es la cuestión, ése es el asunto importante que vale la pena intentar descifrar.

Porque puede asegurarse, después de años de usar esta metodología, que los efectos son vastos, generales, sistémicos y afectan globalmente al funcionamiento del sistema energético que llamamos “persona” en los dos planos importantes de la existencia que podemos considerar en un consultorio médico: el plano físico-biológico y el plano psico-emocional.

No se utiliza la palabra “parte” para especificar una “parte física” y otra “parte emocional” porque la misma palabra produce un efecto de escisión: es como legalizar la mirada esquizofrénica acerca de “la realidad”.

Realmente es un término altamente peligroso. Es que hay palabras que hieren y matan, así como hay otras que ayudan a vivir. Y a ésta le toca producir un efecto letal: su sola mención logra partirnos, de la misma manera que hablar de un “ataque de pánico” logra producirlo. Hasta entonces uno sabía que tenía miedo, ¡pero ahora basta escuchar el diagnóstico para entrar en pánico!

Y entonces me acuerdo de ésas hermosas palabras
de Werner Heisenberg, las del fructífero encuentro de corrientes de ideas en espacios y tiempos diferentes:

“Es probablemente cierto que generalmente, en la historia del pensamiento humano,
los desarrollos más fecundos nacen en la intersección de dos corrientes de ideas.
Las corrientes pueden tener su origen en campos completamente diferentes de lacultura,
en épocas y en lugares culturales diversos. Cuando se encuentran efectivamente y
mantienen una relación suficiente para que pueda ejercerse una interacción real,
se pueden esperar desarrollos nuevos e interesantes”

Las encontré cuando estaba escribiendo, justamente, acerca del fructífero encuentro entre la medicina tradicional china y la orgonomía reichiana: “Acupuntura y Orgonomía en el Mar de la Energía” (http://www.acupuntura-orgon.com.ar/acu-orgon.htm), un lugar al que están invitados y donde se desarrolla con más detalle la íntima relación entre ambas disciplinas.

Todavía me sigue maravillando este encuentro: de esa emoción surgió la idea, y de ésta la práctica, que viene a ser el experimento aquí contado y sus consecuencias. Y vean, sino: la acupuntura aporta su increíble y altamente sofisticado sistema de canales o meridianos de energía en cuyo trayecto epidérmico se encuentran los famosos puntos de acupuntura, sitios en los cuales esa energía se concentra. Funcionan como verdadera interfase entre el medio interno y el medio externo: por eso tienen su resistencia eléctrica más baja que el resto de la piel; y también por ésa simple razón es que pueden medirse y evaluarse con aparatos como el Ryodoraku y otros. Pero no se conforman con anunciar que algo raro está pasando: bien estimulados pueden devolver su natural equilibrio al organismo. Y esto es lo único realmente importante en medicina: que una técnica o sistema funcione bien, terapéuticamente hablando, y lo demuestre día a día y a lo largo de los siglos.

Y la otra corriente, la orgonomía reichiana, que incorpora el estudio de la energía, el chhi de los chinos, a la usanza de la mejor ciencia occidental: la demuestra, la concentra, la mide y la utiliza en medicina y psicología. Pero también puede utilizarla para actuar sobre el clima y para hacer funcionar motores, fantásticas posibilidades por ahora postergadas. Claro: el desarrollo del trabajo de Reich tiene consecuencias notables en muchos otros asuntos como la sociología, la filosofía, la política, la biología, la antropología, la economía, la física, la meteorología, el arte y, si se descuidan, hasta en la mejor manera de coser un botón. O sea: al igual que la medicina tradicional china, es una mirada completa y profunda que, simplemente, se mete hasta los tuétanos con la vida.

Entonces parece buena idea utilizar artefactos que concentran energía orgón para radiar puntos de acupuntura. Y, de acuerdo a lo que sé, fue BerndSenfla primera persona que hizo ese experimento, allá por los años 70. Por supuesto que Senf es un orgonomista con conocimientos de acupuntura. ¿Médico? No. ¿Psicólogo? Tampoco. ¿Físico? No. ¿Biólogo? Menos. ¡Bernd es un brillante economista, eso es lo que es! ¿Por qué un economista puede siquiera imaginar una aplicación de éstas características? Porque la orgonomía produce todólogos, por eso. Porque lo esencial es la mirada y el lugar adónde se está situado: el orgonomista no “observa” la existencia como si le fuera ajena, como si fuera mero “objeto” de estudio. Por ésa sencilla razón, a un economista se le ocurrió investigar qué pasaba radiando puntos de acupuntura con energía orgón.

Sí, claro: estimular con energía orgón concentrada a los puntos de acupuntura que regulan la funcionalidad energética de cualquier sistema vivo es una excelente idea simplemente porque funciona. Sólo por eso es una excelente idea.

¿Y por qué elegir un solo punto de acupuntura
para estimular con energía orgón cuando hay dos mil o más si uno considera a los microsistemas de la acupuntura? Nada más que porque el punto elegido, el 6 de Vaso Concepción, o Qihai o 6VC a secas, es uno de los puntos más importantes del sistema. Se localiza a unos cuatro centímetros por debajo del ombligo, en la línea media, y su nombre significa Mar de la Energía. Más que un diminuto punto, es una zona. La mayoría de los puntos de acupuntura hace honor a su denominación oficial y sólo tienen una superficie de dos milímetros cuadrados: son realmente pequeños. Pero en cada meridiano existen algunos que tienen una superficie más extensa, de acuerdo a su importancia funcional. Uno de ellos es el 6VC que, no por casualidad, se encuentra dentro de la zona denominada Tantien por la gimnástica china, clave para la respiración, los movimientos y la meditación. Hay que aclarar que son muchos los puntos factibles de ser radiados con energía orgón, dependiendo del objetivo terapéutico. En este caso, el criterio consiste en elegir un punto que garantice buena carga general, sistémica. Esa es la razón por la cual el punto 6 del meridiano de Vaso Concepción fue elegido para ser radiado con energía orgón.

Se supone que si uno apoya en cualquier lugar de la piel
un tubo que concentre y radie energía, ésta debería distribuirse igual por todo el sistema, tal cual ocurre con la electricidad o el magnetismo. La misma idea podría ser válida respecto de las agujas: ¿por qué no pinchar cualquier lugar de la piel en lugar de los muy definidos puntos de acupuntura tan específicamente localizados? Sencillamente porque haciendo “pinchoterapia” la acupuntura no funciona. Es más: tampoco es eficaz si uno coloca agujas (o utiliza cualquier otro método de estimulación) en la ubicación correcta del punto pero resulta que estos no son los más adecuados para la situación energética del paciente.

La clave es que la estimulación en los puntos correctos sea capaz de mover la energía logrando un equilibrio superior en el sistema, eliminando o aminorando la causa del disturbio, que suele ser un bloqueo energético. Y esto implica que la energía comience a distribuirse mejor por las vías internas que la conducen, una complicada red que une canales externos, canales internos y colaterales. Eso es lo que ocurre en la intimidad de la trama energética. Pero cómo es en detalle, con precisión y obsesión mecanicistas, constituye un secreto bien guardado por agujas, puntos y meridianos. Y en el fondo es cosa de ellos, ¿por qué debería importarnos tanto?

El asunto es que, probando acumuladores de orgón en muchos otros puntos, son muy pocos los que logran un efecto general sobre las dos cuestiones que realmente importan: el equilibrio de la energía y su cantidad operativa. Porque muchísimas veces, el problema no es falta de energía, sino la imposibilidad de usarla debido a bloqueos, congestiones energéticas y falta de tránsito fluido. También es imprescindible que su ubicación y funcionalidad impliquen una buena distribución de la energía que ingresa en el organismo a través del punto. Y resulta que uno de los mejores y más fáciles de ubicar es el consagrado 6VC.

Se supone que uno está tratando con gente
que no va a andar diciendo por ahí que se trata de “sugestión”, si es que encuentran alguien que se siente mejor usando un acumulador y lo dice. Nadie puede tener más energía por sugestión, especialmente si aumentan su entusiasmo por vivir y su capacidad para actuar, hace más cosas que antes y no se cansa tanto. Pero además, hay un argumento concluyente contra esa variedad de comentarios de estilo insidioso y objetivo desvalorizante: tanto la acupuntura como los acumuladores de orgón funcionan perfectamente bien en animales y en plantas. (http://www.acupuntura-orgon.com.ar/plantas.htm)

Y también existe la difundida creencia de que
un procedimiento terapéutico eficaz tiene que ser caro porque sino no sirve. Ustedes comprenderán que uno debe tener mucha paciencia y comprensión cuando se dedica a algo no oficialmente admitido en el sistema de creencias estándar. Y pasa por distintas etapas respecto de este asunto: al principio cree que tiene que explicar todo para lograr el asentimiento del paciente, casi su permiso. Pero con el tiempo se da cuenta que es tiempo perdido: no hay porqué convencer a nadie acerca de nada y afortunadamente los pacientes son tozudamente pragmáticos: hacen lo que les resulta mejor para curarse o aliviarse. Así es una dicha: está todo bien, es como debe ser.

Entonces no les importa si un acumulador o un dor-buster están armados con materiales sencillos y baratos que pueden conseguirse en la ferretería del barrio y no en negocios carísimos de representantes de empresas lejanas. Las mismas que aprovechan alguna patente para vender a precios extorsivos. (Y cualquier costo muy alto en medicina es una variedad de extorsión).

Me tocó tener mucha suerte con mis pacientes: usan el acumulador y se benefician de sus efectos sin averiguar su historia o protagonizar discusiones teóricas acerca de los fundamentos de su eficacia. Es cierto que uno puede plantearse interrogantes hasta el infinito. Por ejemplo: ¿cómo es posible que un simple tubito o un modesto dispositivo pegado en la piel puedan tener tantos y tan notables efectos físicos y emocionales? ¿Qué somos entonces? ¿De qué estamos hechos, en realidad? Y así sucesivamente.

Está claro que una sola experiencia de carga
con un tubo, al estilo de quienes participaron en el seminario de Alcoy, no constituye un tratamiento ni es suficiente para mejorar la energía de una persona. Independientemente de otras medidas terapéuticas confluentes y coherentes, la mejoría estable y sólida de la energía sólo se logra utilizando el acumulador durante cierto tiempo, absolutamente variable según las características de la funcionalidad energética de cada persona. Y, de acuerdo a lo que hemos visto, cualquier indicación de uso del acumulador deberá estar precedida de una evaluación clínica y de una medición de energía. Es elemental suponer, entonces, que cuánto más baja y más desequilibrada esté la energía de una persona, más tiempo de uso será necesario para recomponerla a niveles compatibles con la salud.

En síntesis: que tal cual se describe en esta sencilla investigación, la energía orgón aplicada en un importante punto de acupuntura funciona muy bien sobre la energía humana, equilibrándola y acrecentando su nivel. Simplemente ayuda a vivir, a ser un poco más luminosos.

Y eso no parece poca cosa, si es que de vida y salud estamos hablando.

Carlos Inza
 

Bibliografía Básica

El sitio soporte de este trabajo es: http://www.acupuntura-orgon.com.ar/ en sus capítulos ya mencionados. Y también:  http://www.acupuntura-orgon.com.ar/investigaciones.htm

De Wilhelm Reich, especialmente dos obras: La función del orgasmo y Biopatía del cáncer.Para aproximarse al vasto mundo de la acupuntura: Acupuntura: teoría y práctica y ¿Qué es la acupuntura?, ambos de David Sussmann.