Medicina Energética y Otras Yerbas

Revista sobre salud, cuerpo, energía, sociedad y hasta orgonomía…

La Medicina Catastrófica I

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Los médicos como promotores de pánico y detectives del terror

CATÁSTROFE Siglo XVII. Tomado del griego katastrophe “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, derivado de katastrépho “subvierto, destruyo” (y este de strépho “doy vuelta”. (Corominas)
CATÁSTROFE “desastre, calamidad”: griego katastrophe “desastre, trastorno”; “desenlace de una tragedia”, de katastréphein “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”. (Gómez de Silva)
 
 

Viene Gumer, que tiene 52 años, y se sienta enfrente gimoteando y con la mirada enteramente desolada.

Como la atiendo desde hace un tiempo y conozco sus problemas, descuento que no es por ella, que esta así como está por algún suceso trágico o irremediable ocurrido a vínculos muy cercanos, íntimos. ¿Qué te pasa?, le digo con un tono de alarma que me sorprende a mí mismo.

Fui a la ginecóloga y me destrozó, dice. Por qué le pregunto, tratando de imaginar como una ginecóloga puede destrozar a alguien que va a atenderse. Entonces me cuenta que había pendientes algunos estudios que anteriormente le había indicado, como ser: densitometría y ecografías mamarias y genitales.

El asunto es que Gumer tiene infecciones urinarias a repetición desde hace unos dos años. Aunque no continuas, ésta última ya está medio instalada en los últimos meses y todavía no remite. A pesar de haberse demostrado la presencia de una bacteria, EscherichiaColi, los antibióticos que salen positivos en el antibiograma solo logran mejorar los síntomas pero no eliminarlos del todo: luego de algunos días de acabarlos, las molestias vuelven con entusiasmo. Conociendo su emocionalidad y los conflictos que está atravesando, me inclino a pensar que se trata de un cuadro conocido como “Vejiga irritable” más que de una típica infección urinaria, que bien puede ser su consecuencia y explica su recurrencia. (No solo el colon tiene derecho a irritarse).

Pero lo importante es lo que sigue. La ginecóloga mira a Gumer algo desconcertada y cambia bruscamente su actitud, que tampoco era excesivamente hospitalaria. Y le pregunta por antecedentes familiares, típica reacción de quién no sabe o no entiende por dónde van las cosas y se agarra de cualquier dato. Y cuando se entera que su madre había muerto como consecuencia de un cáncer de riñón, pasa a la ofensiva con una irritación digna de la vejiga de quien estaba atendiendo. Entonces alza su dedo admonitorio, el índice docente, y en tono de clara amenaza le dice: “¿Ves que tenés que hacerte los estudios que te indique, qué estás esperando?”.

Omite continuar la frase con: “Antes de que sea demasiado tarde”, pero no hace falta: el efecto teatral, dramático, está plenamente logrado. Gumer queda abatatada y la puesta en escena se redondea con su silencio, como aceptando que ha cometido una falta grave al no hacerse los estudios indicados. De manera que, obviamente, merece tener algo grave y sufrir los tormentos correspondientes a su condición de pecadora.

Y lo de pecadora no es un simple decir, porque a continuación la ginecóloga abre otro frente de batalla, sugiriendo (sin decirlo) que las molestias vaginales que experimenta durante o después de sus relaciones sexuales implican la posibilidad de que su marido pudiera tener “algo”, de manera que también le sugiere que el posible culpable… ¡se haga un espermograma!

Es evidente que no hay nada que permita vincular los síntomas de Gumer con las sospechas catastróficas de la ginecóloga, salvo su notorio desconcierto y la irritación por la “desobediencia” de no haber seguido al pie de la letra sus indicaciones acerca de estudios por realizar: ¡eso solo ya merece un castigo, un escarmiento!

Y lo ha logrado plenamente al dejar instalada la sombra de alguna enfermedad venérea, pero especialmente al sugerir que “hay que descartar cáncer”, aunque no lo haya dicho expresamente porque no hacía falta. (La gente –los “pacientes”- también emplean el término “descartar”: un ejemplo de lenguaje colonizado por los médicos). Es un razonamiento clínico tortuoso, sin ningún fundamento, motivado por ignorancia o impericia. Pero no es inocente ni ingenuo: juega con el temor que todos tenemos de llegar a enfermar gravemente y sufrir tormentos inimaginables. Entonces, nada mejor que transferir al paciente la propia duda o angustia cargándolo con una megadosis de tormento extra.

Porque si la tal ginecóloga fuera una buena médica, tendría que haber advertido con mucha facilidad que sus síntomas expresan una evidente carga emocional que no resulta fácil de digerir. Y que su obligación es doble: investigar las razones profundas de un síntoma, pero también contener, tranquilizar.

Ahora todo depende de la elección de Gumer: o sigue las indicaciones de la ginecóloga y se mete en un angustiante torbellino sin final o la manda al carajo y se orienta para otro lado. Y me parece que no hay dudas: la última opción es la única correcta. Ustedes dirán: ¿y si la ginecóloga tuviera razón?

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Otra vez el miedo, la última pregunta está fundamentada y motivada por el miedo, pura y exclusivamente. ¿Y no es eso, acaso, motivo suficiente para seguir las indicaciones, investigar y quedarse tranquilo? No, no lo es, salvo que uno opte por vivir en un estilo de auto-persecución impiadosa, acosado por temores infundados. Desde la perspectiva de un paciente, es comprensible en una sociedad paranoica como ésta, pero no lo es desde la función que debería tener la medicina y sus practicantes, los médicos.

Y éste es el punto, porque la mala experiencia  de Gumer no es un caso aislado ni una excepción: es la norma desde hace mucho tiempo, y cada vez más. La gente que conozco, no solo la que atiendo, tiene cada vez más miedo de acudir a una consulta médica. Y esto por varios factores.

Uno es la falta de contacto emocional que suelen establecer los médicos con sus pacientes, con evidente descompromiso respecto de su salud y su vida. Es más: muchos médicos “atienden” sin casi mirar al paciente, hipnotizados por una computadora que les dirá la verdad. Otra es la compartimentación claramente esquizoide de la medicina, dividida hasta el absurdo en especialidades y subespecialidades. Pero también, y esto es lo peor, por la enfermiza propensión a “descartar”  de entrada lo peor, antes de pensar en lo más simple y estadísticamente probable.

Esto último produce un comprensible efecto de locura en cualquiera que consulte por una urticaria y se encuentre con que hay que “descartar” una hepatitis crónica. La práctica médica es necesariamente probabilística, simplemente porque el diagnóstico diferencial de cualquier síntoma, aún de los más banales, es numeroso, a veces casi infinito. Pero llegar con tos por un cuadro gripal y encontrarse con que hay “descartar” la posibilidad de un cáncer de pulmón es, simplemente, encontrarse en una situación psicótica sin salida, salvo que uno se anime a levantarse, insultar para sacarse la mufa y dar un portazo.

Se supone que las personas que se sienten enfermas consultan a alguien “que sabe”, pero ¿qué saben los médicos en la actualidad? ¿Sobre qué base de conocimiento y experiencia están operando en la época actual? No es el tema principal del artículo, de manera que mejor dejarlo, al menos por ahora. Mejor vayamos a la actitud de la mayoría de los médicos en la actualidad. ¿Cumplen, acaso, con su función de tranquilizar y contener? Es evidente que no, suelen abrir un panorama tenebroso hasta que se demuestre lo contrario. Es exactamente la inversa de lo que, se supone, está obligada a hacer la justicia: alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario. No es el caso de la “tranquilizadora” actitud médica actual: uno puede, tranquilamente, terminar su consulta en la condición de candidato a agonizante en terapia intensiva hasta que los estudios accedan a demostrar lo contrario. Con el agravante de que el angustioso tiempo de espera es capaz de enfermar al más pintado.

La comparación no es arbitraria porque en variados aspectos la medicina no está demasiada alejada de la justicia, pero tampoco de la mala teología. Y la cosa se pone en un lugar tan resbaladizo que hasta es difícil explicarlo con palabras, pero hay algo de trato de pecador para con un enfermo. (Por algo será…)

Hay otro capítulo muy denso en esta historia: la medicina como formidable arma de control ideológico de la población. Tal vez volvamos sobre esto más adelante, pero es imposible obviarlo: detrás de la inocente fachada “contenedora”, del circo de guardapolvos blancos (la indiscutible pureza) y de la escenografía (cada vez más abrumadoramente tecno), hay un policía escondido y un férreo defensor de las tradiciones más autoritarias y represivas. No hay que olvidarlo, especialmente a la hora de escuchar al médico, ése tipo de persona que cuando pregunta, en realidad opina y toma partido.

La medicina de hoy es catastrófica.

 ¿Tranquilizar y contener?

Ocurre cada vez con mayor frecuencia y se expresa con mayor claridad: mucha gente tiene miedo de ir al médico. Y, como suele suceder, hay variadas razones. Una es que escasean los médicos “de cabecera”, ésos que da gusto tener en la mesa de luz y son el referente de la salud personal. Los que conocen tu historia y no necesitan enterarse desde la primera angina. Miren lo que me cuenta Fernando, un paciente desde hace buena cantidad de años: “Hace dos semanas tuve un infarto y me pusieron un stent en una de las coronarias. Entonces voy a la semana, al mismo lugar, para que un cardiólogo controle mi evolución. Me siento y comienzo a contarle acerca de un episodio relacionado que me había ocurrido hace dos años. El cardiólogo me mira y me para en seco, me dice: “Su historia no me interesa, hábleme de lo que acaba de pasar”. Me dio mucha bronca, le tiré sobre el escritorio la copia de los papeles de la internación y me fui”.

Dos, que esto de tener o consultar a “un clínico”, o sea: alguien que pueda opinar en conjunto o globalmente acerca del estado de salud de alguien, ya es una quimera, un deseo utópico.  La medicina ha generado especialidades y sub-especialidades hasta el absurdo, lo cual implica una grandísima dificultad para entender qué está ocurriendo en la profundidad del complejo sistema llamado “paciente”. Es más: la exclusión, casi deliberada, del estilo de vida y conflictos personales, limita enormemente la posibilidad de comprender a “la persona”, tornando a la consulta en el chequeo mecánico de algún órgano en particular porque ni siquiera es factible una apreciación “puramente biológica” del conjunto.

Tres: que los médicos se han convertido en detectives del terror. Apoyados en las nuevas tecnologías para obtener imágenes, cada vez más sofisticadas y peligrosas (de esto hablaremos), juegan a descubrir “lo peor” antes que a verificar la realidad  que, en la gran mayoría de los casos, no es terrible ni preocupante. Pero la mera investigación para “descartar un cáncer” (lo digan o no, es lo que hacen) sumerge al paciente en una atmósfera angustiosa hasta el momento “del veredicto”.

Ustedes dirán que siempre es bueno saber la verdad, pero eso depende de la atmósfera creada por el médico para estudiar la situación concreta de cada persona. Descubrir un tumor puede no significar nada grave, pero el alto grado de paranoia-ambiente hace que tal tumor se transforme, inevitablemente, en un peligroso asesino que es necesario erradicar. Y no es esto lo que ocurre con la mayoría de los tumores, pero la terrible palabra cáncer ya empieza a destruir y a matar. Y eso sí es un verdadero asesinato. A partir de allí comienza una secuencia catastrófica e imposible de parar, oncólogos mediante. De manera que alguien que podría haber coexistido y negociado con su tumor termina haciendo tratamientos altamente tóxicos (quimioterapia, por ejemplo) que son los que realmente pueden matarlo con mayor probabilidad que el tumor.

Y bien, es ésta cualidad de afrontar un examen difícil lo que produce miedo y rechazo en la mayoría de las personas que se hacen “chequeos”: la fuerte sensación de que corren el riesgo de escuchar noticias catastróficas injustificadas. Seguramente ese rechazo es más intuitivo que racional, pero es absolutamente comprensible.

No nos engañemos: una razón determinante consiste en la escasa predisposición que han desarrollado la mayoría de los médicos para estableces una atmósfera espontáneamente cordial y afectuosa durante la consulta. Hasta hace un tiempo los médicos eran más sensibles ante el sufrimiento y la necesidad humana de contención emocional. De hecho, muchos de ellos eran visualizados como amigos o figuras protectoras. Y eso era absolutamente normal y sano: ¿de qué otra manera puede ejercerse la medicina sino es así?

Pero las cosas han cambiado para peor: en las gélidas relaciones médicos-pacientes de la actualidad se evidencia con claridad la frialdad capitalista en su descarnada versión neo-liberal. Se agradece la franqueza en el sentido de sacarse la careta, pero no deja de ser una constatación espeluznante.

De manera que suena muy normal que tanta gente sienta rechazo ante lo que le espera cuando inicia una consulta médica: una relación fría, poco interesada, un catálogo de síntomas, una serie de análisis, estudios de imágenes y finalmente la sentencia. Algo que solo puede escucharse con temor y mirando el piso. ¿Quién puede entusiasmarse con éstas posibilidades?

Es más: hay algo que subyace en la escena: el paciente es implícitamente considerado un presunto culpable, un pecador descarriado hasta que se demuestre lo contrario. Y digno de sufrir sino sigue las indicaciones al pie de la letra. ¡Válgame dios! ¿Cómo que pecador, como que culpable? Nadie se anima a decirlo, pero es parte, también, de una relación que se ha corrompido y ahora transita por altos niveles de hipocresía.

Finalmente está la importante cuestión de tranquilizar, de bajar el voltaje de la natural angustia que experimenta una persona que no se siente bien y justamente por eso visita a un médico. En su carácter de jueces y administradores de “la verdad científica”, los médicos estamos obligados a tranquilizar, a no sumar nuestra angustia a la del paciente. Porque nosotros también tenemos legítimo derecho a la incertidumbre y solo nos quedamos tranquilos cuando constatamos que las dolencias no eran graves o no tanto como parecían.

Pues bien, los médicos se han transformado en “pesimistas profesionales”, han instaurado el dogma de que hay que empezar por descartar lo peor lo cual es, para quien consulta, una clara señal de que eso es justamente lo que están pensando. No creen para nada en que su función es, simplemente, ayudar a que sea el propio sistema vivo del paciente quien produzca la curación. Y esto solo se puede lograr restaurando la confianza del paciente en sí mismo, en su posibilidad de vivir mejor y sanar-se. Es obvio, entonces, que una actitud signada por la desconfianza y el sentimiento catastrófico solo puede empeorar las cosas. Y evidente también que procediendo en esa dirección, los médicos están faltando gravemente a las características básicas de la mejor tradición asistencial: están traicionando la confianza del paciente y la ética básica de esta profesión-oficio.

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La catástrofe está siempre disponible

Un poco de etimología no le hace mal a nadie, ni siquiera produce sabañones. Entonces veamos qué puede aportarnos a la causa la utilización del origen y significado del término “catástrofe”, que encabeza este artículo.

Es “ruina, trastorno”, “desenlace dramático”, “subvierto, destruyo”, “doy vuelta”.

Implica “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”, de kata- “hacia abajo” + stréphein “dar vuelta”.

En el caso especial de la medicina significa la capacidad de transformar cualquier proceso insignificante o de mediana importancia en la posibilidad inminente de una tragedia con desenlace fatal. A veces, incluso los gestos de un médico durante la consulta pueden producir angustia, incertidumbre. (No olvidemos que la consulta médica es una variedad de puesta en escena)

Por ejemplo: ayer mismo atendí a Rafael, que tiene 70 años y varios problemas de salud de los cuales ha mejorado en los últimos meses. El más relevante es que solo le funciona un riñón, tiene el otro pero ha quedado “fuera de servicio”. Pocos días antes había visitado a su clínico, que le había pedido variados estudios. Y cuando, durante la consulta, observa el electrocardiograma ensaya un gesto de preocupación. Entonces Rafael, inquieto, le pregunta qué pasa. Pero el médico no contesta: se lo devuelve y le dice: “No deje de mostrárselo al urólogo”. No hace falta describir la desolación y la angustia de mi paciente. ¿Qué puede sentir? Es fácil: catástrofe inminente. Con un solo pase de magia, el médico se desembaraza del problema (derivándolo a un colega) y deja destruido a su paciente.

No hace falta demasiada experiencia para saber que, cuando uno mira análisis de laboratorio o imágenes delante de un paciente, éste nos observa atentamente, escrutando cada gesto, cada movimiento. Siempre es una escena que implica bastante ansiedad y cualquier médico debe ser muy cuidadoso acerca de lo que demuestra. Pero también siempre debe decir la verdad a quien lo consulta y confía en él. No hay forma de escapar a esta exigencia, no hacen falta juramentos hipocráticos para demandarla. Es elemental, simplemente. De manera que habrá que actualizar o revisar los códigos porque los vigentes en la actualidad bordean la perversidad.

¿Ven? Uno puede, fácilmente, “destruir, trastornar, revolver, dar una vuelta entera”  a un paciente y dejarlo sumido en estado de catástrofe.

Y sino miren lo que pasó con Mariano, un músico de 25 años. Su madre me escribe con evidente angustia, preocupada porque su hijo parece tener un problema serio en su mano derecha: desde hace un año no puede manejarla y se le hace imposible tocar. Tiene fuertes dolores en la espalda,  el brazo y el antebrazo, mientras que los dedos no le responden y se ponen rígidos o se extienden y flexionan sin pedir permiso. Caratulado primeramente como “tendinitis” pero sin éxito en el tratamiento, pasó de traumatólogos a neurólogos. Éstos empezaron a sugerir que podría tratarse de un problema en el cerebro y orientaron la búsqueda en tal dirección. Obvio que la confusión de quienes lo atendieron se pasó fácil a Mariano y a su madre, depositando en ellos la sensación de catástrofe inminente. También es obvio que los médicos que lo trataron desconocían que Mariano acababa de separarse de su novia cuando empezaron sus problemas físicos. (Es más: ésa clase de “pequeños problemas” no les interesan en absoluto y, si se enteran, optan por recetar un tranquilizante o derivar a un psicólogo y listo).

La consecuencia es que Mariano empezó a mejorar de sus dolores y función alterada cuando otras cuestiones esenciales de su vida mejoraron. Por ejemplo: sus ganas de estar con amigos y volver a relacionarse con mujeres.

Hay que saber que en medicina, hay palabras que curan y palabras que enferman. Palabras que sanan y palabras que matan.

No es lo mismo pronunciar la palabra “tendinitis” que decir “neuropatía cerebral”, especialmente si no se tienen fundadas sospechas y datos que lo avalen, porque entonces el efecto logrado es realmente catastrófico y un problema de mediana importancia se convierte en otro mucho más grave. Es que somos así, funcionamos así. Es más: enfermedades que podrían pasar casi inadvertidas y resolverse en la propia vida con una pequeña ayuda, pueden devenir en la catástrofe anunciada por el mero hecho de creer en la autoridad que la invoca pronunciándola. ¿Parece muy loco? Claro, pero es mucho peor (y hasta infame) amenazar a la gente desde el púlpito con el dedo acusador en ristre.

(Continúa en el próximo número)

 Carlos Inza

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Autor: medicinaenergeticayotrasyerbas

Revista sobre Salud, medicina energética, psicoterapias, critica social, prevención y profilaxis desde una perspectiva de la orgonomia desarrolla por Wilhelm Reich.

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