Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…


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Patriarcado ¿Cómo te lo explico, Ramiro? #Niunamenos

CLONACIÓN DE IDIOTAS

Por Daniela Mattolini

El virus del patriarcado (manzanita uno)

Te entiendo, me dijo una mujer lúcida. “Yo desconfiaba también, como vos de las clasificaciones y etiquetas… creo que lo que te molesta no es eso, es el patriarcado…” Desde que Ana me dijo eso, ocurrió una recapitulación de situaciones autoritarias, sutiles o explícitas. Las imágenes me fueron mostraron la humanidad más cercana y más lejana, la menos y la más querida infectada por una especie de virus: un virus patriarcal, que se encarga de etiquetar toda situación en toda disciplina para formar ovejas-lobo. Es decir, sos del rebaño, pero acusás a las demás ovejas si se salen del “portarse bien”. Y las mujeres que se portan mal corren el riesgo de ser asesinadas. Muchos señores y señoras ovejas parecen celebrar, consentir, justificar cuando un cordero es degollado.

Si prestás atención duele. Cuando el virus asoma en los comentarios casi que es posible aislarlo, identificarlo, buscar una vacuna, una homeopatía, un antídoto. Cuando no, es casi imposible. Todos contagiados de “… es que andaba sola” “ella se lo buscó” “¿qué tiene de malo un piropo?” “las mujeres de bien” (porque parece que hay las de mal…)

Mi cinismo me trae imágenes de zombies infectados de patriarcado. Una señora de “batón” celeste y chancletas pasando el lampazo por la vereda mendocina diciéndole a la vecina mientras mueve la cabeza desaprobatoriamente “algo habrán hecho”. Una explicación sencilla, tranquilizadora que se aplica a todas las violencias. Se me ocurren muchas imágenes para contárselo a los que todavía me hablan de que no creen en el feminismo ni en ningún “ismo” o a los que dicen que el feminismo es lo mismo que el machismo pero al revés.

Todos somos Opinólogos

“Se viralizó una carta en memoria de las chicas mendocinas asesinadas” dice el titular de una nota de Clarín. En la nota aclaran que la carta fue escrita en primera persona por una estudiante paraguaya y pone el foco en la mirada recriminatoria que hay hacia las mujeres en estos casos. Fue compartida casi 600 mil veces. Miles de notas, miles de muertes, miles de dolores. Pero los comentarios debajo de las notas los de “la gente” siguen diciendo lo mismo: la culpa es de las chicas que se metieron “en la boca del lobo”. Cito uno de muchos comentarios y para muestra basta un botón:

“Hay una realidad innegable, que las minas se empeñan en desconocer: una mujer no es igual a un hombre ! Así de sencillo. Es una persona vulnerable, muchísimo más débil físicamente, muy fácil de atacar y dominar….Un muchacho de 20 años como ellas puede hacer frente tranquilamente a cualquiera y no estará en desventaja, pero una mina sí ! POR ESO SE INSISTE EN QUE SEAN ACOMPAÑADAS AL MENOS POR UN VARÓN, justamente para evitar ese tipo de peligros… Y por lo demás, todos sabemos cómo piensan y actúan dos minitas de 20 años que salen a recorrer países cuartomundistas, en los que no hay garantías de ningún tipo…Se sueltan, y andan a la pesca de un par de machitos que les guste, y en esa búsqueda se topan con dos malandras como los que las asesinaron. Así terminan las mochileras.” Dice un tal Ramiro. http://www.clarin.com/sociedad/vira…

Hay tantos Ramiros ¿bienintencionados? emitiendo sus opiniones justamente ante las voces femeninas que decimos que con estos comentarios las matan dos veces y nos condenan a todas, incluídas “sus” mujeres: hermanas, hijas, parejas. En honor a la verdad, algunos diarios merecen más mis respetos que otros y Clarín no es santo de mi devoción, es más bien diabólico en mi panteón de comunicadores. En el tratamiento de esta dolorosa noticia y en casos similares son de destacar la lucidez de Unidiversidad y de Cosecha Roja.

Muy cerca de la marcha realizada en Mendoza por estos femicidios, se realizó la marcha del 8 de marzo, en la que se conmemoró el Día Internacional de la Mujer a raíz de un evento terrorífico como tantos. Tantos que se van naturalizando… y se van mezclando y al querer conmemorarlo, nunca falta una mayoría (dominante) que relativiza ese evento. Porque “a los hombres también los mata y nadie dice nada”, y a los niños y a las ballenas y al oso Arturo. Cada cual merece su justicia seguramente, acorde a su caso, pero nos gustaría que alguna vez quienes alzan estos argumentos pudieran comprender que siguen tapando esta herida social, este hueco legal, este dolor ancestral con esas opiniones y argumentos. En psicología se le llamaría resistencia o negación al mecanismo defensivo ante una dolorosa verdad que pretende revelarse. Y así la sociedad lo tapa a la vez que lo muestra. Cada noticia sobre violencia de género en los medios, bien o mal escrita desde la perspectiva de género obtiene comentarios que sostienen el paradigma patriarcal (escritos por hombres y mujeres).

Queda mucho por hacer, hay mucho que se está haciendo. En las parejas, en las crianzas, en las decisiones sobre cómo vivimos, cómo consumimos y qué consumimos. Porque las muertes de 1908 que dieron lugar a la marcha, a los reclamos socialistas que hoy derivan en el Día Internacional de la Mujer tienen que ver con el consumo de la vida, con la sociedad de consumo y con la falta de respeto las mínimas condiciones de supervivencia de algunos por sobre el confort de otros. 146 mujeres quemadas por un reclamo en una fábrica textil se reproducen por miles en el mundo actual que también cuenta con esclavas textiles acá nomás en Capital Federal Argentina, esclavas sexuales, acá nomás en la Patagonia para que los “esclavos” a sueldo de las mineras se “descarguen” entre el casino y el prostíbulo. Bien pensado, jefe. Jefe patriarcal, esclavista de multinacional que devora a la tierra y a la gente, que acumula una riqueza vacía, dinero.

Es válido dar lugar a las voces que hablan de los dolores del mundo, de los dolores por la humanidad y la tierra tal como la estamos observando. Que es de todos, que no sólo las mujeres mueren, se esclavizan, son violentadas y son asesinadas. Que la violencia se ha ejercido indiscriminadamente, entonces a qué venimos algunas a ponerle resaltador a la que padecen las mujeres. Bueno, es que hay violencias que sólo padecen las mujeres y que la padecen por el hecho de serlo. Esto no ocurre de modo institucionalizado y sistemático con los hombres o los osos polares. Así de simple.

Y hay que hacer la prueba de explicarlo con manzanitas, de conquistar en la comunicación algo de conciencia juntos y juntas. Con el que no lo ve, con el que piensa distinto (aunque frustre tanto que aun publicando una carta como la que se “viralizó” el virus del patriarcado se encienda aún más en los comentarios como los de Ramiro) tratar de bancarse (un poco) la resistencia, la negación, las posturas defensivas, el ataque ideológico, porque de verdad y con urgencia necesitamos un cambio de paradigma, un cambio de conciencia.

Nos están matando por ser mujeres (manzanita dos).

“Es una persona vulnerable, muchísimo más débil físicamente, muy fácil de atacar y dominar…” la debilidad según Ramiro, la oportunidad de ser dominado o atacado, esa cualidad es un “hecho”. Si sos débil, no salgas. Si sos mujer sos débil. Físicamente. Física. Mente.

Porque hay cosas que se supone que las mujeres debemos hacer y cosas que no y si te salís de esos parámetros-jaula entonces corrés un gran riesgo, como nos recuerdan todos los Ramiros que comentaron en este mes, con tono admonitorio sobre cuál es el lugar de la mujer y cuál no. Viene Marcelo un poco más abajo y dice: “Asi terminan las aventuras cuando uno se cree que el mundo es para divertirse y que la vida es una fiesta. Horrendo. Para eso están los padres, que tienen experiencia.”

La vida es una fiesta, Marcelo. Todo lo bueno viene de la Vida. Vos por ejemplo, Marcelo, muy probablemente venís de una fiesta de la vida entre una mujer y un hombre, ojalá vengas de un buen orgasmo consentido y buscado. Estás invitado a la fiesta de la vida, a defender la alegría (como dice Benedetti y canta Serrat) desde que saliste del vientre de tu madre y lograste sobrevivir hasta emitir una opinión tan lamentable. Vos que también sos débil Ramiro, físicamente, sometible y asesinable. Vulnerable, como todo ser humano.

Pero como no sos mujer, no es un “hecho” que tenés que cuidarte, no tenés prohibido viajar solo. Vos, según vos, no estarías en riesgo “físicamente”.

Entre otros comentarios, a muchos Marcelos, Marcelas, Ramiros y Ramiras no les gustan las “poesías” soñadoras sobre ser libres de viajar… tranquilas. Le parece ingenuo que queramos andar por la vida sin que nos maten, siendo tan respetables como cualquiera ¿cómo se nos ocurre?

Querer una vida… Viva. Querer una vida igualitaria. Poder estudiar, y quizá ir a la universidad y querer ganar un sueldo acorde a lo trabajado y que no sea menor mi pago por ser mujer. Que no me pregunten sobre la maternidad como una obligación las señoras del barrio, ni como una carga los jefes que prefieren contratar hombres que no se embarazan, (como las mujeres que encima pretenden cobrar sueldo durante la licencia por maternidad, que ya es un invento moderno). Y las hippies y las chetas que tienen la moda del feminismo, de priorizar a los hijos o de querer partos sin violencia.

Qué pretenciosas, queremos respeto por nuestra vida, por nuestras decisiones, por nuestra libertad. Pero Ramiro duerme tranquilo mandándonos a callar, a no viajar, a no ir a fiestas, a no trabajar si vas a ser madre, a no ser linda, a no querer serlo, a no gustar, a no disfrutar. A consumir pavadas románticas y domésticas que tengan a Marcelo contento. A bancarte todo calladita si querés algo más que lo que Marcelo espera para el triste destino de la mujer. Cualquier osadía, será castigada con violación y pena de muerte. Porque te lo buscaste.

Somos putas, somos brujas, somos locas, por las mismas cosas que un hombre es un groso, un capo, un winner.

Por querer vivir y desear en paz, igualitariamente. Parece que todavía hace falta hacer mucho más para que Marcelo, Ramiro y los salieris de Tinelli se curen del virus patriarcal.

Hoy los restos de Majo Coni y Marina Menegazzo serán sepultados en un cementerio de Luján de Cuyo (Mendoza). Lamentablemente, Ramiro duerme tranquilo, él cree que no mató a nadie.

Daniela Mattolini

Psicóloga, Terapeuta Floral

Participa en Mendoza Permacultura y Alumbra (agrupación de mujeres a favor de un parto respetado)

 

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Etapas y momentos críticos en la Clonación de Idiotas

CLONACIÓN DE IDIOTAS

Por Carlos Inza

  1. La vida en el útero puede ser cómoda, pero no exenta de riesgos: todo depende de la salud de nuestra madre. Ella no es una “santita” ni una mujer perfecta (aunque todos los hijos creamos eso), es una viviente como todos y está sometida a las reglas de juego vigentes. Si vive en un entorno enfermo-estándar-actual es inevitable que eso “contamine” su energía e influya sobre el embrión. Cuánto peor sea la situación energética global y la salud de la madre, más daño puede producirse: hay mucha gente que ya está enferma en el útero, antes de “salir”.
  2. El parto es un verdadero “parto”: la especie humana es la única habituada a parir con dolor, aunque puede evitarse, debido a que sus hembras no disponen de una pelvis apta para dejar pasar fácilmente monstruos con semejante cabeza. Y encima no la ayudan: la “civilización” inventó una tortura sofisticada diseñando camillas de parto horizontales: ¡¿se imaginan evacuar el intestino en esa posición?! También pueden transformar a la parturienta en un objeto de quirófano (cesárea), casi siempre sin necesidad. La “llegada al mundo” no es auspiciosa: te reciben con un spot luminoso como para enceguecerte de por vida, te agarran con fuerza como si no supieras salir sacándote a los empujones como en el subte a la hora pico, te golpean la espalda como si no supieras respirar, te cortan el cordón como si no supiera secarse solo y, por último, te separan de tu casa de los primeros nueve meses para hacinarte al lado de otros convictos. Es un rasgo de sinceridad: te muestran de entrada lo que te espera al tiempo que le muestran a la madre quién tiene el verdadero poder. También puede que te bombardeen con flashes la retina y te expongan a través de un vidrio como si estuvieras en un zoológico.
  3. Después del nacimiento oficial y hasta el comienzo de la motilidad (diez meses), seguimos siendo larvas más-o-menos simpáticas, aunque ya estamos claramente situados en el sistema de la recompensa: la nutrición, el olor y el amor maternos son esenciales para el desarrollo. Pero aquí ya puede empezar a funcionar el sistema inhibidor de la acción: una atmósfera cargada de tensión y “cierta violencia” puede producir demasiado miedo, ya en los primeros meses de la vida, y dejarnos la amígdala cerebral cargada con demasiada información de por vida.
  4. Al año de vida podemos empezar a caminar y, por lo tanto, a recibir condicionamiento de límites, demasiados límites para aprender “como son las cosas”. Y las cosas entran en una de dos categorías: buenas o malas. Bueno es lo que a mamá (y también a papá y a cualquier adulto que pase por allí) le parece bueno, y malo lo que les parece malo, así de sencillo. Hay miles de ¡cuidado, eso no!, algunos justificables y otros no. Y especialmente ya comienza a firmarse el contrato tipo Fausto: si querés protección, cuidado y ternura, tenés que hacer la siguiente innumerable lista de cosas. Y fírmame allí, al final, luego de todas estas páginas en blanco donde muchos irán escribiendo las cláusulas del contrato a medida que el tiempo pase: nunca se sabe, de entrada, lo que Dios y el Diablo necesitarán que hagas y no hagas a lo largo de tu vida.
  5. A los tres, cuatro o cinco años ya terminaste tu formación básica, que te signará de por vida. Podés rebelarte, protestar, exigir otro contrato, pero es inútil. En todo caso tendrás que ser muy valiente y arriesgar tu vida en el intento de ser libre. Pero ya, a esa “tierna edad”, tu amígdala cerebral está bien cargada de información y sabe casi todo lo que debe evitar. (Osho cuenta que cuando era chico creía que se llamaba NO). Pero no solo lo que es objetivamente peligroso, ¡también todo lo que a dios, al diablo, a los sacerdotes, madres, padres, médicos, maestras, tías, vecinas, gerentes y siguen las firmas les parece peligroso (para ellos)! ¿Entendiste que malo y peligroso es lo mismo? Sí, que bueno. ¿No?, para eso tenemos la educación, y ahora la televisión y todo lo que necesitamos. ¿Sabías que parte de la trampa consiste en que tu maravilloso lóbulo pre-frontal, ese que te permitiría juzgar y decidir por cuenta propia es un verdadero idiota a esa “tierna edad”? Lo sepas o no es lo mismo: a los cinco años ya estás casi totalmente programado para ser un idiota más.
  6. A los seis años aparece oficialmente la sociedad, empezás la primaria, o cuidas cabras o aprendes la vida de marginal zafando y ayudando a zafar a tu familia. Pero ya aprendiste que los adultos mienten groseramente, muchas veces sin cuidarse siquiera. Se supone que tenés que aceptarlo, hacerte el boludo, seguir adelante con la escena como si no pasara nada. Si no lo hacés es peligroso, podés volverte loco de entrada. Pero si lo aceptás con naturalidad, como si estuviera bien, ¡estás perdido! Creo que ni siquiera te van a agregar cláusulas en el contrato, no vale la pena. Sin embargo, el adiestramiento para completar el software sigue con mucho entusiasmo: hay que consolidar tu formación dentro de La Trampa. Tu magnífica maduración neuro-motriz, cada vez más fina, se inscribe dentro de la trampa, de manera que se perfecciona el “sistema de premios y castigos” y el “inhibidor de la acción”: ya sabés qué y cuándo hacer algo y cuando no. Incluso aparecen sofisticaciones prácticas que te ayudarán a no gastar energía inútilmente: tu avanzadísimo aparato visual aprenderá a no mirar o no registrar “lo que no le interesa”, o sea: las cosas más apasionantes que hay para ver. Tu aparato auditivo hará lo mismo: ¿para qué escuchar lo que no te conviene?  Y especialmente, a esta edad ya serás un alumno avanzado en pequeñas perversiones: aprenderás a engañar a tus compañeros, a cruzar un pie en su camino para que trastabillen y a reírte de ellos cuando se caigan.
  7. Ya empezaste la adolescencia, tu última oportunidad para escaparte de La Trampa. A la cultura oficial y a tus hormonas se les ocurre que tenés que ser rebelde y protestatario: es obligatorio. Sino no podrían venderte música, droga, ropa y adornos adecuados. Es parte de la trampa: no te ayudan a rebelarte contra el contrato Fausto y toda esa basura. No, te hacen creer que la rebelión es contra los padres, los edipos, las electras y todo ese cuento de hadas psicoanalítico, que tiene algo de cierto en nuestra cultura (¿qué se puede esperar luego del contrato de posesión-compensación del hijo a favor de madre y padre?) pero que no llega a lo más profundo: que te hayan obligado a ser un idiota casi de nacimiento. Esta oportunidad que la vida te regala es gracias al poder de tus hormonas, que revolucionan y ponen patas para arriba el preciso engranaje que te habían construido. El deseo te pone loco y la cultura moderna lo facilita: “Sí, nene, coge todo lo que quieras pero cuidate porque está el sida y especialmente, no te comprometas”. Así, la maquinaria de poder logra tres cosas: alejar la sexualidad de la emoción transformándola en un acto mecánico, asustarte con sus consecuencias (embarazo, sida) y ocultarte el camino que liga tu sexualidad con una vida potente, cierta, desplegada, exuberante. Sí: tus hormonas sexuales ponen muy loco al cerebro, que ya tenía todo listo para oficializar el lavado de cerebro. Ahora las cosas no son tan fáciles para el trabajo del Sistema de Control, que puede sufrir una crisis temporaria. Y allí sí que tu estructura caracterial y el ambiente cercano que te tocó en suerte es crucial: o te quedás en la cáscara de la rebeldía (sexo fácil-superficial, alguna diversa militancia, análisis psicológicos) o llegás a lo profundo del problema, aun oscuramente y con dudas contradictorias y dolor. Pero si lograras conservar la percepción de tu poderosa energía y apartarla, salvaguardarla, entonces te salvarías de ser un idiota de por vida, aunque los “resultados” tarden un poco para verse. ¿Y el cerebro? Bien, gracias: es un órgano adaptador poderosísimo, pero se va a acoplar a tus “decisiones”. Intentará neutralizar la tormenta hormonal que lo desquicia, pero si no encontraras una manera inteligente de trampear a la amígdala y a los sistemas de recompensa y parálisis (inhibición de la acción), seguramente volverá al “equilibrio” de los idiotas y los muertos en vida en poco tiempo. Si fracasaras, encima te quedaría la culpa por los desmanes producidos en tu “época rebelde” y terminarías de completar la firma del Pacto por el resto de tu vida. Es cierto que no te ayuda la relativa inmadurez de las estructuras cerebrales implicadas en los procesos de emocionalidad profunda, proyección de futuro y solidaridad básica (la vida es una realidad colectiva, no exclusivamente individual), pero lo mismo te alcanza para tomar las grandes decisiones. Sino lo hicieras ahora, ayudado por la tormenta hormonal, después no te quejes: perdiste tu oportunidad.
  8. Entraste en la juventud y adultez, tal vez. Es “tal vez” porque la adolescencia cada vez es más larga: ahora anda terminando cerca de los treinta años o nunca, al menos en nuestra cultura. En estas etapas de la vida cada vez es más difícil esperar cambios trascendentes, importantes. Hay una oportunidad para gente que ha desarrollado un fuerte ego, un yo relativamente autosuficiente: la oportunidad de elegir perderlo, regalarlo o donarlo a quién se le ocurra. En algún momento puede aparecer el hastío del rol, el relampagueo de la sabia intuición, la percepción de que “se ha sido empujado” para ser fuerte, poderoso, omnipotente. Y de que esto es, también, una variedad de idiotez. Y entonces aparece la tentación de dejarlo para elegir una vida despojada de esos “honores”, algo así como la necesidad de simplificar y dejar de poner una gran cantidad de energía en mantener la cohesión interna de una estructura que siempre necesita ser eficaz sin desmayos para sostener…¡las necesidades de pasividad de quienes los “siguen”! Es un juego de roles idéntico al de la “democracia representativa” pero en pequeña escala. Pero, claro, te dicen “ahora sos grande, tenés que sentar cabeza y hacerte responsable”. Es curioso que para hacerse responsable haya que “sentar a la cabeza” (¿o será “asentar la cabeza”?).  No importa: la idea es dejar de hacerse el loquito y cumplir con el contrato sin objetar las cláusulas, ni siquiera las menores. Hay un tema relacionado con la adultez que no puede soslayarse y está profundamente vinculado a la construcción de un yo sustentable y al crecimiento personal: es la simple necesidad de hacerse cargo de sí mismo. No hay posibilidad de verdadera adultez sin pasar por aquí. Por supuesto que implica sustentarse económicamente, pero va más allá, para extenderse al área de la vida emocional, laboral y social. No van a encontrar mucha gente capaz de hacerlo, más allá de la cuestión económica, que sigue siendo un paso imprescindible, al menos en nuestra cultura individualista. Las características del contrato Fausto y la operatividad del Sistema de Control tienden a mantenerte como un niño toda la vida, a fomentar el apego a la familia o a pequeños grupos que funcionan de útero permanente, asfixiante. Y manejan su posibilidad de brindar contención como un sistema de chantaje con reglas claras: pertenecer tiene su precio, ser gris y mediocre con permiso de variados socios tiene su premio. Ésta es la inercia, la deriva del sistema. De manera que oponerte es heroico, necesita mucha fuerza y mucha valentía, pero de eso depende tu vida.
  9. Acerca del cerebro, y especialmente del protagónico lóbulo pre-frontal humano, queda algo por decir, por preguntarse. Según los neurobiólogos su madurez sólo se alcanza cerca de los cincuenta años, que es como decir que recién a esa edad una persona podría (eventualmente) ser considerada del todo adulta de acuerdo a sus posibilidades anatómicas y funcionales. Pero ¿será una verdad indiscutible? ¿O, en cambio, estará expresando la idiotez generalizada como parte de un proceso que tiende a la maduración o a la extinción? Dicho de otra manera: ¿será biológicamente inevitable o una manifestación cerebral de inmadurez? ¿Será causa o consecuencia? ¿Qué pasaría con la maduración del pre-frontal si no existieran el pacto de Fausto y el Sistema de Control Central?  Su lenta maduración ¿no será consecuencia de vivir en La Trampa en lugar de su causa? ¿No será un acondicionamiento a la idiotez en lugar de ser su génesis?
  10. ¿Tampoco así, aprendiste? Bueno, entonces tenemos a los psiquiatras, a la policía, a la “justicia” y a los escuadrones de la muerte.

 

 

 

 


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La esquizofisiología “normal” del humano patriarcal, ése que todavía somos

Clonación de Idiotas

Nota de aclaración: lo que sigue a continuación fue escrito hace algún tiempo. Viendo las cosas desde aquí y ahora, advierto que puede parecer, en el fondo, una justificación acerca de la estructura caracterial media del humano fabricado por la civilización patriarcal (nosotros, por ejemplo). Como no está expresamente aclarado, me parece importante decir que hay variadas estructuras humanas, y que la actual no las representa a todas, afortunadamente. Ahora, gracias a la “revolución arqueológica”, sabemos que existieron variadas culturas humanas más felices y sabias que la nuestra. Culturas no sometidas a la jerarquización, devastación de la vida y explotación de los semejantes. Culturas en las que sus integrantes se sentían parte de la naturaleza y vivían insertos en ella con la misma naturalidad que un pez nada en el agua. Es evidente, entonces, que tales estilos de vida no podían funcionar con la modalidad cerebral que aquí se describe: ¡eran mucho más evolucionados que nosotros!

Abril del 2015, Buenos Aires

 

Según Mac Lean el hombre tiene tres cerebros que, aunque funcionan juntos, pueden intercomunicarse:

     El más antiguo es básicamente reptílico,

     El segundo es heredero de los mamíferos inferiores,

     El tercero es un desarrollo mamífero posterior, el que ha hecho que el hombre sea precisamente hombre.

Hablando alegóricamente de estos tres cerebros en uno, se puede decir que, cuando un psiquiatra le pide a un paciente que se tienda en el sofá, le está pidiendo que se tumbe también junto a un cocodrilo o un caballo.

El neo-córtex de los homínidos se desarrolló hace unos 500.000 años, desde el pleistoceno medio en adelante, a una velocidad tremenda que no tiene precedentes en la historia de la evolución.

Mac Lean lanzó el término “esquizofisiología” para esta precaria situación de nuestro sistema nervioso. La define como una dicotomía en las funciones de la antigua y la nueva corteza que puede explicar las diferencias entre nuestra conducta emocional y la intelectual.

Según Arthur Koestler, la evolución cometió varios errores (fósiles o papelera de planes tirados por algún “creador”). El homo sapiens quizá sea víctima de un error de construcción en su sistema nervioso, lo que le impulsa a la destrucción. Pero tiene la virtud de compensar sus defectos con su capacidad para el arte y el lenguaje.

En la penosa historia de la especie hay varios síntomas patológicos:

  • No tiene mecanismo por el que los miembros de su especie respetan a los demás.
  • Es el único que organiza matanzas en masa.
  • Tiene una esquizofrénica escisión entre la razón y las emociones, entre la capacidad crítica y creencias irracionales.
  • Torpeza para conducir los asuntos humanos, a medida que aumenta su capacidad para la técnica.

Probablemente seámos el resultado de un “error de construcción”, pero nuestra capacidad para la técnica, el arte y el lenguaje, no nos salvan ni nos justifican.

La concepción “esquizofisiológica” de Mac Lean es simple, fuerte y poderosa para explicar la forma de funcionar humana cuando se la observa a nivel histórico, más allá de las diferencias individuales. Y recuerda la idea de Reich acerca de la “escisión de la conciencia” que utiliza para explicar las graves consecuencias implicadas en el paso del matriarcado al patriarcado.

Es como si no pudiéramos usar el lóbulo pre-frontal, que para algunos es una especie de cuarto cerebro, y es el sector más reciente de nuestra corteza cerebral. Se supone que en él radican las funciones más altamente “humanas”, las que nos proporcionan ese toque de distinción que sirve para alardear de ser “hijos de dios”: creatividad, solidaridad, capacidad de prever y planificar, etc.

Pero la realidad es demasiado cruel cuando es capaz de mostrar su verdadera cara sin maquillaje: la actuación general de homo sapiens es francamente vergonzosa. Hasta podríamos decir que da vergüenza ajena, sino fuera un mal chiste. Es muy claro que los actos no se corresponden con las magníficas intenciones en lo relacionado con los otros seres humanos. Y en cuanto a los otros vivientes, el absurdo y exclusivo antropocentrismo que practicamos, ni siquiera los tiene en cuenta. ¡Y para qué hablar del planeta! Es un simple decorado o infraestructura meramente física que carece de importancia.

Está claro que algo grave nos sucede si somos incapaces de funcionar con un mínimo de coherencia. Pareciera que los tres cerebros no funcionan de manera coordinada, que no hemos podido integrarlos produciendo un ser dotado de equilibrio entre sus variados componentes. Es que el neo córtex de los homínidos se desarrolló hace unos 500.000 años, desde el pleistoceno medio en adelante, a una velocidad tremenda que no tiene precedentes en la historia de la evolución. Y por ahora, no hay forma de integrar los tres cerebros que nos habitan. Fue todo demasiado rápido en la historia evolutiva y tuvimos que agrandar el cráneo e inventar la frente para albergar semejante cerebro. La consecuencia fue que no había pelvis capaz de alumbrar semejante monstruo como no fuera al precio de nacer en estado de larva, mucho antes de la posibilidad de valerse por sí mismo, tal cual ocurre en las otras especies. Y completar el desarrollo mínimo fuera del útero tiene un precio altísimo, tal cual veremos luego.ç

Francis Bacon

Francis Bacon

La idea de esquizofisiología implica, al menos, una división entre dos aunque podría ser entre tres. Y una surge con facilidad: la escisión entre emoción límbica y razón neocortical. Pero esto ya es contradictorio o mal planteado porque el límbico también “piensa“ y la corteza puede “emocionarse“. De manera que la conclusión antropocéntrica es fácil: la inteligente, impecable y lúcida corteza no puede controlar a nuestros instintos límbicos y a la ferocidad reptiliana que nos parasita injustamente, de manera que hay que encontrar la manera de ser más racionales e inhibir a los molestos vestigios de pasado que nos obligan a ser tan salvajes, tan inhumanos. Tal vez “la ciencia“ sea capaz de encontrar el mágico medicamento que podría hacernos felices para siempre a razón de un comprimido cada ocho horas…

Y uno se pregunta por qué razón hemos venido o devenido tan inseguros, tan alejados de nuestra verdadera posibilidad, tan impotentes como para inventar semejante patraña. Porque no es que seámos demasiado animales (un insulto que propinamos a los otros humanos que hacen algo “feo o malo“) o nos falte cerebro. Ocurre que cuando revisamos nuestra concreta forma de existencia en comparación con las características de los tres cerebros, lejos de encontrarnos reflejados en los atributos que describen al neocortex -y que, por definición, deberían representarnos- podemos reconocer que predominan los rasgos del cerebro más primitivo, el de origen reptiliano o complejo R.

Como bien resume Eduardo Mata (Neurobiología del psicópata):

Entre los elementos comunes al hombre y a los reptiles, que suponemos provenientes del componente R (cerebro reptiliano) figuran la selección del hogar, la territorialidad, el involucramiento en la caza, apareamiento, crianza y, de acuerdo a McLean, también intervienen en la formación de jerarquías sociales y selección de líderes. Tiene participación en los comportamientos ritualistas.

Salvo algunas excepciones, pareciera que estos comportamientos forman parte de las conductas burocráticas y políticas del hombre actual. Se dice que “mató a sangre fría” y la metáfora alude al componente R y a la “sangre fría” de los reptiles.

Lo escalofriante es que éstas características parecieran predominar en la especie humana que conocemos. No constituyen una excepción ni la temporaria  “obnubilación de la conciencia“, sino la forma estadísticamente promedio de funcionar, de acuerdo a los resultados del accionar de la especie. Los psicópatas asesinos son apenas una muestra, esos ejemplares que representan la tendencia aunque los demás se avergüencen y traten de esconderlos debajo de la alfombra. Y del presente-futuro mejor ni hablar, y sino miren lo que escribe Juaquín Grau:

No hay un posible Armagedón, no hay Hijos de la Luz ni Hijos de las Tinieblas, hay simplemente reptiles que poseen más de lo que pueden consumir y reptiles que son desposeídos de la comida. Y hay un cerebro límbico -también reptiliano- que no ilumina sino que incendia a quienes -quizás por tener poco- se sienten tan inseguros que necesitan lanzar a la batalla a su Dios. A ellos mismos hechos Dios.
Y la crueldad reptiliana sigue imperando. El cerebro gris ha generado armas apocalípticas. Armas que inevitablemente el cerebro reptiliano lanzará contra sí mismo si el cerebro límbico apela a la cólera de Dios y el cerebro razonador lo justifica en nombre de los “buenos” de la humanidad. Y la humanidad, alcanzada ya la cima de su evolución -que al parecer es ser un saurio cada vez mejor armado y más vengativo-, descansará en paz. Aunque no en la del Señor de los Justos sino en la del Señor de los Saurios.

No es muy alentador, que digamos, pero tampoco falta a la verdad. Y la maldita inseguridad dando vueltas, inventando una excusa a la cobardía del miedo a la libertad. La coraza de Reich en todo su esplendor y sin disimulo, sin hipocresía.

Como si todo estuviera bien y fuera una monstruosidad extraordinariamente rara, hemos repasado ciertas características del cerebro reptiliano que resultan estremecedoras para los humanos “normales”, no para los reptiles. Algunas de ellas han sido comentadas a propósito de la descripción de los psicópatas y de los terroristas suicidas. Acerca de éstos, Daniel Esquivel opina que:

“Mi hipótesis número 1 es que en el terrorista suicida se registra un predominio funcional del Complejo R.

Para MacLean el Complejo R es vital en la determinación de la conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y las jerarquías sociales. Si analizamos estas cuatro zonas de la conducta del terrorista suicida las encontramos altamente reforzadas y exacerbadas.

La agresividad no es adecuadamente contenida y canalizada, sino que se desborda y estalla en violencia contra otras personas, contra objetos materiales y contra sí mismo.

La territorialidad adquiere un peso enorme: trazar fronteras infranqueables entre los territorios reales y virtuales de “ellos” y “nosotros”, defender su propio territorio, atacar el de los otros, explorar la zona del ataque y planificar las acciones desde zonas protegidas o clandestinas que les brinden seguridad.

La vida cotidiana del terrorista suicida es plena de rituales: pensamiento ritualizado por factores políticos o religiosos que imponen fórmulas repetitivas y rígidas, ritos impuestos por el entrenamiento terrorista y por las peculiaridades de una vida clandestina, ceremoniales burocráticos de la organización que integra, y hasta el atentado como el último ritual que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano. El establecimiento de jerarquías estrictas es otro de los nudos de su personalidad, en la medida que la disciplina, la verticalidad del mando, el cumplimiento de las órdenes y el respeto a la autoridad de los jefes del grupo son factores siempre presentes en estas situaciones. El orden y la simplicidad del mando exigen ausencia de dudas y de críticas.

El predominio funcional del Complejo R tiene dos caras complementarias. Por un lado la fuerza de los componentes reptílicos ya mencionados. Y por otro lado la debilidad de factores del Sistema Límbico y del Neocórtex que en condiciones normales podrían operar como controles o mecanismos de equilibrio y compensación. Podríamos afirmar que hay elementos límbicos y corticales claramente bloqueados en estas personas: la empatía emocional con las personas que van a morir en el atentado, el temor a la propia muerte, la compasión por las víctimas, la creatividad para escapar de los rígidos determinismos intelectuales y culturales, la libertad para pensar con cabeza propia, el amor por los seres queridos con el consiguiente deseo de compartir su vida con ellos y hasta los impulsos sexuales que podrían conducirlos hacia otra clase de vida totalmente distinta a la que los conduce a la muerte.”

Ahora bien: salvo algunos pequeños detalles operativos, ¿no se está casi describiendo al “hombre normal” de nuestra civilización?

O, acaso, ¿puede dudarse que la estructura dependiente, la conducta agresiva, la exagerada territorialidad, la recurrencia y necesidad de actos rituales y el acatamiento irrestricto y dócil de las jerarquías sociales no son constituyentes esenciales del carácter social medio?

Siempre hubo una gigantesca mentira en la auto-evaluación de la presencia humana: las valiosas y notables excepciones han sido consideradas como la norma obviando la simple realidad cotidiana, ésa que muestra indiferencia, prepotencia, falta de solidaridad, ausencia de compromiso profundo, superficialidad y mediocridad generalizada. Tibieza y disimulo, hipocresía y cinismo, agresividad sin límite cuando se tiene la seguridad de no ser castigado, etcétera. ¿Qué éstos “valores” muestran una personalidad claramente anti-social? Pues claro. Y para eso nada mejor que la descripción del psicópata que propone Eduardo Mata, un intento de profundizar en la mente de personas que pueden llegar al asesinato fácil, luego de constante ejercicio de la agresividad y variadas formas de violencia:

“Chekley ha sido probablemente quien más ha aportado en los últimos tiempos al concepto de psicopatía, subrayando la desviación social, el encanto superficial, la falta de remordimientos, la incapacidad para amar, y el estilo vincular irresponsable e impersonal.

Hare, especialmente en la última versión de su PsychopathyChecklist (PCL-R), permite hacer la distinción entre dos estructuras.

La primera de ellas (Factor 1), se caracteriza por la locuacidad, falta de remordimientos o culpa, afectos superficiales, callosidad, falta de empatía y renuencia a aceptar responsabilidades. Ésta variante no necesariamente debe ser antisocial.

La segunda (Factor 2) consiste en los rasgos verdaderamente antisociales, en la agresividad y falta de control de impulsos.”

Por supuesto que sólo algunas personas llegan a cometer un asesinato, pero hay legítimo derecho a sospechar que los asesinos sólo son emergentes o abanderados, y no casos raros o excepcionales. Podría recordarse aquí que, entre soltar a Jesús o a Barrabás, la mayoría optó por el segundo, un delincuente común. O que el pueblo alemán eligió a Hitler en comicios libres, o que Bush (otro psicópata peligroso) también fue elegido democráticamente. O también, y me queda más cerca, que la dictadura militar que gobernó en Argentina pudo hacerlo y patentar el sistema de la “desaparición” porque tuvo consenso social extra-electoral para hacerlo. ¡Y no son casos aislados, excepcionales!

Desde la infamia de pegarle o maltratar a un chico indefenso con la espantosa coartada que da ser su padre o madre, hasta la construcción organizada y “racional” de un régimen genocida como el nazismo o parecidos hay un largo trecho, pero la especie humana no tiene problema en recorrerlo con algún libro justificatorio en la cabeza y una sonrisa estúpida en el rostro (lo que se muestra). En el humano, las conductas y odios tribales son moneda corriente, casi “términos de intercambio”. Y si uno tiene la paciencia suficiente, contemplará el triste espectáculo de pueblos enteros que han sido salvajemente torturados y diezmados, pero que al recuperarse no tienen empacho en hacer lo mismo con otros pueblos, siempre con increíbles argumentos que esgrimen (esgrima) para justificar la nueva atrocidad: Israel versus Palestina, por ejemplo.

No, no: hay algo demasiado equivocado en la “humana” definición de “hombre” que manejan algunos representantes de cierta supuesta “humanidad” que no existe.

Esa humanidad es nada más que un club de notables, de seres superiores que inventaron un dios que los ha elegido como sus representantes sobre la tierra. Y es hora de ponernos en nuestro verdadero lugar, en uno de hechos concretos y ciertos. El intento de confundir a un grupo de buenas y honestas personas como verdaderos representantes de la especie es ridículo y hasta patético. Y hasta podría ser risible sino fuera trágico porque esconde una mentira tras otra, un asesinato tras otro, un genocidio seguido del próximo.

Seguramente, las consecuencias del “cambio climático” (un eufemismo típico de idiotas para esconder la cercanía de la catástrofe “natural” que se avecina), han tenido la virtud de acelerar el proceso de blanqueo y transparencia. Y la simple verdad es que somos un desastre: no sólo nos asesinamos y torturamos unos a otros sin remordimiento ni culpa: también hacemos lo mismo con todas las formas de vida que podemos eliminar y hasta ponemos en riesgo la misma existencia del planeta que habitamos. Y esto nos muestra la realidad de lo que somos como especie: una horda de asesinos y suicidas. O sea: ¡psicópatas y terroristas suicidas!

Entonces: ¿a qué viene la necesidad de alabarnos tanto, de inventar este grosero antropocentrismo que da vergüenza ajena? ¿Por qué razón nos engañamos de una manera tan burda acerca de nuestro verdadero valor? Cuando los autores citados describen con pericia a terroristas y psicópatas, ¿no se les ocurre sospechar, ni por un atisbo de segundos o relampagueo de conciencia, que están describiendo a la mayoría de la especie humana?

Y después de conocer la sencilla pero brillante analogía entre cáncer de la piel y grandes ciudades modernas y la extendida difusión del modelo depredador-presa, ¿no parece bastante claro en qué ha devenido la “maravillosa civilización humana”?

Hay que ser casi totalmente ciego para no darse cuenta.

Ésta es una de las mentiras más celosamente guardadas en la trivial existencia humana: sepultada dentro de variadas y estúpidas creencias religiosas,  políticas y culturales, es como la plusvalía de una falsa existencia que, en realidad, no favorece a nadie. Había que ser bastante tonto, también, para creer que los privilegios salvarían a los privilegiados. Ahora sabemos que la vida es un consorcio y no una salvaje competencia para destruir a los otros, de manera que ni eso supimos leer y entender en el simple libro de la vida. Y esto hace comprensible el simple hecho de que tampoco los poderosos son felices: vivir con el corazón y la cabeza llenos de putrefactos excrementos no puede dar alegría ni siquiera a una estrafalaria colección de sicóticos.

Carlos Inza


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La mirada y la trampa

Clonación de Idiotas

Es importante conversar un poco acerca del sitio desde dónde estas cosas de la vida son vistas. Imaginemos que estamos observando el planeta Tierra desde cierta distancia. Hace unos cincuenta siglos emprendimos un viaje por pura curiosidad -rasgo muy humano hasta donde sabemos- y ahora estamos de regreso, acercándonos al hogar natal. ¡El universo es demasiado vasto como para abarcarlo con una sola mirada! ¡Existen muchos soles y planetas! Probablemente hay muchos y desconocidos compañeros de destino en esa inmensidad. O por lo menos sería muy raro que no los hubiera, pero ése no es el tema. Dejemos la cosa allí porque si los seres vivos estuviéramos solos en el universo, tampoco nuestra problemática cambiaría demasiado. En todo caso, cometamos la valentía de no esperar soluciones externas a nuestro planeta. Y, mucho menos, de achacar a supuestos extra-terrestres el origen de nuestros males.

Bueno: nuestro medio de transporte va acercándose a la Tierra y ya empiezan a alarmarnos algunas características físicas que no existían al momento de la partida. Comprobamos con desánimo que el jardín que dejamos se ha transformado en un gigantesco tacho de basura: la temperatura media se ha elevado, la capa de ozono no cuida tanto como antes al desarrollo de la vida, el agua, la tierra y el aire se envenenan a una velocidad que hace temer por la continuidad de la vida, la superpoblación mundial amenaza con hacer inviable la vida humana, muchas especies han desaparecido por obra del hombre.

Vemos muchas ciudades que parecen gigantescos hormigueros protagonizados por nerviosos integrantes que chocan y se agitan presos de una fiebre que merecería reposo pero que, sin embargo, parecen ignorar su loca agitación. Vemos millones de hambrientos deambulando por el mundo, sin ocupación ni ganas de nada; apenas parecen una sombra que espera su final. Vemos muchos otros atareados en consumir pavadas e insignificancia enlatada.

En un momento nos parece que hemos equivocado el rumbo y que, en realidad, estamos instalados en una pesadilla. Entonces examinamos a ciertos ejemplares significativos para intentar entender estos cambios. Y a diferencia de lo que conocíamos hace cincuenta siglos, aparece un humano físicamente mucho más pobre y hasta con signos de marcada atrofia en el sistema muscular, especialmente en brazos y piernas mucho menos potentes que antaño. ¡Parecen casi-paralíticos!  Los que pueden juegan mirando un monitor, o pasan la mayor parte de su tiempo sentados detrás de escritorios hasta que suena un timbre y entonces se produce un desbande fenomenal, que los precipita corriendo hasta un medio de transporte. A continuación se encierran en diminutos departamentos o pequeñas casas para volver a instalarse delante de una pantalla donde se ven espectáculos dignos de una concentrada  obra maestra del terror. Mientras tanto se alimentan de basura procesada que no admitiría ni siquiera un robot primitivo. Al día siguiente: igual. Y así sucesivamente.

¡Este es un día estándar del planeta Tierra!

Buscamos un poco más profundo y nos detenemos en el cerebro medio, antes de echar una mirada a la verdad: la forma en que cada humano vive los primeros años de su vida. La funcionalidad del cerebro medio nos sorprende porque estos humanos utilizan de manera casi exclusiva algunas áreas de la corteza asociadas al pensamiento lógico. Y a eso le llaman ser “inteligentes”, pero sólo les ha servido para fabricar puentes y aparatos, muchos de ellos sin sentido y sólo diseñados para ganar dinero con su venta. Por debajo y a los costados de ese sector de corteza que bulle de actividad, las otras regiones corticales asociadas a la creatividad y al simple goce de la existencia están casi desocupadas. Muy pocos se animan a utilizarlas y no saben o no se interesan por divulgar su existencia. (Luego nos enteramos que quienes habían tratado de hacerlo tuvieron un final poco feliz).

Decidimos llegar al sitio central del enigma de la vida: la vida emocional, para ver qué cosa encontrábamos, ya que sabíamos que allí estaría la explicación de tanto desatino. Nos metimos en el corazón de muchos hombres para sentir con ellos y encontrar la explicación de esta versión (subversión) de la especie a la cual también pertenecemos. Sólo encontramos algunos pocos exponentes humanos con el corazón bien puesto, pero estos sufrían demasiado ante la atrocidad ambiente. La mayoría casi carecía de vida emocional: sólo estaban llenos de una gran angustia que no sabían cómo disimular, lo cual empujaba, a unos pocos, a adquirir poder y dinero en una competencia salvaje y de dientes apretados, con el consiguiente beneplácito de los odontólogos.  ¡Un panorama terrible y dantesco!

¿Cómo habían logrado llegar a este grado de infelicidad colectiva?

¿Cómo habían hecho para ignorar las reglas esenciales de la vida y apartarse tan absurdamente de sus mejores posibilidades?

Nos dedicamos a observar sus variados sistemas de creencias y pensamiento, pero también los sucesos acontecidos durante los primeros años de vida porque ellos resultan indispensables para entender la organización social y los caminos de las vidas de las gentes. Y primero fue sorprendente considerar la falta de coherencia entre las palabras y los hechos. Pero también advertir que la mayoría de los humanos parecían autómatas, seres programados para seguir por un camino fatal. ¡Aceptaban mansamente este catálogo de desatinos sin inmutarse y procediendo disciplinadamente, sin indignación ni demasiada oposición!  Apenas algunos se rebelaban, pero eran rápidamente neutralizados o directamente eliminados si se constituían en un peligro “para el normal y sano desarrollo de las instituciones humanas”. Algunos eran artistas y otros revolucionarios, muchos sin propuesta, pero asqueados por lo que vivían. Un pequeño número eran declarados locos o subversivos, según conviniera.

Pero lo más asombroso era comprobar que la soberbia civilización humana se había convertido en una máquina de clonar idiotas.

 

Nacer en La Trampa

Para una criatura que nace con todos los honores, que es esperado, festejado y produce una gran y positiva emoción en quienes lo esperan, nacer parece un pasaporte al éxito, a la ilusión. Una de las cosas que hemos aprendido acerca de nuestro cerebro es que la sola visión de un cachorro –humano o no- produce ternura, empatía, buenos sentimientos. Y hasta gestos solidarios que ennoblecen la vida. Lo sabe y lo siente, por ejemplo, una tigresa del zoológico de Luján, que adoptó a un cachorro de león rechazado por su madre, integrándolo al grupo formado por sus cuatro hijos “legítimos”.

La vida sigue siendo una fiesta, una especie de milagro.

Cualquier nacimiento de un ser vivo es emocionante.

Y uno tiende, naturalmente, a desearle buenaventura, felicidad.

En el caso de los humanos, hasta parece que tuviéramos la obligación de pasar por la vida con una sonrisa (Borges dice que tenemos la obligación de ser felices), y es lo que se espera de cualquier sapiens, el declarado “rey de la creación”.

A esta altura está claro que no somos ni reyes ni creados.

Simplemente somos un episodio más de la maravillosa aventura que comenzaron las bacterias hace unos 3900 millones de años. Saber, ahora, que la vida compleja de los individuos pluricelulares es un desarrollo creativo de las bacterias, podría ayudarnos a encontrar un lugar más sabio y objetivo en el reino de los vivos.

Ahora bien: se supone que hemos crecido, que hemos evolucionado como especie desde que los primeros ancestros humanos comenzaron a erguirse y a utilizar movimientos complejos de las manos, al tiempo que aguzaban la vista y el oído, cosa que sucedió hace unos 4 millones de años. Y parece que hemos “domado a la naturaleza” para imponerle nuestros designios. También podríamos pensar que hubo algún avance en los aspectos organizativos de la existencia, consistentes en la utilización del fuego, el desarrollo de la agricultura y el ensayo de sistemas sociales cuyo objetivo es garantizar los derechos humanos e impulsar estilos de convivencia más o menos respetuosos y solidarios. Al mismo tiempo, se ha incrementado (a veces con argucias o métodos falaces) la productividad y oferta de alimentos y mejoraron los sistemas de utilización de agua y eliminación de excretas. Es por éstas razones que vivimos o duramos más y no por el “avance de la medicina”.

Pareciera, entonces, que comenzamos una era de felicidad sostenida y eficiente.

Una etapa “de disfrute” en la existencia humana gracias al desarrollo de técnicas que permitieron a un grupo de humanos caminar un rato por la Luna y luego volver a casa sanos, salvos, impresionados para siempre y felices.

 Sin embargo las cosas no son así.

En ningún lugar el hombre da la impresión de ser una criatura feliz.

El mismo recién nacido que resume las esperanzas y las expectativas de la especie, no tiene un futuro tan brillante, incluso aceptando una verdad elemental, indiscutible: la vida no tiene porqué ser fácil. Y de hecho no lo es.

La verdad es que ninguno de los recién nacidos humanos tiene entrada gratis al paraíso.

Un porcentaje importante de ellos morirá antes del primer año de vida, y la mayoría de los sobrevivientes pasará hambre y una cantidad grosera de privaciones y sufrimiento simplemente para seguir vivos. Es más: pocos de ellos evitarán la condena de ser marginales y tal vez se pregunten, alguna vez, a qué se debe el error de haber nacido.

A los que zafan de esa clase de riesgo tampoco le esperan honores y dicha “automática”: las características de la organización social impedirán el ejercicio de la libertad y simplemente serán piezas de poca importancia en la trama social. Las ilusiones de amor verdadero, crecimiento personal y felicidad quedarán para las películas. O serán parte de la gigantesca estafa en la cual viven las sociedades humanas.

Porque éste es el asunto: hay una trama mentirosa en el origen. Uno “llega” (nace) a un lugar donde las reglas son extremadamente rígidas y, por lo general, tienden a reprimir los sanos impulsos instintivos para suplantarlos por estructuras vacías de contenido y exclusivamente diseñadas para perpetuar poderes abusivos y elogiar la conducta pasiva y obsecuente de los “buenos ciudadanos”.

Para colmo, una de las anheladas invenciones humanas, el amor romántico, ni es para todos ni dura demasiado. Y los problemas que la vida plantea a cualquier individuo vivo, y que debe resolver simplemente para sobrevivir, se erigen en horribles y tenebrosas murallas que devienen en algo pantanoso o se parecen demasiado a la red que la habilidosa araña teje para atrapar su comida.

Y no hay demasiado más. Es evidente que casi nadie es feliz adonde realmente vale la pena serlo, en la “simple” vida emocional además de comer y dormir bajo un techo.

La libertad y la felicidad (aun admitiendo que naturalmente no se consiguen por el sólo hecho de quererlo) son falsas promesas hechas a ese mismo recién nacido que nos emociona y nos deja el corazón tibio de solo mirar esos conmovedores momentos que tiene la vida siempre que comienza.

Pura ilusión: “el hombre nace libre y, sin embargo, recorre la vida como un esclavo”. Mera ilusión porque ahora sabemos que, en realidad y pese a la apariencia y los buenos deseos, nacemos esclavos y nos toca un duro camino por delante para liberarnos, siempre que podamos llegar a tener ese deseo y la capacidad y la buena fortuna para lograrlo. También hay que preguntarse: ¿liberarnos de qué, lograr qué? Entonces es el momento de volver a las bacterias, a la fuente de la vida: la supuesta “salvación” nunca puede ser individual, simplemente porque la vida, desde sus orígenes, es un fenómeno colectivo, una variedad de cooperativa, si quieren.

Nacer en La Trampa implica demasiado sufrimiento durante los años de existencia: demasiadas promesas vacías que se transforman en una condena al lograr tan poco y a precios exorbitantes. Realmente, la famosa ecuación costo-beneficio de los economistas no funciona bien en el caso de los humanos y hasta podría decirse que la inversión no vale la pena.

Preso y acorazado en su interior, en el mismo corazón de la vida emocional, el hombre anda por la vida como un náufrago que fácilmente se agarra de maderos que no puede elegir: el primero que pasa es el mejor, pero puede que sea el peor. Y eso es lo que suele suceder.

Y claro, si la supuesta libertad para vivir no existe o no funciona, ¿qué puede hacer un mamífero cuando las cosas se ponen difíciles, sino intentar el camino de retorno al protector útero materno?

Esta inseguridad básica, producto del miedo que produce vivir a secas, desemboca en actitudes desastrosas, peores que los conflictos no resueltos. Por ejemplo: renunciar a la mejor vida posible para quedarse con la que se puede, habitualmente su versión desdibujada y gris.

Pero esta mirada, extremadamente cruda para evitar la tenebrosa auto-indulgencia y la frivolidad idiota, también tiene la esperanza abierta. Y esa esperanza necesita lucidez, valentía y una nueva construcción.

Algo así como empezar de nuevo desde lo que realmente somos hoy, pero bien.

Carlos Inza


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No hay Gaza que alcance

Sí: no hay gasa que alcance para cerrar la herida abierta en Medio Oriente, en la tierra de los palestinos. Ningún fabricante se animaría a producir un paño que tenga las medidas necesarias para cerrar semejante laceración y, encima, agregarle tela adhesiva para que no se mueva ni se note. Hace poco, un palestino dijo: “No hay peor cosa que ser víctima de las víctimas”.

En una sola frase dijo tanto que explicarla suena de idiotas. Pero vayamos un poco atrás en el tiempo: ¿quién hubiera imaginado, hace cincuenta o sesenta años, que alguien pudiera siquiera imaginarla?

A veces, la realidad se ríe a carcajadas de la ficción. Y éste es un caso que lo demuestra. Veamos que nos decía Wilhelm Reich allá por los 30, hace “solo” unos ochenta años. Eran épocas de su “Psicología de masas del fascismo”, un libro fundamental, una mirada decisiva para entender sucesos como “estos y aquellos”. Alguien podrá decir que solo se trata de una ironía de la historia, una de tantas y a la que hay que observar con cierta distancia y hasta condescendencia: “¡Ah, antes los perseguían y ahora ellos persiguen! ¿Qué tiene de raro, de que se asombran?”.

Aparente desconcierto: Reich se gasta para hacernos entender porque razón o razones, el fascista modelo es un impotente que gasta sus fantasías sexuales en atormentar, perseguir, torturar y asesinar a otros para saciar su insatisfacción. Casi que no importa la ideología que le sirve de soporte: es de menor importancia comparado con su sádica necesidad de devastar.

En el fondo, no es trascendente saber si la corona española y la soberbia europea arman el brazo asesino de Colón, Cortés o Pizarro. O si la teología nazi es buena razón para el genocidio de judíos, negros y homosexuales. O si Eichmann era un débil mental o un buen tipo que padecía de sometimiento a la autoridad y, en nombre de su admirable obediencia, era capaz de mandar miles o millones de judíos a las cámaras de gas de Auschwitz. ¡Y dormir tranquilo, sin cuestionarse absolutamente nada!

Me pregunto qué pasará por la cabeza y el corazón de los millones de judíos que habitan la Tierra cuando se enteran de las atrocidades cotidianas que el Estado de Israel pone en marcha para exterminar, castigar y expropiar al pueblo palestino. Si es que realmente se enteran. O si son arteramente desinformados o si ellos mismos optan por no arriesgarse a saber la verdad ¿Qué diría Reich, hoy en día?

No diría nada diferente, porque sus posibles comentarios están implícitos en las consideraciones y conclusiones de su gigantesca obra: la explicación más profunda reside en la variedad de especie humana que fabricó el Patriarcado, variedad todavía vigente. No te gastes en otras explicaciones: ésa es la mejor y más profunda porque es capaz de explicar cómo se manipularon las emociones para producir este engendro. ¿Otra vez admirando a Reich y proclamando su genialidad? Sí, ¿qué otra cosa si todavía su profunda mirada acerca del origen de las guerras y los sistemas opresivos y sanguinarios es desconocida o ignorada?

No me queda más remedio que seguir siendo parte del club de fans. Así es, si es que alguien lo pensara. Está claro que el Holocausto fue una obra maestra del terror, un lugar por donde la especie humana no tiene derecho a volver a pasar. Pero uno se pregunta: ¿no es puro voluntarismo decir esto, no es pura expresión de deseos sin fundamento? ¿No están las otras experiencias genocidas que sucedieron al Holocausto para desmentir la esperanza?

Y un terrible paso más: ¿sus víctimas amortizan ese dolor, lo usan como justificación de las mismas heridas que ahora infligen a otros, en este caso a los palestinos? ¿No hay algo macabro y totalmente loco, en esta lógica? ¿Cómo puede un pueblo que ha sufrido tanto y de maneras tan atroces, hacer casi lo mismo con otro, que también es minoría perseguida y desvalorizada? ¿Qué también se compara desfavorablemente con quien ejerce el poder en ese instante? ¿Qué antes tuvo que soportar la locura, la enfermedad y la maldad de los genetistas nazis sufriendo el escarnio de ser oficialmente declarados “raza inferior y peligro de muerte para la humanidad” con su consabida solución terapéutica: el exterminio?

Entonces, como antes, se pone en marcha una verdadera red de atroces mentiras para presentarse como “agredidos que actúan en legítima defensa”. Y las consabidas equivalencias numéricas capaces de reventar hígados y paciencias: “un chico judío muerto se venga con miles de palestinos ejecutados”.

¿En nombre de qué endogamia de supervivientes es legítimo guardar silencio cuando uno se entera de la política de campo de concentración que el Estado de Israel ejecuta fríamente contra el pueblo palestino? ¿Es “anti-judío” o “anti-semita” denunciar estos nuevos crímenes, ésta renovada variedad de genocidio? Es mejor sacarse la careta y renunciar a seguir trabajando de víctima cuando uno asume el papel de victimario, sin más.

Pero tampoco son actitudes extrañas o tan sorprendentes: las víctimas pueden, “tranquilamente”, asumir la ideología y los métodos del victimario. Y guardarlos en algún lugar de la conciencia individual y colectiva donde no haya que exhibirlos sin avergonzarse. Pero luego, sin necesidad de dar demasiadas explicaciones y cuando se tenga el poder suficiente, ¡hacer lo mismo con otros, usando casi los mismos argumentos pero evitando hablar de “razas inferiores” solo porque no es políticamente correcto!

Todo el procedimiento es cínico, enfermo, inmoral y repulsivo, se lo mire por donde se lo mire.

¿Dónde está la conciencia de los acusadores del Holocausto, de los que tocaron y cuestionaron, con razón y argumentos, las fibras más íntimas de la especie humana, dudando de su verdadero valor? ¿Dónde están?

Carlos Inza


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Experimento de Milgram

Cada lector podrá sacar sus conclusiones después de la lectura de este “experimento” (e incluso verificar otras fuentes para verificar su autenticidad). También podrá argumentar en contra de las conclusiones, diciendo que se trata de un artificio para denostar injustamente a gran parte de la sociedad que conocemos y protagonizamos. Pero, lamentablemente, las consecuencias son lamentables y difíciles de rebatir. Se trata, nada y nada menos, que de un capítulo más en la larga secuencia de formación y desarrollo de la clonación de idiotas. Pasen y sírvanse. Lo que sigue es una cita textual de Wikipedia, información que también puede encontrarse en muchas otras fuentes y con similares características. (http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram)

clonacion

El investigador (E) persuade al participante (S) para que dé lo que éste cree son descargas eléctricas dolorosas a otro sujeto (A), el cual es un actor que simula recibirlas. Muchos participantes continuaron dando descargas a pesar de las súplicas del actor para que no lo hiciesen.

El experimento de Milgram fue un famoso ensayo científico de psicología social llevado a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y descrito en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) y resumido en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view (Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental). El fin de la prueba era medir la buena voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas puedan entrar en conflicto con su conciencia personal.

Los experimentos comenzaron en julio de 1961, un año después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Milgram estaba intrigado acerca de cómo un hombre completamente normal e incluso aburrido y que no tenía nada en contra de los judíos había podido ser un activo participe del Holocausto. ¿Podría ser que él y el millón de cómplices únicamente siguiesen órdenes?

Milgram lo resumiría al escribir:

Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio — Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

Método del experimento

A través de anuncios en un periódico de New Haven  (Connecticut) se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje” en Yale, por lo que se les pagaba cuatro dólares más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación: los había que acababan de salir de la escuela primaria a participantes con doctorados.

El investigador comunica al participante voluntario a investigar y a otro que se hace pasar también por participante, pero que en realidad es un cómplice del investigador, que están participando en un experimento para probar los efectos del castigo en el comportamiento del aprender. Se les señala que es escasa la investigación llevada a cabo en este campo y se desconoce cuánto castigo es necesario para un mejor aprendizaje.

A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como “alumno”. El participante voluntario toma el suyo y ve que dice “maestro”. En realidad en ambos papeles ponía “maestro” y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente el papel de “maestro”.

Separado por un módulo de vidrio del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para “impedir un movimiento excesivo”. Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema “para evitar quemaduras” y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante.

Se comienza dando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real de 45 voltios con el fin de que el “maestro” compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”. Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el “maestro”, proporciona al “maestro” una lista con pares de palabras que ha de enseñar al “alumno”. El “maestro” comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al “alumno” cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el “alumno” recibirá del “maestro” una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.

El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación. El “alumno” ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Lo que el participante escucha es en realidad un grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.

Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:

  • ¡Continúe, por favor!
  • ¡El experimento requiere continuar!
  • ¡Es absolutamente esencial que usted continúe!
  • ¡Usted no tiene opción alguna! ¡Debe continuar!

Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

En el experimento original, el 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todo el mundo paró en cierto punto y cuestionó el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

El estudio posterior de los resultados y el análisis de los múltiples tests realizados a los participantes demostraron que los “maestros” con un contexto social más parecido al de su “alumno” paraban el experimento antes.

Resultados

Milgram rodó una película documental que demostraba el experimento y sus resultados, titulada Obediencia, cuyas copias originales son difíciles de encontrar hoy en día.

Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador del 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.

El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como “maestros” en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus “alumnos”, aunque a muchos les situase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida. Otros psicólogos de todo el mundo llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares, a veces con diversas variaciones en el experimento.

En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios.

Reacciones

Lo primero que se preguntó el desconcertado equipo de Milgram fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. A primera vista, la conducta de los participantes no revelaba tal grado de sadismo, ya que se mostraban preocupados por su propia conducta. Todos se mostraban nerviosos y preocupados por el cariz que estaba tomando la situación y, al enterarse de que en realidad la cobaya humana no era más que un actor y que no le habían hecho daño, suspiraban aliviados. Por otro lado eran plenamente conscientes del dolor que habían estado inflingiendo, pues al preguntarles por cuánto sufrimiento había experimentado el alumno la media fue de 13 en una escala de 14.

El experimento planteó preguntas sobre la ética de la experimentación científica en sí misma debido a la tensión emocional extrema sufrida por los participantes (aunque se podría decir que dicha tensión fue provocada por sus propias y libres acciones). La mayoría de los científicos modernos considerarían el experimento hoy inmoral, aunque dio lugar valiosos estudios sobre la psicología humana.

En defensa de Milgram hay que señalar que el 84% de participantes dijeron a posteriori que estaban “contentos” o “muy contentos” de haber participado en el estudio y un 15% les era indiferente (respondieron un 92% de todos los participantes). Muchos le expresaron su gratitud más adelante y Milgram recibió en varias ocasiones ofrecimientos y peticiones de ayuda de los antiguos participantes.

Referencias

  • Blass, Thomas. “The Milgram paradigm after 35 years: Some things we now know about obedience to authority”, Journal of Applied Social Psychology, 1999, 25, pp. 955-978.
  • Blass, Thomas. (2002), “The Man Who Shocked the World”, Psychology Today, 35:(2), Mar/Apr 2002.
  • Blass, Thomas. (2004), The Man Who Shocked the World: The Life and Legacy of Stanley Milgram. Basic Books).
  • Levine, Robert V. “Milgram’s Progress”. American Scientist.
    • Book review of “The Man Who Shocked the World: The Life and Legacy of Stanley Milgram”. Thomas Blass. xxiv + 360 pp. Basic Books, 2004.
  • Milgram, Stanley. Official website
  • Milgram, Stanley. (1963). “Behavioral Study of Obedience”. Journal of Abnormal and Social Psychology 67, 371-378.
  • Milgram, Stanley. (1974), Obedience to Authority; An Experimental View. Harpercollins).
  • Milgram, Stanley. (1974), “The Perils of Obedience” Harper’s Magazine
    • Abridged and adapted from Obedience to Authority.
  • Miller, Arthur G., (1986). “The obedience experiments: A case study of controversy in social science”. New York : Praeger.
  • Parker, Ian, “Obedience”. Granta  Issue 71, Autumn 2000.
    • Includes an interview with one of Milgram’s volunteers, and discusses modern interest in, and scepticism about, the experiment.
  • Tarnow, Eugen, “Towards the Zero Accident Goal: Assisting the First Officer Monitor and Challenge Captain Errors”.
  • Wu, William, “Practical Psychology: Compliance: The Milgram Experiment.”.

Es como salir de una pesadilla…

Pero real, desgraciadamente.

¿En qué consiste, realmente, el ser humano estadísticamente mayoritario?

Carlos Inza

 


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¿Qué vamos a decir aquí?

(Catarata de cuestiones)

A pesar de todo lo que sigue a continuación, hay esperanzas. ¿Pero cómo defenderlas y transformarlas en realidad si no conocemos ni aceptamos la cruda realidad?

Advertencia: los desarrollos de la Clonación de Idiotas se refieren, específicamente, al tipo de humano que gestó el patriarcado y sus desarrollos modernos como el capitalismo, ya sea “liberal” o “de estado”. Y a sus profundizaciones actuales como el  neo-liberalismo.

  1. Que nuestra civilización es un verdadero proceso de clonación de idiotas. Y que hasta donde sabemos, las cosas vienen así durante los últimos diez mil años.
  2. Que nacemos en La Trampa, una prisión acorazada donde recibimos desde antes del nacimiento oficial (la fecha burocrática es nueve meses tardía) un adiestramiento específico para la idiotez inscripto en sólidos programas instalados en el cerebro.
  3. Que imitamos a Fausto en su pacto con el Diablo, aunque con muchísimo menos talento, para renunciar a nuestra potencial vitalidad y expansión a cambio de seguridad, dependencia y mediocridad.
  4. Que nuestra compensación para calmar el resentimiento que naturalmente sentimos, consiste en el permiso para destruir sádicamente cualquier esbozo de vida que podamos afectar. Una aberración legitimada por el pacto sagrado y traducida en guerras tribales y devastación de la vida.
  5. Que nuestra soberbia no tiene límites y que no somos tan inteligentes como creemos: apenas hemos demostrado una especie de inteligencia cortita, apta para fabricar tecnología cuyos aparatos nos condicionan y dominan cada vez más. ¿Es de inteligentes carecer de sabiduría? ¿Es inteligente el ejemplar de una especie que se queda mirando una ola gigantesca del tsunami lista para la foto, mientras el resto de los animales “salvajes” ha huido mucho antes?
  6. Que nuestra inseguridad básica (la misma que nos lleva a suscribir el maldito pacto), no nos permite sentirnos parte de la naturaleza sino un rival, algo que “hay que vencer”. De hecho, hemos desarrollado nuestra cultura enteramente contra la naturaleza viva de la que somos parte. Y construido monstruosas ciudades-melanoma contra la vida.
  7. Que en esta loca carrera para escapar de nosotros mismos y evitar hacernos cargo de nuestras verdaderas posibilidades, hemos perdido el contacto con el núcleo más profundo de la existencia. Somos animales fracasados, incapaces de olfatear el peligro a tiempo para huir, guarecernos y volver con la mejor solución.
  8. Que nos creemos más de lo que somos. El muro de contención que fabricamos para no ver las cosas como son, nos impide darnos cuenta que en la vida no hay seres más importantes que otros. O, en todo caso, depende del criterio para juzgar la hipotética importancia. Ejemplo: el conjunto de las “simples bacterias” es decisivo para mantener condiciones aptas para la vida en Gaia, pero nosotros no. Estamos enfermos de antropocentrismo injustificable.
  9. Que cuando falla el Sistema de Control Central instalado en el cerebro y asoman disidentes y revoltosos, aparece La Mafia para “mantener el Orden” sea como sea.
  10. Que somos simples perritos de Pavlov levemente modificados: segregamos jugos digestivos y nos movemos hacia la comida cuando suena la campana. Y nuestro centro de la recompensa se activa cuando nos sentimos seguros con poca cosa (algunas bolitas de variado color son suficientes para satisfacernos), gracias al sistema Fausto-Pavlov-Don Corleone.
  11. Que hay una neurofisiología de la idiotez y la esclavitud, la cual hace impensable la utópica “sociedad de hombres libres”.
  12. Que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen hasta que demuestren lo contrario. O más bien: que los gobernantes responden al promedio estadístico del carácter social medio. No son estafadores ni mentirosos (¡aunque puedan ser ambas cosas!), sino profundamente representativos de la sociedad: Hitler y Bush, entre otros, ganaron por elecciones.
  13. Que las mediocres democracias que conocemos son ideales para “salvar las apariencias”, con su juego mentiroso de votar y luego delegar el poder: los políticos gobiernan y las masas se lavan las manos pero quedan conformes con su conciencia metiendo un sobre en una urna cada tanto. Técnicamente, ésta forma de no hacerse cargo es denominada “democracia representativa”, la mejor manera de seguir haciendo excelentes negocios.
  14. Que los derechos humanos son una utopía inalcanzable en las actuales condiciones: pura letra muerta para escribir leyes inaplicables.
  15. Que los primeros vínculos (primeros y primarios) nos programan casi enteramente durante los primeros tres, cuatro o cinco años. La voracidad materna se come a los chicos con la excusa de la protección y los hace dependientes para siempre. Los padres “concientes y responsables” colaboran con entusiasmo para seguir clonando idiotas porque son iguales y piensan y quieren lo mismo (tuvieron madre y padre idénticos).
  16. Que el sello distintivo de la especie humana respecto del “medio ambiente” es la increíble voracidad para comerse todo lo que encuentra a su paso. Estamos repitiendo a los dinosaurios (que por algo nos atraen tanto) y posiblemente terminemos igual. Pese a las diferencias cerebrales, somos tan idiotas como ellos.
  17. Que es inevitable una contra-ofensiva de Gaia, lo cual incluye a la biosfera. No sería raro que una gran variedad de organismos vivos desarrollen, activen o propaguen enfermedades para terminar con nosotros. Y para eso no necesitan asambleas, como ironizó otro idiota para criticar la teoría de Lovelock confundiendo los sistemas autorregulados y sus mecanismos de retroalimentación con dinámicas parlamentarias y objetivos concientes (teleológicos). ¡Somos tan antropocéntricos que solo concebimos el desarrollo de las cosas de acuerdo, exclusivamente, a nuestra experiencia!
  18. Que tenemos un cerebro maravilloso pero lo usamos de una manera mediocre y perversa. Prever para evitar un desastre es una de sus capacidades, pero sólo ha sido utilizado por algunos en micro-experiencias. Por ejemplo: no volver a construir viviendas en terrenos que se inundan. Pero en lo macro nos hemos comportado como verdaderos idiotas arruinando a Gaia, la casa donde vivimos y que compartimos con todos los vivientes.
  19. Que en realidad Gaia, el planeta Tierra, seguirá existiendo aunque sin nosotros. Y, como supone Lovelock,  posiblemente respire aliviada por la terminación de ésta mala experiencia (nosotros). Es triste reconocerlo, pero Nietzsche tenía razón: los humanos somos un tumor canceroso en la corteza del planeta.
  20. Que somos tan vanidosos como para suponer que las buenas causas, así como los actos y sentimientos honorables son “humanos”. Por ejemplo: un animal puede tener una mirada “humana” y realizar nobles actos “humanitarios”. ¡Somos increíblemente patéticos!
  21. Que no hay correspondencia entre nuestro cerebro utilitario, la racionalidad y las emociones bien puestas. A nivel de manipular la realidad donde vivimos somos excelentes para usar el cerebro, pero esto es apenas un aspecto de la racionalidad, sólo uno. Lástima que al mismo tiempo padecemos un increíble subdesarrollo emocional, de manera que la combinación de ambas cosas nos transforma en seres altamente peligrosos para la vida, en verdaderos asesinos seriales.
  22. Que parte de esta tragedia se explica por nuestra oposición a la naturaleza, en lugar de estar orgullosos de ser parte de ella. Teilhard de Chardin lo expresó admirablemente cuando dijo que creemos ser una estatua apoyada sobre un pedestal, cuando en realidad somos una flor que emerge de la tierra.
  23. Que Oriente y Occidente comparten el  mismo proyecto auto-destructivo, al igual que gobiernos de ideologías aparentemente distintas y enfrentadas. Basta ver las características de la sociedad donde reside el poder político y económico para convencerse de que la idiotez no tiene remedio. Y que la voracidad se transforma en concreta obesidad y estupidez masivas.
  24. Que la salud, la educación y los medios de comunicación masiva son bastante más que cómplices: participan activamente y con todo éxito del proceso de clonación de idiotas. Y claro que hay excepciones, pero fracasaron. Como fracasaron Jesucristo, Buda, Mahoma, Marx y Ghandi.
  25. Que es necesario distinguir el contacto amoroso y la religiosidad natural, la del asombro por la belleza del universo (sentimiento oceánico), de sus perturbadas, sádicas y enfermas manifestaciones institucionales. Una de las peores experiencias cancerosas de la humanidad son sus tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.
  26. Que hay una diferencia abismal entre información, conocimiento y sabiduría. Cada vez tenemos más información, menos conocimiento y nada de sabiduría. Sin embargo, poseemos la información y los conocimientos necesarios para imitar la simple sabiduría de la vida, de la cual somos parte. Pero nuestra rígida coraza emocional nos impide ser sabios, de manera que usamos la información para desarrollar conocimiento inútil y peligroso.
  27. Que no se trata de refugiarnos en los polos para “salvar la civilización”. ¡Aquí no hay mucho que salvar, más bien tendríamos una segunda oportunidad para crear otra cultura, otra civilización mejor que ésta!
  28. Que hay conocimientos valiosos para ayudarnos a salir del conflicto, pero no los usamos. Es más: podemos quemar en una pira a quienes los desarrollaron, acusándolos de ser los peores demonios. Es el caso, entre otros, de Wilhelm Reich y su genial descubrimiento de la energía orgón (que casi nadie conoce y no es casual). O de Lovelock, que es visto como un místico peligroso. O de su compañera de equipo en la formulación de Gaia: la brillante bióloga Lynn Margulis, perseguida por los fundamentalistas que gobiernan a los Estados Unidos.
  29. Que no reconocemos lo que sí han aceptado de manera intuitiva y natural los mejores exponentes de la especie: que la vida es un consorcio. Este simple hallazgo es la piedra angular de los trabajos de Lynn Margulis, quien advirtió que las bacterias son las protagonistas de la vida en Gaia. Ellas “crearon” una atmósfera apta para la vida y se acoplaron simbióticamente para originar la riqueza de los seres pluricelulares. Pero no se fueron de éstos: son organelas productoras de energía en la célula eucariota, la más desarrollada, en forma de mitocondrias y cloroplastos. Y continúan prestando servicios que no tienen ningún agradecimiento: nos componen en un 10% de nuestra materia y son esenciales para nuestra subsistencia. El 80% del tiempo que lleva la vida en Gaia fue habitado sólo por bacterias, quienes usaron ése tiempo creativamente desarrollando las otras formas de vida por endosimbiosis. Sólo nuestra reconocida ignorancia hace que las definamos como peligrosas y agresivas (¡lo que sí somos nosotros, justamente!).
  30. Que la forma de percibir a los eventos naturales que tienen los habitantes de las ciudades, especialmente las grandes, es una increíble e insuperable demostración de estupidez masiva. La lluvia y el tiempo fresco, por ejemplo, concitan unánimes demostraciones de disgusto en el homo urbanus. No les importa que haya sequía en el campo, ¡del cual se alimentan! O que el calentamiento global amenace con freírnos en seco y el agua que cae del cielo limpie un poco la espantosa basura tóxica de las ciudades más contaminadas: para ellos el problema es que no se pueden tostar para histeriquear mejor ¡y que la lluvia les moja la ropa! (Si creen que exagero pregunten por ahí).
  31. Que para el homo urbanus, la Naturaleza es un spot publicitario o un decorado de plástico que bien podría reemplazarse por imágenes “realistas” generadas desde un aparato. Algo chiquito y apto para balcones de departamentos, una cosa que se puede jivarizar en un proceso de miniaturización como el de las plantas que se reproducen en versión enana (bonsái). Es más: ¡hay zoológicos modernos con parlantes estratégicamente ubicados que reproducen el canto de los pájaros!
  32. Que el proceso canceroso que ha originado a las grandes ciudades también ha hecho metástasis en las concepciones y terminología básica de la cultura. Por ejemplo: el agente activo de la vida civilizada, con sus deberes y derechos, es el ciudadano. O sea: el habitante de la ciudad. Por lo tanto, el homo ruralis queda excluido del sistema, es un bárbaro que no entra en clasificaciones “civilizadas”. Y tan increíble como esto es que se  acepte con tanta naturalidad la definición en el habla común. Margulis cuenta que un amigo le mostró imágenes de un melanoma junto a fotos aéreas de grandes urbes con su habitual periferia desertificada: ¡las imágenes eran casi idénticas!
  33. Que el homo urbanus, apartado de la naturaleza y sumido cada vez más en ambientes artificiales (exceso de calefacción o aire frío) y con sus defensas naturales reemplazadas por medicamentos mal recetados y nutrición inadecuada, es presa fácil de enfermedades degenerativas y envejecimiento precoz y acelerado, la gran epidemia de estos tiempos. Y es inútil fundamentar la decisiva importancia de la fiebre o hipertermia, mecanismo que ha mantenido vivos a los mamíferos durante millones y millones de años gracias a su capacidad para incinerar microorganismos agresivos y activar el sistema defensivo: la gente va a seguir tomando antipiréticos para evitar sentir que la naturaleza bulle dentro, que uno está vivo.
  34. Que la concepción médica predominante supone que una persona es un mecano pegado con moco biológico, que las partes son reemplazables y así todo sigue bien. Es coherente: una medicina sin alma es perfecta para tratar gente que tampoco la tiene.
  35. Que la sociedad cree, ingenuamente, que vivimos en un proceso de constante crecimiento y mejoría. Que “los avances de la ciencia” son indiscutibles, que la ley del “eterno progreso” es una verdad incuestionable. Si alguna gente valiosa tenía honestas dudas acerca del tema, la emergencia climática y sus atroces consecuencias (cada vez más divulgadas) está empezando a pulverizar esa creencia casi religiosa en el poder de la ciencia y la técnica para encontrar solución a todos los problemas.
  36. Que la ciencia y los científicos se maneja con los mismos criterios de poder que el sistema político-económico y está subordinada a éstos. Es muy revelador lo que cuenta Lovelock al respecto: dice que los climatólogos que conoce están de acuerdo con su pronóstico acerca de lo que nos espera en corto plazo, pero que se callan porque perderían inmediatamente su trabajo: ¡la probable extinción de la especie humana es menos importante que la estabilidad laboral! Sin duda, es otro ejemplo de idiotez, ahora combinada con extrema cobardía.
  37. Que en términos macro, el objetivo de la medicina es adaptar a la gente al sistema de creencias del poder de turno, cualquiera sea. No importa si se trata de derecha, izquierda o centro (denominaciones antiguas y sin vigencia): la medicina participa del poder por su actividad ligada a un tema demasiado importante para cualquiera. Es una cuestión de vida o muerte, sin metáforas. Éso le da un prestigio y un poder notables, que utiliza sin miramientos para amedrentar, disciplinar y castigar. De hecho y en la vida real, está manejada por una mafia académico-industrial que se cansa de ganar dinero y amaestrar a la sociedad.
  38. Que el objetivo real de la educación es preparar y ubicar a los “educandos” en el mercado laboral con absolutas y descaradas discriminaciones de clase. No es cierto que se trate de una actividad diseñada para el desarrollo y crecimiento de las personas, salvo en el caso de los hijos de los ricos destinados a sucederlos en la administración del poder. Pero como la vida es un consorcio, tampoco quienes detentan el poder son felices. Ésta es, básicamente, una civilización de infelices y mediocres. Y cuando surgen médicos o educadores revolucionarios con lucidez y talento, no hay problemas: la sociedad misma o Don Corleone se encargan de ponerlos en su lugar (una fosa, la cárcel, la exclusión o el manicomio), abrase visto.
  39. Que los “medios de comunicación” son otra mentira escandalosa que el sistema maneja para seguir clonando idiotas sin oposición. “Median” entre la realidad y los espectadores, “comunicando”… ¡en una sola dirección! Y todo el tiempo hacen propaganda política o publicidad, que es más-o-menos lo mismo. A veces, incluso,  pueden inventar las noticias o distorsionarlas groseramente, porque lo único que importa es vender. Pero lo importante es que son expertos en mentir con la verdad, puro alimento de primera para idiotas.
  40. Que se puede trabajar con el clima, aunque parezca un poco loco, para disminuir la sequía y tal vez, para “refrescar” al planeta retardando el calentamiento. O sea: evitando los peores daños a corto y mediano plazo. Claro que esto implicaría, si funciona, la necesidad de reformular el proceso de clonación de idiotas (civilización). Y esto es, definitivamente, lo más difícil. Así como están dadas las cosas, lo más probable es la repetición de la misma y devastadora locura humana. Pero, ¿por qué no intentarlo? ¿Cómo quedarse con la duda y dejar que las cosas sigan su curso? Margulis tiene razón: la vida no va a desaparecer de Gaia, sólo nosotros. Y no somos tan importantes, después de todo. Y encima somos un cáncer, de manera que tal vez sea mejor. ¿Podremos aprender la lección y mejorar? ¿Aprenderemos a ser buenos animales?
  41. Es necesario desarrollar una buena y profunda explicación acerca de la vigencia que tiene el cerebro reptiliano (complejo R) en la estructura y conducta del hombre actual, el que somos y conocemos. Muchas veces parece que fuera el verdadero protagonista de esta historia.

 Carlos Inza