Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…

Acupuntura del cielo I

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MEDICINA ORGONÓMICA

Por Carlos Inza

El trabajo de regulación climática con los cloud-buster o rompe-nubes

 

Lo visible dura un verano y luego se marchita,

pero aquello que le dio vida se oculta bajo la tierra y allí vive,

inmutable, bajo la superficie de los eternos cambios.

 Lo que se ve es la flor y ésta perece. El rizoma permanece.

Carl G. Jung

Nota de mayo del 2015

El texto que sigue fue escrito en julio del 2010 y tuvo como objetivo exponer algunos trabajos climáticos realizados en los años anteriores con la metodología de la orgonomía reichiana. O sea: utilizando cloud-busters para regular o equilibrar el clima. El trabajo original de Reich puede consultarse en su libro CORE (Cosmic Orgone Engineering), del cual puedo suministrar una versión en castellano a quien le interese.

Me da un poco de ternura leer el comentario sobre los trabajos climáticos de diciembre 2007 a febrero 2008, y me producen ganas de decir algunas otras cosas, algo más.

Primero quiero contarles que Roberto Luna, mi colega que opera en Córdoba y yo, hemos desarrollado sendos cuadros de hipertensión arterial a lo largo de esta secuencia operativa que comenzó hace dos años y medio, a fines del 2005.

Cualquiera puede pensar, seguramente con razón, que el trabajo con los tubos no debe ser la única explicación para esa disfunción. Pero seguro que algo tiene que ver: hay antecedentes de tales hechos (y otros peores) entre quienes han intentado producir modificaciones climáticas a través de la metodología orgonómica.

Y no es raro: uno está expuesto a ingentes cantidades de energía que pasan desde la atmósfera a través de tubos, cables y zona operativa.

De manera que, hasta ahora, no es un trabajo inocuo aunque se tomen algunas precauciones que son de rigor como, por ejemplo, nunca tocar tubos ni cables con las manos desnudas o con cualquier otra parte del cuerpo.

Es que existe algo indudable, más allá de algunos síntomas de malestar pasajero durante la operación: hay un efecto de campo, difícil de mensurar en términos espaciales pero que ejerce una influencia definida y potente sobre quienes se encuentran dentro de ese campo operativo.

Qué lástima, ¿no?

Pero es así: mientras algunos miran y pueden darse el lujo de hacer comentarios irónicos y hasta psiquiátricos, otros arriesgan y pueden salir lastimados. Es la historia, es la vida, siempre fue así.

Personalmente tengo variada y larga experiencia en éstos asuntos raros, sospechosos y hasta subversivos, de manera que mucho no me preocupan (hasta me divierten, tal vez) en su aspecto ligado al impacto sobre mi propio campo, ¡salvo la inmensa cantidad de energía que se pone en movimiento y me pasa por todos lados!

Pero sí me impactan profundamente –hondo y sentido como un animal conmovido- en cuestiones relacionadas con el momento que estamos viviendo los humanos y con la legitimidad del trabajo climático.

Por qué, ¿con qué derecho uno se pone a hacer estos “exóticos experimentos”?

Tal vez ayude la ignorancia generalizada en este campo, o la suposición de que hay que estar bastante loco para intentar modificar el clima con un equipo que puede adquirirse en la ferretería del barrio por unos pocos pesos, como si el costo de un equipo estuviera relacionado con su eficacia.

Entonces, si alguien se enoja, se preocupa o simplemente es una víctima más de la plaga emocional, podría ser que la denuncia de algún aburrido se transforme en un paseo en ambulancia, más que un peligroso viaje en patrullero policial. ¡Y la inversa también es cierta: depende de cómo son el médico y el policía!

También cabe la posibilidad de enterarse e ignorar el asunto, metiéndolo en alguna carpeta de variado título: “idioteces”, “locuras delirantes”, “interesante pero por verificar”, “no me interesa”, “me interesa pero no me animo”, “peligroso, mejor que no lo hagan”, “es irresponsable y necesitan supervisión de alguna institución” o “para comunicar a los superiores”.

Se puede elegir tranquilamente entre las distintas opciones que ofrece el mercado.

Eso sí: ¡les puedo asegurar que no es un trabajo aburrido!

Ni siquiera es un trabajo de verdad porque nadie nos paga, pero es absolutamente apasionante, de eso sí pueden estar seguros.

Pero ahora está parado, por cuestiones de salud.

¿La hipertensión y sucedáneos?

Claro: no somos tan tontos, pero empiezo a sentir que también está parado por razones sanitarias, por razones de salud colectivas, por algo que tiene que ver con todos y no sólo con nosotros. Seguro que más adelante, en este mismo texto, podré explicarlo mejor.

Hay un pequeño detalle: después de dos años y medio y 48 cloudbustings (varios más sumando los de Córdoba), estoy seguro de que el método funciona. Efectivamente: ejerce variada influencia sobre el clima, dependiendo de la configuración climática al momento de las sesiones, la técnica utilizada y los objetivos de cada trabajo.

Es que se trata de una relación bastante parecida, aunque no igual, a la que se establece entre médico y paciente: Roberto y yo somos médicos y no es casual que nos hayamos metido en este asunto. Y en mi caso se parece bastante a lo que hago en el consultorio todos los días. Es más: estoy seguro que mi trabajo climático consiste en hacerle acupuntura al cielo, sólo que reemplazo las agujas por los tubos, pero la idea básica es la misma.

Y esto sí me parece importante aclarar: el objetivo es lograr un clima más equilibrado para conseguir una mejora del medio ambiente en el que vivimos. ¡No somos “fabricantes de lluvia”!

No estamos jugando para demostrar algún tipo particular de magia o poderes extraordinarios. Lo que realmente nos convoca a este trabajo es, simplemente, la necesidad de intentar aportar un poco de salud al desquiciamiento climático y atemperar lo difícil que es para la vida sobrevivir en estas condiciones. Nada más y nada menos.

Sin embargo, los trabajos con el cloud-buster (“rompenubes”) son conocidos por su efectividad para inducir lluvia si no hay, o incrementarla si es muy poca. Bueno, eso de decir “son conocidos” es casi una broma porque sólo un reducido grupo de personas en el mundo los conoce.

Y decir “mundo” para referirse a los humanos que habitamos el planeta Tierra es también una broma pesada y peligrosa: otra demostración de soberbia inaudita que puede terminar muy mal.

El asunto es que no usamos los tubos con la técnica “para hacer llover”, sino para romper el estancamiento y lograr lluvia de una manera indirecta, sólo como expresión necesaria de una situación de mayor equilibrio.

¡Pero claro que existe la técnica para hacer llover con los cloud-buster!

Y una cantidad de trabajos muy bien documentados sobre estas experiencias, especialmente los de Wilhelm Reich y James De Meo, que se pueden consultar en la web o bien en el libro “Wilhelm Reich y la modificación del clima” del investigador italiano Roberto Maglione.

Sea por lo que sea, nunca quise utilizar la técnica convencional para lograr lluvia en un área delimitada, pero al empezar con éstos trabajos, hace dos años y medio, necesitaba “una prueba de acción directa” para convencerme que todo esto no era mero delirio. Bueno, hace años que trabajo con acumuladores de energía orgón y los dor-buster, que son pequeños cloud-buster utilizados en medicina energética para limpiar y desbloquear la circulación de la energía. De manera que, al empezar el trabajo con el clima, los principios teóricos y la práctica nunca estuvieron en discusión para mí.

Tal vez una muy especial zona de mi corteza cerebral necesitaba la verificación de la que hablo, de manera que se la proporcioné.

¿Qué hice?

Fue muy simple: utilicé un simple dor-buster médico con un cable algo más largo, puse el extremo del cable en agua corriente y apunté a una nube, en cierto departamento de la calle Melián ubicado en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Hemisferio Sur, Planeta Tierra. ¿Qué tenía que pasar? Bueno, por algo “el aparato” se llama “rompenubes”: en un tiempo prudencial y fuera de toda sospecha (nube distinguible en un conjunto cercano e indiferencia de las no apuntadas, etc.) la nube tenía que deshacerse. Y exactamente eso es lo que ocurrió: la nube se deshizo en pocos minutos “delante de mis ojos”.

¿Casualidad, nube que quiere quedar bien conmigo como si fuera mi perro gaseoso, nube lectora de Reich que obedece al maestro?

No sé: ¡la nube se agujereó allí adónde apuntaba el tubo y luego desapareció!

Repetí lo mismo con otras dos, también para satisfacer a la misma región de mi cerebro y porque resultaba muy divertido hacerlo. Y sucedió lo mismo.

Varios años antes, cuando tiempo después de leer apasionadamente los libros de Reich resolví pasar a la acción y verificar la existencia y potencia de la energía orgón, había experimentado con un pequeño tubo acumulador sobre un canario. Y me asombró (tanto que esa bendita noche no pude dormir) su insólita reacción sometida a contraprueba: agitarse como loco en la jaula y pretender salir del encierro, pero quedarse quieto cuando lo apuntaba con un tubo de apariencia similar aunque sólo de cartón.  Éstos resultados me habían convencido tanto que, a partir de ese pequeño episodio fundador, dediqué mucho tiempo a seguir investigando y avanzando en la articulación entre acupuntura y orgonomía, que es la base de mi sistema médico.

Y estoy feliz: ese intento nunca me defraudó.

El episodio con la nube significó lo mismo respecto del trabajo climático y fue suficiente. Sólo repetí el juego de hacer desaparecer “mágicamente” una nube dos veces más: una en Lago Puelo y otra en Tortuguitas, siempre con el mismo resultado.

Se trata de una constatación que cualquiera de ustedes puede hacer, simplemente para verificar que no estamos hablando bajo el efecto de algún alucinógeno o, simplemente, mintiendo.

Simplemente mintiendo y evadiendo…es tan fácil, tan “natural” hacerlo, ¿no? Entiendo lo difícil que puede ser aceptar estos hechos, que no parecen tan naturales como mentir y evadirse. Es tan difícil como sacarse la cabeza que habitualmente uno tiene instalada en el chasis de origen y ponerse otra.

¿Cómo es posible lograr semejantes efectos con una tecnología que no cuesta millones y millones de dólares y con un procedimiento tan sencillo? ¿Será posible eludir una de las tantas tonterías sobre las que está montada la maquinaria del éxito y la aceptación social?

¿Puede uno enfrentar con éxito el lamentable espectáculo de circo sobre el que está basado el funcionamiento “legítimo” de los criterios de realidad oficialmente correctos?

Debe haber alguna equivocación, algún error.

Algo no funciona bien en todo este asunto tan loco, ¿o no, o sí?

Entonces es mejor pasar a otro tema, pero no es tan fácil (si es que me siguen leyendo) porque soy un poco testarudo y esto recién comienza.

Si es cierto que el procedimiento descripto es capaz de hacer desaparecer a una, varias o muchas señoras nubes del tamaño que quieran, ¿por qué razón no va a lograr producir otros efectos sobre la atmósfera y, por lo tanto, sobre la configuración climática local, la que rodea a la zona operativa? ¡Ah, bueno!, me dijiste que puede eliminar nubes del cielo, pero hacer llover es otra cosa, algo muy distinto.

No, no es tan distinto. Las nubes desaparecen si apunto el tubo a su centro, pero si apunto al lado de la nube, entonces empieza a crecer cada vez más y si con ese aumento logro que se junten cada vez más nubes, es muy probable que finalmente llueva dentro de las 48 a 76 horas. Es cierto que existen otros factores climáticos que complican el objetivo, pero casi siempre llueve si se utiliza bien el método considerando las otras variables que juegan, especialmente los vientos y el centro de alta presión producido por “el efecto tubo”.

Sí, claro (¿?), pero ¿por qué razón, qué es lo que sucede?

¿Por qué “la ciencia” desconoce este asunto tan importante que no aparece en ningún lado ni es reconocido o anunciado por algún científico de “renombre”? A propósito, ¿por qué se dirá “renombre” para citar a alguien cuya voz es autorizada? Debe ser porqué alguien re-conocido (conocido más de una vez, mucho) necesita mucho nombre o debe cambiarlo por otro: re-nombre, el suyo sólo no basta para ser importante y, por lo tanto, “escuchado”.

Quédense tranquilos: por aquí disponemos de un solo nombre y apenas nos conocen, de manera que estamos en el mismo nivel y podemos conversar en paridad, casi democráticamente.

Y vayamos al punto, de una vez.

La razón por la cual esta técnica funciona se debe a su capacidad para aumentar o disminuir la concentración de orgón atmosférico, eso es todo: así de fácil, así de sencillo.

Orgón es el nombre que eligió Reich para re-bautizar a la misma energía que antes habían descripto los chinos, los indios, los griegos y una cantidad numerosísima de pueblos y culturas: la energía que anima a la vida (le da ánimo), la energía que llena el cosmos (éter). Sólo que logró estudiarla, demostrarla, concentrarla y utilizarla terapéuticamente: ése es el simple pero notable aporte de su trabajo.

Sí: “la energía”.

No es nada nuevo, pero no es la misma energía que, hasta ahora, ha estudiado, reconocido y descripto la ciencia oficial, nada más.

Es Wilhelm Reich no era simplemente un investigador cuyo laboratorio trabajaba para alguna poderosa corporación ¡que hubiera terminando patentando su descubrimiento! (una estupidez equivalente a registrar derechos exclusivos sobre el aire o el agua). Su poderoso pensamiento, su genio para unir asuntos diversos que aparentemente no tienen “relación” entre sí, le valió demasiados enemigos. Por ejemplo: se metió profundo con la sexualidad, con las religiones, con el poder.

Encontró que la causa más importante de la actual expansión de los desiertos físicos es el desierto emocional humano, o sea: su falta de contacto con la propia vida y con la de los demás vivientes, no sólo los humanos. Y que la causa esencial de las tiranías y sistemas en uso, anti-vida en general y anti-humanos en particular, reside en la dificultad del hombre para hacerse cargo de sí mismo, para hacerse dueño de su destino y no regalar su libertad a nada ni a nadie.

¡Demasiado como para no odiarlo, perseguirlo, prohibirlo, enjuiciarlo, condenarlo y meterlo hace cincuenta años en esa maldita cárcel donde no podía sobrevivir o simplemente fue asesinado!

Entonces, el gobierno de los Estados Unidos diseñó una ceremonia digna de la “Santa Inquisición”: quemaron sus trabajos, sus acumuladores de energía orgón y prohibieron la publicación de sus obras. Puede que eso les explique cuál es la razón por la cual es “desconocido” y carece de “renombre”. Simplemente, ¡trataron de borrarlo de la base de datos de la humanidad!

Luego volvió a entrar por la ventana de la “liberación sexual”, resucitado por los militantes del mayo francés junto a Marcuse, y sus aportes resultaron tan brillantes que la psicoterapia corporal y la bioenergética nacieron de ellos, sólo de una parte de ellos…

Ése era Reich, el tipo que se dio cuenta antes que nadie que el ser humano nace, vive y muere en una trampa fabricada por él mismo (cultural, no biológica) que lo mantiene preso e infeliz toda su vida.

¡Pero también advirtió que podemos salir de ella!

Todo bien, pero sigamos con este asunto de los tubos.

Resulta que es posible construir y utilizar “aparatos” o dispositivos que logran concentrar la energía orgón (acumuladores de energía) o disminuir su concentración (dor-buster y cloud-buster).

En términos genéricos y, sin entrar en detalles que no vienen al caso, los acumuladores se confeccionan alternando capas de metal y no-metal, y pueden tener variedad de diseños y apariencia.

En cambio los dispositivos destinados a extraer energía consisten en tubos de metal, abiertos en un extremo y unidos a un cable en el otro y cuyo extremo pelado se sumerge en agua corriente o en una extensión acuosa quieta pero abundante. El extremo abierto es el que se apoya sobre un punto de acupuntura (dor-buster) o se apunta al cielo (cloud-buster). En ambos casos se trata de variar la concentración de orgón para lograr efectos que tienden a equilibrar al sistema con clara intencionalidad terapéutica.

Pues bien, ésa fue la idea al comenzar a trabajar con el clima, exactamente la misma que en el trabajo médico de la acupuntura-orgón: equilibrar, curar, aliviar, poner en movimiento lo que está quieto, estancado, bloqueado, estimular la vida y alejar la muerte. Nada más que eso. Nada de magia ni de exhibición de “poderes sobrenaturales”, nada de actitudes para “tener poder” o sentirse otro dios de supermercado. Pero sí, claramente, manifestación de potencia, de la simple y elocuente potencia de la vida. ¿Qué parece tener un efecto “mágico”? Claro: es la magia de la vida, nada más.

Empecé con un simple dor-buster médico, luego uní a tres de ellos.

Y finalmente construí un cloud-buster similar a los que utilizaba Reich, al cual después agregué otros tubos de material y largo disímil debido a las exigencias de la investigación.

Por supuesto que influenciar a los sistemas climáticos, que de eso se trata para lograr efectos significativos, no es tan sencillo como el experimento de disolver una nube. Hacen falta otros conocimientos y bastante entrenamiento con la propia energía, pero mucho ayudó la experiencia de trabajo médico.

Entonces uno acepta con cierta sencillez y naturalidad los resultados del tratamiento, ¡que siempre implican una sensación de maravilla cuando se trabaja con energía! Y alivian la impresión de omnipotencia, que sólo resulta natural cuando uno (o los demás) creen que se está logrando un efecto “imposible” de conseguir salvo que se tenga el número de teléfono de dios o se reciba ayuda del diablo: pueden elegir por el mismo precio.

Pero, ¿tenemos derecho a trabajar con el clima, algo que nos envuelve a todos sin excepción sin que nadie lo haya pedido expresamente? ¿Y para qué, en caso de que constituya un derecho válido?

Es curioso que, aún los más escépticos, tengan una actitud de inquietud y preocupación acerca del trabajo con los cloud-busters. Es una actitud contradictoria: por un lado el proyecto en sí les parece un dislate, pero simultáneamente aconsejan cuidado, moderación, equilibrio, prudencia y el resto de las virtudes teologales.

No es nuevo: también sucedió lo mismo durante la etapa experimental con el uso de los acumuladores de orgón en seres humanos. Existían los mismos críticos, tanto los que comparten los fundamentos de la mirada reichiana como quienes la conocen superficialmente, la desechan fácilmente sin opinar o la ignoran desde alguna altura olímpica. En todos los casos me decían: ¡cuidado, es peligroso!

Creo que se imaginaban a una persona convertida en un globo inflado a presión con los acumuladores y a punto de reventar: una escena típicamente masoquista. Pero en realidad sólo quiero decir esto: ¡es demasiado raro y extremadamente curioso que alguien que descree de un método sienta temor por las consecuencias de su utilización! Tal vez no descrean tanto: sólo tienen mucho miedo, nada más.

Luego, y en poco tiempo, los acumuladores de orgón adaptados para ser utilizados en puntos de acupuntura demostraron ser un éxito de eficacia y sencillez, como debe ser una buena terapéutica. Después de veinte años de indicarlos a mis pacientes y usarlos personalmente (¡regla de oro en ética médica!) no tengo reportes de que a alguien le creciera un cuello de jirafa o una trompa de elefante, tampoco de que hayan  desarrollado tumores cancerosos ni cuadros esquizofrénicos debido a su utilización. Y mucho menos me enteré que lograran hacer estallar a alguien por el aire, con el consiguiente desparramo periodístico, policial y judicial. Pero lo más importante es que casi siempre demostraron funcionar: suelen producir un aumento de la cantidad de energía y mejorar su distribución, asuntos perceptibles por quién lo utiliza y visibles para el que observa y compara.

La elección de haberlos investigado y utilizado en un marco de trabajo más bien silencioso fue determinante. De haber aparecido un sólo periodista para hacer alguna tonta nota sobre “el dispositivo mágico que produce energía”, todo se hubiera arruinado. Es interesante escuchar cómo los llama cada persona que los utiliza: batería, chip, espejito, ombligo biónico, “eso”, “el aparato”, “la pila”, “la cosa”, “el asunto” y todavía más, para delicia de psicoanalistas aficionados. ¡Pero casi nadie lo menciona por su nombre: acumulador de energía orgón!

Hacen bien: es demasiado conflictivo para el modelo vigente, tendrían que revisar su “sistema de creencias”, sus paradigmas indiscutibles. ¡Es que resulta inconcebible que plegar en zigzag una simple tira de acero y otra de plástico pueda lograr semejantes efectos! Lo usan porque así se sienten mejor y listo.

Y volviendo al origen, al “asunto tubos”: no veo diferencias entre la sencillez de ambos dispositivos, que pueden armarse por unos pocos pesos utilizando elementos corrientes, fáciles de conseguir. ¡Fue una liberación cambiar laboratorios por ferreterías, puedo asegurarles!

Ahora vuelven las mismas preguntas incisivas, obsesivas y pertinaces: ¿qué derecho tiene uno a intentar producir una modificación climática, por qué razón el método es desconocido si ha demostrado ser eficaz para lograr lluvia incluso en los desiertos y, finalmente, qué hacer con  éste proyecto?

Mirando un poco lo que está pasando con el clima en el planeta podría decirse que uno tiene, no sólo el derecho sino hasta la obligación de utilizar un método que puede demostrar su eficacia para intentar mejorarlo: hay demasiado desequilibrio “entre el cielo y la tierra”. Demasiada sequía, demasiado calor o frío, demasiada variada extinción y extrema necesidad de acciones que funcionen para favorecer la emergencia de condiciones sustentadoras de vida. Y esto es, sencillamente, porque hay demasiada muerte en el aire, el agua y la tierra. La muerte tiene demasiado éxito en estos tiempos y el futuro ha dejado de ser una esperanza para transformarse en un espacio de temor, castigo e incertidumbre. Entonces hay que hacer algo simple, algo elemental que sabe hacer cualquier planta, bacteria o animal: pelear por la supervivencia.

Uno se pregunta si podremos volver a ser animales decentes, seres aptos para vivir y dejar vivir. Si aprenderemos otra vez, como seguramente sabíamos antaño, que “la vida es una cooperativa” y no una estúpida historia de competencia feroz para obtener “poder” sojuzgando, oprimiendo y asesinando. No hay respuesta, pero sí una fuerte apuesta, una esperanza.

¿Quiénes podrían hacer “algo” para evitar la hecatombe?, uno se pregunta, un poco azorado por las noticias cada vez más alarmantes acerca del futuro cercano. ¿Acaso los variados poderes que comandan la misma civilización que nos ha puesto al borde de la extinción?

Cualquier trabajo debe evaluarse por sus consecuencias. Y en el caso del clima se necesita tiempo, bastante tiempo para estar seguros de que estamos usando una metodología fiable, simple y eficiente. Pero: ¿hay tiempo, tenemos el tiempo suficiente como para seguir un protocolo estándar de investigación? Y además: ¿son fiables quienes deberían emitir una opinión “autorizada”, son verdaderamente independientes de criterio, son libres para opinar? La respuesta es no, de manera que es mejor seguir adelante y confiar en que el método podrá masificarse y ser bien utilizado.

Tal vez el cloudbusting sea, también, un desafío para “el sentido común”. Pero no en el aspecto tipo: “la idea es demasiado loca para que sea cierta” o “hacen falta muchos cambios en el paradigma vigente para que pueda ser aceptada”. Sentido común aquí significa lo siguiente: si un método es capaz de “hacer llover” o, menos pretenciosamente, “coincidir con la aparición de lluvia” ocho veces de cada diez intentos, y todas ellas contra los pronósticos de cualquier servicio meteorológico, entonces “sentido común” parece esto: “es muy probable que sea un método acertado”. ¿Qué otra cosa puede querer decir “sentido común”, entonces?

Y si alguien dice que en ciencia no existe nada parecido a “sentido común”, y que los teólogos de la razón se niegan a considerar seriamente el sentido de esa expresión, entonces habrá que revisar la validez de los supuestos que fundamentan esta ciencia en sí misma, porque de ser así se trataría de una actividad enfrentada con el instinto más claro y más preciado por los seres vivos: la supervivencia.

Las razones no son tan raras, tan difíciles de comprender: es medio una cuestión de poder (la ciencia real no es aséptica, depende de quiénes la financian) y medio un problema de patología gremial, porque los científicos reales de carne y hueso no son seres excepcionalmente sanos: están tan o más acorazados que el promedio de la sociedad. Son habitualmente incapaces de mirar la realidad sin prejuicios y desde su propia libertad de investigador, ¡un requisito que sólo figura en pomposas declaraciones! Y están atados a infinidad de cláusulas y reglamentos sin cuya estricta observancia no pueden pertenecer al club que les da continencia y salario. Y en general se abstienen de opinar, de arriesgar una disidencia con sus jefes y patrones: la bibliografía que citan tiene que ser más importante que sus propias conclusiones porque de otra manera el trabajo “no es serio” y se transforma en inaceptable para los estatutos del club.

Sí: es otro caso de dependencia emocional, es la necesidad de sentirse amparado y protegido a cualquier precio. Es el contrato de Fausto otra vez, siempre y con tal de no correr el riesgo de vivir ejerciendo la propia libertad, ésa misma que te puede dejar irremisiblemente solo y en peligro. ¿Pueden ellos opinar, están en condiciones de emitir una opinión libre acerca de la energía orgón, de los acumuladores de energía y de los tubos enfilados al cielo? Otra vez la respuesta es no: no pueden, no están en condiciones de hacerlo. Y si no, miren las cosas que pasan en medicina con la utilización de métodos tradicionales consagrados por su eficacia pero negados, condenados y combatidos por la medicina “oficial”.

Tienen un buen ejemplo con “el empacho”, que infinidad de sanadoras con experiencia saben diagnosticar y tratar. Pero como no figura en la lista de las enfermedades oficialmente admitidas no existe y, por lo tanto, no se puede tratar. Estas actitudes son demasiado para la paciencia: ¡negar algo porque no lo entiendo es típico de idiotas! Medicina oficial significa lo que “hay que creer”: una cuestión de fe, un

problema teológico. Así uno es reconocido, admitido en la lista de los tontos con registro. Y eso rige para todos los integrantes de una sociedad incluidos sus científicos, los nuevos sacerdotes.

(Continuará)

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Autor: medicinaenergeticayotrasyerbas

Revista sobre Salud, medicina energética, psicoterapias, critica social, prevención y profilaxis desde una perspectiva de la orgonomia desarrolla por Wilhelm Reich.

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