Medicina Energética y Otras Yerbas

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Autorregulación

¿Qué hay de común entre la Luna, las estaciones, el ser humano? pienso: los ritmos, el tiempo, la regulación  de los procesos.

Nacer, crecer, reproducirse y morir en cada uno de los tiempos, estaciones y procesos.

Toda maduración pasa por un proceso.

Y sin embargo nosotros, los humanos, somos especialistas en acelerar, romper e irrespetar.

Estimular, enseñar, adiestrar, súper estimular en lugar de esperar, acompañar y disminuir los obstáculos del camino. Pues la maduración tiene que venir antes del aprendizaje y en ese caso el aprendizaje no es tan difícil.

Hay una ansiedad generalizada que no permite el movimiento auténtico de la autorregulación.

Posiblemente nacemos antes del tiempo necesario, aquel tiempo que determina cada bebé en el útero cuando lanza las hormonas que ponen en marcha toda la fisiología del parto, porque son pocos los casos de nacimientos respetados. Y desde que nacemos es tal la expectativa en nuestro éxito como bebés, que de ahí pasamos a pensar que lo más importante es hablar pronto, caminar pronto, independizarse de los padres pronto.

Los padres anticipan los procesos de sus hijos con la ilusión de hacerlos fuertes e independientes, lo que hacen sin embargo es ayudar a la construcción de un falso yo, aparentemente ágil y solo exteriormente fuerte, pero que no ha alcanzado a completar su desarrollo en función de su capacidad. Por lo que  puede ser frágil por dentro.

La infancia es un tiempo de dependencia. Especialmente en el primer año de vida, pues los bebés necesitan después del nacimiento las mismas condiciones que tenían en el útero: contacto, calor, seguridad y alimento, cada vez que lo necesiten. Este momento fue llamado por Wilhelm Reich Período Crítico Biofísico.

Cada vez que se estimula y acelera el proceso de un niño se está diciendo que ese es el modelo correcto y no su necesidad y potencialidad interna. El ser desaprende a confiar  en lo que siente y buscará una ley externa que controle sus impulsos, porque ya no sabe reconocer si sirve o no lo que su organismo le dice.

La ley externa funda nuestra vida en la sociedad “civilizada”, con la idea de que sin control nuestros impulsos internos pueden provocar muchos desórdenes e inviabilizar la vida en común.

¡Pero claro! Si no respetamos a los niños desde chicos, si no satisfacemos sus necesidades de amor y contacto, estaremos criando fieras descontroladas que solamente la ley patriarcal autoritaria podrá dominarlos.

Ocurre que desde una mirada de crianza respetuosa se puede dotar al niño de verdaderos conocimientos de sus necesidades primarias cuando son respetadas, generando así autoconfianza. Con autoconocimiento, respeto y autoconfianza, los instintos de supervivencia y amor siguen su curso, no necesitando generar impulsos secundarios hostiles hacía si y hacía el mundo, para adaptarse a la forma de crianza que le están imponiendo sus padres o cuidadores.

Siento que mientras escribo esto pareciera una tarea imposible pensar que podríamos volver a lo natural, al respeto en los procesos de crianzas. Y siento eso ya que inevitablemente los que  gestan, acompañan y educan a un niño están completamente sumergidos en una cultura hostil, y a su vez metidos en sus propios sistemas de defensas corporales y psíquicos (coraza-caracterial). Solamente tomando consciencia de nuestras propias dificultades podemos controlar la fiera insatisfecha y no respetada que hay adentro de nosotros (los adultos) y evitar que perpetuemos la herencia hacia nuestros hijos. Quizás por eso no es suficiente saber solamente desde lo cognitivo, a través de los cientos de libros que existen sobre crianza respetuosa: es importante un saber que venga desde el cuerpo, desde la experiencia misma, con contacto y negociando con nuestras propias dificultades como padres.

La idea de autorregulación es una posibilidad de camino expresada por Wilhelm Reich en su desesperanza por el acompañamiento apenas clínico “curativo” individual. Una autorregulación que permitiera el autogobierno. Que el individuo pudiera tener la Ley con “L” mayúscula en su ley interna, ley que es gobernada por su necesidad primaria de amor y de relaciones que satisfagan su libido, que es primero oral y después genital. Si tuviésemos un campo social que permitiera el camino del autorregulación: primero familiar, después educacional y macro social, sería posible pensar en una apropiación de la ley interna, que es la Gran Ley de la naturaleza.

Falta mucho por supuesto. Pero es una semilla de cambio.

Es decir que un cambio significativo no viene apenas desde individual hacia la sociedad, sino también desde la sociedad hacia el individuo.  Como dos flechas que se buscan y que cuando se toquen habrán logrado una integración y ya no estarán separadas; pensar en lo individual siempre es pensar en lo colectivo, pensar en lo colectivo es siempre pensar en lo individual.

En mi mirada no es posible pensar en el bebé sin considerar el adulto, sin entender el tipo de sociedad que tenemos, sin comprender las dificultades personales y sociales del cambio. Y siempre intentar ir un poco más allá, promoviendo más capacidad de contacto y respeto.

El padre que quiere que su hijo duerma toda la noche y para ello utiliza métodos humillantes que no respetan al niño en lo más profundo, termina promoviendo un crimen de lo más potente que tiene su hijo: su capacidad de entenderse, respetarse y autorregularse. No es fácil acompañar hasta que el niño pueda valerse solo, no es sencillo sostener el no saber del otro, principalmente cuando hay muchos ojos y dedos externos a la familia o a la madre que indican que el camino no es ese. Pero la vida no está en la normas rígidas de crianza que parecen encaminar los niños rumbo al éxito social. La vida, parafraseando a Kundera, “está en otra parte”: en la naturaleza y en el respeto de la misma.

Compartamos métodos de crianza respetuosos, denunciemos la humillación y el sometimiento que se cometen en nombre del amor, incluso cuando participamos de eso en alguna medida, para que cuando sean grandes esos bebés no soporten vivir en un mundo de injusticias, de desigualdades sociales, de individualismo que promueven guerras en nombre de la paz o de cualquier otra forma de destrucción de vida, simplemente porque respetan la vida adentro y afuera de ellos.

El conocimiento puede ayudar a construir ese camino entendiendo que es bueno el contacto, la mirada, el respeto hacia nuestro hijo; construyendo una matriz de amor real y no sólo imaginaria y simbólica. Que el amor llegue en los actos, en el toque, en la voz, en los movimientos. Que nuestras dificultades y contradicciones como madres, padres, cuidadores y maestros puedan volcarse en lugares especializados, o  con amigos o comunidades que nos acompañen en nuestros caminos, de modo que no tengan que traducirse en actos directos de violencia, abandono e irrespeto hacia los niños.

No sé cómo será ese mundo con individuos que fueron respetados y se autorregulan, no sé cómo mantener realmente lejos de nuestras vidas al “poder” que hace al más fuerte controlar, manipular y someter al más frágil, principalmente cuando ese poder es justificado por métodos de enseñanza profundamente arraigados en nuestra sociedad. Pero es la utopía de querer ese mundo donde los seres sean más autorregulados, y la potencia individual y social estén en acuerdo, lo que me alimenta y me direcciona. No sé si otro mundo será posible, si el gran poder patriarcal y autoritario que controla todo permitirá el movimiento hacía la vida. Pero como dice Manuel Redón en su texto sobre el “Paradigma reichiano en la actualidad” hay una gran potencialidad en la utopía, y yo prefiero quedarme del lado de la potencia de la vida qué del lado del poder dominante.

Munich Vieira Santana

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