Medicina Energética y Otras Yerbas

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Estrés y trauma en el nacimiento

El siguiente texto deriva de la charla que – en mayo de 2014- di en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina) durante la mesa redonda que organizamos con las agrupaciones “Nacer en Mendoza” y “Alumbra”, en conmemoración de la Semana Mundial por un Parto Respetado.

Durante mucho tiempo y desde varias perspectivas se dijo que indiscutiblemente “nacer” es traumático; que llegar a este mundo es una de las mayores heridas que tenemos los humanos. La psicología misma, por cierto, ha contribuido a ese pensamiento con su teoría de la “falta original”. El cristianismo, por otro lado, habla del dolor por la culpa del primer pecado. Creencias que han servido para justificar el trauma de nacimiento y perpetuarlo como lugar común.

No hay sin embargo nada más anti natural que afirmar que nacer es traumático en la vida de un ser humano.

Ahora bien, si a ésta afirmación la ponemos en condicional, es decir : “el nacimiento puede ser una experiencia traumática”, entonces sí coincidiré con ella.

Comencemos hablando un poco sobre lo natural:

El parto es un evento fisiológico que necesita de una dosis de estrés para que se produzca: las contracciones, los movimientos, la apertura de cadera, el pasaje por el canal de parto, etc. Pero estrés no es lo mismo que trauma. Imagínense si todo aquello que nos generara un estrés fuese  traumático; vivir sería entonces un gran trauma en sí mismo pues estamos confrontados a acciones de maduración y crecimiento que necesitan de una respuesta de tensión del organismo, como caminar, comer, tener una relación sexual, etc.

El estrés es una preparación del organismo para una acción, es una defensa. Y en el parto natural se da esa gran activación del sistema de defensa del cuerpo.  Es una respuesta de alarma del organismo, que genera movimiento y acción. Concretamente la desencadena el hipotálamo; respuesta natural y necesaria para preparar los órganos del recién nacido al funcionamiento de la mejor forma una vez fuera del útero.

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El trauma es otra cosa. Si bien entiendo que un estrés prolongado en el tiempo puede ser de difícil manejo para el organismo,  generando trauma.

Con ser estresante un parto (tensión-carga), nos pide apenas que acompañemos y contengamos a ese bebé, hasta que pueda volver a su estado natural, cuando podrá relajarse  y eliminar las hormonas  que se pusieron en marcha para permitir el nacimiento (descarga-relajación). Cuando esto se da naturalmente vemos cómo bebés y mamás duermen después de un trabajo de parto, recuperándose. Y el contacto piel a piel, madre/bebé es la medicina energética  natural perfecta en ese momento.

Para que un parto sea sólo lo necesariamente estresantemente, tenemos que poder respetar lo natural, no acelerar  ni intervenir demasiado; no separar madre y bebé después del nacimiento. Así bien como permitir que se desarrolle el apego, y eso se da cuando una madre fue respetada en su momento de parto, y un bebé  en sus movimientos al nacer. Los dos terminan cumpliendo su función natural para la cual toda la fisiología del nacimiento los ampara.

Lo traumático del parto es otra cosa. Lo traumático está en lo violento, lo disruptivo, lo invasivo, lo que no da tiempo a la recuperación; lo traumático está en la separación de madre e hijo, no permitiendo que se cumplan mecanismos naturales de compensación y sanación.

Un parto no respetado en sus diversos modos es una forma de promover un ambiente de trauma,  favoreciendo que ese bebé recién nacido no tenga asegurado lo más importante para su maduración.

Por otro lado estresante no significa traumático. Lo traumático es algo que amenaza la pulsación energética de ese individuo o incluso su propia vida. Una especie de interrupción del flujo vital.

En mi observación clínica los dolores de las contracciones, que son tan temidos por muchas mujeres, vienen asociados a fantasías tales como “romperse”, “dividirse”, que activan sus miedos más profundos. Pero aún con la activación de esos miedos, si las mujeres son protegidas, respetadas  y alentadas, pueden  en mayor o menor medida, transitarlos. Después que nace el bebé, la naturaleza sabiamente, con su cocktail de hormonas, permite que la mujer en el tiempo vaya olvidando lo vivido como dolor muscular, e incorporando y valorando la experiencia de haber podido parir. Fortaleciéndose y empoderándose.

Ahora bien, si ese mismo dolor que genera miedo y ansiedad no es entendido, si es anestesiado, si es acallado, si no se lo respeta, entonces sí puede generar o crear las condiciones para que un evento de este tipo sea difícil de superar.

En realidad lo más traumático suele ser la devaluación de sí mismo que, en la circunstancia del parto, un equipo de “profesionales” puede  generar. La soledad, el desamparo, los gritos, las frases tajantes y descalificadoras, los retos humillantes, son lo que traumatiza. Ocurrido esto y aunque pase el tiempo las mujeres continuarán sufriendo las consecuencias de esa violencia, en mayor o menor grado, en función de la estructura psíquica y emocional de cada mujer y del entorno social que la ayude a compensar esa experiencia traumática.

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Una madre que ha sufrido ésta violencia pierde mucha energía. Esta pérdida puede manifestarse en el vínculo, pudiendo demorar en volver a “enchufarse” completamente con su bebé.  Y entonces sí, para ese bebé que tiene a la madre herida, puede ser muy difícil llegar al mundo. No tener una madre energética y emocionalmente disponible, porque ella está desviando parte de su energía en curar la herida que se le ha infligido, requiere de un entorno social aun más atento a los cuidados de la díada madre-bebé. Igualmente he observado que en partos traumáticos  no siempre el deseo de maternar es alterado, muchas veces madres e hijos crean una simbiosis todavía más fuerte y prolongada que ayuda a los dos a recuperarse de la difícil experiencia que vivieron juntos. 

Por otro lado el bebé puede vivir el nacimiento como un trauma y quizás en la práctica para casi todos los niños sea así. No porque así deba ser, sino porque así lo hacemos los humanoscivilizados”, desarrollando métodos de nacimiento invasivos que en nombre de la protección de la vida invaden, separan y evitan que se establezca el apego, poniendo en riesgo la lactancia y el vínculo materno infantil. Esto, la represión misma del deseo materno, es lo que impide la completa construcción del deseo en el recién nacido.

Un bebé no puede decir claramente qué fue lo traumático durante el parto. Y no va a recordar conscientemente todo lo que le ocurrió al nacer. Pero esto suele aparecer en su personalidad de adulto y en el modo de vida que adoptará. Hay adultos que todavía  funcionan de un “modo bebé”, esperando ser compensados por una experiencia traumática que los ha dejado en el limbo entre la vida y la muerte; entre dos mundos. La escisión y la despersonalización serán entonces salidas para el dolor de vivir en un mundo hostil y sin respeto desde un principio.

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El hecho de que no veamos lo que hacen con nuestros hijos no quiere decir que esté todo bien. Tampoco que esté todo mal. Pero para un bebé recién nacido no hay lugar mejor que el cuerpo materno, al devolverle la madre la seguridad que él necesita. Devolverle un útero externo a través de sus brazos. Entonces pongamos atención a la violencia que infligimos a la vida con el rutinario hecho de separar madres y bebés.

Los bebés no hablan pero comunican y podemos observar el estrés en el llanto excesivo post nacimiento, en cómo les cuesta estar tranquilos, en el tono muscular que está sobre activado generando un excedente de actividad motora.  Estas son algunas señales que podemos tener presentes para ayudar al  bebé a salir de la respuesta traumática al nacimiento. A veces hacen falta algunos años para que el  bebé termine de tranquilizar su sistema neurovegetativo. Pero lo más importante es que podemos disminuir las secuelas de la experiencia traumática a través de compensaciones que se dan en el vínculo madre-bebé: pecho, calor, contención, contacto, mirada, masaje, respeto.

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Sabemos que una buena parte de los nacimientos son por vía quirúrgica. Una cesárea que, cuando está bien indicada, puede salvar vidas y es en algunas circunstancias la mejor opción para ayudar a nacer a un bebé, es en la práctica de un uso generalizado e indiscriminado, pudiendo llegar a ser en un 70% a 90%  la forma de nacimiento en clínicas particulares. Esto representa una manipulación sobre el modo de nacer.

¿Quién, frente a la opción de un sistema de salud que pone de un lado el parto como siendo normalmente traumático y del otro a la cesárea, elegiría parir naturalmente?. Como he dicho lo traumático no está necesariamente en el parto sino en las condiciones en que éste se da.

Quizás una buena pregunta a nuestro médico(a) ginecólogo o partera(o) sea saber cuántos partos naturales han podido acompañar. Si pudiéramos hacer ésta pregunta y obtener una respuesta verdadera, sabríamos si nuestro equipo sanitario tiene las herramientas necesarias para esperar nuestros tiempos y respetar nuestros procesos. Posiblemente el exceso de intervención no pase por la maldad, sino mas bien porque esos profesionales creen realmente que lo que hacen  es lo mejor para la madre que acompañan. Creen que así salvan vidas y no las exponen a riesgos. Por mi parte pienso que en lo que no creen es en ellos mismos como profesionales que puedan acompañar el nacimiento de la vida, dejando de lado sus prejuicios y miedos, respetando profundamente la vida que ven nacer.

Por supuesto un trauma vivido en el parto, que genera alteración en el ecosistema materno en los primeros meses, puede dejar secuelas para toda una vida. Pero de la misma forma que puede generar secuelas, podemos compensar los efectos de ese trauma. Y eso han hecho muchas madres que han podido maternar a sus hijos, establecer vínculo, relación de apego, urdimbre afectiva.

Podría continuar hablando de algunas alteraciones -en el proceso natural del continuum de la vida- que afectan la maduración psíquica del bebé, pero también es cierto que no hay solamente un factor de riesgo en nuestras vidas, y  un único evento no determina todo.

Volvamos  entonces a una idea que he enunciado aquí, para no caer en la  desesperación: la vida es un continuum; siempre se puede compensar una cesárea, un parto traumático,  la separación de madres y bebés, las cirugías infantiles, etc. Compensar a través de actos que ayuden a restablecer el proceso de  maduración de la especie,  devolviendo la funcionalidad al organismo alterado por un fenómeno traumático.

 Siempre se podrá ver con optimismo la vida, saliendo de la parálisis del miedo y del discurso catastrófico alrededor del no poder parir naturalmente. Porque sabemos que nuestras vidas están muchas veces entregadas a nuestros miedos, a nuestras corazas defensivas y a un sistema social que más impide que ayuda.

……

¿Pero quién determina lo necesario? ¿Un equipo médico que no confía en el parto natural y que en algunas situaciones ni siquiera sabe sobre la fisiología sana del cuerpo en el parto? ¿Una obstetricia que fue desarrollada sin base en evidencia científica, con intervenciones como episiotomía, goteo de oxcitocina, parto en posición horizontal, corte del cordón umbilical antes del tiempo, etc?, ¿Instituciones públicas que viven una dinámica estructural  violenta en la que madres y bebés son víctimas de una cadena de violencia relacional mucho más grande? ¿El miedo?

Esperemos que no. Esperemos y trabajemos para que sean siempre las madres las que nos indiquen el camino, elijan lo que necesitan y confíen en sí mismas para tomar esas decisiones.

Por supuesto lo mejor sería que las cosas se dieran naturalmente: partos naturales, sin intervenciones  innecesarias y con respeto; que madres y bebés estuvieran unidos y jamás separados post nacimiento, no importando la forma de los mismos; que miráramos con reverencia a la vida que se manifiesta en toda su plenitud frente a nuestros ojos. Que el aparato médico sólo llegara a actuar frente a una situación realmente necesaria y que sus intervenciones fueran para facilitar procesos  sinentorpecer la maduración psicosomática de un ser.

Para que una mudanza ocurra hay que preparar emocionalmente a las madres para los cambios que necesitan hacer en sus cuerpos a fin de acompañar sus emociones y recibir el nacimiento de su bebé. Por otro lado  se hace fundamental preparar un equipo sensible a la vida, con capacidad de contacto y que comprenda que cada intervención innecesaria pone en riesgo la continuidad de la maduración humana y el vínculo materno infantil.

En suma, no participemos de la fábrica de idiotas que promueve la sociedad de consumo, que mata las subjetividades, la libertad y la plenitud de la vida. Denunciemos todos ésta violencia normatizada que autorizamos en nuestros cuerpos en el momento de parir y nacer.

Recuperemos la vida en los procesos de embarazo, nacimiento y crianza de nuestros hijos, que son los hombres y mujeres del futuro.

27/11/2006 08:15 p.m.

Munich Vieira Santana

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