Medicina Energética y Otras Yerbas

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La esquizofisiología “normal” del humano patriarcal, ése que todavía somos

Clonación de Idiotas

Nota de aclaración: lo que sigue a continuación fue escrito hace algún tiempo. Viendo las cosas desde aquí y ahora, advierto que puede parecer, en el fondo, una justificación acerca de la estructura caracterial media del humano fabricado por la civilización patriarcal (nosotros, por ejemplo). Como no está expresamente aclarado, me parece importante decir que hay variadas estructuras humanas, y que la actual no las representa a todas, afortunadamente. Ahora, gracias a la “revolución arqueológica”, sabemos que existieron variadas culturas humanas más felices y sabias que la nuestra. Culturas no sometidas a la jerarquización, devastación de la vida y explotación de los semejantes. Culturas en las que sus integrantes se sentían parte de la naturaleza y vivían insertos en ella con la misma naturalidad que un pez nada en el agua. Es evidente, entonces, que tales estilos de vida no podían funcionar con la modalidad cerebral que aquí se describe: ¡eran mucho más evolucionados que nosotros!

Abril del 2015, Buenos Aires

 

Según Mac Lean el hombre tiene tres cerebros que, aunque funcionan juntos, pueden intercomunicarse:

     El más antiguo es básicamente reptílico,

     El segundo es heredero de los mamíferos inferiores,

     El tercero es un desarrollo mamífero posterior, el que ha hecho que el hombre sea precisamente hombre.

Hablando alegóricamente de estos tres cerebros en uno, se puede decir que, cuando un psiquiatra le pide a un paciente que se tienda en el sofá, le está pidiendo que se tumbe también junto a un cocodrilo o un caballo.

El neo-córtex de los homínidos se desarrolló hace unos 500.000 años, desde el pleistoceno medio en adelante, a una velocidad tremenda que no tiene precedentes en la historia de la evolución.

Mac Lean lanzó el término “esquizofisiología” para esta precaria situación de nuestro sistema nervioso. La define como una dicotomía en las funciones de la antigua y la nueva corteza que puede explicar las diferencias entre nuestra conducta emocional y la intelectual.

Según Arthur Koestler, la evolución cometió varios errores (fósiles o papelera de planes tirados por algún “creador”). El homo sapiens quizá sea víctima de un error de construcción en su sistema nervioso, lo que le impulsa a la destrucción. Pero tiene la virtud de compensar sus defectos con su capacidad para el arte y el lenguaje.

En la penosa historia de la especie hay varios síntomas patológicos:

  • No tiene mecanismo por el que los miembros de su especie respetan a los demás.
  • Es el único que organiza matanzas en masa.
  • Tiene una esquizofrénica escisión entre la razón y las emociones, entre la capacidad crítica y creencias irracionales.
  • Torpeza para conducir los asuntos humanos, a medida que aumenta su capacidad para la técnica.

Probablemente seámos el resultado de un “error de construcción”, pero nuestra capacidad para la técnica, el arte y el lenguaje, no nos salvan ni nos justifican.

La concepción “esquizofisiológica” de Mac Lean es simple, fuerte y poderosa para explicar la forma de funcionar humana cuando se la observa a nivel histórico, más allá de las diferencias individuales. Y recuerda la idea de Reich acerca de la “escisión de la conciencia” que utiliza para explicar las graves consecuencias implicadas en el paso del matriarcado al patriarcado.

Es como si no pudiéramos usar el lóbulo pre-frontal, que para algunos es una especie de cuarto cerebro, y es el sector más reciente de nuestra corteza cerebral. Se supone que en él radican las funciones más altamente “humanas”, las que nos proporcionan ese toque de distinción que sirve para alardear de ser “hijos de dios”: creatividad, solidaridad, capacidad de prever y planificar, etc.

Pero la realidad es demasiado cruel cuando es capaz de mostrar su verdadera cara sin maquillaje: la actuación general de homo sapiens es francamente vergonzosa. Hasta podríamos decir que da vergüenza ajena, sino fuera un mal chiste. Es muy claro que los actos no se corresponden con las magníficas intenciones en lo relacionado con los otros seres humanos. Y en cuanto a los otros vivientes, el absurdo y exclusivo antropocentrismo que practicamos, ni siquiera los tiene en cuenta. ¡Y para qué hablar del planeta! Es un simple decorado o infraestructura meramente física que carece de importancia.

Está claro que algo grave nos sucede si somos incapaces de funcionar con un mínimo de coherencia. Pareciera que los tres cerebros no funcionan de manera coordinada, que no hemos podido integrarlos produciendo un ser dotado de equilibrio entre sus variados componentes. Es que el neo córtex de los homínidos se desarrolló hace unos 500.000 años, desde el pleistoceno medio en adelante, a una velocidad tremenda que no tiene precedentes en la historia de la evolución. Y por ahora, no hay forma de integrar los tres cerebros que nos habitan. Fue todo demasiado rápido en la historia evolutiva y tuvimos que agrandar el cráneo e inventar la frente para albergar semejante cerebro. La consecuencia fue que no había pelvis capaz de alumbrar semejante monstruo como no fuera al precio de nacer en estado de larva, mucho antes de la posibilidad de valerse por sí mismo, tal cual ocurre en las otras especies. Y completar el desarrollo mínimo fuera del útero tiene un precio altísimo, tal cual veremos luego.ç

Francis Bacon

Francis Bacon

La idea de esquizofisiología implica, al menos, una división entre dos aunque podría ser entre tres. Y una surge con facilidad: la escisión entre emoción límbica y razón neocortical. Pero esto ya es contradictorio o mal planteado porque el límbico también “piensa“ y la corteza puede “emocionarse“. De manera que la conclusión antropocéntrica es fácil: la inteligente, impecable y lúcida corteza no puede controlar a nuestros instintos límbicos y a la ferocidad reptiliana que nos parasita injustamente, de manera que hay que encontrar la manera de ser más racionales e inhibir a los molestos vestigios de pasado que nos obligan a ser tan salvajes, tan inhumanos. Tal vez “la ciencia“ sea capaz de encontrar el mágico medicamento que podría hacernos felices para siempre a razón de un comprimido cada ocho horas…

Y uno se pregunta por qué razón hemos venido o devenido tan inseguros, tan alejados de nuestra verdadera posibilidad, tan impotentes como para inventar semejante patraña. Porque no es que seámos demasiado animales (un insulto que propinamos a los otros humanos que hacen algo “feo o malo“) o nos falte cerebro. Ocurre que cuando revisamos nuestra concreta forma de existencia en comparación con las características de los tres cerebros, lejos de encontrarnos reflejados en los atributos que describen al neocortex -y que, por definición, deberían representarnos- podemos reconocer que predominan los rasgos del cerebro más primitivo, el de origen reptiliano o complejo R.

Como bien resume Eduardo Mata (Neurobiología del psicópata):

Entre los elementos comunes al hombre y a los reptiles, que suponemos provenientes del componente R (cerebro reptiliano) figuran la selección del hogar, la territorialidad, el involucramiento en la caza, apareamiento, crianza y, de acuerdo a McLean, también intervienen en la formación de jerarquías sociales y selección de líderes. Tiene participación en los comportamientos ritualistas.

Salvo algunas excepciones, pareciera que estos comportamientos forman parte de las conductas burocráticas y políticas del hombre actual. Se dice que “mató a sangre fría” y la metáfora alude al componente R y a la “sangre fría” de los reptiles.

Lo escalofriante es que éstas características parecieran predominar en la especie humana que conocemos. No constituyen una excepción ni la temporaria  “obnubilación de la conciencia“, sino la forma estadísticamente promedio de funcionar, de acuerdo a los resultados del accionar de la especie. Los psicópatas asesinos son apenas una muestra, esos ejemplares que representan la tendencia aunque los demás se avergüencen y traten de esconderlos debajo de la alfombra. Y del presente-futuro mejor ni hablar, y sino miren lo que escribe Juaquín Grau:

No hay un posible Armagedón, no hay Hijos de la Luz ni Hijos de las Tinieblas, hay simplemente reptiles que poseen más de lo que pueden consumir y reptiles que son desposeídos de la comida. Y hay un cerebro límbico -también reptiliano- que no ilumina sino que incendia a quienes -quizás por tener poco- se sienten tan inseguros que necesitan lanzar a la batalla a su Dios. A ellos mismos hechos Dios.
Y la crueldad reptiliana sigue imperando. El cerebro gris ha generado armas apocalípticas. Armas que inevitablemente el cerebro reptiliano lanzará contra sí mismo si el cerebro límbico apela a la cólera de Dios y el cerebro razonador lo justifica en nombre de los “buenos” de la humanidad. Y la humanidad, alcanzada ya la cima de su evolución -que al parecer es ser un saurio cada vez mejor armado y más vengativo-, descansará en paz. Aunque no en la del Señor de los Justos sino en la del Señor de los Saurios.

No es muy alentador, que digamos, pero tampoco falta a la verdad. Y la maldita inseguridad dando vueltas, inventando una excusa a la cobardía del miedo a la libertad. La coraza de Reich en todo su esplendor y sin disimulo, sin hipocresía.

Como si todo estuviera bien y fuera una monstruosidad extraordinariamente rara, hemos repasado ciertas características del cerebro reptiliano que resultan estremecedoras para los humanos “normales”, no para los reptiles. Algunas de ellas han sido comentadas a propósito de la descripción de los psicópatas y de los terroristas suicidas. Acerca de éstos, Daniel Esquivel opina que:

“Mi hipótesis número 1 es que en el terrorista suicida se registra un predominio funcional del Complejo R.

Para MacLean el Complejo R es vital en la determinación de la conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y las jerarquías sociales. Si analizamos estas cuatro zonas de la conducta del terrorista suicida las encontramos altamente reforzadas y exacerbadas.

La agresividad no es adecuadamente contenida y canalizada, sino que se desborda y estalla en violencia contra otras personas, contra objetos materiales y contra sí mismo.

La territorialidad adquiere un peso enorme: trazar fronteras infranqueables entre los territorios reales y virtuales de “ellos” y “nosotros”, defender su propio territorio, atacar el de los otros, explorar la zona del ataque y planificar las acciones desde zonas protegidas o clandestinas que les brinden seguridad.

La vida cotidiana del terrorista suicida es plena de rituales: pensamiento ritualizado por factores políticos o religiosos que imponen fórmulas repetitivas y rígidas, ritos impuestos por el entrenamiento terrorista y por las peculiaridades de una vida clandestina, ceremoniales burocráticos de la organización que integra, y hasta el atentado como el último ritual que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano. El establecimiento de jerarquías estrictas es otro de los nudos de su personalidad, en la medida que la disciplina, la verticalidad del mando, el cumplimiento de las órdenes y el respeto a la autoridad de los jefes del grupo son factores siempre presentes en estas situaciones. El orden y la simplicidad del mando exigen ausencia de dudas y de críticas.

El predominio funcional del Complejo R tiene dos caras complementarias. Por un lado la fuerza de los componentes reptílicos ya mencionados. Y por otro lado la debilidad de factores del Sistema Límbico y del Neocórtex que en condiciones normales podrían operar como controles o mecanismos de equilibrio y compensación. Podríamos afirmar que hay elementos límbicos y corticales claramente bloqueados en estas personas: la empatía emocional con las personas que van a morir en el atentado, el temor a la propia muerte, la compasión por las víctimas, la creatividad para escapar de los rígidos determinismos intelectuales y culturales, la libertad para pensar con cabeza propia, el amor por los seres queridos con el consiguiente deseo de compartir su vida con ellos y hasta los impulsos sexuales que podrían conducirlos hacia otra clase de vida totalmente distinta a la que los conduce a la muerte.”

Ahora bien: salvo algunos pequeños detalles operativos, ¿no se está casi describiendo al “hombre normal” de nuestra civilización?

O, acaso, ¿puede dudarse que la estructura dependiente, la conducta agresiva, la exagerada territorialidad, la recurrencia y necesidad de actos rituales y el acatamiento irrestricto y dócil de las jerarquías sociales no son constituyentes esenciales del carácter social medio?

Siempre hubo una gigantesca mentira en la auto-evaluación de la presencia humana: las valiosas y notables excepciones han sido consideradas como la norma obviando la simple realidad cotidiana, ésa que muestra indiferencia, prepotencia, falta de solidaridad, ausencia de compromiso profundo, superficialidad y mediocridad generalizada. Tibieza y disimulo, hipocresía y cinismo, agresividad sin límite cuando se tiene la seguridad de no ser castigado, etcétera. ¿Qué éstos “valores” muestran una personalidad claramente anti-social? Pues claro. Y para eso nada mejor que la descripción del psicópata que propone Eduardo Mata, un intento de profundizar en la mente de personas que pueden llegar al asesinato fácil, luego de constante ejercicio de la agresividad y variadas formas de violencia:

“Chekley ha sido probablemente quien más ha aportado en los últimos tiempos al concepto de psicopatía, subrayando la desviación social, el encanto superficial, la falta de remordimientos, la incapacidad para amar, y el estilo vincular irresponsable e impersonal.

Hare, especialmente en la última versión de su PsychopathyChecklist (PCL-R), permite hacer la distinción entre dos estructuras.

La primera de ellas (Factor 1), se caracteriza por la locuacidad, falta de remordimientos o culpa, afectos superficiales, callosidad, falta de empatía y renuencia a aceptar responsabilidades. Ésta variante no necesariamente debe ser antisocial.

La segunda (Factor 2) consiste en los rasgos verdaderamente antisociales, en la agresividad y falta de control de impulsos.”

Por supuesto que sólo algunas personas llegan a cometer un asesinato, pero hay legítimo derecho a sospechar que los asesinos sólo son emergentes o abanderados, y no casos raros o excepcionales. Podría recordarse aquí que, entre soltar a Jesús o a Barrabás, la mayoría optó por el segundo, un delincuente común. O que el pueblo alemán eligió a Hitler en comicios libres, o que Bush (otro psicópata peligroso) también fue elegido democráticamente. O también, y me queda más cerca, que la dictadura militar que gobernó en Argentina pudo hacerlo y patentar el sistema de la “desaparición” porque tuvo consenso social extra-electoral para hacerlo. ¡Y no son casos aislados, excepcionales!

Desde la infamia de pegarle o maltratar a un chico indefenso con la espantosa coartada que da ser su padre o madre, hasta la construcción organizada y “racional” de un régimen genocida como el nazismo o parecidos hay un largo trecho, pero la especie humana no tiene problema en recorrerlo con algún libro justificatorio en la cabeza y una sonrisa estúpida en el rostro (lo que se muestra). En el humano, las conductas y odios tribales son moneda corriente, casi “términos de intercambio”. Y si uno tiene la paciencia suficiente, contemplará el triste espectáculo de pueblos enteros que han sido salvajemente torturados y diezmados, pero que al recuperarse no tienen empacho en hacer lo mismo con otros pueblos, siempre con increíbles argumentos que esgrimen (esgrima) para justificar la nueva atrocidad: Israel versus Palestina, por ejemplo.

No, no: hay algo demasiado equivocado en la “humana” definición de “hombre” que manejan algunos representantes de cierta supuesta “humanidad” que no existe.

Esa humanidad es nada más que un club de notables, de seres superiores que inventaron un dios que los ha elegido como sus representantes sobre la tierra. Y es hora de ponernos en nuestro verdadero lugar, en uno de hechos concretos y ciertos. El intento de confundir a un grupo de buenas y honestas personas como verdaderos representantes de la especie es ridículo y hasta patético. Y hasta podría ser risible sino fuera trágico porque esconde una mentira tras otra, un asesinato tras otro, un genocidio seguido del próximo.

Seguramente, las consecuencias del “cambio climático” (un eufemismo típico de idiotas para esconder la cercanía de la catástrofe “natural” que se avecina), han tenido la virtud de acelerar el proceso de blanqueo y transparencia. Y la simple verdad es que somos un desastre: no sólo nos asesinamos y torturamos unos a otros sin remordimiento ni culpa: también hacemos lo mismo con todas las formas de vida que podemos eliminar y hasta ponemos en riesgo la misma existencia del planeta que habitamos. Y esto nos muestra la realidad de lo que somos como especie: una horda de asesinos y suicidas. O sea: ¡psicópatas y terroristas suicidas!

Entonces: ¿a qué viene la necesidad de alabarnos tanto, de inventar este grosero antropocentrismo que da vergüenza ajena? ¿Por qué razón nos engañamos de una manera tan burda acerca de nuestro verdadero valor? Cuando los autores citados describen con pericia a terroristas y psicópatas, ¿no se les ocurre sospechar, ni por un atisbo de segundos o relampagueo de conciencia, que están describiendo a la mayoría de la especie humana?

Y después de conocer la sencilla pero brillante analogía entre cáncer de la piel y grandes ciudades modernas y la extendida difusión del modelo depredador-presa, ¿no parece bastante claro en qué ha devenido la “maravillosa civilización humana”?

Hay que ser casi totalmente ciego para no darse cuenta.

Ésta es una de las mentiras más celosamente guardadas en la trivial existencia humana: sepultada dentro de variadas y estúpidas creencias religiosas,  políticas y culturales, es como la plusvalía de una falsa existencia que, en realidad, no favorece a nadie. Había que ser bastante tonto, también, para creer que los privilegios salvarían a los privilegiados. Ahora sabemos que la vida es un consorcio y no una salvaje competencia para destruir a los otros, de manera que ni eso supimos leer y entender en el simple libro de la vida. Y esto hace comprensible el simple hecho de que tampoco los poderosos son felices: vivir con el corazón y la cabeza llenos de putrefactos excrementos no puede dar alegría ni siquiera a una estrafalaria colección de sicóticos.

Carlos Inza

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